AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

EN ESTE BLOG NO SE ACEPTAN ANÓNIMOS (YA HAY BASTANTE DESPERSONALIZACIÓN EN ESTA SOCIEDAD COMO PARA ANDARNOS CON MÁSCARAS) NI QUE SE HABLE MAL DE NADIE (SE DISTINGUE ENTRE PERSONAS -TOTALMENTE DIGNAS- E IDEAS -QUE ES LO QUE CABE CRITICAR-). GRACIAS POR SU COLABORACIÓN.

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 29 de abril de 2011

Cómo se pinta un cuerpo glorioso

Cristo resucitado,  Bramantino

Para empezar, es imposible. Porque ni nuestros cuerpos son gloriosos, ni tenemos la capacidad para percibir el cuerpo de Cristo resucitado -si Él no se nos aparece y concede una capacidad para ser visto así-. Pertenece a un mundo futuro. Pero esto es meterse en teologías muy interesantes. Y yo quería quedarme más en una experiencia personal como aficionado a la pintura.

Cuando vi por primera vez este cuadro de Bramantino, Cristo resucitado, en el Museo Thyssen-Bornemisza, noté algo avasalladoramente enigmático. Poniéndonos semióticos, no es un cuadro dentro del código habitual de representación del Resucitado que lo muestra contextualizado en las escenas evangélicas: entre los guardas del sepulcro atontados, con el incrédulo Tomás, o con la Magdalena en el "noli me tangere", o con los discípulos de Emaús. Aquí Jesús está, literalmente, posando para un retrato: ni siquiera se encuentra en medio de un lienzo más ancho que mostrara un paisaje indeterminado a derecha e izquierda, y lo sugiriera como rey del cosmos. 

No soy especialista y puedo estar equivocado, pero esto me resulta extraño para lo habitual en la época. Parece como si Bramantino quisiera inspeccionar la cuestión del cómo sería el cuerpo de Cristo glorioso tras la Resurrección, más que representar el qué (que ha resucitado y lo que sus apariciones van suponiendo en la vida de la Iglesia naciente).

Lo siguiente que me planteé fue: "Hoy en día, estamos saturados de imágenes de seres sobrenaturales, extraterrestres, superhéroes, bañados en colores metálicos, restallando de brillos, bajo luces imposibles... Pero en 1490, que no existía la Marvel, ni Hollywood, hacía falta un grandísimo esfuerzo de imaginación para representar así a Cristo resucitado". Ese color plata que unifica el cuerpo con el manto, su contraste con los tonos rojizos de las pupilas, del cabello, de los estigmas... un paisaje de fondo que recuerda a las rarezas de Tim Burton, y encima una luna con rostro ¡que se está riendo! 

En fin, no voy a decir la manida frase de que "aquí observamos la modernidad" de Bramantino, que seguramente la tiene. Simplemente digo aquello de San Pablo, "ni ojo vio, ni oído oyó"... y añado ni pincel pintó. Aunque intentar representárselo sea algo muy provechoso para avivar la esperanza. 

miércoles, 27 de abril de 2011

Una lectura de Encontrarás dragones / There Be Dragons desde René Girard


Estos días ando leyendo y releyendo ¿Verdad o fe débil? Diálogo entre cristianismo y relativismo, cuyos interlocutores son René Girard y Gianni Vattimo. La verdad es que no acabo de calibrar la ingenuidad y el convencimiento con que Vattimo propone su utopía postmoderna nihilista, a partir, precisamente de unos textos de Girard que él mismo ha refutado en aspectos importantes. Vattimo mete estos textos junto con el cristianismo en su lavadora heideggeriana, y la pone a centrifugar "hasta el infinito y más allá". Ya digo que no acabo de calibrar la razonabilidad de la propuesta; pero bueno, de quien quiero hablar es de Girard.

He visto Encontrarás dragones varias veces, y su huella en mí ha hecho acorde con este repaso reciente de la teoría de Girard. En la película hay escenas que reflejan bien el proceso del deseo mimético, el sacrificio del inocente por la turba e incluso una sustitución de la víctima supuestamente culpable, por un personaje que, creyendo equivocadamente en la culpabilidad de la víctima, finalmente por amor asume esa culpabilidad como propia, sacrificándose a sí mismo, para que la víctima inicial se salve. Especifiquemos.

Manolo desea a Ildiko, pero Ildiko está enamorada de Oriol. Manolo está deslumbrado por la personalidad de Oriol, y envidioso de la mutua atracción entre Ildiko y Oriol: estructura triangular del deseo, donde Oriol se convierte en el mediador/contrincante de Manolo para conseguir a Ildiko. Esto quedará patente cuando, al requerir Manolo sexualmente a Ildiko, ésta le rechace, "porque los celos son feos", y "porque en el fondo querrías ser él" -refiriéndose a Oriol- (cito de memoria).

Manolo, como espía, consigue que el bando de los sublevados vaya masacrando el destacamento de milicianos que dirige Oriol. La masa de milicianos entra en crisis colectiva, cunde un recelo general sobre quién será el espía que les está traicionando. Manolo y dos más urden un plan para salvarse pasándose al enemigo y pacificar al mismo tiempo a la turba: eligen una víctima inocente, Ildiko, presentando pruebas falsas. La turba unánimemente decide matarla como acto de justicia (aparece un venado sacrificado colgando de unos árboles en ese preciso momento, como metáfora de lo que va a ocurrir), de modo que no se sospeche de ellos, y de paso, puesto que Manolo no puede conseguir su objeto de deseo, destruirlo y "vencer" a su adversario, Oriol.

Oriol, el anarquista, decide ser él quien la ejecute (sacrifique). Le echa en cara a Ildiko que sus besos eran "los besos de Judas" (un intertexto que orienta la interpretación del sentido de la escena, y que conecta por el tema de la redención y el cristianismo con una anterior referencia a Crimen y castigo de Dostoievsky: Oriol había dicho que fue el único libro que le gustó cuando estuvo en la cárcel). Pero en el último momento el amor es más fuerte que la venganza ante la supuesta traición, y Oriol carga con la supuesta culpa de Ildiko, autosacrificándose en su lugar, para que los milicianos se convenzan de que era él y no ella, el traidor, y la dejen marchar. 

Creo que se podría continuar el análisis, porque la película da para más, pero lo dejo aquí.

Si Girard había señalado, desde la antropología, que la Pasión de Cristo es la denuncia de la maldad del mecanismo sacrificial del chivo expiatorio, inocente, así como la contención de la violencia generalizada mediante el autosacrificio por amor; en Encontrarás dragones, todo apunta a que, además de los dragones de la violencia, también encontrarás la respuesta cristiana. 

El mismo Joffé, judío y agnóstico, también desde las convicciones antropológicas que subyacen a su propia experiencia humana, ha declarado por escrito lo siguiente: 

"El protagonista de la película es Jesucristo. No estoy hablando en un sentido grandioso o profundamente religioso. Lo que creo es que esta película versa sobre el sufrimiento, y a Jesucristo lo encontramos en el sufrimiento. Y también en el pecado. Este es el excepcional mensaje del cristianismo. Y cualesquiera que sean mis creencias religiosas, no puedo refutar su extraordinario poder redentor y creativo". 

lunes, 25 de abril de 2011

Algo nuevo bajo el sol



Escribía Mallarmé aquel verso que abre el poema Brisa marina, "La carne es triste ¡ay!, y yo he leído todos los libros". Al fin y al cabo, una especificación de lo que ya sentenciaba la sabiduría humana del Eclesiastés, "Nada nuevo bajo el sol".

Pero ¿y si hubiera algo verdaderamente nuevo bajo el sol? ¿y si la carne bailara claqué, porque, digamos, un Dios enloqueció por ella hasta sacarla a la pista, como Fred Astaire a Ginger Rogers, y sonriendo infatigablemente, formalizara con ella pareja indisoluble? ¿y si una nueva lectura trasfigurase todos los libros?

En Así habló Zaratustra, Nietzsche escribía, "Yo no creería más que en un dios que supiese bailar". Quizás Nietzsche no fuera buen bailarín. Yo creo firmemente que hay algo nuevo bajo el sol, que es cuestión de sonreír -aunque a veces aprieten los zapatos de charol- y dejarse llevar al compás.




viernes, 22 de abril de 2011

T. S. Eliot: examen de conciencia



La primera vez que leí los Cuatro cuartetos, me sorprendió especialmente una sección. Yo leía como el estudiante que era, y Eliot escribía desde una dolorosa madurez, y además bajo los bombardeos alemanes del London Blitz. La sección aparecía en el último cuarteto, "Little Gidding". Era fascinante. Un poema narrativo que reflejaba un canto de la Divina Comedia, ambientado en una atemporalidad borrosa, ese intervalo que no es ya propiedad de la noche, ni todavía del amanecer, aunque sí patrimonio de Inglaterra por su telón constante en las tragedias de Shakespeare. Es el momento de las revelaciones.

Eliot se encuentra con un espectro, y los espectros retornan con revelaciones que influyen en la vida de los vivos, como muestra la escena del fantasma del rey de Dinamarca y su hijo Hamlet en la tragedia de Shakespeare. Como Brunetto Latini a Dante en el Infierno, este maestro -que representa a toda la tradición occidental- acompaña a Eliot por un caótico paraje que parece el infierno, pero que finalmente resulta ser un purgatorio. El maestro anuncia a su discípulo las verdades últimas y dolorosas del cuerpo y del alma, del alma de un escritor, y apunta a una purificación a través del fuego. Entre esas verdades punzantes cuenta la vanidad, el daño causado a otros, la autosuficiencia desmentida por el desmoronamiento del cuerpo... y más. 

Es un Eliot con un pasado que le pesa, y con una fe encontrada. Para mí que esta sección era el examen de conciencia constante del hombre Thomas Stearns Eliot en aquella encrucijada "nel mezzo del cammin di nostra vita".

miércoles, 20 de abril de 2011

G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton: cuatro notas


I
Un gran número de cabezas tuvo grandes ideas durante el primer tercio del siglo XX. Posteriormente, algunas de esas grandes ideas costaron muchas cabezas. Pero otras ideas, aparentemente más modestas, abrieron las mentes, entretuvieron, hicieron reír, dieron esperanza. Incluso lo siguen haciendo. Chesterton fue una gran cabeza -y no sólo cabeza- generadora de este segundo tipo, y aprovechó febrilmente los canales del mundo moderno.

II. 
Algo de todo esto aparece en esta biografía escrita el mismo año de la muerte de G. K. Una escritura en caliente y desde la amistad que no se resigna a la partida del amigo. Titterton, el autor, se consideraba aprendiz de G. K. en el periodismo, en lo humano y en lo divino. Así que al hilo de la vida periodística y polemista de G. K., Titterton escribe un libro trepidante, porque trepidantes fueron aquellos años, y trepidante fue su amigo.

III.
Traducida por Aurora Rice y Enrique García-Máiquez -recuerdo aquella consulta que Enrique, afinando, afinando, hizo entre bloggeros amigos sobre una rima de uno de los poemas de G. K. con que Titterton va trufando el libro-, esta biografía es una perspectiva complementaria a las que ya conocíamos. El misterio de la persona no se agota en la tinta de una o mil plumas, ni siquiera si es el propio sujeto el que se autobiografía, como también hizo G. K. 

IV. 
Y al mismo tiempo es una crónica de un postvictorianismo al que, como lechoncillo en fiesta patronal, todo el mundo se acerca con la servilleta al cuello y el cuchillo en la mano. Los diferentes ismos políticos campan por sus respetos, incluido el distributismo de G. K., Belloc y unos más. Y también el socialismo de G. B. Shaw. Por cierto, hay un capítulo dedicado al famoso debate entre G. K. y G. B., "¿Estamos de acuerdo"?, que tiene su complemento en la traducción que de él hizo Victoria León para Renacimiento, y Enrique Baltanás -su prologuista- me regaló en una noche sevillana.

Imprescindible.

lunes, 18 de abril de 2011

La casa, el tiempo

Basta un poco de silencio. Se escuchan leves ruidos en la casa. Es que la casa camina, como nosotros. Su caminar se traduce en reajustes de vigas, marcos, baldosas, escalones, bisagras... La casa camina porque nada en este mundo deja de caminar bajo el signo del tiempo. El tiempo todo lo signa con su espuela. Si miro mis manos descubro el mismo signo. Si cierro los ojos espero una Resurreción.

viernes, 15 de abril de 2011

Imaginación: ejercicio y madurez

"La imaginación crece con el ejercicio, y contrariamente a la creencia común, es más poderosa en las personas maduras que en las jóvenes". W. Somerset Maugham.

Pues sí, gracias Somerset. Para los que ya vamos teniendo años es un cumplido y es una verdad. De la madurez citada no podría responder. Supongo que me asiste la madurez standard, la que, quieras o no, la vida le da a todo quisqui tras el correspondiente coscorrón.

Pero volviendo a la imaginación, es cierto que la madurez de los años ha aportado descubrimientos, conocimiento, nuevos elementos y nuevas conexiones para ese ejercicio de figurar, de construir una figura -sea lírica o narrativa, fija o dinámica-, a partir de esa desembocadura del magma fluyente de sensaciones, ideas, recuerdos, deseos, culpas, redenciones, emociones en el golfo de la realidad... Puede ser una imaginación más sabia, honda y rica. 

No sabría calibrar el grado de madurez de quien efectuó el siguiente trastoque metafórico de un conocido refrán: fue esta mañana, un albañil le decía a otro, hablando con cierto recelo de la presencia del jefe de obra: "Ya sabes, aunque el capataz se vista de mona, mona se queda".   



miércoles, 13 de abril de 2011

Traducciones primaverales

"La primavera la sangre altera". Tópico, sí, pero el tópico es la caja de cerillas en el bolsillo cuando viene el apagón. Siempre alumbran algo.

Primavera: los adolescentes gritan su divino tesoro y, como remataría su cuarteto Darío, "sin querer". Hay brillos brincando aquí y allá, y todo se vuelve intenso y acharolado como unas pupilas bovinas.

Y al tópico primaveral me acojo para justificar la traducción que me presenta un alumno. El alterado adolescente -buen chico, desde luego- se encuentra con este final de frase cesariana ...collem occupaverunt: "...tomaron la colina". Pero si se confunde collis-collis, con collum-colli, es plausible un homicidio por asfixia: "...se les echaron al cuello", concluía el energético muchacho.

Pero cuidado con las cerillas.

lunes, 11 de abril de 2011

Novelas que entretienen y entretejen

Este fin de semana, ayuno de novelas. La dieta ha sido la biografía de Chesterton escrita por W. R. Titterton, inédita en castellano y recién editada por Rialp, y una colección de entradas de blog de Benítez Ariza en la colección Álogos de Siltolá. Y el fin de semana anterior fue una biografía de Conrad. Pero no hay cuidado: la lectura también tiene sus saludables cuaresmas. Esta distancia con la novela permite volver a ella con hambres atrasadas, y también descubrir lo que el alejamiento, convertido en perspectiva, ofrece. 

Para lo que hoy llamaríamos literatura, la retórica clásica preceptuaba deleitar, instruir, conmover. Un discurso logrado debía alcanzar esos efectos en el oyente o lector. Pero hay un plano antropológico subyacente: si la novela deleita, instruye y conmueve es porque algún grado de incidencia tiene en la personalidad, en la identidad. Quiero decir que mi sensibilidad hacia Inglaterra está modulada por una exposición continuada a las novelas de Agatha Christie; que sólo entiendo que estoy en un "auténtico" pueblo si es capaz de despertar en mí la mirada aprendida en Azorín; que cuando la tentación del idealismo romántico asoma, me acuerdo de escarmentar en la cabeza ajena del Jim de Conrad.

Las novelas entretienen, sí; pero todas aspiran a entretejerse en el telar constante de nuestra persona, a aportar sus hilos. La trascendencia de una novela se podría valorar por la cualidad y calidad de hilos que ha entretejido en nuestro cañamazo. A veces, esos hilos no se perciben inmediatamente, pero allí se aprietan ya en fibra muscular del alma, si es que el misterio del alma puede aguantar esta metáfora. Y solo con el tiempo brillan en algún escorzo, en alguna irisación encendida por una inesperada luz, suave y confortadora, o incisiva y dura. "¡Ah, así que te quedaste!", exclamamos maravillados del misterioso y novelesco tapiz que somos.

viernes, 8 de abril de 2011

Una hilera de libros

Hoy (que ya es ayer para cuando leas esta entrada) se inaugura la feria del libro de Valencia, en los jardines de Viveros. Antes de acercarme al bullicio de las casetas, me paso por el pequeño estanque. Acodado en la barandilla de hierro -¿cuántas veces le habrán dado una mano de minio para que no se oxide?- descubro que las aves están agrupadas por familias: las ocas, los cisnes, los patos, los faisanes. Rige una ley de estricta diferenciación y agrupamiento en el orden natural. 

Me acuerdo de la hilera de libros que hay encima de mi mesa, derechos y apoyados en la pared, voceando desde los lomos sus títulos, con esa variedad de acentos, timbres, tesituras e intensidades que permite el diseño y la tipografía. Deduzco que mi hilera no tiene nada que ver con el orden natural de las ocas y demás ánades; mi hilera, o bien no es natural, o bien no está ordenada. Participa de ambas negaciones. Pero ¿qué es? Porque no es un puro azar: verdaderamente es algo, y cuanto más lo pienso, es un casi-alguien, en definitiva, un casi-yo. Participa de mi identidad, como en algún grado la participan también mis calcetines, mi espejo, o mi saxo tenor. Esa hilera de la que extraigo un libro y lo devuelvo al último puesto, va cambiando, así, de fisonomía: algo quiere decir el libro que no se mueve, el que no deja de moverse, el que ocupa ahora mismo el último lugar... Algo quiere decirme. La hilera es un ente vivo, pero no biológico como las ocas, sino biográfico como el yo que se refleja en ella. De algún modo soy yo -andante, vacilante, seguro, desocupado...- el que día a día atraviesa la hilera, el que da la extraña consistencia; el que asoma el rostro en el último libro, pero esconde el alma en el despliegue de ese aparente desorden antinatural.

Bueno, ahora estoy frente a las casetas de la feria. Ante la exuberante colocación de los libros que las inunda, me pregunto qué identidad colectiva se me muestra. Me parece inabarcable, como le parece a Novecento el mundo en La leyenda del pianista en el océano. Nunca hasta ahora me había acordado de mi hilera con nostalgia.   


 

miércoles, 6 de abril de 2011

Lirios, patatas y Cicerón

Cada tarde, al terminar las clases, Borja, un alumno de 1º de Bachillerato, riega su pequeño patatal y su plantel de lirios. Al pasar por ese rincón del colegio, unos metros cuadrados de tierra agreste, recuerdo la frase de Cicerón, en De Officiis: "La agricultura es la profesión del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre". Estuvo colgada muchos años de la puerta del despacho de mi padre. Allí me encontré con Cicerón por primera vez.

Borja rellena una botella de un balde cercano, y la vacía sobre cada mata. Yo observo ese ir y venir. Lo que más me gusta es el silencio y la concentración que envuelve su empeño. Liberados, él y yo, de un día más de palabras, palabras, palabras... como responde Hamlet a Polonio, nos entregamos a este rito liberador, casi hipnótico, donde él oficia y yo contemplo. 

Parece que la primavera ya es una afirmación sobre el paisaje. Los naranjales salpican con el azahar blanco, que más que nunca me parece silencioso. Como si acabara de caer en la cuenta de que el silencio siempre ha tenido ese color, o que el azahar no puede ser más que intimidad.

Borja no sabrá nunca de Cicerón en las aulas. Es "de ciencias". Pero hace tiempo que sí sabe, sin saberlo.

lunes, 4 de abril de 2011

Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape: cuatro notas


I.
Termino de leer Las vidas de Joseph Conrad, es una mañana de domingo que pesa blancuzca e indefinida sobre todas las cosas; pero yo sé con certeza que he saldado un antigua deuda. Ya son veintipico años con Conrad, como un familiar que viene a verte un par de veces al año. Todo comenzó con Lord Jim.

II.
Lord Jim, un acontecimiento en mi vida lectora -¿hace falta añadir lectora?, seguramente no, pero ahí se queda-. Una novela leída en lengua original, francamente difícil, pues con ella empezaba a leer literatura inglesa. Conrad no solo te abrumaba con los términos náuticos y atmosféricos, te envolvía luego con aquella disección meticulosa de las almas, de las pasiones, de los caracteres, ideales, villanías... Aquella narración morosa, desordenada, polifónica, con sus largas reflexiones, su inquisición en el pasado personal, en lo oscuro... y en la luz. Conrad el zahorí, con su vara, fiado de su don no manipulable, como los dones auténticos.

III.
Y luego, El corazón de las tinieblas, Victoria, Juventud, Tifón, Freya la de las siete islas, El confidente secreto, Chance, El regreso, La línea de sombra, Salvamento -confieso que no la pude terminar, pese a la espléndida traducción de Benítez Ariza: Conrad también tuvo sus obras fallidas-, el deficiente Gaspar Ruiz -un fiasco reconocido por el propio autor, que andaba necesitado de dinero-... 

Estaba pendiente la lectura de una biografía. Algún día hay que preguntar por el pasado de ese familiar que cíclicamente nos visita. Y en ese pasado hay de todo, como en la vida de cualquier persona: allí está el Conrad crónicamente enfermo, el hombre encandilado siempre por algún proyecto, el incapaz de administrar sus asuntos económicos, el idealista, el derrotado... y algunos más. Ahora estimo mejor a este inesperado pariente.

El trabajo de Stape me ha parecido magnífico: es un erudito, y su libro una investigación que pone todos los datos sobre el tapete, y lo dudoso como dudoso. Las biografías, después de dar todos los datos, de ser honestas mostrando su punto de vista, deben dejar la sensación de que han respetado, finalmente, el misterio que la persona es. La de Stape la deja. 

IV.
Un escritor es para el lector, al fin y al cabo, un inasible haz de sensaciones, sentimientos, ideas... Para mí, Conrad siempre será aquel paperback de Penguin, Lord Jim, con un fragmento de un cuadro, "Burial at Sea" -de no recuerdo ahora qué pintor de finales del XIX- como ilustración en la cubierta, aquellas páginas leves que se iban volviendo del color de la canela con los años... 

viernes, 1 de abril de 2011

La novela, la vida, Trapiello

No he leído mucho de Andrés Trapiello: sí una antología de poemas que salió en Pre-Textos, y me gustó mucho. Y luego, páginas de aquí y de allá: siempre me ha sorprendido y encandilado su estilo. Estos días estoy hojeando un libro suyo, El azul relativo, un libro de reflexiones literarias, vitales... de todo un poco, publicado en 1999. He encontrado allí un capítulo, "Todos somos novela", donde, sin llamarlo así, algo se dice de la identidad narrativa. Y ciertamente, no puedo estar de acuerdo con la tesis. Al hilo de sus lecturas de Baroja, Trapiello contrapone la vida del héroe de novela a la del lector, y comenta:

"Si uno llevara una vida satisfactoria nos daría lo mismo que se publicaran las obras de Baroja o las de cualquier otro, porque uno se dedicaría a vivir, a salir y entrar, a conocer gentes y dejar que el oleaje de la vida le llevara de un lado para otro, como esos trozos de corcho, de aristas redondeadas y superficies blancuzcas, que aparecen un día en una playa y dos semanas después en otra. Pero uno lleva una vida rutinaria, lee uno mucho todo el día y cuando no lee, se queda uno como Baroja junto a la ventana, un poco triste, viendo cómo la vida pasa de una manera tan poco elegante". p. 83.

Bien, no puedo entender la vida satisfactoria así. Me pongo en el otro extremo, aunque reconozco que la vida tiene sus mareas, que llevan y traen. Pero justamente lo único que puede hacer satisfactoria una vida, y convertir las rutinas inevitables en narración vital, en línea argumental, en novela al fin y al cabo, es el amor que se busca dar al otro a través de esas acciones. El amor es lo único que puede dar dimensión narrativa y lírica a la vida cotidiana. Fija una dirección, una esperanza, un misterio humano. Como en las buenas novelas.