AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

EN ESTE BLOG NO SE ACEPTAN ANÓNIMOS (YA HAY BASTANTE DESPERSONALIZACIÓN EN ESTA SOCIEDAD COMO PARA ANDARNOS CON MÁSCARAS) NI QUE SE HABLE MAL DE NADIE (SE DISTINGUE ENTRE PERSONAS -TOTALMENTE DIGNAS- E IDEAS -QUE ES LO QUE CABE CRITICAR). GRACIAS POR SU COLABORACIÓN.



viernes, 10 de mayo de 2013

Inteligencia musical, de Íñigo Pirfano: cuatro notas de lectura



I.

A medida que lo iba leyendo, pensaba: “¡Qué bien le harán estas páginas a tantos músicos, sobre todo a los jóvenes”. El músico con formación “clásica” posee grandes hábitos, sabe de grandes renuncias en medio de una sociedad que grita sin desmayo: “No renuncies a nada”. Pero a menudo la perfección formal, la alta exigencia y competitividad, las inexorables verdades del cuerpo —del que radicalmente depende su trabajo—, generan ciertos espirales obsesivos y neuróticos que dejan poco tiempo y sensatez para cualquier otra cosa que no sea la lucha acérrima por mantener la forma… y los conservatorios —como las universidades de hoy— se sitúan programáticamente a salvo de lo que podríamos llamar “formación personal del músico” (basta recordar que si algo se repite como un mantra en la pedagogía de la educación obligatoria y el Bachillerato es esta meta insuperable: “formar para el mercado laboral”; el virus está en todas partes).
En este sentido, Inteligencia musical me ha recordado a otro fantástico libro, Estética musical, de Alfonso López-Quintás: el mismo empeño en ir a lo que verdaderamente necesita un músico cuando le pide a la música, a la que le está entregando todo, que le ayude a ser mejor persona, y a ayudar a sus oyentes.


II.

Pero no es un libro “para músicos”. O no solo. Se dirige a la persona, a cualquier persona, porque hay una falla profunda entre el hombre de hoy y la música: y a esa fractura, que es la que Pirfano quiere suturar (como diría Alejandro Llano), se alude, como si fuera su remedio, en el título del libro: se trata de inteligencia cordial, y por eso está latente en estas páginas esa robusta tradición de pensamiento que en el siglo XX ha reivindicado inteligentemente el corazón, tanto frente a su olvido en la modernidad, como a su apoteosis banal en la postmodernidad —qué bueno en este sentido el capítulo “Supertramp tenía razón”—. Y esa sutura Pírfano la acomete en un ir y venir entre términos y realidades de la profesión musical, y las aspiraciones de bien, verdad y belleza de la vida cotidiana. Metáforas, comparaciones, anécdotas, bien traídas y articuladas, magníficas orientaciones de audición de piezas concretas, iluminan las dos riberas para que dejen de mirarse con extrañeza. Se han construido puentes. Pasen, pasen.


III.

En nuestros tiempos alejandrinos, saturados de voces vanas, carcajadas huecas, siempre contrasta el sotto voce de los pocos maestros; su metrónomo y su diapasón nos retraen a las sencillas verdades. Y no perdemos nada: lo sencillo es enorme; la vida, hermosura enorme y sencilla. El yo, terrible y menesteroso, anhela voces sanadoras que reconoce en la sencillez. Y aquí Pirfano nos invita a una polifonía, conjuntada con verdadero arte musical: Shakespeare, George Steiner, Oliver Sacks, John Blacking, Unamuno, Orwell, Graham Greene, Orson Welles, Verlaine, Vargas Llosa… Y Bruno Walter, Giulini, Celibidache, Von Karajan… Y las numerosas audiciones sugeridas y comentadas, como un selecto “menú” espiritual, para quien se acerca por primera vez, y para quien se encuentra desde hace tiempo en su patria: Beethoven, Schubert, Ravel, Chopin, Rachmaninov, Bach, Stravinsky, Mozart, Haendel, Mahler…


IV.

Afectividad, relación, servicio, liderazgo, simpatía, silencio… ideas desde la cordialidad, expresadas con la afabilidad y la firmeza de un director de orquesta que ha escrito un libro urgente; pensamiento para traernos de nuevo por la vía musical, una vía insustituible, a lo humano, nunca demasiado humano.

martes, 7 de mayo de 2013

Calidad de frase


Es una expresión de Julián Marías. Mi amigo Rafa Martínez, hacía algo más de un mes, me había hablado de otro término de nuestro filósofo: “calidad de página”; y yo quedé con el compromiso de hacerme con el libro donde expone la idea. Pero la vida… y ayer, hojeando Internet —porque hay páginas web—, me encuentro el artículo de Marías donde acuña la expresión nueva: “calidad de frase”, como un corolario de la que me anunciaba Rafa.

Dice Marías que es la intensidad y la brevedad lo que traen consigo estas frases de notable calidad; que va de suyo en la poesía, pero también abunda en la prosa: Ortega o Gabriel Miró serían ejemplos, mientras que no Galdós o Baroja —es decir, que asoma más esta frase por los dominios de la reflexión y la descripción intencionalmente estéticas, y no es tan visible en la narración—; y da como ejemplo algunas de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique:

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

Olé. Lírica discursiva, un género arriesgado donde cansar al lector no es difícil, donde manda la justeza, y la imaginación va elegante por ceñida. En estos tiempos de airbag espiritual, la disipación intelectual y afectiva pasa el gato pardo de cualquier cosa por liebre del estilo sugerente. No hay que deja a Manrique muy de la mano.

“Calidad de frase”, y a mí me viene a la mente otro marbete: “frase en sazón”, en el punto de madurez; porque, en general, en el bulto de las urgencias del día, escribimos mucha frase “verde” y prematura; y con qué facilidad deviene en rédito para las ambigüedades programadas de los media y la escenificación de la política para el prime time de los telediarios.  

Pero, como se dice en Italia, acabemos “in bellezza”: calidad de frase, como si nos fuera mucho en ella, nos importara el lector, tomárnoslo en serio y no en serie; porque escribir, comunicar, pueda ser un acontecimiento, una invitación, una educación; sugerencia y sazón; elegancia.  

miércoles, 24 de abril de 2013

Libre de la tormenta, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura



I.

Tu templo y sus paredes he vestido
de mis mojadas ropas y adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que se vido.

es el segundo cuarteto del Soneto VII de Garcilaso, donde el amante se compara con el náufrago que ha sobrevivido a la tormenta; y del cuarto verso toma el título la nueva entrega de Javier Sánchez Menéndez. "libre de la tormenta" expresa en el poema el estado de libertad y seguridad en que ya se encuentra el sujeto. En el libro de Sánchez Menéndez cabe una interpretación irónica, también desiderativa, o quizás idéntica a la de Garcilaso. ¿Ha pasado ya la tormenta? ¿Se goza ya de libertad? La lectura de sus páginas no nos deja saberlo. 


II.

Me inclino por la segunda interpretación. El índice del libro es un desorden voluntario de capítulos, y en el prólogo se indica que el caos representa el orden de la vida, distinto del orden propio de la creación; dos órdenes, pues; y se puntualiza el caos como imagen que simboliza la imposibilidad de abarcar todos los matices; porque -creo que soy fiel al pensamiento del autor- en los matices reside la poesía, y esa inabarcabilidad nos desborda. 


III.

Y sin embargo, se añora un verse "libre de la tormenta": caos visto como una forma de vida, de reflejar la vida, y por lo tanto no una destrucción de la vida -de otro modo, ni siquiera hubiese escrito estas páginas el autor-. Atención a lo insondable, infinitamente múltiple, y voluntad de traerlo, de algún modo, a "lo uno" de la escritura. Creo que aquí reside la tensión de estas páginas.

IV. 

Muchas referencias de este diario remiten a un significado clausurado para muchos lectores: experiencias, personas, momentos, lecturas, poemas... que acaecieron en una circunstancia y dejaron un registro. Pero quedan como pinceladas de conciencia, dadas en yuxtaposición, donde resuena la ausencia de lo que se se vela, las articulaciones que van en la vida, a veces inesperadas, paradójicas, trágicas y también portadoras de una gracia. Libro de conciencia, de deseo de una libertad y una quietud que se busca, aún en medio de la tormenta.




martes, 23 de abril de 2013

El hombre y sus alrededores, de Higinio Marín: cuatro notas de lectura



I.

Probablemente, el mejor ensayo que he leído en meses. Muchos meses. Y más que demostrar, me gustaría mostrar y, brevemente, comentar:

Se equivocaba Heidegger cuando alegó que la filosofía y la indagación intelectual devienen inauténticas entre quienes tienen una fe que supuestamente les adelantaría las respuestas. Y se equivocó porque pensó que el preguntar imprecedido era el primer acto filosófico, en vez de apercibirse de que la admiración requiere precisamente, si no de una fe, sí al menos de una disposición aquiescente al mundo, una suerte de aprobación original que es casi una invocación. Por eso, bien puede decirse que la admiración es la síntesis inaugural de la visión religiosa e intelectual del mundo, y no porque haga depender la una de la otra, sino porque no pone enemistad entre ellas, y supone el modo de mirar que preserva el eco de aquella primera vez y que alienta en el seno mismo de la razón una capacidad para el asombro que es casi un privilegio de la infancia. pp. 214-5.

Con esta lucidez y elegancia, critica un apriori de la modernidad racionalista y autonomista. En el principio del pensar fue, es, el asombro.


II.

La esperanza entraña, pues, la dificultad de reconquistar la fantasía moral de la infancia que es, curiosamente, la que evita que nos infantilicemos en la pánfila indiferencia de todo. Esa fantasía moral es la que se expresa en la épica contenida en las fábulas para niños. En esas fábulas la confianza en la victoria de los buenos nunca es ajena a la conciencia de la propia debilidad que, sin embargo, no desespera porque de continuo espera ser asistida por una conjura en su favor, por una orientación general que vigila para colaborar a que las cosas acaben bien. pp. 197-8.

Un argumento narrativo y literario para ejercer la esperanza.


III.

Tal vez la situación no fuera tan grave si los propios maestros no hubieran batallado tanto para despojarse de esa investidura [la autoridad] que, ciertamente, les hace grave y personalmente responsables. Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que entre tanto falso democratismo y supresión de modelos autoritarios se coló no poca comodidad -odium professionis- que aspiraba a hacer de la educación algo tan poco personal y fatigoso como cualquier otro oficio, y que deseaba apartar sus ojos de lo sustancial: la experiencia del otro como pasión propia y, en particular, la experiencia del crecimiento del educando como fatigosa realización interior del que enseña. p. 235.

Un poco de autoexamen para el docente, y sobre todo aliento para reenfocar la tarea educativa.


y IV.

Y el libro habla de la familia, la sexualidad, el matrimonio, el respeto, los claroscuros del deseo, el ocio, la cultura del espectáculo, el perdón, el pecado y la libertad, la esperanza y la desesperación, la fe y la razón, y el sentido de la universidad. No me resisto a copiar un último texto sobre la esperanza, existencialmente luminoso (sobre todo en nuestro presente):

La desesperación acecha siempre y a todos pero anida en la pretensión humana de tener la última palabra respecto de sí mismo o de los demás, respecto de lo que investigamos y anhelamos saber, respecto de aquellos a los que se cuida, se cura o se enseña, respecto de lo bueno y lo malo. Quien no se resiste a la sugestión de erigirse en la sede de las últimas palabras para tener un control completo de su vida, está incubando en su seno la clase de soledad que en las últimas horas forcejeará por tornarse desesperación. 
La pócima para conjurar la desesperanza está compuesta de modestia y paciencia, de realista y tierna lucidez para lo humano, de magnanimidad, de humildad y del coraje para no abandonar, pese a todo, la expectativa de lo mejor. p. 206


viernes, 19 de abril de 2013

Dos ideas para enseñar a escribir a jóvenes



Ayer di un taller de escritura a algunas profesoras de lengua de un colegio. Un taller de reciclaje, porque en la escritura todos andamos expuestos a la contaminación del lenguaje oral, y porque a esta ladera de los Pirineos la pedagogía ministerial o autonómica ha preferido desde hace unas cuantas décadas que dediques el tiempo a aprender otras cosas en el aula, antes que a leer y a escribir.  

La última parte la dedicamos a la posibilidad de iniciar un taller de escritura con los alumnos. Llevábamos un buen rato ocupados con las fases del proceso de la escritura, descubriendo errores típicos, rasgos de elegancia y estilo, procedimientos para la claridad informativa, la imagen del lector inscrita en el texto... así que era el momento de descansar y ascender un poco al mundo de las ideas. Y principalmente hablamos sobre dos:

La primera, que enseñar a escribir no puede ser una obsesión colectiva por evitar el error. ¿Una definición?: enseñar a escribir es facilitar el descubrimiento de la escritura como expresión y comunicación de ti -no escribo "de la persona" porque quiero que suene aún más personal-. Los errores gramaticales se disuelven cuando el chico o la chica desean escribir: entonces  la escritura pasa a ser una dimensión importante de su vida; entonces las reglas se aprenden a una gran velocidad (como se aprenden las de la informática de usuario para estar en Internet); entonces, el error... sí, siempre hay algún error, ¿quién no los comete?

Y la segunda: cuando el alumno te entregue un escrito, busca e indica primero lo positivo: siempre hay mucho más de positivo -si estamos pensando en términos de expresión y comunicación-; siempre es mucho más importante el esfuerzo, la ilusión, el ejercicio de introspección, el tiempo pasado en la habitación de la intimidad, el deseo de comunicar, la confianza para mostrar lo escrito, la apertura a las orientaciones de la persona a la que se le ha otorgado la autoridad... sí, esa persona con una vocación maravillosa: nada más y nada menos que el profesor. 

Ilustración: Caminando por la playa, JM Mora Fandos (ceras sobre papel).

martes, 9 de abril de 2013

Otra vuelta de tuerca, de Henry James: cuatro notas de lectura



I.
No leo novelas de misterio, y menos aún de atrocidades, pero este último libro me lo recomendó un amigo; y por si fuera poco, el título me había ido persiguiendo durante años: lo encontraba en cualquier estante, bien en la biblioteca de un conocido, bien en una macrolibrería, reeditado una vez más bajo diferentes diseños e ilustraciones de portada, o bien en una feria de libro de ocasión, camuflado de menesterosidad por el polvo y el tono mate de los años. Aquí, allí, seguía reclamándome con la misma ambigua actitud de quien conjuga una aparente indiferencia con la tenacidad -que, verdaderamente, tiene poco de ambigua, y que con propiedad habría que definir como una única operación, simple como su contundente eficacia, casi física, dirigida a atrapar al lector-. Bueno, creo que me he contagiado del mismo estilo de Henry James. Se trata de Otra vuelta de tuerca.  


II.
Reconozco que al inicio se me hacía engorrosa la lectura. Dejando aparte los periodos sintácticos largos y arbolados de James -que en traducción devienen un puñadito considerable de sílabas castellanas extra- , el juego de penumbra narrativa es constante en todo el relato: decir circunvalando, sugerir circularmente, y dejar que el lector ponga lo que falta. James saca nuestras aprensiones a la palestra. Lo no nombrado acaba asustando más. Retóricamente, hay que tener un poco de paciencia, y la cosa va. 


III.
Hay algo que me llama la atención. Siendo un relato sobre posesiones diabólicas, que la heroína -hija de un pastor anglicano, que asiste devota a los oficios de su iglesia- no acuda al auxilio divino durante el proceso -salvo una brevísima mención-, sino que todo lo fíe a su propia buena naturaleza y al sentido del deber, es como entrar con urgencia en una farmacia, aquejado de pulmonía, y salir con la misma urgencia y un paquetito de caramelitos Halls. Así pasa lo que pasa al final de la novela... 

IV.
He leído y cotejado dos traducciones. La de Siruela a veces peca de concisa, y la de Planeta se hace más cargo del lector. Las dos tienen aciertos, pero me quedo con la segunda.

miércoles, 3 de abril de 2013

Sobre la ordenación de los libros según la física

Los libros pueden ser ordenados según su estado físico: a saber, sólidos, líquidos, gaseosos.

Sólidos son los que, después de muchos años, puedes palpártelos, están en ti, innegables como las rótulas.
Los líquidos son dúctiles y durante un tiempo se amoldan con facilidad, aparecen, desaparecen, con motivo de una anécdota, un recuerdo, un sueño, una mudanza.
Los gaseosos son una efervescencia, la exhalación de la botella de cava recién abierta.

La deontología de la ciencia física de la lectura recomienda frecuentar los tres estados. Desgraciadamente, no se dispone de aparatos fiables para medir la oportunidad de un estado u otro, según el estado, sólido, líquido o gaseoso del lector. Aunque existen orientaciones. Lamentablemente, no tienen nada que ver con la física. 

  

sábado, 23 de marzo de 2013

Siestas con viento sur, de Miguel Delibes: cuatro notas de lectura




I.
Hace unos días, después de cenar, había algo de tiempo: era el momento. Me planté frente a los estantes de la biblioteca, zigzagueé en busca de una promesa de lectura… y me detuve en Siestas con viento sur, de Miguel Delibes. Con la línea más rural de Delibes tengo un prejuicio. Los prejuicios son necesarios, son el suelo sobre el que se vive (no se puede estar en el vacío). Pero tan importante como tenerlos es ponerlos a prueba, porque pasan a ser verdades, o desaparecen.  

II.
Algo de tiempo, así que solo pude leer uno de los cuatro relatos, “Los nogales”. Hay algo único en hacer una lectura entera, de un tirón. Es difícil, y no creo que saludable, leer una novela de un tirón. Pero un relato largo da esa satisfacción de lo que fluye sin costuras. Se adensa el tiempo, es “más tiempo” porque es un tiempo unificado por un sentido, libre y necesario en un mismo tiempo. Como nos gustaría que fuese la vida. Un buen cuento. 

III.
El cuento, por su brevedad, se acerca al poema. En la novela hay extensión, a veces tanta, que amenaza con cubrir la vida como un mapa escala 1/1, como en aquel cuentecito de Borges. El cuento ha de darse prisa, decidirse, replegarse y decirlo todo con casi nada, y muchas veces lo hace repitiendo, como lo hace un poema. Como en “Los nogales”, de Delibes.

IV.
Han pasado unos días desde aquel tiempo prodigioso. Recuerdo a grandes rasgos el argumento de “Los nogales”, el final… pero sobre todo ese discurrir de la narración, tan aquí y tan allí, tejida con hebras sueltas de ese tiempo de la vida nuestra que tan bien conocemos, y al mismo tiempo, con esas otras que dan consistencia, de ese otro tiempo al que aspiramos. 

martes, 12 de marzo de 2013

Flamenco Sketches: una narración de Miles Davis, en Los ritmos del S. XXI

En este enlace a Los ritmos del S. XXI tenéis mi breve ensayo sobre la experiencia de escuchar a Miles Davis narrar sus solos: jazz, música, narración, escritura creativa...

viernes, 8 de marzo de 2013

La lectura responsable, de Alessandro D'Avenia

Vengo del prof. 2.0, el blog de Alessandro D'Avenia, de leer un magnífico artículo que me ha puesto enseguida a escribir. Allí el autor comenta una charla sobre literatura, que ha dado ante 2000 jóvenes, así como lo que le escuchó a un crítico literario sobre la lectura y lo que le responde.

Sí: hemos experimentado muchas veces que la pedagogía oficial sobre la literatura privilegia leer libros sobre libros antes que el libro que fundó esa fecunda cadena de lecturas. Es importante "responder" al gran libro con nuestra opinión, impresión, con el nuevo texto que escribimos o que decimos oralmente. Sí: es importante la creatividad. 

¿Pero, no hay algo de mala educación, descortesía... -o cosas peores-, cuando ocultamos las palabras fundadoras con nuestras palabras? D'Avenia habla de la lectura responsable, capaz de responder a las grandes preguntas que hace el buen libro. Y para responder hay que, paradójicamente, callar primero, escuchar, y luego decir, y dejar que siga resonando la pregunta, siempre.

Pero además, ser responsable, es también hacerse cargo de el emisor humano del libro, el autor, pero en su humanidad, en la realidad doliente, esperanzada, trágica, triunfante, asombrada que estuvo en esa persona: porque lo sigue estando en cada buen lector.

La lectura responsable nos hace responsables de las personas en las que descubrimos esas realidades, personas ante quienes hemos de responder, porque no tenemos excusa: nosotros hemos leído el mismo libro.

viernes, 1 de marzo de 2013

Estampa de lluvia


Una tarde de lluvia, fanática y mediterránea, lo llena todo. Decir “Está lloviendo” ni resuena ni conmueve igual en todas partes. Unas gotas impensables golpean las cosas y levantan un tumulto súbito. Alguien grita su sorpresa, unos pasos rápidos cruzan para poner remedio, las ventanas se cierran. Si la perspectiva lo permite, listas y parches plomizos se encajonan entre los edificios. El agua arrecia y se desploma ya en bloques blancuzcos que velan la visión de las cosas tal como las conocíamos. Los nudillos frenéticos del granizo reclaman a los que callamos…

Al final el fragor enmudece y solo se escucha el pasar de un vehículo, y otro más tarde… sobre el silencio lavado y absorto de nuestra noche.  

jueves, 21 de febrero de 2013

Apocalipsis en el Institut Français

Ahora que lo pienso, suena a título de novela corta, posmoderna. Pero no, esta tarde estábamos unos cuantos en la tertulia literaria del Institut Français de Valencia, invitados por Bouziane Ahmed Khodja, para hablar del Apocalipsis. Bouziane es el alma mater de la tertulia, y siempre consigue plantear asuntos interesantes y conseguir que los asistentes echen su cuarto a espadas, en un ambiente grato y respetuoso.

Mi único problema es que mi oído francés da para saber por dónde va la conversación y, de vez en cuando, pescar una trucha lingüística que por breves instantes me hace creer que la distancia entre Victor Hugo y yo se ha acortada unos centímetros. Pero todo lo arregla mi francés hablado, tan real como los unicornios, que reajusta mi identidad sin contemplaciones. Menos mal que Francia es tolerante, y Bouziane un caballero, así que me dejan decir lo que pienso en castellano. Merci!

Bueno, pues hablábamos del Apocalipsis. Lo he leído unas cuantas veces y mi sensibilidad literaria siempre se ha quedado fría. No me va ese modo de contar. Pero tampoco perturba mi fe: no leo la Biblia por su valor estético, aunque cuando está de un modo especialmente buscado, disfruto. Claro. A quién no le gustan las frutas de Aragón (bueno, esto ya sé que es discutible, así que póngase paella o confit de canard, oui). Pero a lo que iba: lo más interesante es que pese a la secularización de su sentido original, esta narración sigue manteniendo su mensaje de esperanza. Me explico.

Por una metonimia de la parte por el todo, del relato bíblico la cultura occidental se ha quedado con los aspectos de suspense ante el día y la hora, y de catástrofe absoluta. "Ese partido de fútbol va a ser el apocalipsis", por ejemplo. Pero originalmente el texto se escribió con estilo simbólico para trasladar al presente de las persecuciones contra los cristianos (Nerón y compañía) una confirmación en la esperanza: vendrá Cristo en su segunda venida, se terminará este mundo tal como lo conocemos, el mal será vencido definitivamente en un último combate. Yo firmo, claro. Más allá de la idea de un final temporal, el Apocalipsis entrega el conocimiento anticipado de un fin: el fin que tiene todo esto, el sentido último de lo que nos está pasando ahora (incluso de la crisis, vaya). Y entre el ahora y el fin con su localización en un punto final de la historia, es el tiempo de la esperanza. (No soy teólogo, el Catecismo está muy bien escrito y me gusta leer).

Ha sido enriquecedor escuchar otras visiones, y reconfortante comprobar que hay puntos de contacto existenciales. Vive la France! (Y a ver si me pongo de una vez con el método de francés: Bouziane me lo agradecerá).

jueves, 14 de febrero de 2013

Un paso atrás, de E. García-Máiquez: cuatro notas de lectura



I.
Cuando vengo a "la escritura del yo" en mi taller les paso a los alumnos un par de textos de Enrique García-Máiquez. Nunca fallan. Miro sus rostros mientras leen en silencio la hoja: abren los ojos, se sonríen, se sorprenden, ríen... Si el yo fuera esto... fantástico.

 II.
García-Máiquez es desde hace muchos años uno de mis referentes de escritura. Los referentes son la mecedora de la abuela: está ahí. Un día alguien la mueve de sitio y notas que te baila todo bajo los pies. En la escritura sirven para asentar secretas relaciones con el lenguaje: son mediadores, a veces ni siquiera sospechados. Solo cuando viene el juicio final de algún crítico sensible -pero eso puede ocurrir tomando café- salen; y piensas: pues es verdad.

III.
En Un paso atrás el autor ha hecho una selección de artículos recientes de periódico, y uno se asombra y le da felicidad ajena y propia, de que la prensa albergue estas felicidades escritas en color carne. Sobre todo por alojar esa humanidad que es el estilo. El estilo es la persona, dice una larga tradición con la que estoy de acuerdo. A uno le gusta que fulanito sea fulanito y menganita la misma. Pero no al modo liquenoso de un menhir, sino en ese milagro de la identidad que es coincidir con uno mismo mientras se camina; y García-Maíquez pone todo su inventario -porque un poco o un mucho hay que inventarse cada día- al servicio de "serse" para que nosotros, lectores, al leer la cuartilla cotidiana de nuestra vida, podamos seguir ilusionándonos con "sernos". Una falsilla auténtica, valga el oxímoron.

IV.
Lo hondo y caviloso, lo rápido y airoso, lo cosechado al aire de un jirón de conversación y lo esculpido en el altorrelieve del texto, lo familiar, lo político, lo religioso, lo cultural, lo literario... lo bueno. Sintaxis hija de oralidad y de metro; prosa que uno querría que le vendiesen un domingo por la mañana en la pastelería de toda la vida para tomar en familia a los postres... y encarar con otro cuerpo la semana.  

miércoles, 6 de febrero de 2013

Un apunte sobre identidad narrativa e infancia

Yo solo he ido a hacer fotocopias, pero estas cosas, ya se sabe. Para que luego alguien diga que lo ideal sería tenerlo todo controlado. Y todo es todo: de un modo particular a los demás, que son los que pueden darnos sorpresas negativas. Pero yo no quería ir por ahí, ahora.

Lo que he visto es un aspecto de la identidad narrativa, porque hace dos días di una charla sobre educación estética a los padres de Primaria del colegio Turó de Tarragona, y el asunto todavía colea. Ahí va: en las sociedades y culturas muy desarrolladas, donde se tiene prácticamente todo al alcance de los deseos más inmediatos, al niño se le atrofia el sentido narrativo de la vida. Solo cuando tienes necesidades, proyectas. Eres imaginativo: fijas la meta, prevés dificultades, modos de resolverlas. El niño satisfecho es el más insatisfecho, busca lo inmediato, y el aburrimiento es su mortal enemigo: una cosa sustituye a otra, indefinidamente... No hay narración. 

En cambio, el niño que no tiene apenas medios, está condenado a la imaginación, al proyecto. Y cuando consigue una meta, busca desde esa altura otra más alta. La narración genera una escalera de narraciones, ascendente. 

El niño opulento está encerrado en el eterno retorno. El niño necesitado no deja de ascender, narrativamente.

Pues esto es lo que se me ocurría en la cola de la fotocopiadora, esta mañana. Si sirve...

sábado, 26 de enero de 2013

¡Cuidado, infinitivos apaches!

Tú también lo has notado: en la junta de vecinos, en la reunión del departamento, en la arenga del teniente de alcalde o en la consigna sindical; de labios de la guía del yacimiento ibero, incluso en la ansiedad de la tómbola cuando brama el voceador. Algo se ha incrustado entre tus omoplatos, es un tomahawk: es un infinitivo apache.

(Reconozcámoslo: hemos lanzado alguno alguna vez).

Decir por último...
Tan solo recordar que...
Y subrayar también lo que se dijo antes... 

Ese infinitivo que parece tan moderno porque va emancipado de un verbo principal. Ese solecismo que alguien nos envaina con alevosía infinit(iv)a. Esa mascarilla de oficialidad sobrevenida. Esa sentenciosidad pretaporter.

(La expresión no es mía, qué más quisiera, se la escuché a un profesor de latín de la facultad de filología. Se ve que la cosa viene de lejos).

martes, 15 de enero de 2013

La necesidad de escribir

Desde que doy clases de escritura, he ido conociendo una verdad: no todo el mundo quiere escribir una novela. 

Escribir, hasta hace no mucho, se identificaba con escribir literatura, y narración en particular. Era eso que hacen personas altamente dotadas para ese fin. Pero la realidad está cambiando.

Internet desde hace unas décadas nos ha puesto a todos a escribir. Antes hablábamos más por teléfono, pero en líneas generales comunicábamos menos y con menos personas. Ahora tenemos diversos formatos en la red para expresarnos y comunicar. Y lo estamos haciendo como nunca en la historia de la humanidad.

Y hay que sumar el boom de la autoedición, digital o en papel: conozco muchas personas que publican sus recuerdos, unas memorias, la historia de su familia, un trabajo sobre un asunto que dominan por afición...

No todo el mundo quiere escribir una novela, pero cada vez hay personas que descubren el sentido narrativo de su propia vida. Y quieren escribir.


jueves, 10 de enero de 2013

Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg: cuatro notas de lectura


I.
Los Reyes me han traído dos libros de la Ginzburg: Las palabras de la noche y Léxico familiar. Le había leído ya Nuestros ayeres, La strada che va in città, Las pequeñas virtudes y algún cuento. Nuestros ayeres, lo primero que le leí, me impresionó con fuerza, es un libro que conmueve; y con él conocí ese modo tan personal de narrar.

II.
Otro día comento Léxico familiar, de Las palabras en la noche descubro otra vez esa estructura de crónica de familia: en las narraciones de Ginzburg, sobre todo, les pasan cosas a las personas. El tiempo va trayendo novedades, y los personajes van encajándolas como pueden. Hay perspectivas temporales dilatadas, y vamos leyendo los vaivenes, los cambios, las leves permanencias. Lo superficial, lo hondo, el chiste, la tragedia, queda igualado en una sintaxis aparentemente sencilla, como al albur del tiempo, que no parece distinguir sentido. Todo va, va, va. 

III.
Las palabras de la noche cuenta muchas cosas, cosas que les pasan a unos jóvenes burgueses italianos, que van dejando de ser jóvenes en la posguerra de la II Guerra Mundial. Los personajes van buscando sus pasiones políticas, profesionales, sentimentales a menudo haciendo daño y haciéndose daño. En los zigzags del sentimiento, va decantándose una tristeza de falta de sentido vital... Ginzburg no apunta una posibilidad de salida, ha elegido fijar ahí el foco de la narración, y la falta de generosidad ética se va comiendo a los personajes. Se me hace muy presente la opresión de la inmanencia de la vida, el peso de los mil cuidados del vivir cotidiano -con sus pequeñas sorpresas, a veces- cuando no hay un sentido trascendente. Al final, la levedad es lo más pesado. Aunque Ginzburg lo sazona con un narrar que acaricia, y a menudo lo dulcifica.

 IV. 
Lo que siempre he valorado de Ginzburg es el estilo: la plasticidad de los detalles, la pedagogía del ver lo cotidiano, la economía de lenguaje y el potencial de sugerencia, la delicadeza para presentar con pocas palabras a un personaje en un momento determinado de su vida, la mirada comprensiva hacia los sufrimientos, la voluntad de mostrar luces y sombras sin juzgar... está todo, casi todo... pero me sigue pesando esa tristeza dulcificada de las palabras del contar la vida, cuando ya ha atardecido y viene la noche. 

(La traducción, de Andrés Trapiello, un placer)