AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

EN ESTE BLOG NO SE ACEPTAN ANÓNIMOS (YA HAY BASTANTE DESPERSONALIZACIÓN EN ESTA SOCIEDAD COMO PARA ANDARNOS CON MÁSCARAS) NI QUE SE HABLE MAL DE NADIE (SE DISTINGUE ENTRE PERSONAS -TOTALMENTE DIGNAS- E IDEAS -QUE ES LO QUE CABE CRITICAR-). GRACIAS POR SU COLABORACIÓN.

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 31 de diciembre de 2010

Joe Lovano y Hank Jones, jazz como niños



Este es un vídeo que veo a menudo, no sé por qué. Puede ser la amistad sugerida por la compenetración, por los años marcados en el rostro, por el modo de tocar. Joe Lovano, Hank Jones, interpretando Kids, "Niños". Me parece muy sugerente: el título de algo quiere nombrar la esencia, y cuando se trata de algo interpretado en el jazz, tiendo a imaginarme que el músico está de acuerdo con lo que dice el título, porque lo hace suyo de modo muy íntimo. 

Es como en el teatro, aunque el actor siempre mantiene una distancia con su papel; aquí, verdaderamente, también. Kids, niños, Lovano y Jones, se les ve jugar, dialogar, no creo que simplemente estén interpretando unos papeles, o quizás esta impresión inducida sea el poderoso efecto del arte. No lo sé. En todo caso, yo creo que hace falta algo de amistad para compenetrarse así, como niños.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una buena carcajada es el mejor pesticida


"Hombre globo", JM Mora Fandos

I. 
Vladimir Nabokov, un solvente escritor con cuyo sentido de la vida no simpatizo, dijo una frase que recuerdo a menudo, porque me es útil: "Una buena carcajada es el mejor pesticida". Porque hay muchas cosas en la vida que necesitan una rociada de pesticida, empezando por aspectos de uno mismo. Tomarse demasiado en serio nunca es bueno. Como tomarse demasiado a broma.

II. 
Esto ya lo sabía Sócrates: el principal problema del mal -además de su pura presencia- es que te hace malo; y aunque no lo estuvieras practicando, y sólo pasaras por allí, te puede volver algo más rígido, desconfiado, triste, por pura salpicadura. El sentido del humor es esencial.

III. 
Carl Schmitt, el pensador político, echaba en falta la "seriedad de la vida" al constatar la pérdida de sentido profundo, especialmente religioso, en la sociedad europea, a lo largo del siglo XX. Qué pensaría ahora, con nuestra juguetona postmodernidad, que sólo se toma en serio no tomarse nada en serio; supongo que le daría un infarto. Pero a mí, la expresión "seriedad de la vida" no me acaba de gustar. Prefiero decir la enjundia: mucho más cervantino. Qué fácilmente lo serio se vuelve una coartada para el pesimismo.

IV.
Una recomendación: entre los pesticidas, los teatrales hacen efecto rápido: La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, a mí me funciona.


lunes, 27 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Luz del mundo" de Benedicto XVI



I.
No es fácil el enfoque comunicativo del libro: habla un Papa, pero no lo hace ex-cátedra; dice lo que dice en el formato entrevista, respondiendo a preguntas complejas formuladas en el tono y el nivel de profundidad propio del periodismo; sabe que leerán sus respuestas católicos, cristianos no católicos, no cristianos, ateos, indiferentes... (quizás algún extraterrestre... ¿por qué cerrar esa posibilidad?). El cóctel de variables, matices a tener en cuenta, y posiciones firmes, hace de este libro un texto con un nivel de "afinación" cultural, moral y sapiencial como muy pocos en este mundo nuestro, radicalmente plural, complejo y siempre abierto al malentendido -bien o malintencionado-; donde descubrir el lenguaje del otro, entenderlo en sus propios términos, ya es un triunfo; y encontrar puntos de encuentro, y precisar las diferencias o imaginar posibles realizaciones, es el bingo absoluto.

II.
Todo un ejercicio de identidad: creo que no se puede leer este texto sin sentirse, como lector, interpelado por la pregunta por la propia identidad, porque percibir la honda figura personal de Benedicto XVI a través de sus palabras, saberse comunicando ahí, supone que tú estás simultáneamente percibiendo tu figura personal a ese nivel de finura en la que el entrevistado se desenvuelve; y entonces habrá sintonía o discrepancia o apertura de nuevas perspectivas... cada lector sabrá. Hay escritores que te hacen sentir inteligente cuando los lees. Te pulsan el "on". Este es uno.

III.
He tomado notas: lo que más me ha interesado, como católico y escritor, ha sido esa llamada a comunicar mejor la esencia de la identidad cristiana, a encarnarla.

IV. 
Que lo diga él: 

"Por tanto, debemos procurar decir realmente la sustancia en cuanto tal, pero decirla de forma nueva. El proceso interior de traducción de las grandes palabras a la imagen verbal y conceptual de nuestro tiempo está avanzando, pero aún no se ha logrado realmente. Y esto sólo puede conseguirse si los hombres viven el cristianismo desde Aquel que vendrá. Sólo entonces podrán también expresarlo en palabras. La afirmación, la traducción intelectual, presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene puede también traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular. Ésta es la gran tarea frente a la cual nos encontramos". 

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un microrrelato para felicitar la Navidad


Despertar

La pequeña se miraba las uñas y dudaba entre el rouge magnetic y el rouge  allure del juego de cosmética. Su hermano, dos años mayor, se impacientaba con la lentitud del Mega-Maxi-Plus 8.2 para cargar el simulador de operaciones bursátiles. En la cocina la madre acunaba a una muñeca, mientras el padre hacía formar el séptimo de caballería bajo la cama.

Baltasar rodeó por los hombros al joven paje, que contemplaba la escena con los ojos como platos.

-Lamento que hayas tenido que enterarte de este modo, -le dijo. -A mí también me costó encajarlo: sí, los niños son los padres.

(Feliz Navidad a todos los que pasáis por este rincón de la blogosfera. Soy de la opinión de que Dios se ha hecho niño, para que los niños puedan hacerse Dios... y los mayores hacerse niños. Y no soy el único que opina así... gracias a Dios).

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Como gustéis" de William Shakespeare


I.
Harold Bloom escribió un libro, Shakespeare, la invención de lo humano, con el que yo no acabo de estar totalmente de acuerdo; pero lo que más me ha interesado es lo que puede expresar su título. "Invención", del verbo latino invenio: encontrar, tiene siempre esa doble valencia: como algo que encuentras, o como algo que creas. Me parece que Shakespeare, en nombre de la humanidad, reencuentra lo humano con una sorprendente profundidad, y al hacerlo crea ficciones que nos ayudan a encontrarnos y hacernos como personas.

II.
Qué curioso, de todos los dramas de Shakespeare, hay una comedia que se ha quedado de un modo especial en mi memoria. Más que la indecisión patológica de Hamlet, o la posesión diabólica del matrimonio Macbeth, siempre me vienen primero a la cabeza los personajes de la comedia Como gustéis: la injusticia sufrida por Orlando y su buen fondo de joven generoso y sincero, el ansia de libertad y la armonía con la naturaleza del Duque exiliado, la mundanidad afable del bufón Touchstone, los ardides del amor de Rosalind disfrazada de muchacho y ayudada por su doncella Celia, el pesimismo clásico de aquel monólogo monumental del filósofo Jacques. El orden social, familiar, personal que se rompe, y que finalmente se recompone en un nuevo orden aún mejor.

III. 
Yo era universitario y tenía un vídeo de una representación de Como gustéis a cargo de una compañía canadiense, en versión original, y para aprender inglés me aficioné a él: lo vi innumerables veces, tarareaba las canciones inconscientemente, repetía frases a cuento o sin él. Ciertamente, es el trato asiduo lo que engendra el afecto. ¿Qué hubiera pasado si  hubiera sido el sobrecogedor Macbeth de Orson Wells -aquellos fuertes contraluces del blanco y negro de la desesperación- lo que yo hubiera frecuentado tan apasionadamente? Creo que me habría deprimido profundamente en aquellos años de juventud. 

IV. 
Qué importante es hacer una buena elección. Sobre todo cuando se es joven y se exprime cualquier cosa en la que se encuentra un atractivo.Como gustéis, Shakespeare, me "inventó" en algún grado que no sabría -y para qué- determinar. Será ese poder de los clásicos, de los que siempre sintonizan con nuestra necesidad de  ser nosotros mismos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Teoría de la Navidad concéntrica



Constatamos que, al pasar el tiempo, la sociedad va cuestionando y relegando al olvido realidades de diversa naturaleza. Son como muebles que acaban convirtiéndose en el mismo polvo que empieza a recubrirlos. Algunas veces es claramente para bien. Otras veces, la desaparición se me hace muy difícil entender como presunto progreso. El polvo, en esos casos, más que cubrir el mueble, se posa amenazante sobre sus propietarios. 

Por ejemplo, aunque todavía es perceptible la ilusión por la Navidad —y no he visto ninguna manifestación seria a favor de su abolición—, sí constato que desde hace tiempo hemos entrado en un polvoriento regresismo. Para ilustrarlo he pergeñado la teoría de la "Navidad concéntrica". Una Navidad como costumbre social festiva, saludable y de indudables beneficios —tanto para creyentes como para los que no creen— consta de un sencillo orden de prioridades que hay que respetar: en primer lugar, el acontecimiento milagroso y misterioso de un niño que nace en la más absoluta pobreza —milagroso por ese cúmulo de dificultades de todo tipo que para venir a este mundo se encuentra cualquiera; y misterioso porque, aun con todo, los hombres y las mujeres siguen pensando que hay algo por lo que merece la pena que otros hombres y otras mujeres sigan viniendo a la vida—.

Una sociedad sensata venera ese delicado y frágil núcleo, que, sin embargo, irradia misteriosamente una poderosa energía a los anillos que se forman a su alrededor. En el primer anillo se festeja la existencia de la familia, los niños, los ancianos, los amigos y se despierta la conciencia hacia los pobres y a los necesitados. En el segundo anillo, más alejado, pero por ello más dependiente de lo anterior, se celebra todo aquello que hace amable la existencia y aporta un especial brillo al mismo vivir: ahí cobra su valor más radical la elegancia, la conversación, el saber adornar, las luces, las músicas, el sentido del regalo, el arte culinario...; y finalmente, en una serie casi inacabable de anillos, se coloca todo ese mundo de extraordinarios, de actividades de ocio, de aficiones que reflejan alegría, descanso, creatividad... desde la lectura hasta la apicultura.

El polvo surge sobre la Navidad cuando se pierde el sentido del núcleo: entonces las realidades que habitan los diferentes anillos tienden a ocupar el centro y se va dando una insospechada ferocidad y ansia de protagonismo de lo más periférico. Se pierde el sentido de lo frágil, de lo inviolable, de lo sagrado de la vida y de su amabilidad, en medio de un mundo duro y selvático; se desperdicia una de esas milagrosas ocasiones en nuestras sociedades pluriculturales de que hombres y mujeres de buena voluntad, de diverso vivir y sentir, puedan reunirse en ese lugar misterioso, más allá de las palabras, donde resuenan intuiciones inefables de unidad y fraternidad. Si se pierde el núcleo, la Navidad se descompone en un infinito de Navidades y pasa a ser un tiempo libre más, sin mayor pena ni gloria. Nada señala un qué, un por qué, un cómo, un cuándo: no habría nada que objetar a su celebración el 7 de agosto o el 21 de abril —pues también el azar tiene derecho a ser centro de las fiestas navideñas—; surge la exclusiva navidad de ir a un gran estreno cinematográfico, la de las grandes comidas, la de los hobbies caros, la de las alfombrillas rojas, la de los elfos, la de las colas nerviosas en las terminales de aeropuerto (no digamos ahora), la de las pantallas de alta definición, la de las devoluciones en la sección de moda caballero, la sonrojante de orondos tipos de barba blanca embutidos en mallas rojas, la de los cajeros automáticos frenéticos, hasta las absurdamente tristes de las cogorzas y otros excesos, incluso la de las depresiones postnavideñas, por no olvidar la muy razonable de objetar en conciencia de semejantes navidades. Finalmente se pasa de la Feliz Navidad, a la infeliz vanidad de todos los días. Urge poner el misterio en el centro, porque todo lo demás no tiene ningún misterio. Y agota.

Se podrá pensar que una posible solución es abandonar esa costumbre y proponer otra. Creo que es un error. No conozco algo tan alegre, rico y útil por su valor personal, comunitario y social, con una capacidad de aguante al paso del tiempo tan sorprendente. Pero puede ser un problema de ignorancia propia. Cuando las utopías se han cargado de polvo hasta inexistir, no se me ocurriría sustituir la vieja cómoda familiar por una repisilla do-it-yourself de temporada, o por el puro vacío, aunque quede todo lo estético que se quiera. Y reafirmar la Navidad no creo que sea un atentado contra nadie: al diálogo público intercultural hay que ir aportando valores de auténtico alcance general. Ya a las puertas de estas fiestas navideñas, en una sociedad de libre circulación de valores, ¿quién da más?

(Ilustración: Nacimiento, de JM Mora Fandos)

viernes, 17 de diciembre de 2010

El arte de regalar libros

Pese a lo que podría parecer, regalar es un arte. No se trata de tener dinero: hay personas que tienen mucho dinero y no regalan; y cuando lo hacen, lo hacen mal (pero no nos pongamos tan rigoristas, el dinero ayuda).

Y si se trata de regalar libros, es una de las artes más difíciles: cuando se ejecuta bien, cambia la vida de quien recibe... y de quien regala.

Cuando me piden una sugerencia para la lectura, intento hacerme el sordo, como Jonás. Es más sencillo contar lo que te ha gustado de un libro, incluso escribirlo y hacer que circule por www. Qué irresponsable puede llegar a ser uno.

El regalo es un espejo; el de un libro, un espejo preciso: cuando regalas, regalas un reflejo de la persona regalada... y tuyo. "Perdona, si no te importa, me gustaría regalarte este libro" es como comienza su ritual el fino regalador de libros.  

Regalas un libro si no queda otro remedio, si ya no puedes entregar más rosas, consolas, cristal de murano, bicicletas estáticas... Sólo cuando el amor o la amistad te acorralan, cuando no quieren más antesalas, te ves en la tesitura de ejercer ese arte supremo, y más te vale estar ejercitado: no puedes ser el joven incapaz de acompañar a su pareja en la chacona, o la dama incompetente al clavicordio, que sin habilidad para regalar un minué en la velada cultural. Esto lo aprendí en los libros de Jane Austen.    

Un libro bien regalado es algo más valioso que el espacio y el tiempo: es la tercera dimensión que trasciende estas dos; con él surgen el espacio y el tiempo de la persona, íntimos. Aunque ha sido sondeada científicamente, no se le conocen límites a esta espacio-temporalidad. Y es interpersonal: expansiva hasta abrazar a presentes, ausentes y futuros.   

Sólo hay un arte más difícil, el de dejarse regalar un libro. Tienes que creerte todo lo antes dicho, dejarte cambiar por todo lo bueno que el libro traiga, y confirmar en el amor o la amistad a quien te regaló.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Libro de visitantes" de José Jiménez Lozano



I. 
Hay escritores que son una voz: cada vez que la escuchas te parece que ha estado resonando continua desde el inicio, mientras tú paseabas el dial, distraído, por otras latitudes. Y te alegra reencontrarla -reencontrarte-. "¡Hombre, pero si eres !" En tiempos globales -la verdad, en cualquier tiempo-, lo único destaca. Y qué fácilmente se cae en el error de pretender ser distinto deliberadamente, en el de la transgresión como norte, en la estridencia propia de los avícolas programas "del corazón". 

La distinción, la persona, no es un "efecto" buscado. Resonar de modo único no puede ser una meta: es la gracia aneja -la añadidura- a una fidelidad.

II. 
Lo primero de aquella voz, de Jiménez Lozano, fue El mudejarillo: un auténtico trallazo. "¿Se puede hacer esto con el lenguaje? Pues... ¡sí!". Yo era un joven lector con pretensiones de escribir; de epidermis hipersensible, como cualquiera entonces. Jiménez Lozano ingresaba, sin llamar, en mi incipiente canon de autores de cabecera: y sabes que has encontrado petróleo, aunque aún no sepas muy bien cómo lo vas a sacar. Luego, El cogedor de acianos, La boda de Ángela, Segundo abecedario, relatos de aquí y de allá... Ahora, Libro de visitantes, en la preciosa presentación de Ediciones Encuentro: el re-cuento de una historia eterna, la del nacimiento de Jesús.

III. 
El modo de contar de Jiménez Lozano en Libro de visitantes es, en primera impresión, una ingenuidad de los personajes; y al poco ya se percibe la ingenuidad del narrador. Todo va en la misma tonalidad. A mí me recuerda a un filtro ligeramente crema en una película sobre algo cotidiano. Una mirada, un modo de contar, que redime a su modo lo que cuenta. Todo es gracia -que dice Teresa de Lisieux-, en este caso literaria y humana. Porque hace falta, especialmente si hay que redimir a Hegel, que aparece por el portal de Belén con su Fenomenología del espíritu ante la mirada compasiva del Niño Dios.

IV. 
El relato del nacimiento de Cristo, ese puñadito de frases casi telegráficas en los Evangelios, no ha dejado de generar una fuente constante de re-cuentos: ahí está su fortuna comunicativa, su "menos es más", que decía Mies Van der Rohe,  pero con fundamento divino. La fórmula es esencialmente irrepetible -por motivos obvios: se trata del logos divino "abreviado" a lo humano-. Cada lector, cada escritor, cada época, únicos, se ven abocados a un diálogo con esa historia preñada de potencia, a hacer su re-cuento amplificado, siempre conscientes de que en el portal se entra de rodillas -pero sin anonimato-, a un diálogo que, paradójicamente, fortalece la propia voz. Esta historia pide -¿por qué será?- encarnación. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "La hermana" de Sandor Márai



I.
Leí hace ya bastantes años El último encuentro, de Sandor Márai. Me sobrecogió, pensé que su autor era un auténtico "animal literario", de esas personas que si estuvieran secuestradas por unos crueles captores pedirían antes papel y lápiz que un vaso de agua. Y lo mismo he descubierto en La hermana. De hecho, apareció publicada poco después de la otra novela. Además de ese mismo nivel de técnica de escritura, está en aquel mismo universo sentimental y conceptual.


II.
Creo que la "primera palabra" de una novela ha de ser fenomenológica: lo primero que debe llegarnos es un reflejo verosímil, sabio, de los fenómenos, de lo que percibimos en la vida -aunque se trate de El señor de los anillos, porque, al fin y al cabo, sin ese nivel fenomenológico, no entenderíamos nada de una "novela fantástica"-. Y en esto el novelista ha de ser bueno, si aspira a escribir una buena novela. Incluso, para muchos lectores y escritores, esa palabra fenomenológica sería el único criterio de que hay literatura. Pero a mí -y a más personas- me parece que la buena literatura no puede quedarse en esa primera palabra, porque hay una segunda: ningún escritor se escapa de dar su opinión ante el misterio de la vida, y da lo que tiene en su interior. Esa segunda palabra puede ser respetuosa con la complejidad de la vida, o puede ser reduccionista. 

III.
La capacidad de observación de Márai es asombrosa, consigue una alta verosimilitud de percepciones, sensaciones, secuencias físicas, sociales, incluso psicológicas que, ciertamente, se dan en la realidad. Dice bien alta y clara la primera palabra, la fenomenológica. Pero después de reflexionar sobre mi lectura, pasado el efecto deslumbre, me parece que la dice demasiado alto y clara. La segunda palabra queda descompensada. ¿Cuál es la segunda palabra? Un determinismo pasional, donde el arte al que se aferra el personaje sólo puede ser un lenitivo, la actividad más alta, más lúcida, más auténtica y dolorosa ante la vida; una huida hacia adelante, más sincera que la del resto de personajes, pero igualmente trágica, que recuerda a Schopenhauer, a Nietzsche. Y qué decir del concepto de Dios, tan citado a lo largo de la novela: es un dios empeñado en cobrarse sacrificios, que incluso cuando salva, deja unos personajes tristes, estoicos, secos y escocidos. En fin, no me convence.  
  

Pesa mucho la voluntad de defender una visión determinada de la vida; no es un problema para la literatura el que la haya, es parte de la segunda palabra; el problema quizás sea el sobrepeso. Y el sobrepeso de algo confuso, y triste.


IV.
Es esta la tristeza que Márai pone sobre el papel como opinión sobre la vida. Algo que tiene que ver con el siglo XIX, con el pesimismo, con los descubrimientos sobre lo instintivo y con el auge del psicologismo y Freud, con el materialismo, con  las denuncias de Nietzsche; aquilatado por dos guerras mundiales, y una posguerra desconcertada. Desde ahí se entienden muchas cosas de La hermana.

Tras la lectura de una novela así -por si alguien se aventura- recomiendo hacer una digestión literaria más bien ligera, no encallarse en la nostalgia curiosa a la que empuja: salir con los amigos, reírse un rato, hacer algo de deporte. La vida, gracias a Dios, puede ser algo más rico y esperanzado.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre Con el tiempo, de Enrique García-Máiquez



I. 
Gracias a su blogg, de García-Máiquez conocí antes su res cogitans -o creans, o scribens- que su encarnadura en este tiempo nuestro: es lo que pasa en la descoyuntura metafísica de la blogosfera. Ya avisaba sombríamente Baudrillard de la virtualización o ficcionalización de la realidad por efecto de "las pantallas", de sus tremendos efectos identitarios. Pero es que aún no conocía a García-Máiquez. Y es que la bienhumorada humanidad -el hombre eterno- de un chestertoniano de pura cepa funciona como antioxidante antropológico de primera para habitar indemne esta ciberjungla. Vaya por delante esta primera nota para la presentación del autor del poemario Con el tiempo.

II. 
Cumplidos los cuarenta, las preguntas por la identidad sólo se responden narrativamente; aunque sea en microrrelatos transfigurados de poema, de lo que hay bastante en Con el tiempo. El tiempo es el tema: desde el título, pasando por el poema de Zagajewski -"1969", que además es el año de nacimiento de García-Máiquez-, que viene como mayordomo de librea a recibirnos, y en el poema que sirve de frontispicio, "Principio", para que nadie se equivoque. Aquí no hay adanismos evanescentes, ni utopías rousseaunianas: se presenta el tiempo como manzana del Génesis, desastre, decadencia. A mí este recibimiento al lector me recuerda algo a aquello que Dante dice que cuelga sobre la entrada del Infierno: "Dejad aquí toda esperanza, oh vosotros, que entráis". Pero nada de catastrofismos, que García-Máiquez tiene también su guía, como Dante su Virgilio, para darse este paseo sabio por las cosas últimas. O sus guías, empezando por la presencia de su madre: reto a quien sea a encontrar poemas de tema materno-filial, contemporáneos, tan bellos, emocionantes y profundos. Y valga un ejemplo:

Albada

Nos vemos mucho más
desde que has muerto:
te veo cada noche
cruzar mis sueños.

La madrugada
-que es de cristal y alondra-
nos desampara.

III. 
Perdón, decía lo de la respuesta narrativa a la identidad. Pues sí, García-Máiquez, recién ingresado en el club de los cuarenta, escribe estos poemas de mínima pero inevitable narratividad, de jirones de biografía asombrada, tocados de contemplación afable que todo lo salva; poemas que acaban de configurar el pasado: "In memoriam", "Anocheciendo", "Hecatombe", "La higuera estéril"...; o transfiguran el presente: "Abisal", "El hijo que no tengo", "Vudú 40", "Glosa", "Días", "Por fin"...; o prefiguran el futuro: "Variación sobre Cardenal", "Últimas voluntades", "Sin convencimiento, con esperanza"... Como una brisa tonificante, se percibe por el libro la presencia amistosa y poética de Miguel D'Ors -cómo no, en "Agradecimiento a Miguel D'Ors"-. Al final, es un poemario de relaciones filiales, maternales, paternales, conyugales, amistosas, de ahora y de la eternidad, donde apetece sentirse en casa, contando, inevitablemente, con el tiempo. Pero también con una trascendente esperanza. 

IV. 
Es una gran cosa que "El hijo que no tengo" quede justamente corregido y aumentado en "El llanto de una niña sostiene las constelaciones". Y, ya que estamos, Enrique, te tengo que decir que fui engendrado a la blogosfera, en buena medida, por tus Rayos y truenos, y que creo que tienes por estos cibermundos más de un hijo, natural(-mente).  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre La ética de la autenticidad, de Charles Taylor

I. 
Hay un breve pero poderoso libro que hace casi ya una década que me acompaña: La ética de la autenticidad, del filósofo Charles Taylor. Para mí es un vademecum, un kit de primeros auxilios intelectuales, una navaja multiuso para la escritura sobre ideas. Siempre cerca.

II. 
Reflexionando sobre el problema de identidad que revela el Informe Jóvenes Españoles 2010 de SM he vuelto a él. Su capítulo IV "Horizontes inescapables", recuerda un hecho hermenéutico fundamental:

Solo si existo en un mundo en el cual la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mis congéneres, o los deberes de la ciudadanía, o la llamada de Dios o algo más de este orden importa crucialmente, puedo definir una identidad para mí que no sea trivial. La autenticidad no es la enemiga de las exigencias que emanan desde más allá del yo; supone tales demandas. pp. 40-41 (The Ethics of Authenticity, Oxford University Press, USA, 1991, traducción mía).

III. 
Mi pregunta es -como educador, profesional, ciudadano-, si estoy comprometido con una presentación de horizontes de sentido que aporten significación sustantiva al proceso de conformación de identidad de un joven. Porque lavarse las manos con el agua del todo vale -donde el mero voluntarismo de la elección sería lo único fundante de identidad-, es una conducta irresponsable y nociva. Y no hablo del dilema entre una double cheese-burguer y un Confit de canard -que ya daría para un debate suficientemente identitario-, sino entre opciones que generan felicidad o angustia vital.

IV. 
Pues eso, y creo que la lectura de Ética de la autenticidad es una ayuda impagable para orientarse en este momento cultural, apasionante. 


lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre el informe Jóvenes españoles 2010 de SM


I.
Muy poca conciencia solidaria, indiferencia hacia instituciones, olvido del medioambiente, gran inseguridad ante el futuro… y mucha música, tv, ir de bares, salir de marcha, ir al cine, ¡leer!, videojuegos… Triunfa el  hedonismo. Y lo más valorado, la familia. Hay que dedicar un poco de tiempo a esto para entenderlo.

II.
Cuando una situación es muy negativa, se te suelen ocurrir medidas drásticas. Y es una equivocación. Son impracticables, y acabas en una desesperación mayor. Quien aún tenga utopías en la cabeza, que lo intente. Yo no. Me gustan las soluciones cercanas, las de personas vinculadas cordialmente con el problema. Piensa globalmente, actúa localmente: inteligencia que llega lejos, actuación que queda cerca. Me tranquiliza que el que hace lo que puede no está obligado a más; acaba cansado, pero satisfecho. El pensamiento que desconfía de la actuación personal, del bien que puede ser hecho aquí y ahora, que lo espera todo de técnicos estatales pagados con los impuestos, no me inspira confianza.

III.
Hedonismo individualista y alta estima de la familia. “Sí, porque quieren que su mamá les siga haciendo la cama y el cocido”. Bueno, sí. Pero creo que hay algo aprovechable ahí. El hedonismo es signo de esa inflación de estética en que vivimos en Occidente. Desconectada de la ética. No echemos la culpa a los jóvenes, esto viene del romántico Schiller, como mínimo. Y algo les habremos legado a los jóvenes, ¿no?

IV.
Propongo una perspectiva que no quiere ser exclusiva ante este problema complejo: creo que la estética es un gran punto de partida. “Su estética es la del sentimiento básico y saturado, la de lo transgresor, las sensaciones extremas, la novedad constante a todo coste…” Vale, pero también valoran la armonía, el orden, la proporción, la luz, la limpieza… es lo que sus mamás ponen cada día en su casa, ¡y no se van de allí! El problema es que los adultos hace tiempo que fuimos abandonando la conexión entre estos elementos básicos de la estética cotidiana, y sus correlatos en la armonía, orden, proporción, luz, limpieza éticas; y la persona quiere vivir, de modo natural, esa unidad. Les legamos nuestras esquizofrenias en la familia y en la escuela. Aprovechemos esa valoración positiva que hace el joven, tengamos el valor de vivir la unidad entre estética y ética, de mil modos cotidianos.  En esa distancia corta se juega la mejoría.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Meditaciones sobre un tubo de pasta dentífrica

Si tuviera que asignar un aforismo latino al tubo de pasta dentífrica, sería Mors certa, hora incerta. No sabes -con certeza- cuándo se acabará, pero se acabará. Parece que es algo propio de lo tubular: desconocemos si el gel, la gomina, el ketchup, el tabasco... durarán un día, tres, una semana más. Tenemos la duda de deshacernos de ellos. Entonces los ponemos boca-abajo, y que la gravedad haga su trabajo exacto e inapelable. Este gesto me recuerda al golpe de mano con que ponemos a correr un reloj de arena. En esa arena, metáfora clásica, va el tiempo frío, cosmológico, sordo a nosotros. Por eso pienso que en el tubo boca-abajo hay una metáfora moderna y más ajustada a nuestra condición humana: en el gel oculto va un tiempo misterioso, biográfico, el nuestro. 

El tubo opaco tiene su imprevisibilidad y su lección moral: cuando está recién estrenado, gastamos con prodigalidad; cuando sospechamos haber pasado con holgura el ecuador, nos recatamos y medimos los apretones; pasa algo más de tiempo y lo ponemos boca-abajo, y eso es signo de la sabiduría otoñal, serena y grave a la que hemos llegado. Mantener el tubo así, no tirarlo con impaciencia para ir a comprar otro siguiendo las pulsiones de la cultura de consumo, es haber ingresado en la tradición sapiencial moral de los clásicos, saberse en compañía de Sócrates, Platón, Aristóteles, Zenón, Séneca, Cicerón... Pese a la  imagen popular  idealizada que nos ha llegado, la Atenas, la Roma que vivieron estos sabios estaban heridas de una profunda crisis. Como la nuestra. Ellos hicieron valer su palabra y su vida, como modo de resistencia moral. Nosotros, como mínimo, podemos poner el tubo boca-abajo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

No les deis más libros, enseñadles a leer

"Más libros, más libres", un eslogan ilustrado con el que estoy bastante de acuerdo, pero que me recuerda a este dicho de Plinio el Joven: "Non multa, sed multum" (pero no muchos libros, sino mucho leer). Y todo esto porque, preparando una conferencia, me ha sobrevenido mi vieja  obsesión por lo del "Fomento de la lectura". ¿Cómo no me van a parecer muy bien las campañas de fomento de la lectura, y que se den subvenciones a las instituciones educativas para la compra de libros?; pero eso sigue siendo coger el rábano por las hojas: fomento sí, pero ha de comenzar en el aula.


Desgraciadamente, siguiendo el ejemplo de Platón en la República ideal, hemos expulsado las narraciones del aula: no leemos en clase, no hablamos ni escribimos sobre lo leído en clase, estamos muy ocupados viviseccionando oraciones, artículos periodísticos, enseñando y aprendiendo paradigmas, enredados en sistemas, en humo, en polvo, en sombra, en nada... La literatura, en otro sitio; las narraciones -eso con que la humanidad se ha aprendido a sí misma- lejos porque están "supuestas": el sistema educativo obliga a que los profesores supongamos que los alumnos estarán leyendo "en algún lugar", o que ya han leído, o deberían haberlo hecho, y que así ahora podemos ocuparnos de la formalidad, de la abstracción, de la raspa de la sardina, vamos. Pero sabemos que, masivamente, no leen.

Algunos profesores intentan algo, algo que supone fricción con el sistema, trabajo aparte,  quintacolumnismo, vocación. Que supone estar en Matrix, pero sin casquillos de bala ni karate; con cafeína y pupilas brillantes a la mañana siguiente. 

domingo, 28 de noviembre de 2010

Cuatro notas sobre Blanca como la nieve, roja como la sangre, de Alessandro D'Avenia



I
En esta novela he vuelto a encontrarme al archiadolescente: llamo así a ese personaje adolescente que, además de estar bien construido en su individualidad, representa como un arquetipo a todos los adolescentes, y junto con eso goza de unas capacidades expresivas y reflexivas inusuales en un adolescente. De otro modo no habría novela, o una novela tan interesante. Me ha hecho recordar varias buenas novelas con archiadolescentes: El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, Me queda Madrid y Nocturno, de S. Herraiz, y Vigo es Vivaldi, de J. R. Ayllón. 


Leo, como les ocurre a todos sus predecesores en el género, tiene una deslumbrante capacidad para la metáfora y un vocabulario certero y rico en registros: poco coherente con su inexistente hábito de lectura; pero los archiadolescentes son así, y a mí no me incomoda porque son reglas del género.


II
Es la primera novela de un potencial gran escritor. D’Avenia sabe mucho, mucho, mucho de lo profundo y de lo superficial, de los jóvenes y de los mayores, de la literatura y de la vida, del bien y del mal, y sobre todo sabe de los lenguajes en que se expresa y comunica todo esto. Y sólo tiene 32 años.


III
El juego de colores, que es el hilo metafórico de toda la novela está muy bien puesto y sostenido en escena. Hablar del amor como color rojo podría parecer un recurso de escritor con poca inventiva. Pero D’Avenia sabe entrar en un tópico y trascenderlo, vivificarlo, actualizarlo y contártelo como si lo acabase de inventar él tras decenas de siglos de humanidad sin que nadie hubiese pensado en ello. Y eso es un potencial para la gran literatura.


IV
Novela para adolescentes, sí. Pero como si alguien se los tomara en serio, creyera en la gran verdad encerrada a presión en sus vidas, en esta sociedad de adolescentes crónicos, como si la adolescencia aún pudiera ser un segmento crucial en la vida, en la totalidad de la narración que es la vida, y no un sueño histérico inflado por la industria del ocio.


Novela altamente recomendable. Capaz de devolver esperanzas en estos tiempos de crisis profundas. 

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tienes que beber más agua

-Tienes que beber más agua.
-Vale doctor.

Pero una cosa es hidratarse y otra lo que está pasando. Y la verdad es que ya me estaba comenzando a acomplejar: ¿por qué no llevaré una botella de agua mineral de dos litros conmigo, como hace "todo el mundo"? Hay un rito de canonización mediática y social de objetos, oficiado por futbolistas. Consiste en poner el objeto sobre la mesa mientras se habla ante las cámaras. Habitualmente es una botella de agua mineral. Por este rito, la botella de agua gana una nueva naturaleza, pasa a ser símbolo, magia, talismán. Y ya es difícil no escuchar el glup, glup en cualquier lugar público. Temo que pronto alguien se dirigirá a mí así: "Eh, usted, el que no lleva botella". O peor: "Buenas tardes, ¿me deja ver su DNI, por favor? Gracias y... ¿no lleva botella? ¿no sabe que no se puede circular por la acera así, por peligro de deshidratación? 200 euros".

El otro día, en el fragor de un coloquio sobre arte contemporáneo, una asistente entre el público recurría sin pudor a su práctica hidratante echando mano de este agua milagrosa secularizada -porque el milagro que se busca es el de la eterna juventud, aunque no se sea muy consciente de ello-. Luego, al contárselo a un amigo, me entero de que hay ingresos en hospitales por hiperhidratación, y que existe la potomanía: manía de beber demasiada agua para saciar el hambre y no engordar.

Bueno, lo que apartó finalmente mi mano del objeto mágico no fue el inevitable fastidio de cargar con unos quilos de más, ni el dispendio económico de comprar una mochila en la que introducirla -convirtiéndome en un literal acueducto-, ni los casos clínicos por hiperhidratación. No, no fueron condicionantes físico-económico-hospitalarios; fueron, simplemente, estéticos. No acabo de ver claro tanto plástico conmigo. Si me imagino empinando el codo con una botella de agua mineral de dos litros en medio de un coloquio sobre arte contemporáneo, me da un ataque de vergüenza anticipado. Bueno, quizás alguien pensaría que estoy realizando una performance, o remedando la postura del Laocoonte desde un irónico guiño postmoderno. 

Una cosa no quita la otra. Hay que hacer caso al médico. El problema no es hidratarse, sino perder el buen sentido de lo humano al hacerlo. Además, la botella de agua mineral es sólo el principio: no veo lejos el momento en que llevemos también en la mochila un bote de ketchup, un tupper con escarola, cereales all-bran, té rojo y verde y camomila, un pack de servilletas de papel, gel, cubiertos de plástico, un mantel de hule, sandwichera... Echaré entonces en falta el manual de instrucciones del sentido común, que parece que es lo que estamos olvidando... ¿será por deshidratación?  


miércoles, 24 de noviembre de 2010

El misterio del suelo del parque

Una de las revoluciones silenciosas que, sin duda, provocará un inminente cambio en las conductas sociales en los países del primer mundo es la aparición de pavimentos de caucho en los parques infantiles.

No sé si recordará usted, querido lector, sus caídas del columpio en el parque. Todos hemos tenido esa experiencia de la caída: una impresión inefable acuñada en los primeros años de vida, que sella nuestro desposorio irreversible con la realidad. Más tarde, mediante la religión, la filosofía, la sabiduría popular, pudimos descubrir el sentido del trauma: de esa y de las subsecuentes caídas de todo tipo, y pudimos humanizarnos, y evitar ser un animal violento y a la fuga.

Pero, ¿qué les estará ocurriendo a esos niños y niñas que, al caer, rebotan con una carcajada? ¿qué ocultación se les hace de la primera de las grandes leyes, la de la gravedad -física y moral-? Privados de esta experiencia primigenia y fundante, ¿cómo encajarán la caída, que sin duda vendrá inapelable en algún momento, sin este primer encuentro estructurador? ¿podrán entender un 10% de alguna de las grandes obras de la literatura universal? 

No estoy en contra de intentar evitar el dolor, cuando se pueda, faltaría más. Sólo ocurre que dudo de la bondad de esa gran ola pedagógica que consiste en evitar cualquier tipo de molestia a los niños. Hay ciertos intervencionismos que se revelan totalmente antinaturales. Seguramente mi invectiva contra el pavimento de caucho no es más que una hipérbole, y las hipérboles son para diluirlas en cuatro quintos de sentido común, y entonces dan el sentido que tienen que dar. 

El dolor es un misterio, como decía Gabriel Marcel, y los misterios, misteriosamente, nos humanizan.  

lunes, 22 de noviembre de 2010

Con dos pasas

La ambigüedad es deliberada: no me refiero a las tradicionales uvas pasas, no estoy abduciendo la Navidad a este final de noviembre. "Con dos pasas" es la contraseña liberatoria que los partisanos de 4º de la ESO se susurran mutuamente para soportar el paso de los días escolares e ingresar finalmente en 1º de Bachillerato, como un paquete de SEUR que será inexorablemente entregado en la puerta de destino. 

-"Como pasas de curso con dos asignaturas suspendidas, tacha del menú el par que menos te apetezca para este curso; si de todas formas vas a pasar... 

-"Tío, pues a mí me mola poco la lengua... y las matemáticas no te digo"... Zas, zas.

"Con dos pasas" es la consigna con que el movimiento de liberación anima a sus partisanos en la lucha contra el sistema. Curiosamente, el sistema a abatir es el del centro educativo particular; mientras que el gran sistema -oh paradoja-, el Gran Sistema Educativo Ministerial (me acaba de venir a la cabeza el proyecto Gran Simio, no sé por qué) es el inductor de la consigna, el pergeñador de la gran abstracción pedagógica legitimadora. 

Entonces... los docentes somos ¡los auténticos partisanos! entre dos trincheras de fuego amigo y, más que amigo, colega del buen rollo -ya se sabe que el colega del buen rollo es el que te arroya en cuanto te des la vuelta-. Esta es la toma de conciencia a que se nos empuja: con la progresiva politización de la escuela, en medio de esa mutación a democracia partitocrática, los profesores somos "el otro" inasiminable, el enemigo necesario  -como explica Carl Schmitt en Teoría del partisanopara la dialéctica del conflicto en que se quiere convertir la educación. Pero si no quieres ser asumir el avatar de enemigo previsto en esta playstation político-pedagógica, te has de convertir en partisano, en quintacolumnista del sentido común.

Pediré una bandolera y un trabuco a los Reyes Magos. Hace falta algo más que un par de pasas para afrontar esto.  

viernes, 19 de noviembre de 2010

Coca-Cola y moral universal

Acabo de leer una noticia sobre la campaña de Navidad de Coca-Cola: la verdad es que no he entendido mucho qué es lo que se pretende con lo de "intercambiar regalos". Supongo que es una iniciativa altruista, pero en cuanto he comenzado a leer la noticia me he perdido -también me pasa con las películas de intriga con guión pretencioso-. En esta noticia se dice algo de un "almacén virtual de ilusión" -no estaría mal analizar cuántas figuras retóricas hay en este sintagma-, y me hace pensar en si no es la crisis lo que hace poner la proa hacia los grandes almacenes virtuales, cuando el bolsillo empírico no está para hacerse muchas ilusiones. 

Pero bueno, sobre todo me llaman la atención los tres eslóganes de la campaña: "La ilusión no se crea, ni se destruye, se intercambia", "Busca la felicidad de los demás y encontrarás la tuya" y "Haz click en el corazón de alguien". El primero es un travestismo de la Ley de conservación de la energía de Lavoisier, el tercero me hace pensar en un corazón virtual, y el segundo es el que me parece especialmente interesante. Seguramente porque es una máxima moral, suscribible por varias grandes tradiciones culturales; y -aquí viene la razón poética y el efecto de extrañamiento- porque su presencia entre las otras dos me hace imaginar un profeta entrando en un McDonald's.

Bien, me gusta la Coca-Cola y me gusta que las máximas morales universales ampliamente compartidas resuenen con la fuerza contundente de la publicidad en medio de un ambiente postmoderno culturalmente relativista. ¿Qué más se puede pedir? 

Pero ya digo, no he entendido muy bien de qué va la campaña. 

 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hacia Nochevieja

Mis alumnos venden entradas para la fiesta de Nochevieja. No me ofrecen una por motivos obvios, y yo tampoco querría que mi calva asomara por el Tuenti de media blogosfera al día siguiente de la noche de autos.  

De algún modo, estas prisas, estos preparativos, es como querer que el final se adelante, convertir dos meses en una víspera. Julián Marías habla mucho y bien de tener proyectos, de biografiar el futuro, en ese librito Breve tratado de la ilusión. Pero estas urgencias de bachilleres, no sé, no sé. Más parece una huida hacia adelante cuando el presente se arrastra decepcionante. Y sin embargo... estos chavales viven de la ilusión.

Yo, la verdad, carpe diem. Como Diógenes a Alejandro Magno -o eso dicen, o dice Plutarco, o no sé quién-: que no le quitara el sol de aquel momento. En esto del carpo, creo que soy más Keating que el Keating de los poetas muertos: ahora esto, después aquello, luego lo que venga. ¿Nochevieja? Prefiero diajoven, aquí y ahora. Lo más cercano que veo es el Adviento -para preparar la Navidad-, y tengo una gestante idea de lo que pediré a Sus Majestades -crisis mediante-. 

La semana que viene, en el aula, tenemos que hablar de  neoepicureísmo cristiano. Igual mola, y me regalan una entrada.  

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cuatro apuntes para Trece elegías y ninguna muerte de Enrique Baltanás



I
Trece elegías y ninguna muerte es un título contradictorio. El ajedrezado siena y blanco que se extiende por las cubiertas de este libro -tan bellamente editado por La Isla de Siltolá- parece reflejar algo de esto: a mí me sugiere un toma y daca entre contrarios, un proceso racional ad infinitum que pide un límite –de aquella razón, razón nada razonable, cuya modernidad advirtió Chesterton-. El propio libro lo limita con sus dimensiones, impide “a sangre” un desparrame de razón pura sub specie guttenbergis. Pero es el oxímoron del título el que finalmente ataja el juego irresoluble de contraposiciones, porque un oxímoron lleva en su interior un artilugio de desarme –o autodeconstrucción si nos ponemos postmodernos-: vuelve romos los términos antitéticos por rozamiento, al obligarles a un entendimiento mutuo. Entonces, si el oxímoron es de raza, si no procede del puro disparate o la demagogia, tomará vuelo hacia otro nivel superador de la contradicción aparente. Trece elegías y ninguna muerte ya promete ese otro nivel que ha de ser altura, ámbito, claridad, conocimiento, luz. Y cumple ya en la “Elegía I”.

II
Podemos llevar una linterna en el bolsillo, pero las luces que más iluminan son las altas, las inaprensibles, las que saludamos desde una desmesurada lejanía, paradójicamente tan cercanas y necesarias: las misteriosas. Y el misterio es la atmósfera de este poemario, belvedere donde los poemas respiran su sustancia humana y poética. Qué no haya de entenderse por misterio, no podría decirlo yo mejor que la “Elegía II” del poemario (un compendio de sabiduría en pocos versos). Es el misterio de la vida, el que han señalado los buenos existencialistas, como Gabriel Marcel, la puerta a la trascendencia que la razón sensata encuentra cuando, legítima, realiza sus operaciones pero retiene la temperatura de la humana circunstancia –misterios de dolor, de gozo- del aquí y ahora. Entonces pare la esperanza.

III
Desde el “Poema-prólogo” se aprecia un discurrir meditativo, grave, de quien va a paso quedo, afirmando las pisadas tras las muchas carreras, errores, desengaños. Se invoca Tan sólo un pensamiento que razona/y mide sus palabras, después del desengaño,/quedándose en los huesos. Me viene a la memoria ese gran poema de Eliot, Miércoles de Ceniza, igualmente escrito desde una dolorosa y lúcida madurez. Allí, para la apropiada expresión poética, se recurre a la sencilla y poderosa fraseología de las oraciones cristianas, al eco de versos de otros poetas -metafísicos y desengañados-, a la resonancia firme de la tradición y la cultura, a la repetición cadenciosa en estribillo… Aquí el proceder se acoge a las virtudes purgativas del entendimiento, a su fría luz con que huir la cálida ceguera de la pasión y de las especiosas apariencias. Baltanás pone en juego la tradición métrica de la silva como guante ajustado a la diestra mano; la repetición no de frases, sino de esquemas, movimientos, intuidos patrones de un tempo anímico traducido en ritmo verbal; la economía de las palabras, esplendente y sorpresiva en su libre necesidad; la imagen certera y novedosa, como una ventana inesperada: de la altura al barranco, y tantas otras; ecos machadianos: Por eso entre la niebla me confieso/aún buscando la luz (“Elegía VI”); incluso la referencia a pasajes evangélicos de luz, redención y resurgimiento, que expresan no un estado beatífico ya alcanzado –tan poco poético, tan nada humano-, sino una necesidad y un deseo:

Aún espero encontrarlo y encontrarme.
Quizá no me rechace. Y tal vez
me diga como a Lázaro: levántate…

IV
Así que no huye la emoción del poema, aunque haya sido pretendido desde el entendimiento. Y no lo hace por ser precisamente poema la forma que sustancia tal empeño. Como no deja de ser padre el padre por corregir ahora, cuando antes gozaba en el juego con el hijo. Al final, gobierno político, no despótico, de las pasiones, que decía Aristóteles. Baltanás es también profesor, quizás convenga en que la educación no sea más que el perenne ensayo de ese polifacético poema que es la vida con y para los otros. Ahí está ese “Ramo de rosas”, final de la segunda parte del oxímoron, la segunda parte del libro: Ninguna muerte:

Toma el ramo de rosas que te ofrezco,
no las desates, déjalas así
en un cristal con agua.
Su ofrenda te darán por unos días,
aunque serán muy breves.

No hagas caso del tiempo.
El tiempo es un engaño en ese ramo
y en otras tantas cosas de la vida.

Su brevedad no mires; sí, las rosas,
que son, igual que tú, que yo, fugaces,
pero rosas unidas en un ramo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La metonimia salvará al mundo

"La belleza salvará al mundo": se propone esta frase en el grupo Filosofía joven, de Facebook, para la discusión. A mí, esta frase de un personaje de Dostoievski me parece una metonimia -al fin y al cabo Dostoievski era un artista-. Una metonimia toma una parte por el todo, por lo que me parece que algo más que la belleza, algo con lo que la belleza va, salvará el mundo. Pero ¿que...?

No me quiero meter por esos cañaverales ahora mismo, pero lo que sí tengo claro es que, sea la salvación del tipo que sea, si es auténtica salvación, la belleza estará allí: podrá no ser condición suficiente, pero desde luego será condición necesaria.


Una salvación fea, ¿es razonable? ¿de qué puede salvar? ¿no sería una condenación? 


Intuyo firmemente que nuestra dignidad como personas, y por tanto cualquier pretensión de sincera salvación humana, exige la metonimia de la belleza.

jueves, 11 de noviembre de 2010

La cultura por barrer

Hablemos un poco de política... cultural. Me refiero a tendencias que, sin duda, no siempre se dan en actuaciones concretas -sobre todo cuando hay gestores con verdadero sentido prepolítico y metapolítico-. La cuestión es el diverso modo de encarar la cultura desde la izquierda o la derecha. 

El problema de la izquierda es de identidad: identifica la cultura consigo misma: o hay identidad entre cultura y propia ideología, o no hay cultura posible. De ahí las continuas rigideces de sus actuaciones.

El problema de la derecha es de visión: no ve la cultura porque no acaba de entender qué trascendencia puede tener el asunto. Cuando ejerce el poder público en cultura suele subcontratar a gestores de la izquierda, con lo que se suelen cocinar unos potajes considerables.

Sea unos u otros, sería de agradecer que los gestores políticos reconocieran los límites de su trabajo -la política es una dimensión humana más, y tiene el vicio ideológico de metastasiarse por toda la vida humana-, y dejaran que la propia cultura les trascendiera. La cultura es cercana, rica y plural. La política es un servicio.

Entre unos y otros, la cultura por barrer.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Toy Story 3 y Ortega y Gasset y la rica verdad

Hace unos días vi Toy Story 3, y creo que el guión está a la altura de su impresionante 3D, o diciéndolo con más propiedad, el 3D está a la altura de su gran guión. Me quedo sobre todo con ese paso de la adolescencia al inicio de la edad adulta, expresado a través de la entrega de los juguetes. Creo que hay mucha finura, sabiduría, en su tratamiento. Vemos la tensión, los forcejeos, la crisis de crecimiento. 

Resulta que, después de ver la película, estuve leyendo La existencia abierta. Para lectores de El Principito, del profesor venezolano Rafael Tomás Caldera: un grandísimo pequeño libro sobre uno de los más grandes libros de la historia de la humanidad.

-¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

Of course. Otro día hablaremos de esto, ahora lo que quería comentar es que Caldera trae una cita de Ortega, de una carta a Zenobia Camprubí, que me ha hecho equilibrar la verdad del mensaje de Toy Story 3. Cito parte de la cita:

Somos poco leales con nosotros mismos y gravemente ingratos con nuestro niño interior. Él es, él es quien empuja nuestros días, llenos de desazón e insuficiencia, con el aliento caliente de sus fantásticas esperanzas. Sin él, señora, diez veces en la jornada nos tumbaríamos vencidos al borde del camino, como el can reventado (...) Todos los grandes espíritus ha sabido escuchar, por debajo de los ruidos exteriores de la vida, la alegría y el llanto del niño que llevamos dentro...

Digo equilibrar porque cuando Andy deja los juguetes y se va conduciendo el coche -otro signo de vida adulta- a la universidad, nos ha enseñado una verdad, pero es una verdad complementaria con la que señala Ortega, y con otras que no caben en este post del blog. Así de rica y profunda es la vida, y nuestro conocer, si nos ponemos a ello de verdad.

domingo, 7 de noviembre de 2010

No desencuentro, sino encuentro

Me refiero a ese controvertido diálogo entre Benedicto XVI y los periodistas en el avión rumbo a Santiago de Compostela. Me fijo en esta frase:


para el futuro de la fe y del encuentro – no desencuentro, sino encuentro – entre fe y laicidad, tiene un punto central también la cultura española


Ya se ve que "laicidad" no puede ser interpretada como algo malo, dentro de la semántica del discurso de Benedicto XVI; si no, sería como si el Papa estuviera pidiendo hora para una entrevista con el lado oscuro de la fuerza, con idea de llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que permita establecer acuerdos puntuales destinados a ulteriores medidas pragmáticas dentro de un gran pacto de viabilidad de comunicación bilateral que posibilite unos minutos más de presencia de la Iglesia en el prime-time del escenario mediático-político-económico de este mundo globalizado de acuerdo con shares de audiencia y encuestas de aceptación a cambio de unas contraprestaciones espiritu-político-culturales de modo que se pueda llegar a un entendimiento basado en el diálogo (tomar aire aquí) dirigido a llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que... (da capo senza fine, con la precaución de hacer la pausa respiratoria en el lugar adecuado)

El Papa, obviamente, se refería a otro tipo de encuentro.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Impresiones tras la presentación de Leer o no leer en el Bibliocafé

Lo pasamos muy bien. Bastantes amigos, clientes del Bibliocafé, José Luis y María Fernanda -los creadores de un espacio cultural tan necesario y acogedor-, y el DúoMo, haciendo de las suyas una vez más: Billy Joel, James Taylor, Weather Report, Pink Floyd, McCartney, U2, The Beatles, Stevie Wonder, Clapton... Hubo un muy interesante coloquio sobre la enseñanza de las letras, la iniciación a la escritura, qué leer, el valor identitario de la lectura, la inspiración...

Luego, al terminar, cuando vas recogiendo los cables, desmontas el saxo, y vuelves a casa a través del tráfico que nada sabe de lo que acabas de hacer, en medio de ese ruido ajeno que hace resonar más fuerte tu runrún interior, no dejé de pensar en los temas tocados, en las relecturas de esos temas musicales. Entonces eres consciente de tu "momento de lectura", mezcla de don y fragilidad, de lo que aportaste y dejaste de aportar, de tus hallazgos y tus repeticiones, de los errores de lectura, de las intuiciones, de la improvisación, de las conexiones... de esa mezcla de temeridad, riesgo, tensión, vulnerabilidad, confianza, complicidad, instinto de supervivencia, comunicación... y de la imprescindible presencia de los amigos.

Vivir, leer, releer.  

viernes, 5 de noviembre de 2010

Conexiones

Wayne Shorter, el saxofonista tenor/soprano que trabajó con Miles Davis, y luego en la portentosa banda Weather Report, ha estado en Madrid, y fue entrevistado por ABC. Me quedo sobre todo con esto: 
La buena música no busca hacer dinero, sino elevar el nivel espiritual de la Humanidad, hacer de la condición humana algo más digno. El jazz significa luchar por ser mejor persona, el be-bop llegó porque queríamos ser mejores personas. Alguien que puede tocar una melodía preciosa y luego llegar a casa y maltratar a su familia, lo tendrá difícil para alcanzar la plenitud en el jazz.
Eso, eso último de la relación entre el arte y la moral, conectó con la famosa frase de Theodore Adorno de que después de Auschwitz, escribir poesía sería un acto inmoral. Una maldad masiva borraría la posibilidad de la belleza. Y la frase de Adorno conectó con esto de Benedicto XVI, cuando era cardenal:
Esta objeción, para la que existían ya motivos suficientes antes de Auschwitz en todas las atrocidades de la historia, indica que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. (...) Apolo, que para el Sócrates dé Platón era «el Dios» y el garante de la imperturbable belleza como lo «verdaderamente divino», ya no basta en absoluto. (...) En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. (...) Precisamente en este Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega «hasta el extremo» y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.
Pues eso, conectando.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Construir la realidad, ¿suena?

Quizás sea una de las frases que más hemos oído, y seguimos oyendo, desde hace tres décadas como mínimo. Es una eslogan postmoderno, funciona muy bien, tiene apoyos antropo-psico-pedagógicos bastante solventes, aunque la cosa se suele torcer por un desmedido entusiasmo: por la senda de las utopías y las ideologías, siempre se va demasiado rápido, o de noche, y no se ve bien todo el paisaje. Y se descarrila.

No me extraña esta inflación de constructivismo: desde hace unas décadas lo audiovisual es un agente rector en nuestros modos de vida, y ahí, sí que todo es construido. Construir la vida, como se construye una narración audiovisual, tiene su razonabilidad. Creo en la identidad narrativa, pero hoy por hoy, esa construcción audiovisual que empuja a su emulación en la construcción de identidad, se ha encerrado en lo virtual, en aspectos imaginativos, desiderativos, pulsionales. Nietzsche y Freud sonríen orondos desde los consejos de dirección de las multinacionales del sector. 

Yo propondría una conexión entre lo virtual y lo virtuoso: también sentaría a la mesa de negociación de la identidad a Unión General de Platónicos y a los de Comisiones Aristotélicas -no se lo va a quedar todo Zuckerberg o James Cameron o la MTV-.

Sobre todo ahora, que el sector de la construcción no está muy boyante, que digamos. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Tú no morirás

"Amar a un ser es decirle tú no morirás", eso dice el personaje de Antoine Framont, en la obra teatral La muerte del mañana (1931), de Gabriel Marcel. Marcel la repitió muchas veces después, en escritos filosóficos y en conferencias. 

Con el otro se palpa la misteriosa trascendencia de la persona, su sorprendente solidez, su paradójica fragilidad; la razonabilidad más allá de la razón; la esperanza contra toda esperanza; la promesa como fidelidad; la repetición como vocación.

viernes, 29 de octubre de 2010

Ernst Robert Curtius y la carne ilustrada

Leyendo Diario de lecturas de Ernst Robert Curtius -uno de mis sabios de cabecera-, me encuentro esta deliciosa anécdota:
Cuando me encontraba -pronto hará treinta años de ello- escribiendo un libro sobre Balzac y quise reunir testimonios de la acogida dispensada a este autor por sus contemporáneos, intenté conseguir los diarios de Goethe, que, como es sabido, tan sólo en la edición de Weimar se reproducen completos. Me resultaba difícil el acceso al texto deseado. Mas he aquí que, al comprar embutido, el tendero me lo envolvió en un pliego de maculatura de la edición de Weimar que contenía precisamente el texto buscado. En momentos de gran efervescencia intelectual, las cosas vienen a uno sin que antes las haya perseguido.
Bien, me pareció tan curiosa, que se me disparó la imaginación: 

-A ver, Klaus, me pones media cuarta de morcillas.
-¿De las de cebolla, Herr Curtius? Me las están quitando de las manos.
-Sí, sí, de las de cebolla, que eso siempre activa la circulación.
-¿Algo más, panceta, morros...?
-No, para este fin de semana bastante... por cierto, ese papel... ¿es de los diarios de Goethe?
-Sí, siempre cotejo el papel de envolver con los volúmenes de mi biblioteca, y como vi que los diarios de la edición de Weimar los tengo en buenas condiciones, y este es un pliego de desecho de imprenta pues...
-Bueno, tú avisa siempre, que de los manuscritos del Maestro Eckhart que envolvían la paletilla de la semana pasada casi ni me enteré; pensaba que eran apuntes de Hegel en Tubinga, de esos que están utilizando este año como combustible en las locomotoras: son puro progreso; pero dicen que para el fogón casero no van tan bien. 
-Sí, los de Schopenhauer encienden más rápido, son pura chispa. Usted perdone, sí, hay que ser más cuidadoso.

Bueno, perdón por la maldad, pero no he podido reprimirme. 

miércoles, 27 de octubre de 2010

Crónica de un profesor en secundaria, de Toni Sala

Me lo he leído de un tirón, aprovechando un día no lectivo, por semana de exámenes. No es una novela, es una crónica con la dosis justa de "novelaje" o construcción narrativa. Y qué certero. Me he identificado en muchos aspectos con el personaje. Más allá de nuestras diferencias (fundamentalmente, el personaje trabaja en un instituto público, yo lo hago en un colegio concertado), hay coincidencias notables en algunos aspectos. Y por lo que hace a este blog, coincidimos en la alergia a incensar las abstracciones en el aula, y en la nostalgia por las narraciones como camino educativo. Pero hay bastantes más coincidencias. Como diría el Marlow de Conrad en Lord Jim, Toni es "uno de los nuestros".

En fin, representar las cosas feas, además de una catarsis, puede ser un modo de trascenderlas hacia algún cambio en ese mundo que sirvió de referente. Si se sabe hacerlo. Y Toni Sala sabe. 

lunes, 25 de octubre de 2010

La fórmula preferida del profesor, terminada

Lo he terminado (La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa), y tengo mis reparos para hacer una crítica: ha sido una lectura muy fragmentaria, muchas veces a última hora del día. Sospecho que se me han escapado varios de esos momentos que sólo vienen cuando lees un buen rato, de tirón, y te has olvidado del mundo circunstante, y entonces el texto te lanza su conjuro. Pues se me han escapado todos. 

De todos modos, ha habido momentos especialmente bonitos: algunos en los que me ha admirado la capacidad de la autora para mostrar la belleza de las matemáticas, y me quedo con esos brillos de belleza nueva para mí. Por otro lado, creo que en algunos pasajes la profundización en las matemáticas es excesiva, la pasión en la protagonista poco verosímil, el asunto del béisbol un tanto extralimitado, el tema de la viuda muy en el aire, y el final... no sé, no lo veo redondo.

Igual es que se trata de un modo de narrar oriental que todavía no me captura. A mi gusto, le falta un poco de temperatura para ser una novela que busca un público amplio y que cuenta con elementos, a priori, tan jugosos y arriesgados. 

Creo que acabaré de aclararme cuando vaya a comer a un restaurante japonés. 

viernes, 22 de octubre de 2010

Leyendo el tatuaje de Lady Gaga

Jaime Nubiola me envía algo muy curioso: una imagen del tatuaje que lleva Lady Gaga en el brazo izquierdo. Curioso porque el tatuaje reproduce un fragmento de las Cartas a un joven poeta, de Rilke, grafiado en un floreado alemán.






Traducido es:
Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar mas profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora mas callada de la noche: ¿debo escribir?
De entrada descubro en el texto esa necesidad de la pasión que es habitual en el artista. La voluntad y autodeterminación necesarias para crear. También la faceta neorromántica de Rilke, y de tantos artistas actuales para los que el ciclo romántico todavía no ha terminado. Y esa excursión hacia el "fundamento", tan moderna, mostrado en el contexto de "raíces", "profundo", "corazón", "muerte", "hora más callada de la noche". 

Nubiola, en un jugoso artículo, se apoya en C. S. Peirce para indicar que: 
 ...en nuestra actividad investigadora nos encontramos andando sobre un barrizal, en el que caeremos si en lugar de seguir hacia delante nos detenemos en busca de un asidero firme e inconmovible.
Lo cito porque quiero aplicar esa idea aquí: un rasgo de buena postmodernidad -momento que en muchos aspectos es un barrizal- será corregir ese buceo en la inmanencia del yo como camino del éxito, ese legado de la modernidad romántica, con su estatismo y su incomunicabilidad; y abrir el arte a una comunicación con el otro, mientras no se deja de caminar atendiendo razonablemente tanto a las necesidades de la vida cotidiana, como a la propia interioridad y a lo permanente (que se puede llamar lo metafísico). 

Seguramente el consejo le vino muy bien al joven poeta. Pero creo que hoy hace falta un arte decididamente razonable, sin dejar a un lado la pasión, que no la inventó la modernidad romántica, y ya la reivindicaba nuestro buen Platón. 


Quizás llevar tatuadas estas cosas, como la Srta. Gaga, ayude a no olvidarlas. Yo, la verdad es que prefiero que me las recuerde mi pda, o las personas con quienes intento ser razonable. 




martes, 19 de octubre de 2010

La Y

No sé por qué, esta mañana, muy de mañana, me asaltó el pensamiento de por qué me había gustado Crimen y castigo de Dostoyevski. Recordé que había leído de lectores que les había encantado la novela, que reconocían su valor, pero que mantenían un cordón sanitario frente al contenido: no querían que les afectase. Yo llamo a eso esteticismo -no soy el único-. 

Y recordé por qué me había gustado a mí: el contenido me pareció fabuloso, sobrecogedor, verdadero, y el modo de contar, un deleite... Ya está: me gustó aquello y esto, me gustó la Y. Creo que las grandes obras literarias son ese raro prodigio de la Y al más alto voltaje. Y que las mejores fruiciones lectoras no se dan sin exponerse a una fuerte descarga de Y.