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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 23 de junio de 2014

Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura



I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con la realidad, posmodernidad también es Áspera nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos, su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.  


II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.  


III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:

La luz de las aristas no es más dura
que la del corazón a medio hacer.


IV.

Libro áspero, del desencanto radical con las hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide otro. Se verá.  

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