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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



martes, 17 de junio de 2014

El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura



I.
Me gusta, sobre todo, la primera parte, "Aquellas infinitas escaleras". No siempre sabes por qué, pero el no saber no quita que te guste. O precisamente te gusta más porque no lo sabes. Debe de ser una ley de recepción lírica -esto ha quedado muy pedante-. Pero algunos porqués sí creo que los sé. En "Ocurre a veces que al llegar a tu casa/..." hay una humanización del espacio, como una extensión de la amada. Llegar allí no es llegar hasta ella, es llegar a ella. Y eso no es un modo de sentir que JSM haya inventado, porque nos ha ocurrido, nos ocurre a todos: este largo pasillo es Amparo, estos pinos Julio, esta ventana, expresada de lluvia, Chelo... Lo bello, lo verdadero es que JSM lo haya hecho poema, sin declararlo, solo con la imagen.

porque vivir es temblar al sentir
que voy llegando a tu casa,

II.
O esos finales de poema, rasgo de estilo del autor, donde se evita un cierre redondo, donde algo queda como sin resolver, en tensión.

El día de ayer ha sido irreparable,
amargo.
...
Y llego tarde a casa,
pero prefiero verte.

III.
Me gusta la imagen del título: El violín mojado. Un violín mojado se ensordece, se le enronquece la voz. La caja de resonancia cae en una pulmonía. Se puede tocar con él, pero toda nota recordará la enfermedad, aunque la melodía sea brillante, quiera cantar la belleza. Un violín mojado puede ser una bella imagen de la condición del hombre, de cualquier hombre o mujer.

IV.
Pero me gusta pensar, y lo creo, que los violines mojados pueden reavivar su alma, esa pieza íntima que reparte el sonido por la caja de resonancia, que recoge todas las tensiones y los matices; siendo lo más delicado, es lo más fuerte. Otra ley, también condición de escritura y de vida.  

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