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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 15 de octubre de 2010

Dioses, tumbas y relecturas

No recuerdo mi edad de entonces, no tendría más de catorce años. Mi tía me dejó Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram. Creo que a ese préstamo debo mi pasión por el mundo antiguo, y la atención a lo alemán. Schliemann, el descubridor de Troya, aquel hombre excepcional que hablaba ocho idiomas a los veintidós años, ocupó ya un lugar en el mundo mítico del adolescente que era yo. Ah, Troya ya había sido descubierta. Algún día habría que ir allí.

La verdad es que no he ido todavía a Troya, pero sí he vuelto al libro. Con una emoción atemperada he releído el relato de la exhumación de la gran ciudad. Y esta relectura ha desenterrado también al adolescente febril de entonces. 

Ahora somos dos, que tienen que entenderse.

2 comentarios:

  1. Qué gran libro. A mí me lo dio Orlando Pérez y no lo he olvidado. Egipto, Grecia, Roma siguen en mente. Cada una en su esplendor y decadencia, pero vivas. Leer tu entrada ha quitado el polvo de los fósiles, je. Tengo un libro que te encantaría, ya te lo enseñaré.

    Por cierto, hay que ir a Troya. Calígula no consiguió robar las armas del Aquíelo... E Indiana Jones es un cuento.

    Un abrazo

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  2. Cierto, hay que ir a Troya, además, desde que Turquía es (casi) Europa, me animo más.

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Muchas gracias por tu comentario, lo leo dentro de un poco -es bueno darse y dar un poco de tiempo a los demás, así la vida se vuelve más humana- y te respondo