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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 4 de abril de 2011

Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape: cuatro notas


I.
Termino de leer Las vidas de Joseph Conrad, es una mañana de domingo que pesa blancuzca e indefinida sobre todas las cosas; pero yo sé con certeza que he saldado un antigua deuda. Ya son veintipico años con Conrad, como un familiar que viene a verte un par de veces al año. Todo comenzó con Lord Jim.

II.
Lord Jim, un acontecimiento en mi vida lectora -¿hace falta añadir lectora?, seguramente no, pero ahí se queda-. Una novela leída en lengua original, francamente difícil, pues con ella empezaba a leer literatura inglesa. Conrad no solo te abrumaba con los términos náuticos y atmosféricos, te envolvía luego con aquella disección meticulosa de las almas, de las pasiones, de los caracteres, ideales, villanías... Aquella narración morosa, desordenada, polifónica, con sus largas reflexiones, su inquisición en el pasado personal, en lo oscuro... y en la luz. Conrad el zahorí, con su vara, fiado de su don no manipulable, como los dones auténticos.

III.
Y luego, El corazón de las tinieblas, Victoria, Juventud, Tifón, Freya la de las siete islas, El confidente secreto, Chance, El regreso, La línea de sombra, Salvamento -confieso que no la pude terminar, pese a la espléndida traducción de Benítez Ariza: Conrad también tuvo sus obras fallidas-, el deficiente Gaspar Ruiz -un fiasco reconocido por el propio autor, que andaba necesitado de dinero-... 

Estaba pendiente la lectura de una biografía. Algún día hay que preguntar por el pasado de ese familiar que cíclicamente nos visita. Y en ese pasado hay de todo, como en la vida de cualquier persona: allí está el Conrad crónicamente enfermo, el hombre encandilado siempre por algún proyecto, el incapaz de administrar sus asuntos económicos, el idealista, el derrotado... y algunos más. Ahora estimo mejor a este inesperado pariente.

El trabajo de Stape me ha parecido magnífico: es un erudito, y su libro una investigación que pone todos los datos sobre el tapete, y lo dudoso como dudoso. Las biografías, después de dar todos los datos, de ser honestas mostrando su punto de vista, deben dejar la sensación de que han respetado, finalmente, el misterio que la persona es. La de Stape la deja. 

IV.
Un escritor es para el lector, al fin y al cabo, un inasible haz de sensaciones, sentimientos, ideas... Para mí, Conrad siempre será aquel paperback de Penguin, Lord Jim, con un fragmento de un cuadro, "Burial at Sea" -de no recuerdo ahora qué pintor de finales del XIX- como ilustración en la cubierta, aquellas páginas leves que se iban volviendo del color de la canela con los años... 

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