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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 1 de abril de 2011

La novela, la vida, Trapiello

No he leído mucho de Andrés Trapiello: sí una antología de poemas que salió en Pre-Textos, y me gustó mucho. Y luego, páginas de aquí y de allá: siempre me ha sorprendido y encandilado su estilo. Estos días estoy hojeando un libro suyo, El azul relativo, un libro de reflexiones literarias, vitales... de todo un poco, publicado en 1999. He encontrado allí un capítulo, "Todos somos novela", donde, sin llamarlo así, algo se dice de la identidad narrativa. Y ciertamente, no puedo estar de acuerdo con la tesis. Al hilo de sus lecturas de Baroja, Trapiello contrapone la vida del héroe de novela a la del lector, y comenta:

"Si uno llevara una vida satisfactoria nos daría lo mismo que se publicaran las obras de Baroja o las de cualquier otro, porque uno se dedicaría a vivir, a salir y entrar, a conocer gentes y dejar que el oleaje de la vida le llevara de un lado para otro, como esos trozos de corcho, de aristas redondeadas y superficies blancuzcas, que aparecen un día en una playa y dos semanas después en otra. Pero uno lleva una vida rutinaria, lee uno mucho todo el día y cuando no lee, se queda uno como Baroja junto a la ventana, un poco triste, viendo cómo la vida pasa de una manera tan poco elegante". p. 83.

Bien, no puedo entender la vida satisfactoria así. Me pongo en el otro extremo, aunque reconozco que la vida tiene sus mareas, que llevan y traen. Pero justamente lo único que puede hacer satisfactoria una vida, y convertir las rutinas inevitables en narración vital, en línea argumental, en novela al fin y al cabo, es el amor que se busca dar al otro a través de esas acciones. El amor es lo único que puede dar dimensión narrativa y lírica a la vida cotidiana. Fija una dirección, una esperanza, un misterio humano. Como en las buenas novelas.  

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