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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 7 de noviembre de 2011

Pintar el vacío: José Manuel Ballester


El viernes asistí a la entrevista-coloquio con José Manuel Ballester, primer día del ciclo Cultura Visual Contemporánea, de la Fundación Mainel. Ballester es artista plástico, premio nacional de fotografía 2010. En la conversación mostró algunas imágenes de diversas exposiciones- donde ha utilizado la pintura, el dibujo, la fotografía-, realizadas con gran delicadeza y sugerencia. En el coloquio habló sobre técnica, la consideración de la tradición, los lenguajes particulares, el enfoque documental, la enseñanza de las artes... Me gustaron su sensatez y su mirada inquieta...

Una de estas exposiciones, "Espacios ocultos", consistía en intervenciones en obras clásicas de la pintura, donde sustraía las figuras humanas de la composición, o como dice Calvo Serraller en el catálogo de la muestra: 
"en primera instancia, ha querido “limpiar” la pintura de paisaje histórica de toda la anecdótica humana, pero, en segunda, para trastocar el orden visual establecido de las cosas; esto es: invertir su jerarquía, dando prioridad a lo tradicionalmente considerado como en “segundo plano”.
Un modo de quitar la narración, y dejar el escenario. Un trabajo donde el fondo parece pasar a primer plano, y el vacío se vuelve inquietante. ¿Por qué?

Cuando vi esta intervención en La Anunciación de Fra Angelico, la del Prado, mis ojos buscaban las figuras, y verdaderamente esta ausencia se hacía inquietante. El fondo quería venir al primer plano, pero la ausencia lo detenía haciéndolo vibrar, como una estatuilla que quisiera salir de su hornacina, pero al no poder, se agitara con un íntimo y vehemente temblor. 

Claramente, vemos desde el recuerdo de lo que vimos, y desde la expectativa de lo que veremos; si sustraemos la pieza central humana, ese recuerdo y esa esperanza, ese continuo temporal que es antropológico -y no cosmológico ni biológico, y que somos nosotros mismos-, se siente golpeado en su corazón, y es entonces cuando sentimos esa intervención quirúrgica, esa extirpación, esa punzada que no se la dieron a la imagen, sino a la imagen que ya era vida de nuestra vida.

Ese vacío es nuestro vacío, y esa sustracción es pérdida nuestra; los segundos planos quieren la herencia, pero el vacío -porque era vacío de humanidad; no todos los vacíos son iguales-, ejerce una fuerza sobre las cosas con un dedo en los labios.

Pensé que si Ballester mostraba algún cuadro que yo no conociera, que no recordara, y por tanto no esperara, quizás no experimentaría ese golpe. Pero no fue así. Los conocía todos, porque todos están en El Prado -he tenido la suerte de visitarlo con mucha asiduidad-. Pero pensé que alguno en el que no me hubiera detenido habitualmente, podría hacer el mismo efecto: la serie de "La historia de Nastagio degli Onesti" de Botticelli. Y volví a sentir esa inquietud. Concluyo que se trata de ese hueco construido por todas las líneas de fuerza de la composición: todo dirige la atención allí; si no hay nada... mejor, si no hay nadie, ocurre que no puedes dejar de buscarlo, aunque desconozcas quién es.

Me figuro que el día en que alguien se situara delante de una cuadro intervenido por José Manuel Ballester, y no sintiera la punzada, y ninguna ausencia, ningún vacío humano frenara los fondos, que se vendrían adelante, estaríamos en la víspera del fin del mundo, tal como lo deberíamos conocer.

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