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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



miércoles, 8 de febrero de 2012

Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés: cuatro notas



I. 
EN EL ARTÍCULO "Ulises, orden y mito", Eliot defendía la decisión de Joyce de recurrir a un mito clásico, la Odisea, con el que ordenar, a modo de horma y esquema, el material delicuescente y borroso de la vida moderna, y así componer el Ulises. Un orden literario con el que "dar forma y un significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea", "hacer el mundo moderno apto para el arte". Defendiendo a Joyce, Eliot se defendía a sí mismo: dos meses antes de estas palabras, había publicado La tierra baldía, donde varios mitos ancestrales le ensartaban sentido al marasmo cultural e histórico aludido. Que por qué cuento esto. He leído Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés, y he notado aquella misma necesidad de contar la vida, de forjar una forma literaria, de recurrir a tradiciones, mitos, narraciones, voces para escapar a esa sensación de inmensa futilidad y anarquía que, no pocas veces, se suscita en la vida contemporánea.

II. 
PERO NO SOLO JOYCE, ELIOT... "Valonsadero", ese espacio "literario" que remite a un precioso espacio soriano de monte, peñas, dehesa, vegas, cañadas... es una geografía escrita, por lo tanto animografía, porque va cruzada de narraciones, contemplaciones, personajes, barruntos de lo invisible... Y entonces te acuerdas del condado de Yoknapatawha de Faulkner, de esa otra "estrategia" literaria para decir la belleza -clara, confusa, dura, posible, terrena y antigua y eterna- de la vida, de la biografía de alguien, de algunos, de los que estuvieron, de los que están, de los que estarán; al sacar la cuenta, de todos. Pero no solo de Faulkner: llevado de la mano por ese narrador que anda hilando pensamientos con riscos, y aves, y gentes, y faenas de cultivo, y relatos, y cosas que pasaron, y pensamientos... uno se acuerda de Sebald, de esos paseos en Los anillos de Saturno donde todo anda enredado, contiguo y transfigurado de metonimia. Y haber, hay bastante más, pero también hay que ir terminando esta segunda nota.

III. 
VALORAMOS, COMO AQUELLOS GRIEGOS ya menos clásicos del Areópago, los esquemas nuevos, las nuevas pieles, los curiosos andamiajes donde el Arte nos vuelve a entretener del incordio de ese algo innombrable que va con el tiempo de los días que vuelven y retornan -y eso no sería, no es, poco-; eso que los antiguos con la áspera y lacónica belleza de lo justo decían taedium vitae. Redención de ahora para luego, que cuando se sustantiva y reifica podemos señalar, sin duda alguna, como esteticismo. Y ya solo por el trabajo, el oficio de Enrique Andrés, que sorprende por su novedad -tan de siempre- de construir con buenos materiales y amplitud y variedad, la cosa quedaría en estimable, tanto como para juntarla con los Joyces, y Eliots, y Faulkners...  pero...

IV. 
ASÍ, LOS RELATOS DE Los montes antiguos, los collados eternos van enhebrando un hilo que entra y sale y atraviesa esos círculos concéntricos de estas Mil y una noches -y días y tardes y mañanas- sorianas, de esos rodeos y círculos aparentemente ociosos, de esos aparentes desahogos, aparentes licencias líricas y expansiones del cavilar... seguramente es una novela sobre las apariencias -las del mundo, las nuestras-, sobre sus glorias y sus dolores y su esperanza. La belleza del mundo, la hermosura que no se basta a sí misma; las mil narraciones que se cuentan y escuchan al amor de mil fuegos para, secretamente, meterle una puya al tedio... todo, rodado en esa rueda del tiempo que todo lo derriba y que pareció quedarse ahí fuera mientras alguien contó un cuento, un sucedido, con tosco pero sincero empeño y que, ay, notamos también aquí, dentro...; todo, todo eso que solicita una bella y piadosa historia que dé plenitud de sentido, anda familiarmente, como a la espera, en estas páginas. 


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