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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



martes, 13 de marzo de 2012

Las Fallas, unas grandísimas fiestas


Hablar de tus propias fiestas te puede poner en un dilema: o darte a la exaltación desmedida; o sucumbir a una pose de crítica hiperinteligente que no deje nada bajo la hoz de la ironía. Creo que he superado el dilema. Me siguen pareciendo unas grandísimas fiestas, y a la vez entiendo que, como todo bajo el sol de esta galaxia, tiene sus imperfecciones. 

A mí no dejan de sorprenderme las Fallas. Me sorprende lo completas que son: música, bellas artes, gastronomía, pólvora, castillos de fuegos artificiales, tradiciones culturales y religiosas... pero ahora solo voy a indicar las dos cosas que más me admiran y gustan.

La primera es su carácter participativo. No es solo Valencia capital: es en cada pueblo de la provincia. ¿Y qué ocurre ahí? Pues que se da una red de asociaciones -els casals-, por barrios, que agrupa a familias y a particulares, sin distinción social; que cada asociación -que comprende un área de calles- vive con sentido comunitario estas fiestas. Asaltados como estamos, constantemente, por la pérdida de identidad en nuestras ciudades, mordidos gravemente por las enfermedades psicológicas derivadas de la soledad, empujados a una casi natural desconfianza hacia el entorno social más inmediato... pues, en medio de todo esto, percibir estas redes de humanidad personal, familiar, comunitaria me parece algo de una gran fuerza identitaria. Esta red tiene un profundo sentido democrático -con todos los problemas que puede tener una democracia, claro-. Las Fallas son modernas, y son de siempre.

Y la segunda es la valoración de la mujer. La elegancia de las falleras es llamativa. Trajes, peinados, pasacalles... algo se ilumina en estas calles; hay algo antropológicamente muy valioso en esta potenciación de lo femenino, que trae a la presencia de cada mujer concreta un aura de atractivo y de luz. Algo que viene a decir que las cosas pueden ser de otro modo, que el cuerpo femenino que aparece industrial y comercialmente despersonalizado a diario, que los rostros neutralizados y tachados en su personalidad, pueden ser devueltos a la luz irrepetible de cada mujer. 

Me encantan las Fallas.

7 comentarios:

  1. Ya nos has puesto los dientes largos. Ahora sólo falta una invitación a una paellita en condiciones...

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  2. Nada que oponer a tu gusto por las fallas pero ¿de verdad crees que ponen en valor a la mujer? ¿Presentarlas disfrazadas con el traje campesino (que recuerda cuál era su papel? ¿Convertirlas en objeto decorativo? No veo que se presente a la mujer más que como pieza admirable estéticamente y con un papel simbólico, nunca activo. Sean las fallas o cualquier fiesta asturiana, andaluza, etc., me parece que perpetúan el papel subsidiario de las mujeres como jarrones decorativos. Tú mismo lo dices con eso del "aura de atractivo y de luz" o algo así. ¿Por qué de los varones no se dicen estas cosas sentimentales?
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. ¡José Luis, perdona, no sé cómo se me había traspapelado tu comentario! Y gracias por pasarte.
      Humm, muy interesante. No acabo de compartir tu concepto de disfraz: yo lo aplicaría a lo que alguien llevara a una fiesta de disfraces. El atuendo de fallera reivindica parte de la identidad valenciana, y no pasa nada por recordar la dimensión rural que tiene esta comunidad, y sigue teniendo. El papel de campesinas: no le veo ningún problema.
      ¿Objeto decorativo? En absoluto, pero mejor que te lo respondan las miles de mujeres que se visten de fallera estos días. Estoy seguro de que muchas -todas- son muy listas y en modo alguno aceptarían hacer algo donde fueran vistas como objeto, y menos decorativo.
      Pero no sé por qué piensas que alguien-hace-algo-con-ellas, cuando son ellas-las-que-hacen-lo-que-quieren al participar así en la fiesta, porque quieren. No es pasividad, sino actividad. Son sujetos, y creo que afirman algún tipo de dimensión de identidad: se identifican en algún grado con algún valor antropológico, social, estético... pero sin dejar de tomar la sartén por el mango. Y, sinceramente, no veo que se produzca ninguna tara psicológica o social por el hecho de hacer lo que hacen. Veo valores.
      Si me hablas de campesinado oprimido, burguesía hortera o algo por el estilo, te remito de nuevo a ellas mismas, a lo que piensan y sienten cuando participan a millares.

      Lo del aura de luz... simplemente la veo, es una percepción antropológica, y la veo confirmada en el trato que he podido tener con falleras a lo largo de los años. Y sobre los hombres, buena pregunta. Pues también, pero es otra cosa. No me veo echando un piropo a un hombre. Pero no hace falta ir a las Fallas: un hombre elegante también genera ese aura de atractivo y luz, desde luego.

      Un fuerte abrazo

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  3. Yo con una buena recetita de esa que va al horno con garrafón (?) y butifarra me conformaría.
    Qué bonito el traje y el peinado de valenciana, y lo que dices de la luz irrepetible.
    Y sin embargo el caballero debería esmerarse un poco, eh, que parece que ella lleva el traje de las fiestas y él el de labor. Tú proponlo, que también se pongan guapos. Que, al de la foto al menos, con ese atadillo en la cabeza y la manta al hombro, se le ve muy currante, y eso está muy bien, pero poco favorecido.
    Que paséis unas felices fiestas.

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  4. Muchas gracias, cb (garrofón, qué gracia me ha hecho que mencionaras este condimento, :) es algo muy típico de aquí)
    Del caballero (que va vestido con la variante saragüell), pues tendrías que ver cómo iban antes, todo de negro charol, que parecían camareros. Ha habido desde hace un par de décadas un redescubrimiento de los trajes típicos de los hombres de la huerta, siglo XIX. La verdad es que al lado del barroquismo -en el mejor sentido- del atuendo femenino, el masculino siempre queda inevitablemente detrás. Y la foto, sosteniendo a la niña, no le hace justicia. Pero bueno, se trata de realzar a la mujer.

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  5. ¡José Luis, perdona, no sé cómo se me había traspapelado tu comentario! Y gracias por pasarte.
    Humm, muy interesante. No acabo de compartir tu concepto de disfraz: yo lo aplicaría a lo que alguien llevara a una fiesta de disfraces. El atuendo de fallera reivindica parte de la identidad valenciana, y no pasa nada por recordar la dimensión rural que tiene esta comunidad, y sigue teniendo. El papel de campesinas: no le veo ningún problema.
    ¿Objeto decorativo? En absoluto, pero mejor que te lo respondan las miles de mujeres que se visten de fallera estos días. Estoy seguro de que muchas -todas- son muy listas y en modo alguno aceptarían hacer algo donde fueran vistas como objeto, y menos decorativo.
    Pero no sé por qué piensas que alguien-hace-algo-con-ellas, cuando son ellas-las-que-hacen-lo-que-quieren al participar así en la fiesta, porque quieren. No es pasividad, sino actividad. Son sujetos, y creo que afirman algún tipo de dimensión de identidad: se identifican en algún grado con algún valor antropológico, social, estético... pero sin dejar de tomar la sartén por el mango. Y, sinceramente, no veo que se produzca ninguna tara psicológica o social por el hecho de hacer lo que hacen. Veo valores.
    Si me hablas de campesinado oprimido, burguesía hortera o algo por el estilo, te remito de nuevo a ellas mismas, a lo que piensan y sienten cuando participan a millares.

    Lo del aura de luz... simplemente la veo, es una percepción antropológica, y la veo confirmada en el trato que he podido tener con falleras a lo largo de los años. Y sobre los hombres, buena pregunta. Pues también, pero es otra cosa. No me veo echando un piropo a un hombre. Pero no hace falta ir a las Fallas: un hombre elegante también genera ese aura de atractivo y luz, desde luego.

    Un fuerte abrazo

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Muchas gracias por tu comentario, lo leo dentro de un poco -es bueno darse y dar un poco de tiempo a los demás, así la vida se vuelve más humana- y te respondo