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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 13 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "La hermana" de Sandor Márai



I.
Leí hace ya bastantes años El último encuentro, de Sandor Márai. Me sobrecogió, pensé que su autor era un auténtico "animal literario", de esas personas que si estuvieran secuestradas por unos crueles captores pedirían antes papel y lápiz que un vaso de agua. Y lo mismo he descubierto en La hermana. De hecho, apareció publicada poco después de la otra novela. Además de ese mismo nivel de técnica de escritura, está en aquel mismo universo sentimental y conceptual.


II.
Creo que la "primera palabra" de una novela ha de ser fenomenológica: lo primero que debe llegarnos es un reflejo verosímil, sabio, de los fenómenos, de lo que percibimos en la vida -aunque se trate de El señor de los anillos, porque, al fin y al cabo, sin ese nivel fenomenológico, no entenderíamos nada de una "novela fantástica"-. Y en esto el novelista ha de ser bueno, si aspira a escribir una buena novela. Incluso, para muchos lectores y escritores, esa palabra fenomenológica sería el único criterio de que hay literatura. Pero a mí -y a más personas- me parece que la buena literatura no puede quedarse en esa primera palabra, porque hay una segunda: ningún escritor se escapa de dar su opinión ante el misterio de la vida, y da lo que tiene en su interior. Esa segunda palabra puede ser respetuosa con la complejidad de la vida, o puede ser reduccionista. 

III.
La capacidad de observación de Márai es asombrosa, consigue una alta verosimilitud de percepciones, sensaciones, secuencias físicas, sociales, incluso psicológicas que, ciertamente, se dan en la realidad. Dice bien alta y clara la primera palabra, la fenomenológica. Pero después de reflexionar sobre mi lectura, pasado el efecto deslumbre, me parece que la dice demasiado alto y clara. La segunda palabra queda descompensada. ¿Cuál es la segunda palabra? Un determinismo pasional, donde el arte al que se aferra el personaje sólo puede ser un lenitivo, la actividad más alta, más lúcida, más auténtica y dolorosa ante la vida; una huida hacia adelante, más sincera que la del resto de personajes, pero igualmente trágica, que recuerda a Schopenhauer, a Nietzsche. Y qué decir del concepto de Dios, tan citado a lo largo de la novela: es un dios empeñado en cobrarse sacrificios, que incluso cuando salva, deja unos personajes tristes, estoicos, secos y escocidos. En fin, no me convence.  
  

Pesa mucho la voluntad de defender una visión determinada de la vida; no es un problema para la literatura el que la haya, es parte de la segunda palabra; el problema quizás sea el sobrepeso. Y el sobrepeso de algo confuso, y triste.


IV.
Es esta la tristeza que Márai pone sobre el papel como opinión sobre la vida. Algo que tiene que ver con el siglo XIX, con el pesimismo, con los descubrimientos sobre lo instintivo y con el auge del psicologismo y Freud, con el materialismo, con  las denuncias de Nietzsche; aquilatado por dos guerras mundiales, y una posguerra desconcertada. Desde ahí se entienden muchas cosas de La hermana.

Tras la lectura de una novela así -por si alguien se aventura- recomiendo hacer una digestión literaria más bien ligera, no encallarse en la nostalgia curiosa a la que empuja: salir con los amigos, reírse un rato, hacer algo de deporte. La vida, gracias a Dios, puede ser algo más rico y esperanzado.


2 comentarios:

  1. Éste es el que menos me gustó del autor. Me encantó, además de "El último encuentro", "La mujer justa" y "Divorcio en Buda". Màrai era húngaro, bajo el comunismo después de la 2ª Guerra Mundial y se suicidó justo antes de que cayera el muro. Todo esto se trasluce en su obra.

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  2. Sí, todo eso tiene que pesar, y realmente pesa en la novela. No he leído La mujer justa ni Divorcio en Buda, los pondré en cola. Gracias por la pista.

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Muchas gracias por tu comentario, lo leo dentro de un poco -es bueno darse y dar un poco de tiempo a los demás, así la vida se vuelve más humana- y te respondo