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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 8 de junio de 2012

La edad de oro, de Kenneth Grahame: cuatro notas de lectura




I.
No es fácil traducir a Kenneth Grahame. Pero es divertido. Traducir es viajar en tercera, hacia mundos que no sospechabas, aunque mucho supieras. Porque sí, el paisaje es el mismo, el que corre al correr de la tinta, del escritor… —que es él… y que has de ser tú—; pero en tercera no siempre están limpios los cristales, y algún niño berrea. Finalmente descubres, al llegar al destino, que había un vagón —llamémoslo de cuarta— del que se apea el escritor. Y tú te quedas algo confundido. No es fácil traducir, pero es divertido.

II.
El mundialmente famoso autor de El viento en los sauces, primero lo fue nacionalmente. La edad de oro (1895) fue su entrada en la narración. Era un señor tardovictoriano, con mucho sentido del humor, y nada pesimista, por lo que podríamos llamarlo postvictoriano, para hacerle más justicia. Pero nostálgico sí era, aunque con ganas de armar un simpático jaleo. “La edad de oro” nombra lo que se está a punto de abandonar (es curioso, pero solo nombramos las cosas desde sus fronteras, cuando ya rozamos lo que aquello no es —o no somos—). La edad de oro es uno de esos momentos de escritura en la identidad narrativa. Momentos fronterizos. Momentos de memoria y de arqueo vital.

III.
A Kenneth Grahame —llamemos así al narrador innombrado que escribe en primera persona— le agradezco el tono piadoso con que cuenta esos años de vida familiar, restregados en la plenitud y las ásperas enseñanzas de la naturaleza; en la literatura infantil y juvenil que da sentido a las acciones de una cotidianidad gris… ese tono dorado que no se quiere perder cuando ya se va avistado la frontera. El tono piadoso con que atempera su diatriba contra los adultos que allí estuvieron, con sus sinrazones, y con el que disculpa a los que están cruzando la frontera. Piedad que no se priva de una ironía continuada, un humor británico sin desmayo —con su choque de planos, su mirada ocurrente, su lógica dislocada sin dejar de sostener la taza de té con el meñique enhiesto—; y mucho menos de un mirar poético, que ponen las divertidas y profundas anécdotas a relumbrar, nimbadas de oro.

IV.
Un mundo aquel —el de los protagonistas, y el de los lectores— en que la gente pasaba horas leyendo a diario, sabía bastante latín y hasta griego, conocía la historia —más aún, la estaban haciendo, y lo sabían—, contemplaban la naturaleza y a los hombres desde cumbres literarias… y no se aburrían, es un mundo bastante diferente al nuestro. Y con todo, muy parecido. Será por vía de nostalgia. En todo caso, nada como leer La edad de oro para comprobarlo.


La edad de oro, Kenneth Grahame (Madrid, Rialp, 2012).

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