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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



sábado, 23 de junio de 2012

Teoría de las inclinaciones, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura




I.
Libro palpablemente personal, que elude toda clasificación y que puede resultar incómodo cuando —como tantas veces ahora— se quiere mirar primero la etiqueta y luego leer desde ella la realidad de la que pende. Obra generada en el galope cotidiano, e inserta en una estela dilatada de pensamiento que incluye más libros. Es diario, confidenciario, tratado de poética, cuaderno de pensador, poemario en prosa, memorial, acervo de consejos al lector que recuerdan los de Séneca a Lucilio…  

II.
Una presencia se difunde por este libro, la de los filósofos presocráticos. Sánchez Menéndez los trae a la Teoría de las inclinaciones en el fondo y en la forma: están en el estilo lacónico, contundente; en la yuxtaposición de afirmaciones, donde presentimos un discurrir de fondo, del que se nos evitan lugares de paso y conexiones: sorpresa en la lectura, tarea para el lector que ha de componer el sentido con los mediostonos, con las ausencias.

III.
Javier Sánchez Menéndez muestra en Teoría de las inclinaciones una cara de un prisma complejo, una de las expresiones de un impulso poético-vital radical, nada fácil en los tiempos que corren. En sus antípodas, el poeta que podría ir componiendo poemas para alguna ocasión. Aquí, una voluntad de realizar, de interrogarlo todo desde el impulso poético, de apostar por la poesía y por los poetas, por los que estima que pueden y deben aportar poesía: la fructífera realidad de la editorial La Isla de Siltolá es esa presencia cultural viva que constituye otra de las caras del prisma. Es un juicioso editor y un hombre de letras el que habla:

“No me gustan las cruzadas en defensa de un escritor. Generalmente no suelen ser literarias. Más bien son ideológicas y políticas. Y hacen mucho daño a la propia literatura. Nos fijamos en hechos concretos y puntuales y apartamos de nuestro camino la esencia de las letras”.

IV.
Hay una reivindicación de la poesía como metafísica o filosofía primera, bajo ella, quedarían “dios, el amor, la música”. Purismo que recuerda a Hölderlin, a algunos modernistas, a Juan Ramón. Propuesta personal.

No parto de la misma poética, de su concepto de dios —que escribe con minúscula—, o del carácter tan radicalmente original que otorga a la palabra poética, que se sustanciaría a sí misma y validaría o invalidaría todo lo demás como piedra de toque —y aquí estaría también esa filiación presocrática—. La poesía aparece como un elemento ontológicamente básico, el elemento en suma, que recuerda al arjé de aquellos primeros pensadores griegos. Yo también pienso en una Palabra originaria, poietica y por tanto poética, pero personal y esencialmente amor. Creo que Dios sí vive. Es otra tradición filosófica, religiosa y también poética. Pero encuentro en Teoría de las inclinaciones numerosos pensamientos donde hacer pie, coincidencias, desvelamientos felices:

“El ritmo, la armonía, la intensidad, el tono. Aspectos fundamentales que unifican la literatura y la música en una sonoridad mágica. El proceso creativo, basado en la inspiración, sujeta firmemente las estructuras de las resonancias. No hay música sin literatura. La música basa todos y cada uno de sus aspectos esenciales en el arte literario”.

“Odio el existencialismo, tan oscuro, vulgar y poco verdadero. Vivimos en las sombras, aunque sabemos que ahí fuera, muy cerca, está la luz. No podemos acudir a esa claridad, no queremos hacerlo. En la sombra nos hacemos fuertes, nos crecemos”.

Escritura que interpela la realidad y al lector. Solo para quien esté dispuesto a articular —en estos tiempos tan muelles— una propia y firme respuesta personal.

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