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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 19 de febrero de 2010

Primer amor. Iván Turguenev

I

Nico, un alumno de latín de 2º de bachillerato, me deja Primer amor, de Iván Turguenev. La obrita corona la pila de libros que se levanta sobre mi mesa. Pasa un mes aguardando su destino, unos peldaños más arriba que Anna Karenina, de León Tolstoi, así que al menos podrá conversar con viejos amigos.

Le llega su hora. Ha sufrido dos intentonas de lectura –la vida, ya se sabe, haciendo de las suyas-, finalmente cuaja a la tercera. ¿No es leer conseguir leer, algo que nunca se puede dar por supuesto? ¿cómo sabemos que leeremos? Para leer hay que hacer un hueco en el futuro. “Hacer un hueco”, interesante expresión. Porque hacer es construir, fabricar, producir algo, pero ¿hacer un hueco ?

-Sí, ¿hacer la nada?

-Perdón, protesto contra mí mismo: un hueco no tiene que ser necesariamente la nada, un hueco es un vacío, y un vacío es siempre de algo. Eso de darle a la nada tanto protagonismo, hasta atribuirle funciones personales, más concretamente divinas o cuasidivinas, no está claro. La nada es una metáfora excesivamente gorda, desparramada. La nada, como una señora muy poderosa vestida de negro, o como un corte de corriente universal por alguna radical insolvencia de este mundo, o como un gran paisaje que se ha salido del marco, es mucho poetizar. No estoy a favor de un código de circulación de las metáforas para nosotros usuarios cotidianos, ni siquiera de un libro blanco de buenas prácticas entre los profesionales del sector, pero sí que sé que hay un buen sentido que es muy importante no perder.

-¿Entonces?

-Entonces, un hueco es siempre de algo, y para algo. Siguiendo a Julián Marías, siempre nos vivimos un poco –o un mucho- por delante de nosotros mismos, siempre vamos con un poco –o un mucho- de irrealidad por delante, para poder vivir la realidad. Siempre vamos haciendo huecos, el hombre es un ser que hace huecos, y preferentemente en la irrealidad del futuro. Pero pienso que no es un puro ahuecador, también los rellena. Rehagamos la definición: el hombre es un ser que hace huecos en la irrealidad para rellenarlos inmediatamente. Algo así como un topo poeta, porque ya se sabe, como dijo Hölderlin, “poéticamente habita el hombre sobre esta tierra. Pero la sombra de la noche con las estrellas no es más pura, si me es dado decirlo, que el hombre, al que llaman imagen de la divinidad”.

II

Vladimir, el protagonista de Primer amor, es un ahuecador que se estrena. Como adolescente, está comenzando a vivir eso de hacer huecos. Hay que tomar decisiones, hay que tomar posesión de la irrealidad –del futuro- para hacer huecos. El futuro es un inmenso hueco, tan inmenso que llega a sobrecoger: por un lado uno se siente capaz de rellenarlo todo, pero cuando se para a pensar cómo lo va a hacer, de qué modo concreto, empieza a estremecerse. Es el proyecto: iré a tal sitio, conversaré con tal persona, leeré este libro que me ha dejado Nico.

Pero Vladimir se queda a medias, descubriendo la irrealidad como la alfombra roja que se despliega por delante, marcando una posible trayectoria. Como nos ha pasado a todos en esta universal epidemia de la edad, Vladimir se entretiene en el rojo encendido, en la suavidad del tejido, en su lisura amiga al tacto: aún no ha entendido que las alfombras son para caminarlas, como los huecos para rellenarlos. “Entonces me encerraba en mi habitación o me iba al otro extremo del jardín, me subía a las ruinas de un alto invernadero de piedra y, con los pies colgando sobre la carretera, permanecía sentado en el muro exterior durante horas y miraba, miraba sin ver nada. (…) Yo seguía sentado, mirando y escuchando, mientras todo mi ser se impregnaba de un sentimiento inenarrable, en el que estaba concentrado todo: la melancolía, la alegría, el presentimiento del futuro, el deseo y el miedo de vivir. Pero entonces no comprendía absolutamente nada de eso y no sabía llamar por su propio nombre nada de lo que bullía en mi interior”.

Y en ese quedarse a medias sobreviene la tragedia romántica: la tragedia como vía de conocimiento es una pedagogía muy romántica, pero un colegio demasiado caro. Primer amor es un libro de fuertes contrastes, como el siglo XIX que lo parió (perdón por el casticismo). Pasión y tedio, romanticismo y orden, idealismo y la roña de cada día, predadores y depredados. Mundanidad y trascendencia. Incluso Primer amor muestra dos finales: cuando Turguenev ya ha cumplido con el decálogo romántico de la buena escritura, cuando termina con esa pregunta retórica, como el guante de una mano femenina que ha caído entre las lápidas de un camposanto nos interroga con un quién un por qué sin respuesta, entonces añade otro párrafo más, un contrapunto no esperado, decididamente más romántico aún, que quisiera salvar lo perdido: a los muertos, a Vladimir, al narrador implícito, la historia contada, la dianoia del relato, la juventud ya huída, el sentido de la vida, el XIX...

III

...un hueco en el futuro...?

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