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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



miércoles, 1 de junio de 2011

Leyendo sobre Eliot en el metro

El último alumno me entregó su examen de latín. Recogí mis libros, salí del colegio y me fui paseando hasta el apeadero del tren. Los campos de naranjos flanqueaban el camino polvoriento, el cielo proclamaba con desvergüenza el adelanto del verano. En el apeadero me encuentro algunos alumnos que habían declinado la invitación a hacer el examen de valenciano, que venía tras el mío. En fin. No pregunté. Llegó el tren. A punto de entrar se me acerca corriendo un alumno de "ciencias" a quien nunca había tratado. -D. José Manuel, solo quería despedirme, porque me voy del colegio, -¿Te vas a módulos -Formación Profesional-?, -¡Sí!, -Bueno, pues que te vaya muy bien. Él se va a su vagón. Se cierran las puertas. Me quedo pensando. Busco un asiento donde el sol no desolle mi cogote. Saco de la mochila un biografía de T. S. Eliot, que tomé ayer de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad. Es del 2006, relativamente breve. El libro va enfrentando la vida de Eliot con sus obras. El autor no es un psicologista del XIX, que explica la literatura por la vida del autor; es sólo un hombre sensato. Encuentra concomitancias, respeta el misterio de la vida y de la escritura. ¿Cómo separar vida y obra? 

El tren se va acercando a la ciudad. Cruzamos el gran cauce construido para prevenir inundaciones del Turia. Apenas me doy cuenta. Estoy en los años mozos de Eliot. Esa época de estudiante en Harvard, donde se enfrenta a un dilema: el mundo hipócrita de la sociedad de New England, esconde su vacío bajo ceremonias burguesas: es placentero, pero insoportable; y los poetas simbolistas, como Laforgue, a los que lee con avidez como lo más novedoso en poesía, abogan por que aflore el inconsciente, aún de la forma más brutal, para responder a esas mentiras burguesas. Ya no entra luz por las ventanillas. El tren se ha transformado en metro. Alguien más lee: aquí y allá, un best-seller o la prensa gratuita que chilla sus titulares sensacionalistas. Eliot lo está pasando mal. Hay que encontrar un camino. Anuncian mi parada por la megafonía del vagón. Guardo la biografía en la mochila.

Ha vuelto a ocurrir, y ocurrirá, aunque haya tantos intereses por negar la realidad. Nunca ha sido fácil ser joven. 

2 comentarios:

  1. Me gusta lo que cuenta, su viaje, sus lecturas en el tren. Parece que en el mundo hay muchos trenes, muchos rios, y mucha gente que los cruza mientras se empapa de clasícos. Pero ¿cómo llega usted de todo eso a su última frase?

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  2. Muchas gracias, duelistas, por la lectura y el comentario. A menudo suelo comenzar a escribir a partir de lo que acaba de suceder, poco a poco voy notando conexiones entre elementos que he ido implicando; al final he de atarlo todo. A veces no sale "redondo". Puede ser este caso.
    La conexión parte de que el chaval que se despidió de mí en el andén iba a dejar el Bachillerato a mitad, para hacer formación profesional. Una de esas decisiones donde la indeterminación del futuro pesa, junto con la insatisfacción del presente, en el corazón del joven. Temor y esperanza. Una de las primeras decisiones trascendentes que el joven toma. Y el joven Eliot, pues estaba en un momento también trascendente para la formación de su identidad, un momento doloroso, pero anhelante. Y mientras tanto, los naranjos vuelven a sacar su azahar, el sol del último día de mayo saca sus garras, la gente en el metro lee cosas más bien insustanciales... sobre ese paisaje habitual, repetitivo, intrascendente, se dan batallas secretas, personales, en el corazón de un joven. En fin.

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Muchas gracias por tu comentario, lo leo dentro de un poco -es bueno darse y dar un poco de tiempo a los demás, así la vida se vuelve más humana- y te respondo