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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 18 de julio de 2011

Un Papa radicalmente postmoderno y la lectura


Ahora no me apetece empezar un análisis de la Modernidad. He nacido -hemos nacido- en ella, y ya está. La llevo en los genes culturales. Con sus aciertos y desaciertos. Entre los segundos, seguramente, la herida que todavía nos supura es la división férrea entre el espíritu, la razón y el corazón, que en muchos casos provoca comportamientos incluso personalidades esquizoides, desequilibradas (y creo que nadie estamos absolutamente vacunados contra esto; a la que te descuidas, estás viviendo así):

-se nos anima a ser los número 1 en el aspecto racional-productivo-técnico, pero se nos deja en la absoluta soledad y desconcierto en cuanto a lo cordial; 
-vida pública-racionalidad técnica frente a vida privada-irracionalismo, irresponsabilidad (no tengo que responder ni ante mi conciencia: ¿conciencia, qué es eso?); 
-una espiritualidad, del tipo que sea, que puede darme mucho sosiego interior, pero soy insensible ante las necesidades concretas de los otros, los más cercanos. 

Y entonces aparecen personas como Strauss-Kahn, que pueden ser muy "eficientes" en su trabajo, pero en su vida privada las otras personas dejan de serlo para convertirse en cosas que se utilizan. O Foucault: ingenioso, buen escritor, capaz de análisis perspicaces, académico en el College de France y en su vida privada un sadomasoquista -los sadomasoquistas, se tratan y tratan a los demás como cosas; no es un jueguecito sin mayor trascendencia-.

Cuando la Postmodernidad ha consistido en revelar estas patologías de la Modernidad, pero aceptándolas lúdicamente, en vez de corregirlas, un pensador como Jesús Ballesteros ha preferido llamarla Tardomodernidad. Y ha reservado el término Postmodernidad a planteamientos que tiendan a buscar la unidad de espíritu, razón y corazón: lo único que puede hacer a una persona equilibrada; y que la filosofía personalista, en sintonía con la tradición clásica, y tomando lo aprovechable de la Modernidad, está promoviendo.

Por eso, al releer unas páginas de ¡Levantaos, vamos! de Juan Pablo II -un libro de recuerdos escrito y publicado poco antes de su muerte, he pensado: he aquí un Papa radicalmente postmoderno. Entre otros pasajes, indico uno tan luminoso como el siguiente, al hilo de su opinión sobre la lectura:

En la lectura y el estudio he intentado unir siempre de manera armónica las cuestiones de fe, del pensamiento y del corazón. No son campos separados. Cada uno de ellos se adentra y anima los otros. En esa compenetración entre la fe, el pensamiento y el corazón, ejerce un influjo particular el asombro ante el milagro de la persona: ante la semejanza del hombre con Dios, Uno y Trino, y la profunda relación entre el amor y la verdad, el misterio del don recíproco y de la vida que nace de él, la contemplación del sucederse de las generaciones humanas.





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