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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 1 de julio de 2011

El pobre Hulk


Cuando era más joven y leía sobre todo tebeos, encontré un personaje que me cautivó. No se trataba de Superman -para mí siempre ha sido un tipo kantiano, con el imperativo moral blindado en los genes-, ni de otros superhéores que se habían encontrado con un superpoder y le sacaban el partido que podían. No. En este caso, era un tipo al que le había caído una maldición, y la gente lo perseguía, y cuando se ponía a cien, se transformaba el hombre en una verdadera furia, fuera de sí. 

Aquí, a este vertiente de los Pirineos lo llamábamos "la masa", su nombre anglosajón era "Hulk". No lo leí mucho, ni lo he seguido a lo largo de los años. Pero más tarde comprendí que era un curioso héroe trágico, más cerca de Edipo que de cualquier tipo con capa y antifaz. 

Curioso: sigue un destino, no puede escapar de él. Haciéndole un modesto psicoanálisis, veo en Hulk la suma de los determinismos biologicistas y sociales: todo conspira férreamente contra la libertad personal. Y entonces, como única posibilidad de respuesta, salta un expresivismo de violencia máxima. El "triunfo" del mecanicismo. El eterno retorno: Sísifo que sube la piedra, la piedra que resbala cuesta abajo, y vuelta a empezar. El infierno.

Creo que cuando se hace creer a las personas en todo tipo de determinismos, para quitar culpas personales, para echárselas a algo o alguien, el analgésico no tarda en comportarse como un despersonalizador. Y entonces pululan los depredadores. Quizás un efecto colateral, no deseado, del individualismo moderno.

No sé si esto se podría aplicar a algún indignado, o a alguna versión de la "indignación", pero, acogiéndome ahora a René Girard, sí que puedo decir: qué fácil es arremeter contra todo, levantar chivos expiatorios, pedir cualquier cosa a través de cualquier medio, cuando se ha renunciado a la lucha, dura, y a la ayuda, por liberarse de las coartadas esclavizantes que cada uno se busca.


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