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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



martes, 20 de diciembre de 2011

Escribir la lectura, de Tomás Rodríguez Reyes: cuatro notas


I.

Este libro me ha ayudado a ir recordando todo eso que nos enseñaban (?), y sobre todo lo que no nos enseñaban, en la facultad de Filología. Autores, textos, conceptos... y me ha recordado mucho más el camino personal que, si ya no puedes vivir sin escribir y leer, vas haciendo. Que desborda cualquier enseñanza.

Así que un recuerdo, y un reconfortante nuevo impulso.

II.

TRR recoge aquí un vigoroso y constante ejercicio de reflexión personal sobre la escritura literaria, la lectura, el lenguaje, la filosofía, el viaje y los días de la vida, que van barajando todo sin pedirnos permiso. ¿Y qué podemos hacer? Pues una posibilidad -la que aquí se muestra- es ir llevándolo todo adelante, con sensibilidad, sentido de asombro y toda la franqueza posible. La prosa camina como un Andante chopiniano. O digamos que fuera un andante, a medio camino entre el adagio y el rondó del concierto de para clarinete de Mozart; por esa contemplación, y por ese volver y volver, nuevo y distinto, de los días. 


III.

Echa mano de la música, la pintura para decir sobre la literatura; pero también de la literatura para decir sobre las otras artes. Esa visión de las conexiones, de estas unidades de sentido que el rastro del calendario vuelve dinámicas y abiertas me ha hecho viva, una vez más, la asombrosa complejidad de lo humano.  

Escrito como al ritmo de un constante goteo, pide así mismo una lectura de dosis pequeña. Pequeño libro en apariencia, pero denso hasta poder destilar sin un fin previsible. Lo tengo en el estante, y lo voy disolviendo con el agua de los días. 


IV.

Aquí hay un canon de autores y lecturas esenciales, particular y amplio; la creativa estructura del libro -tres secciones, cada una bajo la lectura de un autor -Jules Renard, Imre Kerstész y Sandor Márai- sirve de orientación rectora para escribir el encuentro con otras lecturas, y así se van anillando periferias, y hay como un educado trasiego de gentes que entran y salen. 

El autor pone el listón muy alto para un juego de plantillas; sí, creo que es como un juego de plantillas: el lector puede poner la suya encima, y descubre una misma curva, o tangentes, o una nueva provincia, o una línea que irrumpe enhiesta donde seguíamos por un sosegado plano, o viceversa... 

"Escribir cada vez se me asemeja más a la descripción de una enseñanza que se vuelve aprendizaje: aprender a ser mortal". Escribe en la página 158, como fin a las anotaciones del apartado Clave Kertész, y no es poco aprender ese, esa sabiduría clásica de la finitud. 

En mi plantilla se destaca ahora algo como un arabesco que querría aprender, también, la eternidad.  

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