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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 11 de febrero de 2011

Lectura y obligación: ¿dónde está el catalizador?

Es frecuente escuchar la siguiente queja entre jóvenes: "Es que, leer por obligación, ¡es un rollo!"

Entiendo la queja, pero me gustaría defender el vínculo entre lectura y obligación. Concretamente, habría que aclarar que existen dos tipos de obligaciones: las que proceden del interior de algo, y las que proceden de su exterior. Son contra las segundas las quejas del joven. El problema es que no ha conocido esa fuerza que procede del interior, y piensa que toda obligación es esa fuerza ciega que coacciona: un señor con un palo que no sabe ni lo que es la lectura, ni quién soy yo.

Pregunta del millón: ¿cómo conseguir que alguien pase a la experiencia de la obligación interna de la lectura?

Una vez más hay que ir a Platón, que ya se había planteado este dilema educativo. Y la respuesta es... a través de la confianza en un maestro, un inductor. Hace falta un mediador, alguien que ya está allí, dentro, y en el que se confía para ver lo que aún no se ve, pero que sólo con una actitud de confianza y apertura podrá ser visto. El mediador pone en juego sus recursos, dialoga, ejemplifica, pone en marcha una estrategia... y sobre todo está presente, acompaña. Como un catalizador, hace que su constante presencia haga posible la reacción entre los dos elementos. Pero si no está, si él también está infectado de exterioridad, no habrá química.

Cuando se descubre la obligación interna cuando aparece ese milagroso diálogo, o coexistencia armónica de la libertad y la obligación: leo porque quiero, y porque me obliga mi hábito lector. La belleza de lo descubierto en la lectura es una dulce condena, que no se quiere cancelar.

Supongo que el amor no andará lejos de esto, porque es en su presencia, en ese plano interior, donde se da la resolución de esos conflictos que, desde fuera, parecen (y en la práctica son) irresolubles.

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