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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 28 de febrero de 2011

Té, literatura e identidad

La literatura tiene un sorprendente espejo en la gastronomía. Me he visto forzado a suscribir esta tesis porque los hechos son abrumadores, y se resumen en dos tesis: la lectura es una asombrosa imagen de esa secuencia que va desde el paladeo hasta la digestión; y la escritura confina a sus practicantes en una estricta cocina.

Ahora sólo desearía fijarme en las analogías de la literatura con el té.

Es casi un dogma de la escritura que, al menos, hay dos sujetos implicados en su ejercicio: el explorador y el cartógrafo. El primero es un tipo febril y sudoroso, con una brújula en el corazón, a quién no hay que hacerle muchas preguntas. Se le sigue y punto. El segundo es un señor que archiva los informes del primero, deja que se enfríen y luego los criba, coteja, disecciona, reduce, conecta... para poder confeccionar el mapa con que llegar a aquel lugar que su visionario colega dice haber visto.

Bueno, pues cuando pongo el agua del té a hervir me siento como el primer sujeto; y cuando cubro con un platito la taza humeante con la bolsita dentro -para crear el "efecto invernadero" y que la cosa fermente- ejercito la paciencia del segundo. 

Por ahora nos llevamos bien los tres.

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