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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



miércoles, 3 de marzo de 2010

La épica y nosotros

Releo un libro un libro francamente bueno, Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco. Baricco transforma de un modo sobresaliente la épica en una novela fragmentada en las voces de sus personajes. Señala, sensatamente, que el mundo de la narración épica está lejos de nosotros. Y para justificar esta adaptación se ampara en la frase del teórico marxista Lukács: “la novela es la epopeya de un mundo abandonado por los dioses”.

Me fascinan las adaptaciones, sean en la literatura, en el cine, en la música o en la gastronomía (piénsese en la variedad de arroces que hay en mi tierra valenciana, o en las herejías que se perpetran a diario –sea en restaurantes Guía Michelín cinco bujías o en chiringuitos imposibles- contra la ortodoxia de la paella: pero en este campo, no puedo dejar de estar con los herejes, si lo que proponen está bueno), y les presto una particular atención, a su cómo, su porqué y su para qué. Y la adaptación de Baricco me gusta, aporta una sensibilidad particular a la consideración de la Ilíada, me gusta el cómo. Pero es una sensibilidad con la que no me identifico en su por qué: no me identifico con el pensamiento de Lukács, porque no acepto que el mundo haya sido abandonado por los dioses, por la religión, por Dios. Precisamente la novela puede ser el género literario de un mundo abandonado por el marxismo, o mejor, un mundo que ha abandonado al marxismo –piénsese lo que supuso el realismo socialista para la novela, lo que el marxismo en cuanto ideología ha aportado a la creación novelística-. Y Dios, que nunca se va de la historia –como sí se van las ideologías-, parece congeniar muy bien con la novela.

II

Volviendo a mi acuerdo con Baricco, es verdad que la épica está lejos de nosotros. Pero ¿tan lejos como un género literario que es incomprensible, incluso indigesto para nosotros? Esto me recuerda a los propulsores de la discontinuidad radical, ejemplificados por Foucault, y en las ciencias empíricas por Kuhn. Según este modo de pensar, lo nuestro, lo de nosotros, hombres y mujeres contemporáneos de la postmodernidad, solo es pensable en la novela, es ese género que nos encierra, determina nuestro modo de sentir y razonar. Pero la realidad desmiente esta rígida y determinista postura. Piénsese en el ingente número de lectores de obras como El señor de los anillos, y sus imitadores. Repárese en cómo las adaptaciones nunca dejan de ser adaptaciones, mientras el clásico prosigue su augusto paseo a través de los siglos. Hay una necesidad de épica, y a los necesitados no podemos negarles la condición de seres humanos, ni invisibilizarlos en las estadísticas sobre la lectura, ni decir que no cuentan para hacer un diagnóstico cultural, ni excluirlos del “nosotros” porque a alguien se le haya ocurrido un aforismo resultón.

Lo cierto es que necesitamos la épica, como necesitamos la novela, la poesía o el teatro. La diversidad de géneros refleja diversidad de dimensiones de la persona, diversidad de experiencias, anhelos, relaciones, perspectivas… Por eso no puedo dejar de replicar cuando alguien impone un determinismo, por muy bien expresado que esté. Está muy bien que Baricco relea a los personajes homéricos, haciéndoles expresar un yo a través de la primera persona, haciendo despuntar a través de destellos poéticos una subjetividad, en contraste con la exterioridad de la épica. Pero también necesitamos seguir leyendo la épica, en su ser particular, en su distancia, atreviéndonos a sentir la tensión de esa maroma que nos conecta con algo de hace 30 siglos, y que paradójicamente, sigue estando aquí, seguimos necesitando. Ahí sentimos el pulso de lo constante en la persona, y el fundamento de nuestra comunicación con los vivos y con los muertos. En parte es el esfuerzo que exige la cultura. Sin él, nos desmoronamos.

III

Leo en la Eneida esa impresionante imagen de la caída de Troya:

Entonces vi todo Ilión ardiendo en vivas llamas, y revuelta hasta sus cimientos la ciudad de Neptuno, semejante al añoso roble de las altas cumbres, cuando, serrado, ya por el pie, pugnan los labradores por derribarle a fuerza de hachazos; álzase todavía amenazante y trémula en la sacudida popa, se cimbrea en su pomposa cabellera; vencida poco a poco, al fin, con repetidos golpes, lanza un postrer gemido y se precipita, arrastrando sus ruinas por las laderas. Bajo entonces a la ciudad, y guiado por un numen, me abro paso por entre las llamas y los enemigos; delante de mí se apartan los dardos y retroceden las llamas.

Estamos en el género de las metáforas precisas y esplendentes, la sonoridad de las palabras, el vocabulario rico y visual, la adjetivación hiperbólica, enfática y superlativa, la sintaxis ritmada, los acusados contrastes, los apóstrofes y las invocaciones… En estos rasgos de la épica conectamos con lo grande, lo heroico, lo maravilloso en la vida del hombre y en el cosmos, siempre asociado a un fundamento divino; pero sería un error oponerlo a la novela, donde la libertad interior, el ansia de infinitud, la creatividad, la afirmación de lo que hace único a cada personaje, incluso el escenario de lo cotidiano e íntimo también puede ser un rasgo de la presencia de lo divino en la vida.

Nuestra riqueza como lectores, como personas, está en nuestra visión más completa –y paradójicamente siempre incompleta- de la complejidad de la vida humana, donde necesitamos todos los géneros para vivir a través de ellos inagotable profundidad y diversidad de todas nuestras dimensiones. Cualquier planteamiento determinista nos empobrece. ¡Viva la paella, viva la libertad!

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