AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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martes, 28 de octubre de 2025

Con el Príncipe Volkonski, sobre la hierba de Pratz (Guerra y paz)

Tenía una deuda con el Príncipe Andrei Volkonski, aquel atardecer en que se desangraba sobre la hierba de la montaña de Pratz, tras la batalla de Austerlitz, en la tercera parte de Guerra y paz. Allí tome unas pocas notas, copié los pasajes en que el Príncipe mira el cielo infinito sobre sí, considera la vida y la muerte, y más tarde guarda silencio ante la pregunta de Bonaparte -como Jesús ante Herodes-. Bonaparte, a quien había admirado como un genio, y ahora ve en su insignificancia de pequeño figurante escabulléndose hacia el ángulo muerto del sentido de esta historia, en la paz de su solitario placer a costa de la sangre de tantos. Una sombra fugaz, esbozada con arte, en la gran pintura de la vida y la muerte, que es la novela de Tolstoi. Justicia poética, pero creo que Liev aspira a más que eso, al misterio poético. 

Así que vuelvo a estar echado sobre la hierba de Pratz mirando el cielo y escribiendo mis pensamientos. Se está bien aquí, poniendo las propias insignificancias bajo "aquel cielo sublime, infinito, con unas nubes flotantes que se habían elevado aún más y a través de las cuales se veía la inmensidad azul".

domingo, 2 de mayo de 2021

Todo lo que vale, de Tim Gautreaux. Cuatro notas

 


Todo lo que vale. Tim Gautreaux. Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos. La Huerta Grande. 2021

I. Una satisfacción, volver a encontrar relatos de Gautreaux en español, su modo de escribir, sus temas y personajes sobre un fondo social poco complaciente, pero verídico: personajes trabajadores, en su mayoría de clases medias, medias bajas, de la Louisiana, que van a hacer la compra al WalMart, que acumulan trastos en sus jardines, que conducen tractores con alzheimer, habitan caravanas, padecen la disolución de los vínculos familiares y comunitarios, escuchan las broncas conyugales de los vecinos en el eco de silencioso de su soledad… Personajes empatizables. Y la perspectiva vital del autor. Los protagonistas de los relatos parecen seguir un patrón moral: quien responde, gana. El vecino puesto en fuera de juego por la vida, el abuelo en medio del naufragio familiar, el cura con su problema alcohólico, el jubilado hipocondriaco, el afinador de pianos y de almas, el revelador de carretes de fotografías que anda buscando historias, el joven que necesita salir del pueblo por un tiempo… Aunque la ganancia venga de un aprendizaje, más o menos, doloroso. Pero todos responden, y eso implica y transforma a cada uno, radicalmente. Una esperanza, nada dulzona, pero que tanto llega a añorar uno en la narrativa actual.

II. Un sólido narrador, Gautreaux. Su opción por un fondo moral sólido es palpable. Pero la buena literatura no se hace con fondos morales, aunque no pueda prescindir de ellos. No es la intención de este autor que la trama del bien y el mal se emborrone y se olvide en alguna conciencia que se autoexplora. El bien y el mal, en mil matices, van en las vidas e interacciones de los personajes, y el privilegio del buen narrador aquí es traernos con verosimilitud los momentos de decisión y las luces y dificultades que conllevan, en personalidades bien perfiladas. Justicia poética sí, tierna y sabiamente poética sobre todo, que reparte penas sin escarnio para los culpables y aprendizaje moral para quienes se deciden por el pequeño gran bien que un minuto cargado de invisible transcendencia reclama.

III. La opción moral de Gautreaux va bien modulada por la elección y configuración de su narrador: esa voz omnisciente -escandalizará a quien piense que la posmodernidad lo había liquidado, a beneficio de una primera persona siempre tan “auténtica”-, esa voz omnisciente que sin empacho pinta unos primeros párrafos de situación, ágiles, coloridos, incitadores para la lectura; que al final de una frase bien articulada no se corta al plantar una metáfora poderosamente sugerente, lírica, irónica o las dos cosas a la vez. “Pasó un peine por su pelo canoso, que era ondulado y blanco como el humo de leña”. O una imagen terrorífica: “Andy sonrió, dejando a la vista un par de incisivos amarillentos”, donde hemos visto un detalle cotidiano, vulgar, pero también el horror; y hemos presentido al lobo que trota en el personaje, y a la vez un atisbo de la tragedia. Pero abundan los personajes tratados con simpatía, sin almíbar, pero con comprensión. Y otro rasgo: una voz que mima los finales de relato, delicados, finamente simbólicos, como acorde final que recoge las notas que han ido sustentando el desarrollo de la tonalidad fundamental, notas “dejadas caer” con admirable arte elusivo a lo largo de la narración.

IV. Historias -es rasgo indeleble del mundo que trae el autor- de mecánicos, de gente habilidosa con máquinas, con bombas de presión, con pianos, con máquinas fotográficas, con motores, con pollos al horno, con tableros de circuitos eléctricos, con soldadoras… Gente capaz -o que aprende a serlo- de reparar algo que al final resulta ser sus vidas, las de los otros, sus familias, sus comunidades. Historias de segundas e insospechadas oportunidades. Verosímiles, luminosas.

martes, 26 de enero de 2021

Buscando el relato de cada día

Paul Ricoeur dice que la vida busca narración. Y se refiere a la de cualquiera, y en cualquier momento. Creo que cuando subes al metro, entras en la Facultad, quedas con un amigo para un café estás buscando una narración, sin darte cuenta. Quieres que el tiempo, ese tiempo concreto e irrepetible del que eres protagonista junto con otros, tenga sentido, valor, se pueda recordar… “lo que aprendí”, “lo que viví”, “lo que me enseñaron”, “lo que amé”, incluso “lo que sufrí”. Justo como un relato, un microrrelato, el capítulo de una extensa novela que atrae por su misterio, un intenso poema, una estampa lírica… vamos combinando los géneros literarios de la vida, al hilo de ella misma.

Leí hace tiempo una novela conmovedora y profunda en su sencillez, Katrina, donde aprendí que quien vive entregado a las llamadas valiosas del tiempo en que vive se convierte en el protagonista -coprotagonista- y narrador de una historia irrepetible.

jueves, 11 de abril de 2019

El arte de la ficción, Henry James. Traducción y edición desde la escritura creativa de J. M. Mora-Fandos




I.

Se trata de un texto muy conocido en el ámbito anglosajón, que ha sido traducido al castellano al menos tres veces. Esta es la cuarta. Y he querido proponer su lectura desde la escritura creativa, por eso, además del aparato de edición que contextualiza el texto, he añadido un ensayo mío que responde a la pregunta ¿Puede El arte de la ficción decir algo interesante hoy a docentes, alumnos y practicantes de la escritura creativa?

II.

Como pórtico a esta edición cito una frase de Aristóteles (Ética a Nicómaco, libro II, 1103 a, 32-33), que se ha convertido en un verdadero mantra para mí, como escritor y como profesor de escritura creativa: 

… para saber lo que debemos hacer, hemos de hacer lo que queremos saber…

Creo que James estaría de acuerdo con esta convicción del filósofo, pues en las páginas de El arte de la ficción aparece una y otra vez una apasionada reivindicación -aunque dentro del decoro anglosajón, of course- de lo que se aprende por experiencia, de la sabiduría práctica, de la confianza, la frónesis, el riesgo, el oficio. Ideas y palabras fertilizantes en estos tiempos de autoedición constante de la identidad, de simulacro, de inmediatez, de recetarios...

III.

Me resulta curioso que tras haberse reeditado tantas veces el anuncio de la muerte de la novela, los hechos sigan desmintiendo las partidas de defunción. Incluso se reeditan y se exhuman novelas, novellas, relatos, cuentos de autores del XIX, como si acabáramos de descubrir estos géneros y nuestra concupiscencia campara desaforada por una provincia inabarcable. De ahí que podamos conectar tan plenamente con el aire optimista e ilusionado de James en El arte de la ficción, que en 1884 no ve más que posibilidades para autores y lectores, aventuras creativas y de conocimiento. 

IV.

Espero que su lectura sea una experiencia "inspiring", como dicen los norteamericanos.

jueves, 16 de febrero de 2017

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias: conferencia

Aquí se puede ver la conferencia que di en la Fundación Ibercaja. Aula en red, el 4 de octubre de 2016, sobre la lectura y la educación de los hijos. Espero que os guste.

viernes, 23 de octubre de 2015

T. S. Eliot en el Club Chesterton: cuatro notas

I.
Sin ánimo de banalizar, pero como se dice en los Cuatro Cuartetos, "el momento dentro y fuera del tiempo", algo de eso pasó ayer en la sesión del Club Chesterton: invitado a hablar sobre Eliot a un buen grupo de profesores y alumnos de la Universidad CEU San Pablo, el tiempo se me volvió de esa textura extraordinaria de la comunicación cuando es comunión. 

II. 
Ahora, al recobrar el tiempo por la narración, me doy cuenta -me doy el relato- de que fue un día especial: por la mañana, dialogando con los alumnos del grado de Publicidad sobre Penélope y Ulises y la necesidad del reconocimiento, de entregar y recibir historias (con el eco de Higinio Marín); por la tarde, con los alumnos del Máster, desentrañando el cuento de Aldecoa "Seguir de pobres", acompañando los elocuentes silencios narrativos de los segadores de posguerra; y ya cayendo la luz, volviendo a contarme y contando la historia humana y poética de Eliot.

III.
En el autobús de vuelta a Ítaca, al Norte peninsular, a Kensington, a Puerta de Toledo... -ya discernir era inútil a aquellas horas de la incipiente noche que todo lo hermana-, con algunas asistentes a la conferencia, seguimos hablando de Eliot, de C. S. Lewis, de Newman, de Keble, de una novelista cuyo nombre no recuerdo...

IV.
Esta mañana se oculta tras una celosía leve, de trama blancuzca y tupida, hasta robarle las sombras a todo. No sé por qué, acato que también esto debe ser la literatura: un modo de mirar. Son las mañanas de la resaca.  
   

domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato navideño 2013

En el nº 51 de Selección Literaria, de Librerías Troa (pp. 38-39), me publican un relato navideño. Espero que os guste. 

martes, 23 de abril de 2013

El hombre y sus alrededores, de Higinio Marín: cuatro notas de lectura



I.

Probablemente, el mejor ensayo que he leído en meses. Muchos meses. Y más que demostrar, me gustaría mostrar y, brevemente, comentar:

Se equivocaba Heidegger cuando alegó que la filosofía y la indagación intelectual devienen inauténticas entre quienes tienen una fe que supuestamente les adelantaría las respuestas. Y se equivocó porque pensó que el preguntar imprecedido era el primer acto filosófico, en vez de apercibirse de que la admiración requiere precisamente, si no de una fe, sí al menos de una disposición aquiescente al mundo, una suerte de aprobación original que es casi una invocación. Por eso, bien puede decirse que la admiración es la síntesis inaugural de la visión religiosa e intelectual del mundo, y no porque haga depender la una de la otra, sino porque no pone enemistad entre ellas, y supone el modo de mirar que preserva el eco de aquella primera vez y que alienta en el seno mismo de la razón una capacidad para el asombro que es casi un privilegio de la infancia. pp. 214-5.

Con esta lucidez y elegancia, critica un apriori de la modernidad racionalista y autonomista. En el principio del pensar fue, es, el asombro.


II.

La esperanza entraña, pues, la dificultad de reconquistar la fantasía moral de la infancia que es, curiosamente, la que evita que nos infantilicemos en la pánfila indiferencia de todo. Esa fantasía moral es la que se expresa en la épica contenida en las fábulas para niños. En esas fábulas la confianza en la victoria de los buenos nunca es ajena a la conciencia de la propia debilidad que, sin embargo, no desespera porque de continuo espera ser asistida por una conjura en su favor, por una orientación general que vigila para colaborar a que las cosas acaben bien. pp. 197-8.

Un argumento narrativo y literario para ejercer la esperanza.


III.

Tal vez la situación no fuera tan grave si los propios maestros no hubieran batallado tanto para despojarse de esa investidura [la autoridad] que, ciertamente, les hace grave y personalmente responsables. Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que entre tanto falso democratismo y supresión de modelos autoritarios se coló no poca comodidad -odium professionis- que aspiraba a hacer de la educación algo tan poco personal y fatigoso como cualquier otro oficio, y que deseaba apartar sus ojos de lo sustancial: la experiencia del otro como pasión propia y, en particular, la experiencia del crecimiento del educando como fatigosa realización interior del que enseña. p. 235.

Un poco de autoexamen para el docente, y sobre todo aliento para reenfocar la tarea educativa.


y IV.

Y el libro habla de la familia, la sexualidad, el matrimonio, el respeto, los claroscuros del deseo, el ocio, la cultura del espectáculo, el perdón, el pecado y la libertad, la esperanza y la desesperación, la fe y la razón, y el sentido de la universidad. No me resisto a copiar un último texto sobre la esperanza, existencialmente luminoso (sobre todo en nuestro presente):

La desesperación acecha siempre y a todos pero anida en la pretensión humana de tener la última palabra respecto de sí mismo o de los demás, respecto de lo que investigamos y anhelamos saber, respecto de aquellos a los que se cuida, se cura o se enseña, respecto de lo bueno y lo malo. Quien no se resiste a la sugestión de erigirse en la sede de las últimas palabras para tener un control completo de su vida, está incubando en su seno la clase de soledad que en las últimas horas forcejeará por tornarse desesperación. 
La pócima para conjurar la desesperanza está compuesta de modestia y paciencia, de realista y tierna lucidez para lo humano, de magnanimidad, de humildad y del coraje para no abandonar, pese a todo, la expectativa de lo mejor. p. 206


martes, 12 de marzo de 2013

Flamenco Sketches: una narración de Miles Davis, en Los ritmos del S. XXI

En este enlace a Los ritmos del S. XXI tenéis mi breve ensayo sobre la experiencia de escuchar a Miles Davis narrar sus solos: jazz, música, narración, escritura creativa...

miércoles, 6 de febrero de 2013

Un apunte sobre identidad narrativa e infancia

Yo solo he ido a hacer fotocopias, pero estas cosas, ya se sabe. Para que luego alguien diga que lo ideal sería tenerlo todo controlado. Y todo es todo: de un modo particular a los demás, que son los que pueden darnos sorpresas negativas. Pero yo no quería ir por ahí, ahora.

Lo que he visto es un aspecto de la identidad narrativa, porque hace dos días di una charla sobre educación estética a los padres de Primaria del colegio Turó de Tarragona, y el asunto todavía colea. Ahí va: en las sociedades y culturas muy desarrolladas, donde se tiene prácticamente todo al alcance de los deseos más inmediatos, al niño se le atrofia el sentido narrativo de la vida. Solo cuando tienes necesidades, proyectas. Eres imaginativo: fijas la meta, prevés dificultades, modos de resolverlas. El niño satisfecho es el más insatisfecho, busca lo inmediato, y el aburrimiento es su mortal enemigo: una cosa sustituye a otra, indefinidamente... No hay narración. 

En cambio, el niño que no tiene apenas medios, está condenado a la imaginación, al proyecto. Y cuando consigue una meta, busca desde esa altura otra más alta. La narración genera una escalera de narraciones, ascendente. 

El niño opulento está encerrado en el eterno retorno. El niño necesitado no deja de ascender, narrativamente.

Pues esto es lo que se me ocurría en la cola de la fotocopiadora, esta mañana. Si sirve...

domingo, 28 de octubre de 2012

¡Dispare al adjetivo!


Hace tiempo que encuentro esta consigna: manuales de escritura de relato, de novelas de esas que enganchan… “que no quede ni uno”, arengan al neófito. Exagero, de acuerdo, pero algo, y algo más que algo hay de esto.

La narración es vida, movimiento; el verbo es el caminopequeño saltamontes, lo completo—, ergo limpia la vía de adjetivos, ese lastre que impide tu carrera… —¿hacia dónde?, pregunto—.

¿Desde cuándo narrar es correr? ¿Desde cuándo prohibir lo difícil es progreso? 

domingo, 30 de septiembre de 2012

El personaje es el camino

Tendemos a pensar que los personajes son los personajes, y los caminos, los caminos. Pero, en realidad, en la escritura como en la vida, las cosas son más apasionantes. 

¿Por qué un personaje te dice lo que tienes que escribir? ¿Acaso no lo estás escribiendo, tú, a él? Y, sin embargo, sabes que es así, y que no puede ser de otro modo.

Un personaje es un destilado de gentes y cosas de la vida. Como la caja de Pandora, tú levantas la tapadera, y el destilado se precipita, y solo puedes ir ya detrás de él. 

Claro, un personaje no toma totalmente las riendas. Dejando aparte trastornos mentales del escritor, nunca te desplaza como persona: sigues con tu imaginación de fabulador lo que es probable en la vida de ese señor o señora, a partir de lo que ya ha dicho y hecho, incluso lo improbablemente probable: como ese familiar del que, en el fondo, te esperarías cualquier cosa, y por eso le concedes unos perfiles más inciertos. Pero los perfiles siempre están.

Las tramas, los caminos, son acciones de personajes. Las mejores novelas muestran personajes con la suficiente profundidad como para hacer rodar tramas humanamente interesantes.

Supongo que el poco interés, o el interés poco humano, de algunas novelas procede de esa ausencia de personajes suficientemente humanos. El interés humano no procede de indagar en patologías o en comportamientos estridentes, porque no creo que en esos extremos esté la verdad de la persona. El interés humano viene, en mi opinión, de abordar lo que ocurre cuando el personaje encuentra un conflicto al intentar ir hacia la verdad, no al evadirse de ella, por muy exótica y excitante que sea la evasión.

Pero, ¿no es verdad que el personaje se hace con sus acciones?



¿Y que cuando una persona entra en la vida, o un personaje en la narración, entra en una trama rica que ya existía, y que contribuye con sus propias acciones al desarrollo o al deterioro de esa trama?

También

¿Serán el personaje y la trama dos caras de una única moneda? ¿Será imposible delimitar qué es antes?

Enojoso dilema, y con todo, pienso que el personaje tiene el misterioso privilegio del antes.

Misteriosa y paradójicamente, esto se mide en dolor. No sufren las acciones, sufren las personas, y lo muestran ficticiamente los personajes. Es el escándalo del dolor en la vida real lo que pone en marcha el auxilio de la narración.

El personaje doliente es el camino de la narración.


lunes, 30 de abril de 2012

A punto de dejarlo, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura



I.
Dice Enrique Baltanás que “hay tres clases de personas: no fumador, fumador y ex fumador. Pero todos tenemos una historia personal con el tabaco, y cada cual cuenta la feria como le va". Yo viajo en la primera clase; si bien, por esa identidad narrativa nicotínica, esa historia personal con el tabaco que todos tenemos, forzosamente hube de tener mi encuentro —desencuentro— con el ente de humo. Fue una fugacísima aventura de niño, veraniega, entre los amigotillos díscolos del lugar, que bajo las pinochas de una pinada, envolvían y soterraban un paquete de chester mentolado. “Aaaj”, todavía me recuerdo haciéndole ascos. “¿Pero esto…?” Salvé la menta, que efusivamente saludo cuando me la encuentro de consustancia en un After Eight. Y lo demás es humo. (Bueno, siendo totalmente sincero, me he dado varias oportunidades con la pipa, pero la llama de la pasión nunca llegó a prender).

II.
Novela de arqueo vital (personal, matrimonial, ideológico, político…) nel mezzo del cammin… Y el balance para Julián Arjona —el protagonista, que ejerce de primera persona narradora— no es precisamente positivo. El entusiasmo utópico de la contestación marxista-leninista universitaria (con su inversión de valores) en los años previos a la Transición viene a ser el paquete de tabaco recién abierto… que tras los años, y en el momento de la escritura, se certifica como claramente agotado. Y en ese arqueo el humor y la ironía van a ser el Virgilio que conduzca entre los humos infernales de la narración, en busca de un paraíso. Humor e ironía para templar —pero no invalidar— la crítica constante: el narrador implícito va componiendo el entreverado de razonabilidades y despropósitos que manifiestan el propio y desorientado Julián, su ex pragmática, chaquetera y socialdemócrata Mayte, su médico Salvador —ironía— con sus cultas justificaciones para sus curiosas posturas filosóficas y religiosas, el camaleónico Pepín…

III.
Ante el naufragio y la pretensión de que aquí no ha pasado nada, Baltanás y Arjona parecen querer retener una higiénica cordura; y de este modo, el tono y la pretensión de la novela no es de lúdica parodia (solo). No es el autor un postmoderno. Quizás, precisamente, se trate de no caer ahí, de que el humor en semejantes asuntos no sea simplemente humo/r. Este humo/r no nos trae en anexo una teoría de la liquidez y liquidamiento del sujeto, de la historia y bla, bla, bla. Es verdad que no parece emerger  ninguna posición fuerte tras el arqueo y desecho de muebles desportillados. Pero aquí y allá, el autor va dejando caer algunas certezas, o semicertezas con que reconstruir desde este grado cero vital alcanzado: la sinceridad de unas lágrimas que no consiguen salir y de una sequedad interior frente a lo que murió, el Sentido Común, el reconocimiento de las pequeñas realidades que sí hacen la vida más humana, la narratividad de la vida que parece comprehender la esperanza en un futuro, una vez aprendido lo aprendido…

IV.
Novela que se beneficia del poeta que es Enrique Baltanás; en la que “tabaco”, “humo”, “fumar” son términos exprimidos en sus significados, y multiplicados en su posibilidad simbólica, en sus aperturas al guiño cómplice al lector. Otra tramoya sabiamente urdida es la ordenada presentación de los diversos ámbitos de desconcierto, que son los de toda una generación: ideológicos, sentimentales, sexuales (aquí me pareció un tratamiento un tanto reiterativo y descarnado). Y, desde luego, la novela se beneficia del vasto y curioso lector con inquietud literaria, filosófica y metafísica, que es su autor: los diversos debates presentados, intencionalmente inconclusos, revelan una claridad de análisis nada enturbiada por cualquier moda postmoderna de anteayer.

Bajo el manto de la sonrisa irónica, queda el ambiguo final de la vida de Julián Arjona y de la novela: no porque “continuará”, sino porque el último paquete de esa vida —¿ya finalmente sin humos?— se esfumó, dejándonos la literatura para seguir interpretando y proyectando la propia vida. 


lunes, 30 de enero de 2012

Somos cuento: algo más sobre nuestra identidad narrativa



S/T JM Mora Fandos

Ahora que lo pienso, me asombra gratamente que el asunto que más salió en la conversación, durante los días de la presentación de Tan bella, tan cerca, en Sevilla, fue la identidad narrativa.

En la propia presentación, dije: "Cuando tienes más de cuarenta años y alguien te pregunta quién eres, tienes que contar un cuento. Cuando eres un quinceañero, puede bastar un haiku: no tienes apenas historia, experiencia; solo sentimientos, deseos, instantes. Pero a los cuarenta, sí tienes historia. Y esa historia ha moldeado quién eres. Ese momento vital te permite ver lo sido y proyectar todavía quién quieres ser (dentro de unas posibilidades). Lo más seguro es que el cuento de tu vida no sea del todo satisfactorio; y pensar que todavía "hay tiempo", espolea un proyecto de narración."

Dije alguna otra cosa. Como he seguido pensando algo más sobre el asunto, indico aquí algunas aclaraciones sobre lo anterior:

1. Podemos seguir proyectándonos hacia el futuro porque el hombre es una estructura abierta, que puede trascender aparentes determinismos. Una tortuga, por ser estructura cerrada, ni tiene historia ni podrá tenerla, aunque se encuentre a mitad camino de su vida biológica (no tiene otra). Precisamente vida biológica no es historia: biología no es biografía.

2. Por ser estructura abierta, el hombre puede hacer el cuento de sí mismo constantemente. Curiosamente, este cuento, esta narración siempre se escribe desde el último capítulo, desde el "ahora" que estoy viviendo. El ahora no está cerrado, por lo tanto, el "momento de narración" puede hacer que lo que se solía narrar de un modo, mi historia "oficial", pase a ser narrado de otro. 

3. Un acontecimiento vital importante generará una novedad en la narración considerada hasta ese momento "oficial": un nuevo principio narrativo que reordena la narración.

4. Es auténtico acontecimiento porque abre una posibilidad nueva de futuro. "Si el futuro puede ser de este modo nuevo que yo no esperaba, entonces este proyecto que surge ahora hace que relea el sentido de lo que ha ocurrido hasta el momento". Cosas que antes no valoraba de mi pasado, pasan a tener valor. El inicio del futuro relee y reescribe el pasado.

5. Nadie tiene asegurado el buen fin de su narración vital. Lo que aparece como acontecimiento preñado de futuro y cualidad sanadora de la historia pasada, puede o puede no ser tal. 

6. Hay acontecimientos vitales que sí tienen esa fuerza sanadora, pero hay que saber discernirlos. La historia, la filosofía, la religión, las tradiciones, las instituciones, las comunidades, el rostro del otro y del Otro son agentes, fuentes de sentido para el discernimiento. Pero, una vez más, no hay soluciones fáciles, "de manual", ¡ya!

7. El solipsismo tiene tres problemas: evita la aparición de acontecimientos (el acontecimiento es una realidad que yo "no pongo", que viene de fuera, y por eso me abre a lo otro, a una posibilidad de novedad, futuro); incluso si se diera el acontecimiento, dificulta la posibilidad de interpretarlo, de descubrir el sentido "de redención de la historia, de mi cuento" que pueda encerrar; y por último, bloquea la necesidad de pedir ayuda, de dejarse ayudar por los "agentes de sentido".

8. La escritura de los otros en mi propio cuento es clave. Piénsese en la dimensión esencial que la intertextualidad tiene en El Quijote, por ejemplo. 

9. Lo que mueve mis re-cuentos y re-escrituras es la búsqueda de la felicidad. Si esto pierde intensidad, honestidad y posibilidad de purgación de lo ya habido, la narración/vida perderá rápidamente calidad. Una novela en el proceso de su escritura alcanza momentos de disyunción: profundizar, purgar, asumir el reto de lo mejor por venir; o caer en un subgénero, amoldarse a unas reglas generales, fáciles, seguras. Como si Dostoievski, a mitad de la escritura de Crimen y castigo, hubiese decidido hundir la narración en los parámetros de una novela policíaca (quién lo hizo y a ver quién lo pilla). La vida personal sigue estas pautas, incluso de modo más dramático.

10. Mil lecturas, pero una sola vida para ser feliz, hace que nuestro proceso de leer, releer, escribir y reescribir sea algo en absoluto frívolo.

Uf, ya lo he dicho; qué a gusto me he quedado. Gracias por la paciencia de leerlo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El factor humano, de G. Greene: cuatro notas


I.
"Antes", uno se enteraba de lo que hacía un servicio secreto leyendo novelas como esta. Ahora todo está en internet, aunque la borrosidad se mantiene de algún modo, por el grado de credibilidad de la fuente. En todo caso, la novela -si era buena- te dejaba ahondar en las causas últimas, conectaba el problema con rostros humanos. Ahora tenemos la noticia ilustrada con imágenes duras casi en tiempo real. Pero ya nos hemos acostumbrado. Es el empalago de la imagen impactante. Por eso, sigo yendo con mucha más asiduidad a la literatura que a los telediarios.

II.
Greene, en El factor humano, hace ironía de la ironía inglesa. En el mundo de la guerra fría, contrapone la "Razón de Estado" al comportamiento de seres humanos concretos. En los servicios secretos abundan personajes con una psicología trastocada. Se atiende desmesuradamente a lo trivial en la vida privada -como el modo de cocinar truchas-, mientras se pierde el sentido de lo humano en el "trabajo" realizado por una ideología, y se eliminan personas. 

III.
El amor no puede tener lugar en el mundo de los servicios secretos. La vida del espía ha de ser liviana para no atarse a nada ni a nadie, para no profundizar sobre el sentido moral de lo que se hace. Pero la atmósfera de las liviandades tiene su correspondiente peligro: el otro bando también puede ofrecerlas. Dinero, placeres, protección, inmunidad... soledad. El espía doble está ya inoculado en la esencia del espía. Castle, el protagonista, no es exactamente un espía en este sentido: cuando surge el "factor humano" -el amor, la amistad, el sentido de culpa, el fracaso de las ideologías, la convicción de la propia vulnerabilidad y la necesidad de redención-, se convierte en amenaza para el propio sistema que lo mantiene.

IV. 
Los personajes están bien construidos. Si un narrador actual acometiera una novela semejante, posiblemente trufaría la trama con largos párrafos de desmenuce de la psicología de los personajes -a veces pienso que aún no hemos salido del XIX-. Greene muestra lo justo para que el lector agudice sus entendederas y su mirada lectora, a través de las acciones y las medidas pinceladas sobre el modo de ser del personaje, que va dejando aquí y allá. Solo le objetaría a la novela cierta procacidad al mostrar la detalles de la sexualidad errática de los personajes que no reconocen la dignidad personal del otro -ni la propia-. Creo que con igual justeza para la trama, se pueden referir estas realidades de un modo más elegante.

Un final abierto, un problema abierto; y un cielo cerrado por la tormenta, a través del que se cuela, de vez en cuando, una pequeña luz.  

lunes, 5 de septiembre de 2011

El indigente y las cinco monedas de oro


Esta breve historia ocurrió. Me ocurrió. Con frecuencia se escucha: "A veces, la realidad supera la ficción". Pero creo que este modo de hablar intenta ver de modo separado lo que, en verdad, es inseparable. Un análisis es una abstracción, que pide una vuelta a la síntesis de la realidad. 

Las narraciones quieren incidir en la vida; y la vida tiende instintivamente a configurarse como narración. A veces, el final de algo que avanzaba se nos hace borroso, parece perder su sentido. Hay trayectorias que no sabemos finalmente cómo han terminado, aunque podamos contar con pelos y señales lo que finalmente pasó. Es siempre el sentido, eso que se cumple al cerrarse la historia vivida, lo que da el valor; y tantas veces no acabamos de verlo, o lo vemos mucho más tarde. Cuando se van desarrollando unas acciones, y la secuencia llega a un final con un sentido nítido, es cuando más claramente percibimos la vocación narrativa del vivir; y decimos "La realidad supera la ficción", "Esto hay que escribirlo". 

Solía ir a tocar el saxo al Giardino dell'Orticultura, donde Florencia empieza a escalar su ladera norte. Había un precioso kiosko de música, como si lo hubiera diseñado Brunelleschi. Allí llegaba yo algunas mañanas, montaba el instrumento, afinaba, y tocaba desde la balaustrada durante casi dos horas. El resto de los habituales del parque eran vecinos que sacaban al perro, padres y madres con niños pequeños, jubilados y jubiladas, enamorados... 

"Esta es la última", me digo después de mirar el reloj. Toco. A mitad, un padre con dos niños pequeños sube al kiosko a escuchar. Termino y comienza un curioso diálogo: mi italiano da para entender bastante bien lo que me dicen, pero todavía no para expresar con precisión  lo que quiero decir. El mayor de los niños se llama Cosimo, el pequeño, Tobia.

Recuerdo que es la hora, tengo que llegar a tiempo a la comida. Empiezo a desmontar el instrumento, mientras seguimos "conversando". 

-Ma, hai finito?, -me pregunta Cosimo.
-Sì, ho finito, -respondo sorprendido por su desparpajo, y apenado porque he de irme. 
-Ci vediamo!, -se despide el padre.
-Ciao!, -contesto.
-Ma, hai finito?, -vuelve Cosimo, con insistencia. ¿Piensa que no puede ser que me vaya, ahora que acaban de llegar? ¿Quiere asegurarse de que la situación es irrevocable?
-Sì, ho finito, Cosimo -contesto sonriendo en complicidad con su padre, y con una emoción recién despertada.
-Ciao!
-Ciao!

Bajan los escalones. Me acuclillo para limpiar mínimamente las piezas del saxo y meterlas en la funda. Ya llego tarde. Noto unas pisadas ascendiendo aprisa por los escalones. Me giro, es Cosimo. Ahora es más alto que yo. Sonrío todavía sin saber qué va a ocurrir. Uno de esos momentos en que estás a merced de no sabes aún qué, en que se abren tus verjas sin querer y descubres otra vez cuán vulnerable eres; que había una historia, tu historia, y que ni siquiera tú vas a escribir el final.

Cosimo levanta su mano cerrada, quiere darme algo. Le presento la palma de la mía. Ni él ni yo sabemos todavía que va a poner en ella el final de una breve historia: me da cinco bellotas que, seguramente, ha recogido esa mañana bajo alguna encina. Y, en silencio, se va.

   

miércoles, 16 de marzo de 2011

Encontrarás dragones / There be Dragons: cuatro notas


I.
Vas en autobús, y escuchas "Pues el otro día...". No sabes por qué, pero se te despierta la atención. Bien, sí sabemos por qué: va a comenzar una narración, y la narración es el modo más humano de comunicar y de conocer. Y en las narraciones de los demás esperamos encontrar, aun inconscientemente, algo, alguna luz para la narración en marcha que es nuestra propia vida. 

II.
Hace un mes estuve en uno de los pases privados de Encontrarás dragones, en Madrid. Una narración, una buena narración, y por eso no me dejó indiferente. Hay un tema que me interesa desde hace mucho tiempo -del cual es inductor San Josemaría Escrivá- y por eso me han interesado esta película y las declaraciones de su director: la posibilidad de la santidad en medio de esta vida cotidiana.

Encontrarás dragones es cine de palabras grandes: amistad, amor, celos, venganza, reconciliación... Como hombres y mujeres, como comunidades, necesitamos narraciones de palabras grandes. Pero en la narraciones también caben las pequeñas palabras, y precisamente en la vida cotidiana son a menudo las que  utilizamos. En Encontrarás dragones resuenan con fuerza las grandes, pero también las pequeñas: simpatía, serenidad, afabilidad, confianza, comunicación, silencio, oración... ¿Es posible una santidad de palabras pequeñas, cotidiana, que cuente con el peso oculto de las grandes, para no desvanecerse en la insignificancia?  

Y, una pregunta que me importa tanto como esta, ¿es posible narrarla?

III.
Para la mayoría de nosotros la vida no alcanzará un sostenido tono épico; quizás sí en algunos momentos, quién sabe... pero somos humanos y como dice Eliot, "no soportamos mucha realidad", y las fibras de nuestro tejido se deshacen, y hay que remendarlas, tantas veces. Todo parece indicar que "esto" va de novela por entregas, o serie televisiva del género "Formación del personaje", con muchas referencias a otras narraciones, vitales o literarias; con mucha interpersonalidad, con mucha intertextualidad, si nos ponemos filólogos. Nunca podremos saber hasta dónde la narración personal se debe al encuentro con tantas otras.

IV.
Creo que Encontrarás dragones es gran cine -la narración te lleva suave y enérgicamente-, gran entretenimiento, pero también un valioso "entretejimiento": una luminosa narración que invita a entretejer con ella la narración de la propia vida.