AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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martes, 9 de octubre de 2012

Caminos de la filosofía, de Alejandro Llano: cuatro notas de lectura




I.

Llega una edad —y que el lector ponga la que quiera— en que cualquier pregunta por la propia identidad implica contarse una historia; o explicarse a uno mismo según una estructura narrativa. No digo que sea lo único que se puede hacer. Pero es que lo hecho parece pedir un modo historiado de recuperación, como mínimo. Y sin ese modo de volver a atrás, la vida pasada pierde atractivo hasta para uno mismo.

En Caminos de la filosofía se hace ese ejercicio de identidad a través de la memoria. Y además esa memoria es una “memoria asistida”. Podría ser de otro modo, pero qué justo es que se haga explícitamente así. Si la identidad se hace en contacto con el otro, con los demás, es sensato contar con ellos para una puesta en claro, un parón de luz con el que seguir caminando. Evidentemente, no vale del mismo modo cualquier interlocutor. Deberá ser un “otro significante”, alguien que tuvo algo de arte y parte en lo que fue, en quien se fue, se es.

II.

A lo que hay que añadir la dialogicidad. En algún otro libro de Llano —creo que Humanismo cívico—, le leí hace tiempo una frase que solo puedo citar en su sustancia: no se puede ser feliz sin buscar activamente la felicidad de los demás. Contar con el otro, además de para contarse uno mismo, para traerlo de agente a la propia historia. Idea de profundas raíces cristianas, retomadas postmodernamente. Una de esas pulsaciones de la postmodernidad, de comunicación inmediata alejada de la tecnoestructura -mercado, Estado, medios de comunicación- que Llano proponía en La nueva sensibilidad, después de darle un fregoteo enérgico pero cordial. 

Es hermoso contar con tres interlocutores, discípulos, colegas, amigos, para contar y contarse. Dice el genial pianista Novecento, en La leyenda del pianista en el océano —con su cosa nietzscheana bienintencionada—, que no estás acabado si tienes una buena historia y alguien a quien contársela. Esto aún me suena a demasiado poco; porque de lo que se trata es de ser historia, de ser una buena historia, y poderla contar con alguien.

III.

Una Metafísica tras el final de la metafísica, me gustó el título ya cuando salió. Yo creo que la vida es, o tiene los componentes para ser, una buena novela de género. Pongamos que de intriga. Y como se canta en alguna zarzuela, “Eh, que el género no se toca”. Si algo ha demostrado el constante toqueteo de los géneros por parte de perspicacísimas escuelas teórico-literarias, es que gente muy lista deja de leer literatura y se intoxica con conceptos y pone esquelas en los Journals académicos con el nombre de la difunta en mayúsculas. Pero la literatura siempre vuelve, como Fantomas. 

Y la vida tiene mucho de eso, de novela de género, donde la intriga y el misterio —llamémoslos metafísica— aseguran el deleite y el deseo de seguir leyendo. Una metafísica mínima, más existencial, más personal, podada de artificiosidades, que propone Llano, me hace pensar en lo que es innegociable para cualquier buen lector de novela de género. Lo que dice Steiner, “nadie transige con sus propias pasiones”. Por algo será. Todos los grandes vividores —entiéndaseme bien— que conozco son profundos metafísicos —la mayoría no lo saben…

IV. 

Termino de leerme El 19 de marzo y el 2 de mayo, de Galdós. El motín de Aranjuez ha acabado con Godoy, el Príncipe de la paz. Escarnecido por el vulgo, yace casi exánime en un calabozo, donde recibe la visita del cura D. Celestino, que pondera los imprevisibles caminos de la Fortuna, que encumbra hombres y los derriba en un segundo. Me acuerdo de este pasaje al leer en Caminos de la filosofía el sucedido en una mesa redonda sobre ética empresarial, donde un profesor dice que “Realmente, la ética es rentable”; y Llano añade “O no”. Dice Llano que se montó una pequeña bronca, aunque supongo que no sería como la de Aranjuez, pues se trataba de un debate entre gente educada, y las mismas condiciones del intercambio comunicativo –pongámonos semióticos- del género “mesa redonda entre académicos” parecen evitar estas derivaciones. Pero la cosa en sí tiene su potencial revolucionario. La contestación de Llano genera un desplazamiento de foco en la conversación: no se trata de qué puede hacer la ética por la rentabilidad de mi empresa, sino algo más sensible, humanamente sensible, y por lo tanto, prioritario: si las técnicas, estrategias para la rentabilidad de mi empresa son realmente éticas para mí. Supongo que una empresa ha de ser rentable, pero sé que un hombre o una mujer han de ser dignos.

A lo primero, venga aquí la meditación de D. Celestino, que la Fortuna es muy capaz de desfacer muy bienintencionados proyectos. A lo segundo, que, siendo arduo, a veces en extremo, no depende de hados ni de primas de riesgo, sino que es asequible y que tiene su hilo de Ariadna para seguirle y retomarle cuantas veces se perdiere. Hay caminos, como en este libro.

lunes, 30 de enero de 2012

Somos cuento: algo más sobre nuestra identidad narrativa



S/T JM Mora Fandos

Ahora que lo pienso, me asombra gratamente que el asunto que más salió en la conversación, durante los días de la presentación de Tan bella, tan cerca, en Sevilla, fue la identidad narrativa.

En la propia presentación, dije: "Cuando tienes más de cuarenta años y alguien te pregunta quién eres, tienes que contar un cuento. Cuando eres un quinceañero, puede bastar un haiku: no tienes apenas historia, experiencia; solo sentimientos, deseos, instantes. Pero a los cuarenta, sí tienes historia. Y esa historia ha moldeado quién eres. Ese momento vital te permite ver lo sido y proyectar todavía quién quieres ser (dentro de unas posibilidades). Lo más seguro es que el cuento de tu vida no sea del todo satisfactorio; y pensar que todavía "hay tiempo", espolea un proyecto de narración."

Dije alguna otra cosa. Como he seguido pensando algo más sobre el asunto, indico aquí algunas aclaraciones sobre lo anterior:

1. Podemos seguir proyectándonos hacia el futuro porque el hombre es una estructura abierta, que puede trascender aparentes determinismos. Una tortuga, por ser estructura cerrada, ni tiene historia ni podrá tenerla, aunque se encuentre a mitad camino de su vida biológica (no tiene otra). Precisamente vida biológica no es historia: biología no es biografía.

2. Por ser estructura abierta, el hombre puede hacer el cuento de sí mismo constantemente. Curiosamente, este cuento, esta narración siempre se escribe desde el último capítulo, desde el "ahora" que estoy viviendo. El ahora no está cerrado, por lo tanto, el "momento de narración" puede hacer que lo que se solía narrar de un modo, mi historia "oficial", pase a ser narrado de otro. 

3. Un acontecimiento vital importante generará una novedad en la narración considerada hasta ese momento "oficial": un nuevo principio narrativo que reordena la narración.

4. Es auténtico acontecimiento porque abre una posibilidad nueva de futuro. "Si el futuro puede ser de este modo nuevo que yo no esperaba, entonces este proyecto que surge ahora hace que relea el sentido de lo que ha ocurrido hasta el momento". Cosas que antes no valoraba de mi pasado, pasan a tener valor. El inicio del futuro relee y reescribe el pasado.

5. Nadie tiene asegurado el buen fin de su narración vital. Lo que aparece como acontecimiento preñado de futuro y cualidad sanadora de la historia pasada, puede o puede no ser tal. 

6. Hay acontecimientos vitales que sí tienen esa fuerza sanadora, pero hay que saber discernirlos. La historia, la filosofía, la religión, las tradiciones, las instituciones, las comunidades, el rostro del otro y del Otro son agentes, fuentes de sentido para el discernimiento. Pero, una vez más, no hay soluciones fáciles, "de manual", ¡ya!

7. El solipsismo tiene tres problemas: evita la aparición de acontecimientos (el acontecimiento es una realidad que yo "no pongo", que viene de fuera, y por eso me abre a lo otro, a una posibilidad de novedad, futuro); incluso si se diera el acontecimiento, dificulta la posibilidad de interpretarlo, de descubrir el sentido "de redención de la historia, de mi cuento" que pueda encerrar; y por último, bloquea la necesidad de pedir ayuda, de dejarse ayudar por los "agentes de sentido".

8. La escritura de los otros en mi propio cuento es clave. Piénsese en la dimensión esencial que la intertextualidad tiene en El Quijote, por ejemplo. 

9. Lo que mueve mis re-cuentos y re-escrituras es la búsqueda de la felicidad. Si esto pierde intensidad, honestidad y posibilidad de purgación de lo ya habido, la narración/vida perderá rápidamente calidad. Una novela en el proceso de su escritura alcanza momentos de disyunción: profundizar, purgar, asumir el reto de lo mejor por venir; o caer en un subgénero, amoldarse a unas reglas generales, fáciles, seguras. Como si Dostoievski, a mitad de la escritura de Crimen y castigo, hubiese decidido hundir la narración en los parámetros de una novela policíaca (quién lo hizo y a ver quién lo pilla). La vida personal sigue estas pautas, incluso de modo más dramático.

10. Mil lecturas, pero una sola vida para ser feliz, hace que nuestro proceso de leer, releer, escribir y reescribir sea algo en absoluto frívolo.

Uf, ya lo he dicho; qué a gusto me he quedado. Gracias por la paciencia de leerlo.

lunes, 24 de enero de 2011

Con (mi amigo) Barthes

Leo en el Sunday Book Review del New York Times, la reseña de un libro de Roland Barthes, Mourning Diary, Diario del duelo, o de la pena. Se trata de un diario que Barthes inicia tras la muerte de su madre, y continúa durante dos años, del 27 de octubre de 1977, al 15 de septiembre de 1979. Con más de 300 entradas. 

Y lo traigo aquí porque, por lo que cuenta el reseñista, aparece un Barthes distinto del agudo crítico literario estructuralista, defensor de la experimentación, del juego creativo sin restricciones, de la disolución e invención de la identidad en la escritura. Al final, sólo quedaban las estructuras, los textos; los sujetos, como también dijo el amigo Foucault, se hacen y deshacen, como un rostro dibujado en la arena de la playa que no aguantará a la próxima ola. 

Bien, pues muy distinto es este Barthes. Porque en el Diario hay constantes: el dolor, la culpa, la depresión, la soledad, el intento de conseguir controlar racionalmente todo aquello... Así que a través de la constancia emerge un sujeto, una persona, finalmente, más allá (o acá) de la escritura. 

Hombres y mujeres que se hacen y deshacen, unicornios, realismos mágicos, mil mentiras, fantasías, volutas de raciocinio pedaleando sobre la nada, como quería Kant. Es que "el papel lo aguanta todo", que ya decía mi abuelo, que no era crítico estructuralista. Pero en la vida tuya y la mía, la de los sufrimientos y las alegrías, todo tiene una tozudez sorprendente. Hasta hacerte caer del burro.

Emerge un Barthes, humano, en ese escenario -el de todos nosotros- donde descubrimos al otro, donde puede surgir la comprensión, la amistad.

miércoles, 19 de enero de 2011

Leer lo cercano

“Um cabelo limpo e bonito, com corpo, começa no couro cabeludo”. Llevo unos días leyendo esta frase cada mañana. Lo que sé de portugués lo he aprendido en el lavado del pelo, y allí, a esas horas de la mañana, tiene lugar la primera escuela del día. Desde hace algún tiempo, solo utilizo champúes bilingües, y desde luego han de estar en portugués: será una sinestesia, pero pienso que para el cabello se necesita un idioma sedoso y sensible: “cabelos ressecados e quebradiços”, “crescimento”… Y, además, los idiomas exigen perseverancia, tiempo para asentarse, llegar a las raíces del hablar, compartir estructuras con el idioma materno, quizás revelar unos antepasados comunes: no puedo evitar un estremecimiento cuando descubro en el “não só auxilia o crescimento dos cabelos como evita a queda” al nieto luso del clásico “non solum… sed etiam”. Así las cosas, nunca compraría un champú monolingüe: sería algo más propio de un mundo premoderno que todavía desconociera las redes de la globalización.

Por otro lado, mi módico holandés procede del desayuno, del energético mundo de los cereales. Los cereales son menos poéticos que los champúes, pero –nunca mejor dicho- van al grano: ‘Rijst’, ‘suiker’, ‘melk’ (arroz, azúcar, leche). Estamos en centroeuropa, en el explosivo ámbito del monosílabo, o casi, que las lenguas germánicas utilizan para nombrar las realidades más materiales. No puedo evitar recordar el “frumentum flagitare” con que Julio César exigía trigo a las tribus en sus correrías por la Galia. Algún día habrá que viajar a Holanda, a comprobar si la luz de Vermeer tiene verdaderamente la misma contundencia que la de los monosílabos. Mientras tanto “Lees hier meer” (lea más aquí), continúa la parte holandesa del prospecto.

Mi alemán también se ve beneficiado, esta vez a la hora de la comida, por el marketing del vino. La lectura en voz alta de una frase como “Winen die ihre frischen und fruchtigen Primäreigenschaften noch bewahren” antes de beber, es una segura gimnasia de palatales para despertar el paladar. Y ocasionalmente repaso el italiano si tengo que recurrir a algún producto de limpieza.

A través de estas peculiares lecturas, conocer el portugués capilar, el alemán vinícola, el holandés de los cereales, o refrescar el italiano por el campo del saneamiento del hogar, puede parecer una excentricidad, pero no carece de un interesante sentido. Salvo por la inmersión en una cultura, un idioma solemos aprenderlo por parcelación: dominaremos la parcela en la que vivimos a diario, porque necesitamos vivir ahí. Incluso un inglés aprendido a través de un método, no deja de ser el idioma de la parcela “método para aprobar los exámenes y conseguir el título”; pero necesitará validarse y encarnarse en el ancho mundo de la cultura anglosajona vivida. Desde una parcela colonizamos otras, nos animamos a dedicar más tiempo y ampliamos el interés. Surgen otras lecturas. Y al mismo tiempo, reforzamos el idioma propio. Ganamos sensibilidad lingüística, que revertirá en nuestro modo de elegir sinónimos, de cuidar el uso de reglas gramaticales cuando vengamos a hablar y a escribir. Dada mi situación personal, hoy sólo puedo atreverme a pequeñas parcelas. 

Además, en nuestra sociedad postmoderna, la lectura viene estabulada en ranuras y resquicios, pequeñas superficies que pasan por la película cotidiana, ese largo “corto” casero cuyos fotogramas se confeccionan cada día al ir por ahí con los ojos abiertos: etiquetas, carteles, posters, cajas, bolsas, envases, anuncios luminosos. La globalización suele allegar caóticamente, en pequeñas dosis imprevisibles, pequeños encuentros con lo otro y su idioma. Necesitamos saber un número de palabras en otros idiomas. Leer etiquetas es un signo de actitud correcta, abierta al mestizaje, a la atención a lo otro y lo nuevo. No cuesta apenas nada y desarrollamos un medio de lenguaje que podríamos llamar ‘globalizañol’ o ‘globalish’.

Este texto procede de mi libro Leer o no leer. Sobre identidad en la sociedad de la información, del apartado "De lo leído".

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La cultura también tiene sabor

Comentábamos un colega y yo sobre los hábitos gastronómicos de los adolescentes. Me puse algo semiótico, no puedo evitarlo: ¿qué quiere decir el hecho de que coman alimentos de poca calidad, siempre los mismos, a cualquier hora del día? Que la comida deja de ser cultura: se le corta sus lazos con unos tiempos, unos lugares, unas tradiciones, unas costumbres, unas comunidades, unos ritos, y es puramente química para sostener -mal que bien- organismos, con un poquito de excitación en el paladar. 

Y claro, ya no es gastronomía -la ley gástrica-, o digamos que sí, pero proviene de un pensamiento único, monolítico, atávico, conservador y mononeuronal. Cultura caducada, como un yogur de hace una semana al sol de agosto. Democracia supuesta, pero no.  

Al final, sólo la cultura da el sabor a las cosas. Por eso, en estos tiempos postmodernos no encontramos fácilmente el sabor, o todo sabe un poco -o un mucho- a lo mismo. 

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El fin de Agatha Christie

Leo en ABC.es que ha causado malestar entre los herederos de A. Christie que Wikipedia haya revelado el final de La ratonera, obra de teatro. Un final sorprendente que, terminada cada representación, se ruega al público que no lo revele.

Es bonito que se haya dado esta complicidad durante años, que en este juego comunicativo el público haya seguido jugando después del final, para cooperar con el fin de la obra, o al menos con parte del fin. Es un pacto de lectura que se preocupa de lo que venga después. Me recuerda al pacto de los Reyes Magos, o del Ratoncito Pérez. Es bueno que existan. No tanto por su eficacia directa, cuanto porque establecen relaciones de confianza sobre valores importante.

No sé si se malogrará mucho el fin de La ratonera, pero desde luego no es su final como proyecto comunicativo público, ni mucho menos el final de Agatha.

lunes, 23 de agosto de 2010

El inodoro de Lennon y la gran superficie de nuestra cultura

Pues sí, está en subasta, se estima que la "cosa" alcanzará entre 750 y 1.000 libras (entre 916 y 1.221 euros). Igual era agosto el mes para sacarlo, cuando todo el mundo dormita y hacen falta cosas estrafalarias para motivar a la gente y remover las aguas mediáticas. Pero igual también es algo que puede ocurrir en cualquier momento, y que tiene raíces más profundas. Uno se acuerda del urinario de Duchamp, y de toda esa actitud de llamar la atención en un mundo que se ha empeñado en que lo que no es llamativo no existe.

En una cultura de cosas llamativas, todo ocurre en la superficie, en la epidermis, por donde todo resbala y todo es inestable, como una gota de agua.

Al final, nos acordaremos más de Lennon por aquel urinario que alcanzó una cifra astronómica, dio tumbos por varias exposiciones internacionales, acabó en la Tate Modern y en las "ipads de texto" de los escolares de mañana mismo. ¿Y de sus canciones? Imaginese.

lunes, 2 de agosto de 2010

Bajar abajo

Hay frases que nos acompañan a lo largo de los años. Alguien lo dijo, nos llamó la atención, y cada vez que se repite, suena la campanilla de plata y recordamos nuestra personal cavilación sobre el asunto. Una de ellas es, para mí, "bajar abajo".

De entrada es una redundancia, y se tiende a asociar con hablantes poco formados educativamente, y culturalmente no muy avezados. Pero creo que hay que tomar el papel de abogado defensor. "Bajar abajo" tiene sentido. Para empezar, se salva por vía retórica: es un pleonasmo. Y por poder tener naturaleza retórica, es lenguaje con un voltaje significativo mayor que el lenguaje "grado cero" que decían los venerables estructuralistas -también hay que recordar aquello de que en una hora de mercado se escuchan más tropos que los que se leen en no sé qué obra literaria (perdón por la inexactitud)-.

Cuando le digo a alguien "Baja abajo", el adverbio no es un mero subrayado de la dirección que hay que tomar, ya indicada por el verbo. Es que "abajo" tiene un significado especial, es un allí que el interlocutor y yo ya conocemos. No se trata de bajar sin más. Estamos diciendo confianza, por lo menos. También le estamos diciendo que no se quede a mitad, que lo que le importa está abajo del todo. Así que tiene también cierto significado de contundencia, totalidad, decisión en quien lo dice.

Si nosotros, que decimos "baja abajo" ya estamos abajo, "abajo" nos significa, y este adverbio local se transforma prodigiosamente en un pronombre personal: "baja a mí".

(Y lo mismo para "sube arriba", "entra a/dentro", "sal a/fuera")

Así que abajo es una palabra cargada de significados sutilmente personales, comunicativos, que dudo que una gramática pueda reflejar, a no ser que se humanice un poco y se transforme -en algún grado- en literatura. No estaría nada mal.

domingo, 25 de julio de 2010

¿Sujeto u objeto?

Soy filólogo, y nada del lenguaje me es ajeno. Y para neutralizar la filosofía nihilista que me pasaban bajo gramática textual en las aulas de la carrera, me arrimé a la filosofía personalista.

Bien, (casi) todo el mundo es bajofirmante entusiasta de esas cosas tan bonitas de que no hay que tratar al otro como objeto, sino como sujeto; de que (en buena medida) construimos nuestra identidad dinámica con nuestros actos; de que el diseño y actualización de la propia imagen revierte sobre quien uno es, de modo que no hay decisiones “inocentes” o gratuitas; etc.

Bien, (casi) todo el mundo parece olvidarse de esto cuando llegan las vacaciones. Uno o una, a través de su indumentaria, elige la imagen que quiere dar(se): la de sujeto o la de objeto, mantener la dignidad personal -eso tan invisible, pero patente en quien lo cultiva-, o no.

Presentarse como objeto del verbo predatorio de otro sujeto, ofrecerse como res extensa, simplemente no es una opción humanamente aceptable. Y mucho menos presentarse como complemento circunstancial… de temporada veraniega.  

sábado, 22 de mayo de 2010

Leer el vestido

Acabo de cruzar el ecuador de Todo fluye, de Vasili Grossman. Esta vez, la libreta que procuro abrir unos segundos antes de abrir un libro, ha comenzado a llenarse de anotaciones. En la página 46 se lee:

Nikolái Andreyevich estaba desnudo bajo el traje de paño inglés.

Da Vinci decía de sí que no pintaba con las manos, sino con la inteligencia. Hace tiempo apunté unas cuantas ideas para una breve conferencia sobre el vestido, y seguramente la idea de Da Vinci fecundó la mía: nos vestimos con la inteligencia. La inteligencia, y la sensibilidad, y la imaginación, y la memoria, y la novedad, y la tradición, y el otro, y la comunicación, y la piedad, y la esperanza… el vestido, casi, es prescindible –si lo entendemos como palmos de tela, muda de humanidad y chillona de mimetismo-. Así, se puede ir desnudo bajo paño inglés.

Con un poquito de semiótica aplicada se podría mostrar cómo se construye qué vestido y qué proyecto de comunicación implícita para con los demás, y por lo tanto qué identidad. Y mejorar.

Si es que la semiótica sirve para todo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Leer el fragmento

Llevo años de amistad con T. S. Eliot: lo he leído, lo he estudiado, lo he traducido, y espero encontrarme con él en la otra vida y hacerle alguna consulta, con una taza de té en las manos.

Releyendo su ensayo Ulises, orden y mito, me detengo en este pasaje del final: “el presente es un fragmento opaco, si no se lo sitúa en el interior del marco de una narración que restaure el contexto de significación, en el todo que redime el fragmento. No hay comprensión salvo a través de las lentes de la literatura”.

Eliot se refería al presente de la Europa postguérrica y moralmente caotizada de 1923; Joyce acababa de publicar Ulises, y Eliot vio en esta obra un ejemplo de operación semiótica para generar sentido: la caótica vida de Stephen Dedalus cobra sentido si la leemos en el marco de la Odisea homérica. Una estrategia de sentido literario que quiere ser respuesta para el sentido vital; y que el lector, si quiere, se aplique la estrategia a su propia vida.

Con el Eliot de 1923 estoy de acuerdo en que no hay comprensión excepto a través de las lentes de la literatura, interpretando literatura como narración: toda identidad es narrativa, y cuanto más alta y humanamente digna es la narración que se escribe con los propios actos, más sentido aporta a la vida personal. Pero hay que escoger –libremente- un género vital, de los que pululan por el mercado.

El Eliot de 1923 no es el de 1928; todavía tenía que encontrar un género de vida más alto que el mito homérico y la relectura joyceana, para redimir todos sus fragmentos vitales.   

miércoles, 19 de mayo de 2010

Semiótica para todos V

A G. Bettetini le debo algunos de esos topes de seguridad que tiene mi sentido común. Su La conversación audiovisual, libro denso y especializado, me los proporcionó. J. Ratzinger recordaba hace ya unos cuantos años, en un extraordinario texto sobre el sentido de la belleza, aquel aforismo medieval: “la razón tiene la nariz de cera”, basta con ser un poco hábiles para dirigirla en cualquier dirección. Y en el mundo del saber y el enseñar, nunca vamos sobrados de una razonable razón cordial y sensata. Bettetini mostraba allí una nariz humanísimamente afinada. Y allí me enamoré de su concepto de “Proyecto de conversación textual”.

-¿?

-Bueno, no suena seductor, pero estamos en los reinos de la inteligencia. Con este concepto, el autor mostraba un modo de entender el juego al que se nos invita a los espectadores cuando vemos una película. El autor implícito, esa inteligencia que está en la trastienda de la película o el libro, nos propone un papel como lectores: nos ha diseñado un disfraz para entrar en esta fiesta, nos ha marcado un itinerario de acciones. Nosotros lo seguimos con fidelidad, o no: lo reconocemos, jugamos, pero actuamos críticamente con respecto a ese papel que se nos asigna.

En el libro de Bettetini está bien espolvoreada una advertencia: nuestros razonamientos semióticos, y la escritura del texto audiovisual o literario, no están al margen de una visión del hombre. Porque desde una visión u otra se escribe o se lee; se propone una imagen de lector implícito. Y hay imágenes indignas.

Yo nunca voy a una fiesta textual donde se me pro/impone un disfraz ideológico-genital. Por muchos Oscar que tenga.

martes, 18 de mayo de 2010

Semiótica para todos IV

-Pero, entonces ¿hay que saber muchísimo para averiguar algo semióticamente interesante?

Bueno, la semiótica como herramienta que nos ayuda a entender cómo se produce el significado, a través de los códigos que están siendo utilizados, no tiene por qué ser algo para especialistas. Y desde luego es necesario que haya especialistas, investigadores. Pero lo que quiero decir es que todos tenemos una actitud semiótica, una competencia mínima semiótica que podemos desarrollar. Leer un semáforo es un ejercicio de hermenéutica, pero darnos cuenta del código de significación que está implícito, es ejercer nuestra competencia semiótica.

También del código de significación de un rostro: cuando Amparo levanta la ceja izquierda y esboza una medio sonrisa, mientras levanta ligeramente los hombros está significando “sorpresa atemperada por cierta incredulidad irónica”. Amparo sigue un código para significar, con el que construye sus mensajes. Un código esencialmente común al resto de los seres humanos, pero a ese código le añade un pequeño resoplido que es privativo suyo, y un “ja vorem” que le suma una falta de animadversión decididamente originaria de un código etnográfico levantino. 

lunes, 17 de mayo de 2010

Semiótica para todos III

Comunicar: hemos dado con algo esencial en la semiótica: todo que en esta cacerola se cuece es para comunicar. Quizás te hayas encontrado por ahí algunas versiones de la semiótica que, en esto de considerar la comunicación, utilizan una antropología bastante deficiente, a veces una antiantropología, donde el hombre y la mujer se pierden bajo estructuras y tormentas de arena textual. No es de extrañar, entonces, que estas semióticas hayan terminado ahuyentando posibles lectores: si rocías tu teoría con antropocidas, no te extrañes de que la gente salga corriendo o se suicide.

Pero antes de que alguien estampe en la contraportada de los libros de semiótica “Semiotizar perjudica seriamente la salud”, hay que reconocer que hay semióticas “human environment friendly”, que nos ayudan a conocer con gozo auténticamente humano cómo un texto es capaz de significar, de producir sentido y de implicarnos como lectores en él.

To be continued.

sábado, 15 de mayo de 2010

Semiótica para todos II

¡Producción de sentido! Claro, ¿qué te creías, que el sentido surge como las amapolas en las cunetas, con un “Bueno, yo surgía por aquí, sabe usted”? No, no, no… El sentido es para el que se lo trabaja: primero el escritor, y luego el lector, que lo adensa, lo multiplica. El texto como un campo tenso de significación, porque está cosido de estrategias con palabras, con recursos, con códigos de significado entrecruzados.

-Espera, “códigos de significado”: me estoy mareando un poco. Si no te importa, me siento.

-Tranquilo, descansa en el sillón. Es normal: las primeras dosis de metalenguaje no se pueden tomar en ayunas, todavía son las 9. Código de significado: bueno, es un código, un set de instrucciones para significar. Mira, un semáforo utiliza un código de significado: la luz roja significa que si continúas conduciendo puedes causar un accidente; la luz verde significa que no te puedes detener porque puedes causar un accidente; la luz ámbar significa que tienes que continuar y detenerte al mismo tiempo para causar un accidente.

-¿?

-Bueno, ya me entiendes, era para reanimarte. Así que todo el que quiere significar algo en este mundo, tiene que utilizar un código que los demás conozcan también, porque significar, en circunstancias normales de presión y temperatura, es significar para alguien: comunicar.

To be continued.