AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 20 de agosto de 2021

Alma de profesor. La mejor profesión del mundo, de María Rosa Espot y Jaime Nubiola: cuatro notas

 


María Rosa Espot y Jaime Nubiola. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2019


I. Lo leí casi de un tirón, pensando en este próximo curso, recordando ocurrencias y reflexiones de estas últimas semanas, experiencias de estos cursos pasados. Alma de profesor me ha hecho profundizar, asegurar, repensar, tomar decisiones… porque está escrito desde una larga dedicación a la docencia, en enseñanzas medias y superior; con un corazón sabio y profundo, con una cabeza habituada a pensar con libertad y eficacia.

Trae una serie de temas verdaderamente pertinentes, aunque algunos nunca aparecerán en una ley del Ministerio, ni en un consejo directivo… (ojalá sí). Buen ejercicio de lectura para quienes andamos saturados de directrices educativas abstractas que bajo la etiqueta de excelencia promueven prácticas imposibles, estresantes… que parecen confirmar el título de aquel libro de Gabriel Marcel: Los hombres contra lo humano. ¿No nos estaremos olvidando de lo esencial en la educación? Espot y Nubiola ayudan a despertar, y a ilusionarse. Aquí solo voy a desarrollar algunas de las muchas buenas impresiones que me llevo.

II. Apuestan Espot y Nubiola por los profesores lectores, porque los profesores sean grandes lectores. Qué acertada su respuesta al argumento de que la agitada vida contemporánea impone demasiadas dificultades a la lectura: “algunas otras personas […] precisamente leemos para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado”. Así es. Me han hecho perfilar bolígrafo en mano una metáfora que vengo cavilando desde hace tiempo: la lectura es como la mirada sobre un dilatado paisaje mientras viajamos en tren: mirar por la parte baja de la ventana del vagón nos presenta una masa escurridiza e informe, un sumidero de colores inestables: querer ver lo inmediato y cercano, resulta en una paradójica confusión que marea; en cambio, alzar la mirada a los horizontes colgados en la parte alta de la ventana nos devuelve el don del paisaje, la claridad de las grandes líneas que confluyen, la permanencia de colores y matices, el tiempo revestido de eternidad en que descansar el alma. La lectura es ese alto mirar por la ventana, el acorde de nuestro tiempo más humano con lo eterno que intuimos en todas las cosas.  

III. Las páginas que dedican los autores a la enseñanza de la escritura me han parecido un magnífico compendio de frutos que solo llegan con dedicación de años, enjundiosos, y que en estas páginas se comparten en confianza. Como indican, escribir puede ser un insustituible modo de compartir —ese verbo con el que los jóvenes expresan la necesidad de vínculo y de entrega auténtica—. Un modo que difícilmente descubrirán si no es de la mano del profesor, que enseña a pensar —he decidido que les diré a mis alumnos “No quiero que penséis lo que yo pienso, sino que penséis conmigo”—, a comunicar; a fomentar el inconformismo con la vaguedad, la enemistad con el cliché; la disonancia con el pensar, sentir y amar inarticulados y anónimos —aunque suenen a la moda—. “¡Cuántas veces escribir alivia el alma!”. Sí: sacar afuera, leer adentro. Al leer lo escrito, leerse. Al corregir, corregirse. Al afinar, afinarse. Al descubrir, descubrirse, como quien acaba de caer en la cuenta de la cercanía de un amigo.

Y además está esa exigencia de forma, como proponen los autores, de estructura, de fondo, de conexiones entre todo lo que concurre en el texto que nace. Pienso que escribir es un modo de formar el mundo, de reducir el caos de la experiencia, de ganar paciencia para con uno mismo y los otros. No perdamos el tiempo en la escuela, en la universidad.

IV. Otro de los asuntos abordados en el libro, que me ha interesado con avidez es el del alumno introvertido. Espot y Nubiola visibilizan este tipo de persona-alumno; así como el sesgo educativo generalizado en Occidente que favorece el ideal o condición de persona extrovertida. Me han hecho recordar una clase que doy cada año sobre temperamentos y caracteres en la configuración de héroes de ficción. Sigo el magnífico manual de Estrategias de guion cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla; y este curso pasado, en el silencio denso de la clase atenta, una alumna del grado de periodismo tuvo una auténtica iluminación: también los introvertidos y melancólicos pueden ser héroes. En Alma de profesor se indica que frente a los discursos machacones del trabajo en equipo o a la tendencia al estereotipo del liderazgo como función reservada a extrovertidos, “la creatividad es muchas veces mayor cuando se trabaja en solitario”. Y aquí los extrovertidos pueden llevar una buena ventaja. Si trabajan, claro. Y si cerca de ellos hay un profesor que sabe ver y hacer ver las riquezas únicas y las posibilidades de cada alumno y alumna, sean introvertidos o extrovertidos. “Los introvertidos gustan del silencio, saben escuchar con atención, piensan antes de hablar y de actuar —¡se toman su tiempo!— y perseveran en hacer bien el trabajo que tienen entre manos”.

Hace unas semanas leí Momo, de Michael Ende. Puestas mis impresiones de lectura frente al espejo de Alma de profesor, ahora comprendo mejor a la protagonista, acompañada por la tortuga Casiopea. Qué bello símbolo.

jueves, 13 de mayo de 2021

Presentación poemario Línea discontinua Librería La Central Callao Madrid


Alegra ver que vuelven algunos buenos hábitos y costumbres. Uno de ellos: las presentaciones de libros. Y además le ha tocado a mi poemario, Línea discontinua (Pre-Textos). Así que me alegra doblemente. 

Será en la librería La Central, en Callao, Madrid, el 25 de mayo a las 19:00 h. No conozco otra librería más bonita en Madrid. Triplemente contento. 

Habrá un diálogo con el poeta Guillermo Marco Remón -sigo añadiendo alegrías-, y con quien se acerque por allí. Lástima que el aforo esté muy limitado por las condiciones sanitarias, y haya que escribir un correo a La Central para reservar plaza. Para quienes no podáis asistir, hay una conexión al acto por Zoom, si os apetece. Y toda la información la tenéis en este enlace a la agenda de La Central.

Y me encantará dedicar los libros añadiendo una pequeña acuarela, como la de la foto de este post.

domingo, 2 de mayo de 2021

Todo lo que vale, de Tim Gautreaux. Cuatro notas

 


Todo lo que vale. Tim Gautreaux. Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos. La Huerta Grande. 2021

I. Una satisfacción, volver a encontrar relatos de Gautreaux en español, su modo de escribir, sus temas y personajes sobre un fondo social poco complaciente, pero verídico: personajes trabajadores, en su mayoría de clases medias, medias bajas, de la Louisiana, que van a hacer la compra al WalMart, que acumulan trastos en sus jardines, que conducen tractores con alzheimer, habitan caravanas, padecen la disolución de los vínculos familiares y comunitarios, escuchan las broncas conyugales de los vecinos en el eco de silencioso de su soledad… Personajes empatizables. Y la perspectiva vital del autor. Los protagonistas de los relatos parecen seguir un patrón moral: quien responde, gana. El vecino puesto en fuera de juego por la vida, el abuelo en medio del naufragio familiar, el cura con su problema alcohólico, el jubilado hipocondriaco, el afinador de pianos y de almas, el revelador de carretes de fotografías que anda buscando historias, el joven que necesita salir del pueblo por un tiempo… Aunque la ganancia venga de un aprendizaje, más o menos, doloroso. Pero todos responden, y eso implica y transforma a cada uno, radicalmente. Una esperanza, nada dulzona, pero que tanto llega a añorar uno en la narrativa actual.

II. Un sólido narrador, Gautreaux. Su opción por un fondo moral sólido es palpable. Pero la buena literatura no se hace con fondos morales, aunque no pueda prescindir de ellos. No es la intención de este autor que la trama del bien y el mal se emborrone y se olvide en alguna conciencia que se autoexplora. El bien y el mal, en mil matices, van en las vidas e interacciones de los personajes, y el privilegio del buen narrador aquí es traernos con verosimilitud los momentos de decisión y las luces y dificultades que conllevan, en personalidades bien perfiladas. Justicia poética sí, tierna y sabiamente poética sobre todo, que reparte penas sin escarnio para los culpables y aprendizaje moral para quienes se deciden por el pequeño gran bien que un minuto cargado de invisible transcendencia reclama.

III. La opción moral de Gautreaux va bien modulada por la elección y configuración de su narrador: esa voz omnisciente -escandalizará a quien piense que la posmodernidad lo había liquidado, a beneficio de una primera persona siempre tan “auténtica”-, esa voz omnisciente que sin empacho pinta unos primeros párrafos de situación, ágiles, coloridos, incitadores para la lectura; que al final de una frase bien articulada no se corta al plantar una metáfora poderosamente sugerente, lírica, irónica o las dos cosas a la vez. “Pasó un peine por su pelo canoso, que era ondulado y blanco como el humo de leña”. O una imagen terrorífica: “Andy sonrió, dejando a la vista un par de incisivos amarillentos”, donde hemos visto un detalle cotidiano, vulgar, pero también el horror; y hemos presentido al lobo que trota en el personaje, y a la vez un atisbo de la tragedia. Pero abundan los personajes tratados con simpatía, sin almíbar, pero con comprensión. Y otro rasgo: una voz que mima los finales de relato, delicados, finamente simbólicos, como acorde final que recoge las notas que han ido sustentando el desarrollo de la tonalidad fundamental, notas “dejadas caer” con admirable arte elusivo a lo largo de la narración.

IV. Historias -es rasgo indeleble del mundo que trae el autor- de mecánicos, de gente habilidosa con máquinas, con bombas de presión, con pianos, con máquinas fotográficas, con motores, con pollos al horno, con tableros de circuitos eléctricos, con soldadoras… Gente capaz -o que aprende a serlo- de reparar algo que al final resulta ser sus vidas, las de los otros, sus familias, sus comunidades. Historias de segundas e insospechadas oportunidades. Verosímiles, luminosas.

viernes, 19 de marzo de 2021

Línea discontinua, José Manuel Mora-Fandos. Ed. Pre-Textos

 

Pues muy contento de la reciente publicación de esta colección de poemas en la cuidada edición de Pre-Textos. Una línea discontinua de estilos, temas, miradas... hay veinte años en esta línea, que discurre discontinua, pero línea al fin y al cabo. La vida misma. Espero que guste. 

miércoles, 3 de febrero de 2021

domingo, 31 de enero de 2021

Tyrannosaurus Rex, de Juan Miñana

Llevo años leyendo con los alumnos el breve relato “Tyrannosaurus Rex”, de Juan Miñana. Un padre y una hija pequeña, el primer día en que se encuentran tras un proceso de separación entre el padre y la madre, un narrador -el padre- en primera persona. Un paseo por el puerto de Barcelona, calma tensa, culpabilidad, incomunicación… y un pequeño prodigio, creativo, de corazón, en la trama íntima y pudorosa de lo cotidiano. El relato, por lo que compruebo, sigue emocionando y provocando sonrisas que soy incapaz de sondear, pero que deben de venir de auténticas profundidades. Prodigio creativo de la narración y de la lectura, una vez más.

martes, 26 de enero de 2021

Buscando el relato de cada día

Paul Ricoeur dice que la vida busca narración. Y se refiere a la de cualquiera, y en cualquier momento. Creo que cuando subes al metro, entras en la Facultad, quedas con un amigo para un café estás buscando una narración, sin darte cuenta. Quieres que el tiempo, ese tiempo concreto e irrepetible del que eres protagonista junto con otros, tenga sentido, valor, se pueda recordar… “lo que aprendí”, “lo que viví”, “lo que me enseñaron”, “lo que amé”, incluso “lo que sufrí”. Justo como un relato, un microrrelato, el capítulo de una extensa novela que atrae por su misterio, un intenso poema, una estampa lírica… vamos combinando los géneros literarios de la vida, al hilo de ella misma.

Leí hace tiempo una novela conmovedora y profunda en su sencillez, Katrina, donde aprendí que quien vive entregado a las llamadas valiosas del tiempo en que vive se convierte en el protagonista -coprotagonista- y narrador de una historia irrepetible.

domingo, 24 de enero de 2021

Una neurocientífica se asusta, pero todo termina bien

Leyendo el libro de Sherry Turkle Reclaiming Conversation. The Power of Talk in a Digital Age (En defensa de la conversación) me encontré con la historia de Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Tufts. Maryanne llevaba años estudiando la fractura en la capacidad de atención de los alumnos universitarios como resultado de la exposición continua a las pantallas. No se notaba personalmente afectada por el fenómeno, hasta que una tarde se sentó a leer El juego de los abalorios, de Herman Hesse, uno de sus autores favoritos. Descubrió que se le hacía imposible centrarse en el libro. Entró en pánico, ¿sería irrecuperable la atención de la que siempre había disfrutado en la lectura literaria, y que ahora no encontraba como resultado de su continua actividad online? Le llevó dos semanas de esfuerzo sostenido recuperar el hábito de lectura profunda que pide la literatura más valiosa, incompatible con la atención escindida propia de la multitarea. Como neurocientífica encontró explicación y esperanza en su propio campo: por su plasticidad, el cerebro organiza su forma según las actividades en que la persona se implica; este modelado facilita la ejecución de esas actividades, pero no de otras, que piden otro. Nunca es tarde -pero tampoco sin esfuerzo- para recobrar hábitos que remodelarán el cerebro, de modo que la base neurobiológica facilite la atención en la lectura. Experiencia de leer, que nunca agradeceremos suficientemente a tantos siglos de esfuerzo y desarrollo.

Física, biología, libertad, ilusión: misterio humano, riqueza insustituible.

viernes, 22 de enero de 2021

Gracias por los héroes melancólicos

Echo mano, cada curso, de ese acierto de manual que se titula Estrategias de guion cinematográfico, de Antonio Sánchez-Escalonilla. No doy clase de guion, pero tengo alumnos de escritura creativa, de publicidad y de periodismo. Buscamos héroes, en las ficciones… y en la vida. Parece que los avistamos con más claridad en las primeras que en la segunda. Pero luego resulta que los de la segunda no surgen sin la influencia de los de las primeras. Y los de las primeras, si son genuinos, emergen en su esencia de los de la segunda. Es saludable vivir en este misterio y dejar que nos ilumine.

En el manual Sánchez-Escalonilla dedica un magnífico capítulo a la creación del personaje, y situándose en tradición clásica de la distinción e interpenetración de temperamentos y caracteres, me ha brindado cada año una clase que sigue iluminando a los alumnos. Héroes hay de todo tipo. En la última, una alumna de periodismo manifestaba su agradecimiento al autor del manual por hacernos ver que también existen los héroes melancólicos, los que habitan más en el rumiar interior temperamental que en la acción resuelta instantánea, y que los estándares de hombres y mujeres de acción de tanta ficción contemporánea no son los únicos héroes. Me sonreí y le di con gusto la razón. A veces un silencio sabio es la mejor acción, y otras veces una mirada, y otras un paso adelante aunque aún aleteen las dudas. Me lo vengo pensando desde entonces: cada persona irrepetible pide su héroe irrepetible. Así en las ficciones como en la vida.  

jueves, 21 de enero de 2021

Vivir para leer

La impresionante biografía de Dostoievsky de Joseph Frank me la leí en los meses del confinamiento más estricto. Recuerdo muchas cosas, y con el tiempo he ido sacando algunas conclusiones. Una es que el universo de personajes, tramas, conflictos, dudas y convicciones que se expande en sus novelas hubiera sido imposible sin aquella intensa vida de interacción del autor. Ya sé que es un asunto debatible, con interesantes contraejemplos, pero no voy a entrar ahí. Lo que me ha hecho rumiar sobre este asunto es un párrafo de Alasdair MacIntyre en Animales racionales dependientes, donde señala que el conocimiento que en la vida cotidiana conjeturamos de las intenciones de los otros, es un asunto de nuestra capacidad de responder simpática y empáticamente; pero esta capacidad solo se desarrolla mediante nuestra interacción. Una interacción constante e implicada en la convivencia cotidiana. Atenta y delicada. Tantas veces doliente. Con luces en la penumbra. Contribución necesaria para ser lectores logrados, y ponernos en el lugar del otro y rellenar los huecos que el escritor ha dejado para nuestra cooperación. Pero sin interacción implicada en la convivencia, no puede haber lectores logrados.

Sospecho que la devaluación y dificultad actuales de la presencia tienen algo que decir en el marchitamiento de la lectura que se nota entre jóvenes. Sin exposición al rostro del otro no hay interacción profunda y tantos lectores ya no llegarán al alto riesgo de la literatura y ni a su ganancia. Apasionantes retos, entonces.     

martes, 19 de enero de 2021

Alto soy de mirar a las palmeras

La presencialidad del primer cuatrimestre era un bien escaso. Tras las mascarillas había estudiantes de periodismo, eso no iba a dudarlo, aunque la nueva irrealidad siguiera su curso. Había que aprovechar el tiempo. Ahora pienso que me aferraba en aquellos días a algo de lo que entonces ni siquiera era consciente, pero que ahora llamaría fe, la de uso diario, la que sostiene el mundo y a uno mismo, fina. Aquellos días hablábamos de literatura, y de qué podía hacer por nosotros si nosotros hacíamos algo por ella. Así que llegamos a un día especial, aunque un día de estos es imprevisible, pero yo me había traído a clase mi antología de Miguel Hernández, la de Cátedra, comprada en una librería de ocasión. Debe de ser la misma fe, la que pone las ocasiones. Bien, días antes había recordado una conversación de hacía tiempo, con un amigo que me contaba que había leído un verso de Miguel Hernández en su clase, “Alto soy de mirar a las palmeras”, el primer verso de El silbo de afirmación en la aldea. Ocurre que algunos versos se quedan. Siempre que recordaba este verso brotaba una presencia de altura, de luminosidad levantina, de otro aire. Lo había experimentado tantas veces. Así que yo también lo leí a los alumnos con una fe a fondo perdido en que somos aquello que miramos, aquello que leemos. Dejé que resonara. Y sigue.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dios no va conmigo, de Holly Ordway. Reseña en Aceprensa

 


Dios no va conmigo, Holly Ordway. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. 2019

Aquí está mi reseña en Aceprensa de esta narración autobiográfica de la profesora de literatura Holly Ordway. No es fácil relatar un proceso profundo de cambio, pero la autora lo hace bella y persuasivamente bien, y me dejó abiertas muy buenas vías de reflexión. 

Un buen ejemplo de construcción artística de la imagen narrativa de uno mismo, guiada por el deseo de conocer y comunicar la verdad.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Pensadores de frontera, de Jaime Nubiola: cuatro notas

Pensadores de frontera


Pensadores de frontera, Jaime Nubiola. Rialp, Madrid, 2020

I.
En medio de la multiplicidad desordenada de mensajes y propuestas, ejemplos y modelos, qué necesarios son hoy quienes han alcanzado un modo sabio de mirar. Rescatan la realidad de su caótica apariencia, nos la vuelven (ad)mirable, conversable, habitable. A ese rescate contribuye Jaime Nubiola con sus Pensadores de frontera. Me gustaría decirlo con algunas metáforas.  

II.
Paisaje. La diferencia entre unos altos chopos, el murmullo desordenado de las aguas de un río, la luz cambiante, la hierba salvaje, el caminillo que cruza, las piedras, el puente... y un paisaje, es una mirada que sabe encontrar el ángulo-de-admiración, ese ángulo desde el que la multiplicidad y su falta de conexión se vuelven unidad admirable. ¿Cómo conectan Hannah Arendt y Dostoievski, Camus y Thoreau, Peirce y Gertrude von Le Fort, María Zambrano y van Gogh...? Angulados en la mirada de Nubiola, que recoge intuiciones de Dios en veinte pensadores, escritores y artistas, tan distintos y tan profundamente cercanos.

III.
El muro. En la Presentación utiliza Nubiola una bella metáfora, que copio: el poeta estadounidense Christian Wiman se acercó a la fe gracias a aquel pasaje de Simone Weil de los dos prisioneros confinados en una cárcel. Entre ellos hay una gruesa pared de piedra y con el paso de los años aprenden a comunicarse mediante toques en la piedra. La pared es lo que les separa, pero también es el único medio que tienen para comunicarse. "Es lo mismo entre nosotros y Dios -explica Weil-. Lo que separa es lo que une". Para Wiman el muro de piedra es el lenguaje poético, pues al otro lado del esfuerzo creativo siempre está Dios. Cuando la cultura contemporánea parece alejarse de Dios, los ojos de la fe descubren que esa cultura realmente puede unirnos a Él. La poesía, la narración, el arte, el lenguaje es auténtica conversación, misterioso muro que vela al tiempo que revela la trascendencia y la Trascendencia. Victoria sobre la soledad. 

IV. 
Frontera. Qué bella cita del diario de Kierkegaard rescata el autor para presentarnos a Simone Weil: la vida solo puede comprenderse hacia atrás, pero debe vivirse hacia adelante, y la comenta así: Vivir en la frontera implica estar luchando permanentemente entre ambos polos: pasado y futuro se articulan creativamente en el presente. Esa tensión es casi siempre enriquecedora, pues hace saltar la chispa que ilumina y calienta la propia vida y la de los demás. Agustín, en las Confesiones, ya hablaba de la atención con la que el alma lucha contra su dispersión y desgarramiento entre el volverse hacia los recuerdos y el volcarse en las expectativas. Es esa misma tensión de frontera, donde se gana, solo creativamente, la unidad. Veinte breves, luminosas y cálidas narraciones de veinte habitantes de frontera, que inspiran e incitan a adentrarse en ella siguiendo las sendas de esos saberes de sentido -la filosofía, la poesía, la religión- que nos ayudan a salir de las estrecheces de la razón instrumental.


viernes, 10 de julio de 2020

Mal que bien, de Enrique García-Máiquez: cuatro notas


Mal que bien. Enrique García-Máiquez
Adonáis-Rialp. 2019



I.
En los versos de García-Máiquez siempre me maravilló y maravilla su luminosa potencia de creación de significado, con sus particulares estrategias. Se podría decir así: te lleva confiado por esos primeros versos del poema, donde parece que no ocurre nada, donde simplemente has comenzado un paseo con amigo afable y su sintaxis, de un elegante hablar cotidiano. Pero... cuando quieres darte cuenta estás en una caja de resonancia donde se multiplican y adensan los sentidos, pulsados por paradojas, antítesis, contrastes -sí, atentos a esta estrategia sempiterna de los poetas, la estrategia del 2, de lo uno y/sobre/contra/en/dentro de lo otro, tan efectivamente revivida en esta poética-. Quien cierre su vida a un único plano no podrá revivir esa verdad al leer estos poemas, o solo hará un ejercicio imaginativo de poco vuelo. ¿Lo extraordinario y lo ordinario? ¿la belleza de los brillos y la grisalla? Sería un modo de decirlo. Y he aquí una estética de gran calado.


II.
La literatura que habla de literatura, si en eso se queda, con qué poco se queda, y nos quedamos. El negativo de esta idea me vino al leer "Lady Macbeth", porque este poema regala la plenitud del argumento contrario. Si sus versos me trajeron por los nocturnos pasillos del castillo de Dunsinane, observando sobrecogido junto al médico y la dama tras una de aquellas cortinas, igualmente me devolvieron a mí mismo. La intertextualidad que no decanta en intracordialidad para el lector, es viajada palabrería, o poco más. Estos versos me devuelven con nueva claridad a la insistencia con que nos asedian las obsesiones, a las faltas que buscan redención y al desvarío de no dársela... La intertextualidad o los ecos o los aires de familia -como queramos llamarlo-, ha de ordenarse a la distancia estética con que la buena literatura nos invita a la verdadera comprensión de nosotros mismos. Y esas comprensiones solo vienen de la mano de los buenos amigos. ¿La obra literaria como un amigo? Sí, pero de eso hablaremos otro día.

III.
Democracia vertical o diacrónica, plebiscito de gente bienavenida, pausada y sabia... son modos de llamar a la tradición: vital, familiar, literaria, sin la que uno nunca sería su mejor posibilidad. Sin tradición solo queda el silencio: el malo, el envoltorio de la insignificancia. En Mal que bien se celebra la tradición, como todos los días se puede celebrar un café con los amigos, sin estridencias, por el puro juntarse a seguir buscando el bien común, grande o sencillo, que nos conforma y confirma. Presentes los ausentes, por el lenguaje que convoca a la familia, a los amigos, a escritores, personajes, Dios... Yo creo que escribir poemas es siempre un responder a una llamada, entrar inmerecidamente, por la iniciativa de otros, en una cálida casa. Escritura y gratitud son inseparables, como se prueba en este poemario.

IV.
Para Eliot el ritmo del poema debía hacer sus mímesis de los tempos del habla: la oral, la cotidiana, la invisible. Yo creo que el poeta, sin decirlo, camina por ahí con un espejo que refleja esos ritmos anónimos en que nadie se fija, y en que todos vivimos. Es artificio, sí, es un volver a lo que nos compone. Y en el propio volver se reconstruyen, con mayor claridad esos acentos, esos alientos, pausas, compases y medidas... y nos hace conscientes, reconscientes, de lo que permanece mientras pasa: el tiempo que esculpimos, que esculpieron nuestras madres hablándonos con arte en nuestros corazones, que resuena de nuevo en los poemas. No se confundirá el lector si siente, al leer mal que bien estos poemas, una extraña presencia familiar que reconcilia, en la forma y el fondo, con la vida... la mejor, la que intuimos de nuevo -muchas gracias Enrique- en la nuestra. 

lunes, 27 de enero de 2020

Esta sombra que fui, de Enrique Baltanás: cuatro notas

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Esta sombra que fui, Enrique Baltanás. "Poesía al albur". Cypress. 2019



I.
Volver a leer poemas de Enrique Baltanás me ha traído la satisfacción —pasan los días, lo voy comprendiendo mejor— de volver a un hogar. Una voz, unos poemas, un mundo: cuando te conmueven, quedan como un lugar que habitaste, y que recuerdas. Y hacía tiempo desde aquel habitar. Al leer Esta sombra que fui se ha recuperado todo aquello, han vuelto aquellas paradojas del tiempo personal y la identidad, la hondura y la belleza, la gravedad y la gracia poética. He notado una cuerda tensa, atada allí-entonces, y aquí-ahora, que mide un tiempo, un espacio y una persona poética, un tiempo sobre el tiempo de los relojes. Como todo mundo consistente que la literatura ofrece, este ha interpelado al mío, y este diálogo ya es parte de la ganancia de la lectura del poemario.

II.
Una paradoja asombrada alienta estas páginas, desde el título: Esta sombra que fui… y sin embargo es esta, no aquella que se recuerda, sino la que sigue viva, la sombra que vive comprendiendo lo que se vivió, quien se vivió… y es una sombra, ¿sombra de sombras? ¿momento ahora de reconocer que siempre se fue sombra? La paradoja es una figura literaria que presenta una aparente contradicción, que se resuelve en otro plano. Quizás Baltanás, quizás yo, queramos que lo que la vivencia de los días entrega como dilema insoluble, absurdo incluso, se resuelva como misterio y esperanza; queramos que el arte poético, trascendiendo cualquier entretenimiento constructivo para el tedio, sea una apuesta por lo que intuimos, sabemos más auténtico y sólido. Quizás en los ecos de Juan de Mairena sea donde más explícitamente se expresa este deseo (“La verdad más verdadera”). Pero yo diría que va en todo el poemario, como su alma.

III.
Perplejidad metafísica y cordial para una voz meditativa y serena. “Caminos de hierro” es uno de mis favoritos, donde se revela la oscuridad que uno es para sí, donde ese deseo hermenéutico, tan moderno, de comprenderse en la autotransparencia, se rinde mientras la vida sigue y se avanza en ese tren en el que se piensa y siente, puesto aquí como carne para el alma del símbolo. Y qué dominio rítmico e imaginario, qué difícil facilidad de contar el misterio, a la espera de su exégeta, que no seremos nosotros. De nuevo la esperanza.

IV.
O el magistral “Rosa, rosae”: quizás ya no seamos muchos los lectores que podamos hacer vibrar este poema en la lectura, con la llave justa para abrirlo, aquellos que en el sistema gramatical de las declinaciones latinas encontremos un cobijo de recuerdos y vivencias y nos sintamos iluminados por el ingenio de la transfiguración de la declinación y las caídas -casos- en nuestro vivir: aquella figura que fue de arideces metodológicas y de aprendizaje, es ahora figura con temperatura vivencial del paso del tiempo y, pese a todo, de nuestra mirada hacia la rosa de la belleza. Quizás descubramos que no fue gratuita la ‘rosa’ que se cifraba en cuatro trazos de tiza en la pizarra, y que, como en tantas cosas, hemos venido al final a atisbar el misterio de las coincidencias y las paradojas.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Herbario de sombras, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas.

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Herbario de sombras. José María Jurado García-Posada. Los Papeles del Sitio. Sevilla. 2019

I.
Dicen los buenos antropólogos que el animal se debe a su entorno, pero el hombre tiene mundo. Y los buenos filósofos, que ese mundo es un todo internamente conectado. Así, hacemos casa, hogar. Herbario de sombras de José María Jurado, en este otoño que ya se invierna en Madrid, tarde a tarde, se me vuelve casa, familiar, ya caldeada por Tablero de sueños (La Isla de Siltolá) y Gusanos de seda (JMJ), donde tan bien se estaba. Y ahora, en esta precioso trabajo de Los Papeles del Sitio, una edición que derrocha buen gusto y sentido estético. 

II.
Un día leemos a Keats, otro escuchamos a Monteverdi, entramos recogidos en la nave de la Iglesia de las Carboneras o ascendemos en un aire de sereno barroco en la basílica de San Miguel… secretamente se van configurando las hebras, se van urdiendo las tramas. Y otro día, como los dones, se nos entrega el dechado, el mundo, y sabemos que poco hicimos, y sin embargo, nada se dio sin nosotros. Misterio. Herbario de sombras aviva la memoria de mi propio herbario, y en aquel reconozco esa invitación a la respuesta agradecida y esforzada a tanto don que nos alcanza, si queremos. En la “Acotación” que encabeza el poemario va el aviso de esa querencia de la poesía de preservar el instante, de ahí este mundo que entrega el autor, de álbum de muestras, de invernadero, de ordenaciones, de conservatorios —si podemos estirar así la palabra—. Lo que fuera tiempo y belleza. Pero el lento laborar del poeta renueva la memoria en nuevos tiempos y bellezas. ¿Vivir es volver?  Y sin embargo, creo que hay una novedad, que nunca volvemos al mismo lugar.

III.
Este friso inextricable de poemas, novelas, músicas, pinturas, iglesias, imaginería es una admirable apropiación de arte, de cultura… Muchos de estos hitos me resultan nuevos, y pienso que el autor no espera que el lector los conozca todos, pero la entrega de estas experiencias suscita la impresión del misterio de lo humano, e invita a acercarse a ellos, y si no a ellos, a los propios. Una pedagogía de la vivencia de la cultura, un diapasón del tono anímico con que acercarse a lo más alto. Y al mismo tiempo la convicción de que ver es reconocer, y que cuánta mirada maestra, de otros, hay en la nuestra, si somos justos y agradecidos con lo que se nos entregó, con las tradiciones. “Ma petite ballerine” recoge esta experiencia. Uno de los poemas más emocionantes, donde repunta la emoción que de normal ha sido contenida y meditativa a lo largo de las páginas. 

IV.
Que José María Jurado es un delicado ebanista del listón y de la caja preciosa, del verso y del poema, no ha sido una novedad. Cuántos versos vienen compactos y bruñidos, con su ritmo ajustado al todo, de métrica clásica y controlada, que le hace de metrónomo a estos andantes contemplativos. “(La noche es más noche sin la noche / y más clara la luz cuando no hay luz”). O esa imaginería de las flores y los frutales, en la sección “Invernadero”, donde me he demorado con especial gusto en “Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa”, sobre un cuadro de Zurbarán: poema en que con la justeza de la clásica ironía de la tópica se aborda un tema serio y trascendente. Estaba Zurbarán allí, como está aquí en la lectura, y en nosotros, contemporáneo. Se apunta en varios lugares, en contrapunto de este recordar reelaborado y precioso que va miniando este herbario, vías de fuga hacia la trascendencia. Mucho dice de este poeta, que capta valiente esa sismografía más allá de las palabras y el arte, aunque con palabras y arte lo diga. ¿Se puede dar más? 


martes, 29 de octubre de 2019

III European Liberal Arts and Core Text Education Conference. Cuatro notas

Caring for Souls: Can Core Texts Educate Character?

I.
Hace unas semanas participé en el III European Liberal Arts and Core Texts Education Conference, organizado por el Instituto Core Curriculum de la Universidad de Navarra, dirigido por José María Torralba. Es bello conversar sobre libros que amas, que van contigo. Y afuera, en el campus, flotaban los tonos amarillos del gingko y de los álamos, los colorados de las hayas... hojas entre hojas...

II.
Cuidar de las almas. La literatura que habito en la lectura es la que despliega ante mí un mundo, con benevolencia, sin paternalismo. Es la hospitalidad del texto. En las clases en la Facultad, en la Complutense, cuando semana a semana conversamos sobre lo que hemos descubierto en un gran libro, estamos cuidando unos de otros. Más allá del significado del texto, llegamos a la significancia, lo que Ricoeur designa como lo que el lector actualiza en el texto para sí, para su vida. Es lo que nos ofrecemos, lo que escuchamos con respeto y acogida. Somos una comunidad lectora, heterogénea, pero atenta al otro.

III. 
Para Ricoeur leer es como interpretar una partitura: el objeto artístico literario disponible para todos, solo se convierte en objeto estético, en vida íntima, en la lectura. Hemos hecho cantar al texto con el tono único de nuestra voz y nuestra vida. ¿Cómo leer en voz alta "Mañana y mañana y mañana", el verso de Macbeth en ese momento denso, poético y trágico de la obra? Nos afina, nos convoca a poner todo de nuestra parte. La literatura pide sinceridad, cuando ella la da.

IV. 
Durante los días del congreso hablábamos de Dostoievski, Salinger, Dante, Sófocles, Homero, Ovidio, Cervantes, Bernad Shaw, Chesterton... y también con ellos. Ahora, en este cálido otoño de Madrid, voy leyendo Bacantes de Eurípides y siento la presencia de esta compañía de grandes autores y sus susurros en la lectura. Una conversación interminable.


jueves, 11 de abril de 2019

El arte de la ficción, Henry James. Traducción y edición desde la escritura creativa de J. M. Mora-Fandos




I.

Se trata de un texto muy conocido en el ámbito anglosajón, que ha sido traducido al castellano al menos tres veces. Esta es la cuarta. Y he querido proponer su lectura desde la escritura creativa, por eso, además del aparato de edición que contextualiza el texto, he añadido un ensayo mío que responde a la pregunta ¿Puede El arte de la ficción decir algo interesante hoy a docentes, alumnos y practicantes de la escritura creativa?

II.

Como pórtico a esta edición cito una frase de Aristóteles (Ética a Nicómaco, libro II, 1103 a, 32-33), que se ha convertido en un verdadero mantra para mí, como escritor y como profesor de escritura creativa: 

… para saber lo que debemos hacer, hemos de hacer lo que queremos saber…

Creo que James estaría de acuerdo con esta convicción del filósofo, pues en las páginas de El arte de la ficción aparece una y otra vez una apasionada reivindicación -aunque dentro del decoro anglosajón, of course- de lo que se aprende por experiencia, de la sabiduría práctica, de la confianza, la frónesis, el riesgo, el oficio. Ideas y palabras fertilizantes en estos tiempos de autoedición constante de la identidad, de simulacro, de inmediatez, de recetarios...

III.

Me resulta curioso que tras haberse reeditado tantas veces el anuncio de la muerte de la novela, los hechos sigan desmintiendo las partidas de defunción. Incluso se reeditan y se exhuman novelas, novellas, relatos, cuentos de autores del XIX, como si acabáramos de descubrir estos géneros y nuestra concupiscencia campara desaforada por una provincia inabarcable. De ahí que podamos conectar tan plenamente con el aire optimista e ilusionado de James en El arte de la ficción, que en 1884 no ve más que posibilidades para autores y lectores, aventuras creativas y de conocimiento. 

IV.

Espero que su lectura sea una experiencia "inspiring", como dicen los norteamericanos.