AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 20 de agosto de 2021

Alma de profesor. La mejor profesión del mundo, de María Rosa Espot y Jaime Nubiola: cuatro notas

 


María Rosa Espot y Jaime Nubiola. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2019


I. Lo leí casi de un tirón, pensando en este próximo curso, recordando ocurrencias y reflexiones de estas últimas semanas, experiencias de estos cursos pasados. Alma de profesor me ha hecho profundizar, asegurar, repensar, tomar decisiones… porque está escrito desde una larga dedicación a la docencia, en enseñanzas medias y superior; con un corazón sabio y profundo, con una cabeza habituada a pensar con libertad y eficacia.

Trae una serie de temas verdaderamente pertinentes, aunque algunos nunca aparecerán en una ley del Ministerio, ni en un consejo directivo… (ojalá sí). Buen ejercicio de lectura para quienes andamos saturados de directrices educativas abstractas que bajo la etiqueta de excelencia promueven prácticas imposibles, estresantes… que parecen confirmar el título de aquel libro de Gabriel Marcel: Los hombres contra lo humano. ¿No nos estaremos olvidando de lo esencial en la educación? Espot y Nubiola ayudan a despertar, y a ilusionarse. Aquí solo voy a desarrollar algunas de las muchas buenas impresiones que me llevo.

II. Apuestan Espot y Nubiola por los profesores lectores, porque los profesores sean grandes lectores. Qué acertada su respuesta al argumento de que la agitada vida contemporánea impone demasiadas dificultades a la lectura: “algunas otras personas […] precisamente leemos para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado”. Así es. Me han hecho perfilar bolígrafo en mano una metáfora que vengo cavilando desde hace tiempo: la lectura es como la mirada sobre un dilatado paisaje mientras viajamos en tren: mirar por la parte baja de la ventana del vagón nos presenta una masa escurridiza e informe, un sumidero de colores inestables: querer ver lo inmediato y cercano, resulta en una paradójica confusión que marea; en cambio, alzar la mirada a los horizontes colgados en la parte alta de la ventana nos devuelve el don del paisaje, la claridad de las grandes líneas que confluyen, la permanencia de colores y matices, el tiempo revestido de eternidad en que descansar el alma. La lectura es ese alto mirar por la ventana, el acorde de nuestro tiempo más humano con lo eterno que intuimos en todas las cosas.  

III. Las páginas que dedican los autores a la enseñanza de la escritura me han parecido un magnífico compendio de frutos que solo llegan con dedicación de años, enjundiosos, y que en estas páginas se comparten en confianza. Como indican, escribir puede ser un insustituible modo de compartir —ese verbo con el que los jóvenes expresan la necesidad de vínculo y de entrega auténtica—. Un modo que difícilmente descubrirán si no es de la mano del profesor, que enseña a pensar —he decidido que les diré a mis alumnos “No quiero que penséis lo que yo pienso, sino que penséis conmigo”—, a comunicar; a fomentar el inconformismo con la vaguedad, la enemistad con el cliché; la disonancia con el pensar, sentir y amar inarticulados y anónimos —aunque suenen a la moda—. “¡Cuántas veces escribir alivia el alma!”. Sí: sacar afuera, leer adentro. Al leer lo escrito, leerse. Al corregir, corregirse. Al afinar, afinarse. Al descubrir, descubrirse, como quien acaba de caer en la cuenta de la cercanía de un amigo.

Y además está esa exigencia de forma, como proponen los autores, de estructura, de fondo, de conexiones entre todo lo que concurre en el texto que nace. Pienso que escribir es un modo de formar el mundo, de reducir el caos de la experiencia, de ganar paciencia para con uno mismo y los otros. No perdamos el tiempo en la escuela, en la universidad.

IV. Otro de los asuntos abordados en el libro, que me ha interesado con avidez es el del alumno introvertido. Espot y Nubiola visibilizan este tipo de persona-alumno; así como el sesgo educativo generalizado en Occidente que favorece el ideal o condición de persona extrovertida. Me han hecho recordar una clase que doy cada año sobre temperamentos y caracteres en la configuración de héroes de ficción. Sigo el magnífico manual de Estrategias de guion cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla; y este curso pasado, en el silencio denso de la clase atenta, una alumna del grado de periodismo tuvo una auténtica iluminación: también los introvertidos y melancólicos pueden ser héroes. En Alma de profesor se indica que frente a los discursos machacones del trabajo en equipo o a la tendencia al estereotipo del liderazgo como función reservada a extrovertidos, “la creatividad es muchas veces mayor cuando se trabaja en solitario”. Y aquí los extrovertidos pueden llevar una buena ventaja. Si trabajan, claro. Y si cerca de ellos hay un profesor que sabe ver y hacer ver las riquezas únicas y las posibilidades de cada alumno y alumna, sean introvertidos o extrovertidos. “Los introvertidos gustan del silencio, saben escuchar con atención, piensan antes de hablar y de actuar —¡se toman su tiempo!— y perseveran en hacer bien el trabajo que tienen entre manos”.

Hace unas semanas leí Momo, de Michael Ende. Puestas mis impresiones de lectura frente al espejo de Alma de profesor, ahora comprendo mejor a la protagonista, acompañada por la tortuga Casiopea. Qué bello símbolo.

domingo, 7 de mayo de 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Conferencia "Un menú de clásicos para la lectura" en Librería Neblí



Este próximo sábado 22 de abril, a las 12:30 h. (que nadie venga a medianoche), dentro del programa "La noche de los libros" (ciclo de actividades organizado por la Comunidad de Madrid), daré la conferencia Un menú de clásicos para la lectura, en la Librería Neblí, C/. Serrano 80, Madrid. Si podéis pasaros, me encantará compartir ese rato con vosotros.

jueves, 16 de febrero de 2017

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias: conferencia

Aquí se puede ver la conferencia que di en la Fundación Ibercaja. Aula en red, el 4 de octubre de 2016, sobre la lectura y la educación de los hijos. Espero que os guste.

sábado, 1 de octubre de 2016

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias... en Ibercaja Zaragoza

El próximo martes 4 de octubre doy una conferencia con este título, dirigida principalmente a padres y madres interesados en redescubrir el valor de la lectura para la felicidad de sus hijos y para toda la familia. Será en la sede de Ibercaja de Patio de La Infanta, C/. San Ignacio de Loyola 16, Zaragoza. A las 19 h. Todos los detalles aquí.

Si estáis por Zaragoza, tenéis hijos, os gusta leer (si se dan las tres condiciones, mejor que mejor), me encantará veros. ;)

viernes, 3 de octubre de 2014

Notas finlandesas: II

Pese a lo que me habían advertido, el alumno finlandés sí habla. Es cierto que a la pregunta directa de un descarado meridional responde con un rictus instintivo de alarma; pero apenas un segundo, pues se repone y contesta, y con inteligencia e interés. Al menos, así hacían los que tuve la oportunidad de conocer en clase.

Universidad de Tampere, a ciento y pico kilómetros al norte de Helsinki. Una mañana de septiembre, de un frío incipiente que comienza a poner a los arces colorados. La universidad es moderna, limpia, acristalada, y las moquetas desconocen los papeles dejados caer. En un pasillo los alumnos presentan unos pulcros tenderetes con ofertas de clubs y asociaciones. El curso acaba de comenzar.

Y comenzamos la clase, con medio centenar de alumnos, de edades muy diversas. Imágenes, frases, un poco de mímica, apuntes de humor y una dinámica constante de preguntas y respuestas: juegan todos, o casi. Se inventan frases, breves diálogos, alguna microhistoria. El idioma español trastabilla, pero no cae, se fortalece en las heridas, ¡bien! Evitar el error no puede ser la piedra angular de la educación; lo esencial es comunicar. Esta sencilla regla desbloquea el aprendizaje. Lo veo aquí, y tantas veces al sur de los Pirineos.

La pronunciación es clara: el finés, como el español, muestra una notable seriedad silábica: cada sílaba está protegida –lo opuesto al bárbaro atropello inglés-, un instinto democrático afirma su derecho a ser pronunciada con dignidad.


Y una pequeña maldad: conocía esa leyenda de que los finlandeses saben hablar en latín, pues lo veneran desde la cuna; incluso –y esto es comprobable- tienen noticieros radiofónicos en la lengua de César. No me contengo. En plena clase, buscando modos de comunicar, pregunto en dicha lengua y… oh, al menos una alumna responde al reto. Breve diálogo. Veni, vidi, victus sum! Como penitencia, creeré un año más en el informe Pisa.

lunes, 10 de marzo de 2014

Metáforas, textos y perros

Una de esas tardes, pesada, cabeza-coctelera ya antes de entrar en el aula, tres horas comentando textos -preciosos-, los alumnos han aguantado como campeones, volvemos a casa Houston, son las 20:10 en el metro -verdaderamente, lo son en todas partes-, hay un joven rapero en el vagón, admirables su audacia y resolución, ¿es literatura en acción?, no me quedan rimas ni neuronas para esta cuestión, el rapero nos abandona como Dante un círculo del infierno, ahora necesito un analgésico en los oídos, descubro que no siempre un preludio de Bach es lo más adecuado, y decido dejarme llevar por el instinto hurgando en el smartphone, ha de ser algo sorprendente y al mismo tiempo monótono e hipnotizante, una emisora de radio, BBC, pero los diversos canales van poniendo músicas, y si Bach no ha pasado el test, mucho menos el tema country "Walking Memphis" con que me he topado, pero al final sí... sí, sorprendente, Radio BBC Kent, un animado coloquio sobre los perros en el hogar, un perro necesita mimo, buenos alimentos, y ama (they love...) que lo saquen a pasear... increíble, sigo el programa fascinado, Vodafone Sol, Tirso de Molina, Antón Martín... yo que no tengo perro, ni ganas de tenerlo, que me perdonen los esquilófilos... pienso: qué tiene que ver una tarde en la trinchera docente, con los entrañables perros del hogar en Kent: pura yuxtaposición de sucesos, ni siquiera se palpa algo así como los oscuros raíles que conectan dos estaciones de metro. Pero me acuerdo de un ejercicio de creatividad con metáforas, la metáfora une lo diferente, encuentra nuevas relaciones. Y me hago yo mismo el test (A es como B, porque Q): 

-"Una pesada tarde es como un perro de Kent" 
-¿Por qué? 
-"Porque por precioso que sea, como un relato bien alimentado y despulgado, no lo puedes llevar al brazo durante tres horas".

Me voy a dormir con un aprobado alto.  

viernes, 20 de diciembre de 2013

Lo que he aprendido de mis alumnos este cuatrimestre


Tallos, JM Mora Fandos, lápiz y acuarela sobre papel

Se dice que unas buenas lecturas canónicas -Cervantes, Galdós, Delibes...-, son esenciales para aprender a escribir. Yo también se lo digo a mis alumnos. Lo que va siendo hora de decirles es lo que aprendo yo al leer los textos que escriben. 

¿Qué se puede aprender de quien quiere aprender? Lo primero es evidente: su deseo de aprender, algo que nunca puedes dar por supuesto en ti -ay del día...

Y, desde luego, otras sensibilidades: cada hombre o mujer es una mirada distinta, un enfoque diverso... ¿y qué es un relato sino un enfocar?

Por no hablar de una perspectiva privilegiada: la borrosidad con que el escritor se mira a sí mismo, el polvo que levanta, el humo que hace en su taller, son tales que no le es fácil rodearse y verse desde fuera. En cambio, en el texto del alumno estás fuera y ves la distancia entre lo que se intenta y lo que se consigue; lagunas... Te enseña una falsilla para ganar esa distancia contigo mismo, ese desdoblamiento necesario.

Pero dejo lo mejor para el final: hay verdaderos hallazgos, metáforas, ritmos, sugerentes finales de párrafo, puntuaciones expresivas, estructuras firmes y complejas, milagrosas condensaciones como gotas de rocío que, sin advertirlo, reflejan en su diminuta bóveda cristalina todo un firmamento...


viernes, 22 de noviembre de 2013

De enseñar a leer y a escribir: aulas y paellas


Una por cuatro, por cuatro, por ocho, por doce: horas por días, por semanas, por meses, por años de un niño sentado tras un pupitre en el sistema educativo español: 1536 horas de “Lengua”. Paradójico resultado: escaso hábito lector, nulo hábito escritor, un vivero de faltas de ortografía, calvicie de tildes, frases descalzas de puntuación…

¿Qué hemos estado haciendo con los alumnos durante este millar y medio de horas?

Algo semejante a haber tenido una asignatura llamada “Paella” y después de esa alucinante ristra de horas, el joven a las puertas de la universidad no supiera cuándo hay que poner la carne o el arroz; pero, por otro lado, hubiera estudiado concienzudamente temas como “Variabilidad de resistencia al fuego en aleaciones”, “Los arrozales en Escandinavia: una propuesta”, “Estructura, taxonomía y quaestiones disputatae de la cerilla” o “Análisis de la cohesión, coherencia y adecuación de ingredientes heteromorfos según la teoría de conjuntos aplicada a técnicas culinarias I, II y III”.

Vale, ya sé que exagero: los niños son los niños, los padres son los padres, la vida es la vida... Hipérbole, sí. Pero no hay nada como una hipérbole para despabilarse... "avive el seso y despierte"...

A ver si a quien le competa, en algún órgano de decisión -qué curiosa expresión-, toma nota.

¡Con lo buena que está la paella!




  

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La vocación del maestro: Rita Pierson



Every child needs a champion, Rita Pierson


Vi esta charla en TED hace unos meses, y la descargué en el ordenador inmediatamente. Rita Pierson es una señora simpática y divertida, pero sobre todo una maestra sabia.

Me quedo con todo lo que dice: puede haber muchos problemas en la educación, muchos enemigos externos; pero el peligroso de verdad es el que amenaza la propia vocación: la que nos hace crecer cuando nos esforzamos por hacer crecer al alumno.

Para ver la charla con subtítulos en castellano, aquí.

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Es un álamo, señor Wittgenstein"



Hoy he tenido mi primera clase de Lectura y escritura creativa, con alumnos de 4º de Magisterio -especialidad primaria-, en el Centro Universitario Villanueva, Madrid.

Una mañana modosita desde la ventana, allá a las 9, entrevista a retazos claros bajo el camuflaje de las hojas de un... ¿un qué?

-...
-... un árbol...
-... un plátano...

Wittgenstein escribió: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (Tractatus logico-philosophicus, 5.6, 1922). 

-Por lo tanto, si me aprendo un diccionario, amplío los límites de mi mundo, ¿no?
-... sí... no...

Hay algo imbatible en cada persona, que se resiste a acabar dentro de un tetra brick, sea lingüístico, psíquico, social, psico-social, mediopensionista, del Real Madrid... 

-... ¿entonces? Es un álamo.
-... sí, ¡sí!

Es en la experiencia de abrir lo ojos donde se abre el diccionario personal, donde ingresan las palabras con una pequeña historia -nuestra- escrita en la pequeña etiqueta que traen pendiente.

-Es un álamo, señor Wittgenstein, y acabamos de ampliar los límites de nuestro mundo. Hala. 


  

jueves, 1 de agosto de 2013

La lección de August, de R. J. Palacio: cuatro notas de lectura


I.
Ha sido una grata sorpresa. Hacía mucho tiempo que no leía de un tirón. Me habían recomendado este libro, me lo encontré en casa de unos amigos, al penúltimo día de mi estancia, y pensé: “A por él”. Y ya no pude parar. Es verdad que al principio me costó leer con fluidez: no acababa de darle el crédito que todo libro te pide al inicio. Al inicio suele abrirse un periodo de negociación entre tus expectativas y lo que el libro va aportando. Pero el algún momento, esta historia de un niño con deformidad craneal severa que comienza a ir al colegio y lo que allí ocurre, sobrepasó mis prejuicios, y desde ese momento no paré.

II.
Es grato de leer, y en muchos momentos, divertido. La diversidad de narradores le da aliciente, los abundantes diálogos caminan con soltura, los personajes son simpáticos, y los distintos caracteres están bien perfilados en sus modos de expresión. Uno de los pactos que te propone el libro es que aceptes que un niño de diez años pueda redondear de un modo tan cabal las cuestiones que piensa, o argumentarlas con esa perspicacia… pero el arte siempre trabaja con condicionantes de este tipo, lo importante es que se note lo menos posible; y aquí me parece que se consigue de un modo más que aceptable.

III.
Casi como un ameno documental, poco a poco se va mostrando la complejidad sentimental y moral de las relaciones humanas que se tejen alrededor del problema de August. Pero lo más interesante es cómo la novela lleva a los personajes —y al lector— de una actitud inicial, a otra totalmente distinta. En palabras del filósofo Gabriel Marcel, del problema al misterio: de una causa de incomodidades para todos los personajes, a la que se le han aplicado todas las “soluciones” posibles para controlarla y neutralizarla; se pasa a otra situación en la que se descubre que, en el fondo, aquello era otra cosa, algo precioso… o al menos encerraba la posibilidad de serlo. Como el amor, como la muerte, como el dolor… que siguen burlando a todos los que piensan que se trata de problemas pendientes de una solución “técnica”. Al final de la novela, los personajes han sido capaces de hacer ese ascenso de nivel: el director de secundaria, Traseronian, agradece a August el hecho de que sea como es, por la mejora que ha supuesto en las vidas de los demás; está afirmando esta profunda fuerza humanizadora de los supuestos problemas, o escondidos misterios.

IV.
Palacio conoce bien el problema del que habla, y por lo tanto, conoce también su misterio escondido. Aquí está mi agradecimiento por ayudarnos a los lectores a conocer la diferencia, y el camino que lleva del uno al otro; y por dar voz a quienes no tienen voz en la sociedad. A los que hoy y siempre, seguirán iluminando con el misterio de su debilidad este mundo de fuertes que quieren convertirlo todo en problemas.


lunes, 22 de julio de 2013

Vivir por escrito, vivir creativamente: un máster eficaz en la Universidad Complutense

Cuando escucho que hace falta una urgente formación audiovisual en la educación obligatoria, pienso: pues sí. Pero siempre pienso también que hace falta una auténtica formación en la escritura.

¿No es surrealista que tras doce años de primaria, secundaria y bachillerato; después de tres o cuatro horas semanales durante todos esos años, dedicadas a la enseñanza de la lengua, la mayor parte de los alumnos desemboque en la universidad sin escribir las tildes, con faltas de ortografía, muy poco leídos y profundamente deshabituados a la escritura? Creo que lo es, y es una pena. Pero las grandes catástrofes generan movimientos de reacción: ¿no lo es el ingente número de personas que sacan tiempo para asistir a talleres de escritura? ¿Todos van a ser grandes novelistas? No, la mayoría ni se lo plantea. Lo que se percibe es una gran necesidad de escribir, de expresión y comunicación, de vivir por escrito.

No hablo de oídas, ni he tenido una aparición esta noche. Lo he visto durante años de trabajo en talleres creativos y personales, donde los alumnos dicen adiós a los bloqueos de escritura y comienzan a dar pasos firmes en la expresión y comunicación por escrito. Algunos quieren escribir la historia de su familia, otros la propia historia, recuerdos, relatos, poemas, opiniones… quieren escribir para vivir mejor.

Pero si vamos a cuestiones estrictamente profesionales, cada vez son más quienes perciben que la escritura es una vía (casi) milagrosa para avanzar en su formación y en su promoción: escribir con seguridad es una técnica que permite abordar mejor los problemas, analizar, sintetizar, visualizar, convencer. Nuestras profesiones modernas están cosidas de pensamiento, de trabajo intelectual que necesita bases conceptuales, estrategias y ejercicios sólidos. Se acabaron los dogmas románticos: el genio, las musas, las crisis de inspiración… Cuando alguien descubre sus potencialidades a través de un camino probado, se produce una revolución personal. De eso se trata.

El curso pasado tuve la fortuna de dar cuatro sesiones de prácticas de relato en la I edición del Máster en Escritura Creativa de la Universidad Complutense. Estamos hablando de profesionales que quieren perfeccionar su técnica de escritura, abrirse a nuevos géneros y formatos; pero también de jóvenes creativos que desean ampliar de un modo práctico su formación a través de la escritura, y ser pronto competitivos en la producción de textos escritos y audiovisuales. Y estamos hablando de un claustro de profesores volcado en la atención y asesoramiento de los alumnos; y de encuentros con escritores muy reconocidos (la primera edición contó con el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano).

Como profesor, lo que más valoré fue la libertad que se me dio para innovar estrategias de enseñanza, y la entrega de los alumnos a la asignatura: todo hace subir la temperatura, y genera sinergias altamente creativas… y sorpresas y humor.


¿Estoy haciendo propaganda del máster? ¡Bingo! Me parecería innoble callarme semejante maravilla. Y si alguien tiene dudas, que se lo pregunte a los alumnos de la I edición. La matrícula de la II edición de este máster de un curso, aún está abierta. Antes de que se acaben las plazas, corre a decírselo a esa amiga o amigo que siempre han querido vivir por escrito… o tú mismo. ¡Nos vemos!

Para información filespa3@ccinf.ucm.es 913 94 22 20 

viernes, 10 de mayo de 2013

Inteligencia musical, de Íñigo Pirfano: cuatro notas de lectura



I.

A medida que lo iba leyendo, pensaba: “¡Qué bien le harán estas páginas a tantos músicos, sobre todo a los jóvenes”. El músico con formación “clásica” posee grandes hábitos, sabe de grandes renuncias en medio de una sociedad que grita sin desmayo: “No renuncies a nada”. Pero a menudo la perfección formal, la alta exigencia y competitividad, las inexorables verdades del cuerpo —del que radicalmente depende su trabajo—, generan ciertos espirales obsesivos y neuróticos que dejan poco tiempo y sensatez para cualquier otra cosa que no sea la lucha acérrima por mantener la forma… y los conservatorios —como las universidades de hoy— se sitúan programáticamente a salvo de lo que podríamos llamar “formación personal del músico” (basta recordar que si algo se repite como un mantra en la pedagogía de la educación obligatoria y el Bachillerato es esta meta insuperable: “formar para el mercado laboral”; el virus está en todas partes).
En este sentido, Inteligencia musical me ha recordado a otro fantástico libro, Estética musical, de Alfonso López-Quintás: el mismo empeño en ir a lo que verdaderamente necesita un músico cuando le pide a la música, a la que le está entregando todo, que le ayude a ser mejor persona, y a ayudar a sus oyentes.


II.

Pero no es un libro “para músicos”. O no solo. Se dirige a la persona, a cualquier persona, porque hay una falla profunda entre el hombre de hoy y la música: y a esa fractura, que es la que Pirfano quiere suturar (como diría Alejandro Llano), se alude, como si fuera su remedio, en el título del libro: se trata de inteligencia cordial, y por eso está latente en estas páginas esa robusta tradición de pensamiento que en el siglo XX ha reivindicado inteligentemente el corazón, tanto frente a su olvido en la modernidad, como a su apoteosis banal en la postmodernidad —qué bueno en este sentido el capítulo “Supertramp tenía razón”—. Y esa sutura Pírfano la acomete en un ir y venir entre términos y realidades de la profesión musical, y las aspiraciones de bien, verdad y belleza de la vida cotidiana. Metáforas, comparaciones, anécdotas, bien traídas y articuladas, magníficas orientaciones de audición de piezas concretas, iluminan las dos riberas para que dejen de mirarse con extrañeza. Se han construido puentes. Pasen, pasen.


III.

En nuestros tiempos alejandrinos, saturados de voces vanas, carcajadas huecas, siempre contrasta el sotto voce de los pocos maestros; su metrónomo y su diapasón nos retraen a las sencillas verdades. Y no perdemos nada: lo sencillo es enorme; la vida, hermosura enorme y sencilla. El yo, terrible y menesteroso, anhela voces sanadoras que reconoce en la sencillez. Y aquí Pirfano nos invita a una polifonía, conjuntada con verdadero arte musical: Shakespeare, George Steiner, Oliver Sacks, John Blacking, Unamuno, Orwell, Graham Greene, Orson Welles, Verlaine, Vargas Llosa… Y Bruno Walter, Giulini, Celibidache, Von Karajan… Y las numerosas audiciones sugeridas y comentadas, como un selecto “menú” espiritual, para quien se acerca por primera vez, y para quien se encuentra desde hace tiempo en su patria: Beethoven, Schubert, Ravel, Chopin, Rachmaninov, Bach, Stravinsky, Mozart, Haendel, Mahler…


IV.

Afectividad, relación, servicio, liderazgo, simpatía, silencio… ideas desde la cordialidad, expresadas con la afabilidad y la firmeza de un director de orquesta que ha escrito un libro urgente; pensamiento para traernos de nuevo por la vía musical, una vía insustituible, a lo humano, nunca demasiado humano.

martes, 7 de mayo de 2013

Calidad de frase


Es una expresión de Julián Marías. Mi amigo Rafa Martínez, hacía algo más de un mes, me había hablado de otro término de nuestro filósofo: “calidad de página”; y yo quedé con el compromiso de hacerme con el libro donde expone la idea. Pero la vida… y ayer, hojeando Internet —porque hay páginas web—, me encuentro el artículo de Marías donde acuña la expresión nueva: “calidad de frase”, como un corolario de la que me anunciaba Rafa.

Dice Marías que es la intensidad y la brevedad lo que traen consigo estas frases de notable calidad; que va de suyo en la poesía, pero también abunda en la prosa: Ortega o Gabriel Miró serían ejemplos, mientras que no Galdós o Baroja —es decir, que asoma más esta frase por los dominios de la reflexión y la descripción intencionalmente estéticas, y no es tan visible en la narración—; y da como ejemplo algunas de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique:

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

Olé. Lírica discursiva, un género arriesgado donde cansar al lector no es difícil, donde manda la justeza, y la imaginación va elegante por ceñida. En estos tiempos de airbag espiritual, la disipación intelectual y afectiva pasa el gato pardo de cualquier cosa por liebre del estilo sugerente. No hay que deja a Manrique muy de la mano.

“Calidad de frase”, y a mí me viene a la mente otro marbete: “frase en sazón”, en el punto de madurez; porque, en general, en el bulto de las urgencias del día, escribimos mucha frase “verde” y prematura; y con qué facilidad deviene en rédito para las ambigüedades programadas de los media y la escenificación de la política para el prime time de los telediarios.  

Pero, como se dice en Italia, acabemos “in bellezza”: calidad de frase, como si nos fuera mucho en ella, nos importara el lector, tomárnoslo en serio y no en serie; porque escribir, comunicar, pueda ser un acontecimiento, una invitación, una educación; sugerencia y sazón; elegancia.  

martes, 23 de abril de 2013

El hombre y sus alrededores, de Higinio Marín: cuatro notas de lectura



I.

Probablemente, el mejor ensayo que he leído en meses. Muchos meses. Y más que demostrar, me gustaría mostrar y, brevemente, comentar:

Se equivocaba Heidegger cuando alegó que la filosofía y la indagación intelectual devienen inauténticas entre quienes tienen una fe que supuestamente les adelantaría las respuestas. Y se equivocó porque pensó que el preguntar imprecedido era el primer acto filosófico, en vez de apercibirse de que la admiración requiere precisamente, si no de una fe, sí al menos de una disposición aquiescente al mundo, una suerte de aprobación original que es casi una invocación. Por eso, bien puede decirse que la admiración es la síntesis inaugural de la visión religiosa e intelectual del mundo, y no porque haga depender la una de la otra, sino porque no pone enemistad entre ellas, y supone el modo de mirar que preserva el eco de aquella primera vez y que alienta en el seno mismo de la razón una capacidad para el asombro que es casi un privilegio de la infancia. pp. 214-5.

Con esta lucidez y elegancia, critica un apriori de la modernidad racionalista y autonomista. En el principio del pensar fue, es, el asombro.


II.

La esperanza entraña, pues, la dificultad de reconquistar la fantasía moral de la infancia que es, curiosamente, la que evita que nos infantilicemos en la pánfila indiferencia de todo. Esa fantasía moral es la que se expresa en la épica contenida en las fábulas para niños. En esas fábulas la confianza en la victoria de los buenos nunca es ajena a la conciencia de la propia debilidad que, sin embargo, no desespera porque de continuo espera ser asistida por una conjura en su favor, por una orientación general que vigila para colaborar a que las cosas acaben bien. pp. 197-8.

Un argumento narrativo y literario para ejercer la esperanza.


III.

Tal vez la situación no fuera tan grave si los propios maestros no hubieran batallado tanto para despojarse de esa investidura [la autoridad] que, ciertamente, les hace grave y personalmente responsables. Intuyo, aunque tal vez me equivoque, que entre tanto falso democratismo y supresión de modelos autoritarios se coló no poca comodidad -odium professionis- que aspiraba a hacer de la educación algo tan poco personal y fatigoso como cualquier otro oficio, y que deseaba apartar sus ojos de lo sustancial: la experiencia del otro como pasión propia y, en particular, la experiencia del crecimiento del educando como fatigosa realización interior del que enseña. p. 235.

Un poco de autoexamen para el docente, y sobre todo aliento para reenfocar la tarea educativa.


y IV.

Y el libro habla de la familia, la sexualidad, el matrimonio, el respeto, los claroscuros del deseo, el ocio, la cultura del espectáculo, el perdón, el pecado y la libertad, la esperanza y la desesperación, la fe y la razón, y el sentido de la universidad. No me resisto a copiar un último texto sobre la esperanza, existencialmente luminoso (sobre todo en nuestro presente):

La desesperación acecha siempre y a todos pero anida en la pretensión humana de tener la última palabra respecto de sí mismo o de los demás, respecto de lo que investigamos y anhelamos saber, respecto de aquellos a los que se cuida, se cura o se enseña, respecto de lo bueno y lo malo. Quien no se resiste a la sugestión de erigirse en la sede de las últimas palabras para tener un control completo de su vida, está incubando en su seno la clase de soledad que en las últimas horas forcejeará por tornarse desesperación. 
La pócima para conjurar la desesperanza está compuesta de modestia y paciencia, de realista y tierna lucidez para lo humano, de magnanimidad, de humildad y del coraje para no abandonar, pese a todo, la expectativa de lo mejor. p. 206


viernes, 19 de abril de 2013

Dos ideas para enseñar a escribir a jóvenes



Ayer di un taller de escritura a algunas profesoras de lengua de un colegio. Un taller de reciclaje, porque en la escritura todos andamos expuestos a la contaminación del lenguaje oral, y porque a esta ladera de los Pirineos la pedagogía ministerial o autonómica ha preferido desde hace unas cuantas décadas que dediques el tiempo a aprender otras cosas en el aula, antes que a leer y a escribir.  

La última parte la dedicamos a la posibilidad de iniciar un taller de escritura con los alumnos. Llevábamos un buen rato ocupados con las fases del proceso de la escritura, descubriendo errores típicos, rasgos de elegancia y estilo, procedimientos para la claridad informativa, la imagen del lector inscrita en el texto... así que era el momento de descansar y ascender un poco al mundo de las ideas. Y principalmente hablamos sobre dos:

La primera, que enseñar a escribir no puede ser una obsesión colectiva por evitar el error. ¿Una definición?: enseñar a escribir es facilitar el descubrimiento de la escritura como expresión y comunicación de ti -no escribo "de la persona" porque quiero que suene aún más personal-. Los errores gramaticales se disuelven cuando el chico o la chica desean escribir: entonces  la escritura pasa a ser una dimensión importante de su vida; entonces las reglas se aprenden a una gran velocidad (como se aprenden las de la informática de usuario para estar en Internet); entonces, el error... sí, siempre hay algún error, ¿quién no los comete?

Y la segunda: cuando el alumno te entregue un escrito, busca e indica primero lo positivo: siempre hay mucho más de positivo -si estamos pensando en términos de expresión y comunicación-; siempre es mucho más importante el esfuerzo, la ilusión, el ejercicio de introspección, el tiempo pasado en la habitación de la intimidad, el deseo de comunicar, la confianza para mostrar lo escrito, la apertura a las orientaciones de la persona a la que se le ha otorgado la autoridad... sí, esa persona con una vocación maravillosa: nada más y nada menos que el profesor. 

Ilustración: Caminando por la playa, JM Mora Fandos (ceras sobre papel).

domingo, 18 de noviembre de 2012

Higiene de la escritura e higiene del escritor

Lo cierto es que no nos enseñaron a escribir. A redactar, algo. Pero escribir es mucho más. La escritura tiene su higiene, tiene su naturalidad, sus anticuerpos para lo complicado, para las imposturas. Hay modos que no ayudan, ideas preconcebidas de cómo hay que escribir, que desaniman y frustran. No me refiero a esta estética o aquella. Se trata de la facilidad natural para componer, avanzar... natural no quiere decir espontáneo -aquí la modernidad vuelve a confundirnos-. Se trata de seguir, con empeño, el instinto comunicativo, de seguir sus surcos, haciéndolos.

Y también hay una higiene del escritor. Es fácil intoxicarse con el "aura del escritor". En este mundo tan mediado por las imágenes, corremos el alto riesgo de quedarnos en ellas, y nunca llegar a lo que la imagen apunta. Un mundo donde lo penúltimo ha expulsado lo último. Un mundo metonímico: lo que parecía una metáfora que nos prometía llegar a algo-más-allá, resulta ser metonimia, que nos desplaza a algo-al-lado, otra cosa de lo mismo, y esta a otra, sin fin... Ya me estaba yo poniendo metonímico, volvamos. El escritor tiene su naturaleza, su oficio natural, sus buenas prácticas, todo eso que el aura impide ver. Todo escritor ha de tener vida secreta de escritor, si por secreto entendemos interioridad: una íntima conformación para la comunicación escrita, que se va ganado con el ejercicio sensato. Y continuo. Higiene.

Una pequeña cavilación en una pequeña tarde de domingo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La escritura, tu espejo

Es enorme la cantidad de espejos que la sociedad nos presenta. Un espejo es esa superficie que pretende devolvernos nuestra imagen. Desgraciadamente, muchos espejos apenas nos dan una imagen mínimamente verosímil; con frecuencia se trata de esa imagen que ellos querrían que asumiéramos: ese alguien que necesita esa fama, ese placer, ese dinero, esa figura, ese poder... a toda costa.

Hay un espejo mucho más fidedigno: la escritura. Un espejo raramente propuesto en la sociedad de masas. Tiene esa ambivalencia de los espejos auténticos: muestra cosas que no gustan, y otras que sí. La hoja en blanco, el archivo digital recién inaugurado, te interrogan, y entonces surgen los anhelos, las necesidades profundas, las esperanzas, los proyectos. ¿Qué escribo?: si persistimos, si no nos apartamos por falta de coraje, se delinea una imagen que reconocemos como nuestra. Y una buena imagen de sí mismo es, en el fondo, un mapa para caminar. 

Escribir es ponerse ante el espejo de la escritura. Ponerse es exponerse. Siempre se escribe a la intemperie. Escribir es ese misterioso conocimiento personal: reconocerse y soñarse. Pasar el dedo por el hilo que une pasado con futuro. Escribir es escribirse. Es dibujarse. Es acuarela, el riesgo del agua: nunca sabemos con certeza el efecto final. Pero queda la imagen valerosa y valiosa. Imágenes, pequeñas luces que encendimos con esfuerzo, con alguna inquietud; farolillos con los que seguir caminando. 

No enseñamos a escribir a nuestros jóvenesen la escuela porque, en el fondo, nos da miedo la responsabilidad de enseñarles a ser ellos mismos. 

domingo, 3 de junio de 2012

Buscaba las palabras adecuadas

Andaba yo leyendo una entrevista, de aquella serie del Paris Review, de los años cincuenta, por la que desfilaban escritores como Hemingway, Eliot, Faulkner... Y la andaba leyendo porque Hemingway se vino al taller la semana pasada. "De normal, tú, recorta" es mi consejo. Todos tendemos a enrollarnos; todos pecamos de brumosos, nadie parece darse cuenta -ya sé que estoy exagerando- porque nadie se impuso la tarea de enseñar a escribir a esos muchachos que fuimos (había cosas más interesantes, como avistar una proposición subordinada sustantiva O.D.). Total, que se nos vino el señor Hemingway, que en eso de acortar, ni este Gobierno.

Pero no solo en los "acortes"; dice muchas más cosas, la mar de interesantes. Aquí dejo una perla, es sobre las palabras adecuadas:


- ¿Reescribe mucho?
- Depende. Reescribí el final de Adios a las armas, la última página, treinta y nueves veces antes de quedar satisfecho.
-¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era lo que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas.


Ale.