Ha sido un breve paseo, pero suficiente para advertir que,
sobre un cielo de vago azul blancuzco, la fronda lila de las jacarandas echa a
correr hacia el corazón rojo del violeta. Y al pie de los árboles, sobre la
tierra moteada de leves pétalos, casi gasas, se hace una sombra viva, tal como
la dicen los impresionistas.
Mientras tanto, sonaba John Coltrane, “Blue Trane”:
siempre es esa racionalidad arrebatada. Toca con el cerebro, y queda esa
temperatura casi fría, si no fuera por el hallazgo constante, la novedad
combinatoria, el diseño vertiginoso, que asombran una y otra vez. Cuando suelta
las prodigiosas andanadas de notas, casi-notas, más que dibujadas, abocetadas, lo
suficiente para saber qué quiere decir, para no estorbar la naturaleza rauda de
la mente.
Qué tienen que decirse el lila de las jacarandas y las
notas de Coltrane. Cada cual se aproxima quizás a su imposible: se apresuran al no-tiempo, al rojo
inalcanzable en el violeta. Un misterio, pero ambos estaban juntos, allí.
En este enlace a Los ritmos del S. XXI tenéis mi breve ensayo sobre la experiencia de escuchar a Miles Davis narrar sus solos: jazz, música, narración, escritura creativa...
Hay cosas que uno no elige; en lo importante, se suele tener la sospecha de que, más bien, uno ha sido elegido. Yo no elegí el jazz. No decidí balancearme cuando escuchaba su ritmo asincopado, ni quedarme boquiabierto ante una improvisación. Ocurrió, y ocurre.
Tampoco decidí que el jazz tuviera que ver con mi modo de escribir. Y tiene. La fertilización es misteriosa, porque nunca he intentado juntar las dos cosas; de hecho ni puedo escribir escuchando jazz, ni cuando estoy improvisando con el saxo -o simplemente escuchando- busco alguna correspondencia literaria. Pero ahí están, como el perfil de la cornisa y el cielo.
El músico de jazz pone el acento en la imprevisibilidad total de la actuación. Lo que hace frente al público no se diferencia nada de lo que hizo antes; y se diferencia todo al mismo tiempo. Es una exploración continua que mantengo en la escritura. Ciertamente, al final hay que entregar un texto, como el músico tiene que actuar un día a una hora. Pero la conciencia de continuidad en la creación expulsa el rigorismo de la "obra perfecta".
No hay obra perfecta, cerrada, terminada -aunque haya que cerrarla en algún lugar, y lo mejor posible-. El jazz me ha hecho más consciente de la importancia del proceso, de la exploración, del borrador. Escribir no es dar a la primera con la redacción final. Es implicarse profundamente en la dinámica del escribir. Bracear arriba y abajo por la piscina.
Los plazos de entrega ayudan mucho a la escritura; pero los límites de la piscina no son la meta de la natación. El final no es el fin. Una vez establecidos los finales -de alguna manera-, se trata de surcar las aguas, de profundizar en el sentido del agua y de la natación. El jazz, también cuando sencillamente lo escuchas, te ayuda a descubrir y valorar esa dimensión de proceso que tiene todo lo humano.
Quizás en una sociedad donde se trata de conseguir metas como sea, donde las máquina nunca llegan tarde, esta enseñanza no sea pequeña.
Acabo de escuchar una primera parte de la Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Más que escuchar, he visto el vídeo de la versión de Karl Richter, con el coro y orquesta Bach de Munich: 1980.
Es (casi) teatro. La producción es intencionalmente dramática: el escenario consta de planos desnudos, tintas planas (blancas, verdosas, grises), perspectivas, aristas, iluminaciones contrastantes, volúmenes grandes que pesan, casi comprimen (como la enorme cruz sin crucifijo que flota acostada sobre el coro)... para mí, una puesta en escena existencialista, donde el barroco de Bach atraviesa una atmósfera despojada, angulosa, fría, cortante... hasta las narices de soprano y contraalto, la de Richter -y sus brazos exactos- son enfocadas a sangre sobre el fondo neutralizado... Bach sale bien, sobresaliente, de ese careo con la nada de etiqueta; no conozco nada, todavía, que se haya resistido al soplete de Bach.
En mi propia maraña cordial, esta producción se constelaba con El espía que surgió del frío de Le Carré, la guerra fría, los espías, el flamante muro incapaz de sospechar 1989...
Y Bach sigue volando, coreografiado por un existencialismo visual, o cantado en scat por Bobby McFerrin, o en el trío aswingado de Jacques Loussier... elevando a un plano espiritual todo lo que toca.
En el mini-minitaller de escritura que tuvimos anteayer en el alto de la cafetería del Faustino -que tenía algo de cosa casi clandestina; qué bien-, en el edificio central de la Universidad de Navarra, salía el asunto del punto desde el que se escribe cuando uno escribe sobre algo que uno ha hecho. Contar siempre pide un punto. Y como quiero contar algo de lo que fue, he tenido que pensar ese punto.
La verdad es que incluso para relatar un hecho de cinco minutos, tienes que elegir un punto. Narrar, como vivir, es una continua elección de puntos. Pero no me pongo existencialista, que la cosa no es como para angustiarse -aunque la tentación sartriana, que hay que resistir, está ahí-. Hay elecciones muy gratas. Sobre todo cuando veo que de los posibles puntos, uno sobresale con claridad, y que es el agradecimiento.
Y muy agradecido estoy a Marta Revuelta (Servicio de Actividades Culturales), Teresa Grandal e Inmaculada Setuáin (bibliotecarias y almas de Leyendo se entiende la gente), Marcela Duque, que puso empeño en que todo ocurriera, y así ocurrió, y a todos los que hicieron tan enriquecedora la visita.
Y empezando por el mini-minitaller. Siempre ocurre: con alumnos motivados, el profesor se suelta. Raquel, Fernando, Iñigo, y me dejo nombres, ay, porque no me acuerdo (lo siento), me dieron pie para volver con estas cosas de la escritura personal, cotidiana... que salen en este blog. Interesantísima comparación de Fernando: la de la concreción de los colores sobre la paleta del pintor, con la inconcreción relativa de las palabras en la mente del escritor, de cualquier hablante. Y esto venía a raíz de una ronda de decir colores, y la teoría de Eliot sobre la música de los sonidos y la de los significados...
Bueno, hubo más personas y más cosas a lo largo del día, muy enriquecedoras también, que me hacen caer en la cuenta de que al punto de narración del agradecimiento le estoy imponiendo ahora un contrapunto de brevedad, de ir a lo más público... así es en las narraciones: narrar, como vivir, supone también ordenar, clasificar, relacionar los puntos, guardar puntos para otras narraciones.
Pues ya estábamos a las 5 pm Juanfra y yo montando el tenderete y afinando -me olvidaba de Juanfra Pérez Mengual, guitarrista y 50% del dúo-. De entre el repertorio, tocamos "Pausas", una composición flamenca del propio Juanfra, donde tomé la trompeta, un poco a lo "Flamenco Sketches" de Miles Davis. Y ya en la actuación, pues entre poema y poema, canción; también algún fragmento de Leer o no leer y Tan bella, tan cerca. Bastante público, y muy buenas vibraciones. Eso, cuando estás en el escenario, lo notas enseguida. Y lo agradeces.
Y al finalizar, un coloquio breve, pero muy interesante, como ocurre siempre que conversas con personas inteligentes y sensibles. Así que mientras guardaba el saxo y la trompeta, notaba que muchas sugerencias se colaban en las fundas de los instrumentos. Tiene toda la pinta de que no me dejarán tranquilo hasta que aparezcan impresas. Sí. Agradecimiento al cuadrado. Superpunto.
Es que la niña tenía que ser presentada en su propia casa, la ciudad de la editorial; si no, el padre de la criatura no estaba tranquilo. Pues ahí vamos. Este es el tarjetón que ha preparado La Isla de Siltolá, la mamá:
Y, todo un honor, Enrique García-Máiquez, autor del magnífico prólogo, tío en línea directa de la jovencita y su padrino con Enrique Baltanás, la presentará en sociedad. Y luego dedicatorias-dibujos, y algo de jazz y esas cosas típicas de la familia Mora Fandos. A ver si podéis pasaros. Creo que no nos vamos a aburrir.
(Hay tantos filósofos expedidos por el ministerio como filólogos; solo quiero decir que la filosofía -y la filología, y tantos saberes- han de estar vivos y que aceptan muchos formatos, como indica Alasdair MacIntyre al criticar la locura del paper académico).
Siempre ocurre: un río seco, un puente, un tipo tocando el saxo... y alguien más aparece... y comienza una conversación. Creo que debe tratarse de una situación arquetípica, un acorde de campanitas de plata: como si formase parte de un reducido catálogo de situaciones grado cero, irreductibles, donde lo humano resuena. Lo creo.
Pues el otro día, bajo el "puente de Calatrava", que te da un eco de hasta cuatro respuestas, estaba yo tocando, y en este caso no era el saxo, sino la trompeta, que la estoy rehabilitando después de muchos años de silencio, y ya estaba oscureciéndose la tarde y yo ya me había dicho que aquella canción era la última, y entonces en el ángulo muerto del rabillo del ojo aparece una figura, desenfocada y en movimiento como un pensamiento postmoderno, vestida de negro, glup, a ver cómo salimos de esta, calma, continúo tocando hasta el final, la mejor defensa es un buen ataque, "Hola, ¿qué tal?", un tipo joven y sonriente, claramente extranjero, descompresión, y comenzamos a conversar, le gusta la música, es polaco, se vino a Valencia con un alma emprendedora, y ahora hace lo que puede para sobrevivir, pero saldrá adelante, no lo dijo él, lo aseguro yo, y resulta que le gusta la filosofía, "¿Qué filósofos lees?", aquí es donde viene la enseñanza moral del crepúsculo, una señora cuyo nombre no he escuchado nunca, "¿Qué libro ha escrito?", dos a cero, pero suena a esoterismo... Michal, toco un poco más para mi polaco amigo y le doy mi número de móvil, a ver si nos vemos...
Amor a la sabiduría, filosofía, y se la busca por todas partes... no solo en libros que escriben filósofos expedidos por ministerios -y tengo muchos amigos filósofos expedidos, pero ellos saben nadar y guardar la ropa-... y se la encuentra bajo el puente, en los últimos compases de una canción.
Hoy es día de fiesta nacional en este blog: es Santa Cecilia, patrona de los músicos. Hace ya unos cuantos años pude estar en su iglesia titular, en una recoleta rinconada del trastévere romano. Allí me encontré esta sugerente escultura, de estética romántica, que muestra a la virgen y mártir, toda finura y delicadeza, con su discreta incisión en el cuello (el verdugo fue, ciertamente, bastante menos delicado).
El acta del martirio dice que:
Venit dies in quo thalamus collacatus est, et, cantantibus organis, illa [Cecilia virgo] in corde suo soli Domino decantabat [dicens]: Fiat Domine cor meum et corpus meus inmaculatum et non confundar.
Y dicen los que saben que hubo un error en la transcripción, y que el "cantantibus organis" era realmente "candentibus organis", instrumentos de tortura subidos de grados térmicos. No alababa a Dios entre órganos tocados por ángeles, una vez pasado el mal "trago", sino en el trago mismo (lo que no quita que también pudiese escuchar místicamente algo, no voy yo a ponerle límites a la gracia). En fin, se quedó esta delicada mártir como patrona de los músicos (y también de los poetas, los ciegos -como Santa Lucía- y de las ciudades de Albi (Francia), Omaha (Estado de Nebraska, USA) y Mar de Plata (Argentina). Y se la representa con el órgano, el laúdy las rosas.
De la conexión entre Santa Lucía, la música, la visión y la no visión y lo invisible y el sufrimiento del músico/poeta/artista escribiré en otro momento -estoy viendo un libro ya, qué le vamos a hacer-. Por cierto, Enrique Andrés publicó hace un par de años un precioso libro de ensayos de tema estético titulado Santa Lucía y los bueyes (Pre-Textos, en la colección "Correspondencias" que dirige nuestro común amigo el pintor y poeta José Saborit) con carta y prólogo de José Jiménez Lozano.
(Vaya, otra vez la banda blanca; podéis interpretarla como una senda hacia el cielo, mientras aprendo a quitarla para la próxima vez).
II.
Y resulta que, como el autor de este blog se ha liado la manta de la escritura a la cabeza y se ha echado al monte de la profesión literaria, pues anda haciendo presentaciones a troche y moche de su Tan bella, tan cerca. La próxima es este próximo sábado 26, en el Bibliocafé de Valencia, a las 19 h. Y como ya viene siendo costumbre, va a montar un show musical. Un unplugged, a modo de "duets" con amigos y familiares.
Bueno, os cuento un poco cómo va el programa por ahora: cantarán Elizabeth Bode-Dunphy y Rosa Mora Fandos (las dos sopranos, y haremos repertorio jazzístico); mi hermano Bernardo y yo tocaremos un par de blues a la flauta travesera y saxo tenor; con Ignacio Gil Pechuán, atentos a la guitarra de jazz; y con Juanfra Pérez, con quien formo el DúoMo, temas suyos, muy atmosféricos y sugerentes -además de acompañar en el resto de actuaciones-. Si alguien más quiere sumarse, que me envíe un mail.
Evidentemente, algo contaré del libro, y habrá preguntas; pero creo que la literatura que he intentado hacer en TBTC, se sentirá muy a gusto con la música.
Y para terminar, dibujo al carbón compuesto & acuarela a modo de dedicatoria, a todos los que aparezcan por allí con un ejemplar de TBTC, y también de mi primogénito, Leer o no leer.
(Y si queréis merendar, en el Bibliocafé tienen unos muffins de chocolate como para no sacarse el pulgar de la boca).
En la foto se ve ya el buen ambiente de la presentación. Entre amigos, no podía ser de otro modo. Al fin y al cabo, ¿para qué escribimos, editamos, hacemos presentaciones, leemos, si no es para ser felices con los otros?
Pues allí, en el foso de libros de Diálogo, fue. Presentó el libro Enrique Andrés. Me encantaron sus palabras. Enrique no se anda con chiquitas, va al fondo, siempre; y en estos tiempos tan de superficie, se agradece de un modo especial. Hubo un breve coloquio. Mi gran amigo José Antonio Millán -que tampoco se para en chiquitas algunas- entró en diálogo-debate con Enrique, sobre el sentido de la belleza en Baudelaire, sobre su modo de percibirla y su manera de expresarla, y ahí se convocó instantáneamente a la literatura, la teología, la modernidad... : impresionante, yo hubiera estado horas escuchándolos, pero tuvimos que seguir caminando.
Corina, que junto con Javier Sánchez Menéndez y Cristina Brackelmanns pude conocer como bajados de la blogosfera un rato después de mucho tiempo de blogs y mails -para volver a subir en cuanto terminara el acto-, me hizo una pregunta que, si no recuerdo mal, iba sobre la motivación de la escritura de este libro. Corina es filósofa, así que yo -que me imponen mucho los filósofos; y que, por cierto, pronto será doctora, y sobre Ricoeur, y con Jaime Nubiola como director de tesis, casi ná- expuse mis desvergonzadas incursiones en la filosofía para escribir Tan bella, tan cerca, y creo que nos reímos un poco.
Bueno, luego pasamos a la música, y toqué tres standards de jazz -cuyos nombres no voy a decir, no vaya a ser que la SGAE...-. Y terminé de dibujar los haikus (nada de haikai, ¡eh!) visuales que les tenía prometidos a todos mis amigos allí presentes. No quedaron mal. Rocío y María José se sorprendían divertidas del despliegue: lápices de carbón compuesto, goma, sacapuntas, acuarelas, agua y... ¡fijador de acuarela! Algo parecido a esto:
Para finalizar, foto de familia, la que se ve arriba. Y María José filmó un poco de una canción, que se puede ver y escuchar aquí:
Supongo que no solo me pasa a mí. Se trata de esas marcas que te encuentras y no sabes de dónde han salido. Y comienza una pesquisa.
Hace muchos años escuché, no sé dónde, una canción fulminante. Gracias a Dios, al final, alguien debió mencionar que el intérprete era Spyro Gyra. Pero no el título. Luego, alguna ola de la vida pasó por encima... y algún día me volvió a la mente aquella melodía. Quizás el nuevo contexto, la vida que ya ha dado unos cuantos pasos... en fin, no podía hacer otra cosa que averiguar cómo se llamaba la canción. Me llevó un tiempo, gozoso, de búsqueda y escucha de temas de Spyro Gyra.
Un día -un día de esos en que estás a otras cosas- apareció una cassette en la sala de estar de una pequeña pensión de Johannesburgo -tampoco viajo tanto, es de las pocas cosas exóticas que he hecho, y fue para visitar a unos amigos- y pensé, "Y si..."; y sí: descubrí que mi marca se titulaba "Old San Juan", canción dedicada a San Juan de Puerto Rico. Desde ese momento Puerto Rico era los solos de saxo alto de Jay Beckenstein, el sorprendente sonido y la creatividad musical de Spyro Gyra...
Cuando la única referencia de algo es una canción, esa realidad adquiere un voltaje espiritual arrollador.
Así que, aquí está este tema, tan lírico y dramático al mismo tiempo, tan latino y tan sajón, tan bien compuesto y desarrollado, tan bien interpretado, que inscribe San Juan de Puerto Rico en ese muro de "cosas" buenas del espíritu. El día que vaya para allá -se aceptan mecenas-, será el cielo.
Javier Sánchez Menéndez me envía esta elegante invitación, que os hago llegar. Me encantará saludaros a todos los amigos y lectores de este blog y mis libros, que andéis por Madrid.
Por cierto, habrá cierre -breve- musical a cargo del autor.
A uno le gustaría despertarse en Barcelona más a menudo. Pero no se puede tener todo -gracias a Dios-, porque nada valdría nada. Al menos tengo esta imagen y un cd impresionante: Joan Chamorro presenta Andrea Motis.
Todos los días -que puedo-, a las 2 pm, me escapo de la escritura y los libros: "Esperad ahí, que vuelvo enseguida". Pongo las cañas del saxo a remojo y, mientras se van haciendo a la idea, unos minutos de respiración diafragmática, unos pensamientos técnica Alexander y un poco de moscardón trompetero con los labios. Luego, lo mismo con la boquilla, al tiempo que ya suenan los primeras notas al piano de Basin Street Blues. Me doy prisa para acompañar a Andrea y Joan: "Sol la do do..."
Las cañas me gritan, como a Agustín sus pasiones en el huerto de Milán: "¿Cómo, nos dejas?". No preocuparos, que Chega de Saudade es toda vuestra. Y así pasamos un rato.
Los libros y los papeles, guardan un benévolo silencio. Me lo perdonan todo. Responden: "No hay nada que perdonar... qué bien nos ha venido".
Este vídeo lo he visto muchas veces. El tema es una composición de Miles Davis, "So What", de su álbum Kind of Blue. Una de las razones para esta recurrencia es que aparecen dos modos de hacer jazz, de crear; dos caracteres humanos que me han interesado desde hace tiempo.
II.
Miles tenía una técnica bastante imperfecta. En el vídeo se ve esa naranja que le aparece en el cuello cuando ataca una frase (creo que lleva el pañuelo de cuello para intentar ocultarlo un poco). Cualquier instrumentista de viento llama a eso hacer la presión donde no se debe, puede crear lesiones. No son pocas las grabaciones donde Miles falla en la primera nota: en esta misma, al inicio, cuando tocan ese tema tan sencillo. Y otras donde se le rompe un sonido en el registro agudo -y no tan agudo-. Sin embargo, Miles es un estilista, le saca belleza hasta a sus limitaciones; y no sólo un estilista, es un creador de vanguardia. Me acordaba de un comentario del editor Malcom Barral, en un taller que dimos en la Universitat Internacional de Catalunya, sobre escritura. Para él, Nada, de Carmen Laforet, es una grandísima novela, pero no está bien escrita. La belleza no siempre está en la técnica consumada.
III.
Coltrane, que hace el segundo solo, tenía una técnica perfecta. Su sonido es sólido, sus frases están fuertemente apuntaladas, por un dominio de todos los músculos implicados. Comenzando por el diafragma, donde hace toda la presión -ahí se le ve, echándose hacia atrás para poner el diafragma en una posición de tensión máxima-; deja el cuello libre, modula los matices del sonido con los músculos faciales; su columna de aire es segura y ancha, derrama "sheets of sound", como lo llamaron a esas cascadas de notas. Coltrane no es un estilista, es un creador de vanguardia. Más abstracto que Miles, más armónico; Miles busca melodías y efectos. Coltrane explora todas las posibilidades tonales, inventa armonías.
IV.
Siempre me llama la atención el hecho de que al terminar el primer solo, Miles se fume un cigarrillo, antes del segundo. Eso es una pose -fue un gran "posador"-: un buen instrumentista de viento, no fuma entre solo y solo. Y también que Coltrane esté tan concentrado en la música, en su exploración. Ambos fueron drogadictos. Miles descubrió a Coltrane, lo introdujo en su grupo. Los dos estaban enganchados a la heroína, y los dos superaron el mal hábito. Coltrane formó su grupo y se volvió hacia la dimensión espiritual y religiosa de la persona. De ahí nació el emblemático A Love Supreme. Murió a los 40. Davis siguió en los escenarios, haciendo fusión con todo tipo de música nueva, hasta el rap. Recuerdo haber asistido a un concierto suyo en los 80's, en la plaza de toros de Valencia. Llevaba una auténtica banda de rock, a todo decibelio, con un jovencísimo Marcus Miller en el bajo eléctrico. Murió a los 65.
Dos músicos, dos caracteres, dos misterios, dos bellezas.
Un vecino que me aprecia mucho (el aprecio es mutuo) tiene un yerno que le encanta el jazz. De vez en cuando me regala un cd de esta música. Esta vez me dijo: "Es una niña, que canta muy bien, y además toca la trompeta. Se llama Andrea Motis". Cuando pude, puse el cd. Enseguida me fui a Youtube a comprobar que era una niña quien cantaba y tocaba. Y efectivamente.
Una niña catalana, que actúa con el grupo de jazz de Joan Chamorro. Está claro que Andrea es un prodigio musical, pero para mí está también muy claro que, con todo el esfuerzo que haya que tenido que poner, se lo debe haber pasado muy bien. Ha disfrutado aprendiendo. Pienso también en su profesor de música, cómo habrá sabido hacer amable y maravilloso el aprendizaje. Y al final, tenemos lo siguiente: 15 años, y además de la trompeta, toca el saxo alto:
La educación, sin belleza, sin juego, sin maestros, sin comunidad, sin diálogo, no es educación. Ya lo sabía Platón... y sus discípulos. El profesor de Andrea Motis es de los que también lo saben.
(No os perdáis el cd Joan Chamorro presenta a Andrea Motis: precioso, increíble)
"There Will Never Be Another You", esa canción norteamericana de 1942, es la que estoy escuchando en este momento. Una vez más. Convertida en tema standard de jazz, la toca Lester Young, con el trío de Oscar Peterson.
II.
Cuando suena Lester Young, me hago mis sinestesias: ¿es la mano que acaricia el lomo del gato de angora, o es más bien la caricia, o ambas? ¿o la nube ingrávida? ¿tiene sentido decir algo sobre lo que suena? Pienso que sí, como crítica musical, o como "traducción" a palabra, a inspiración. Ya sé que estoy cruzando el umbral donde se ensombrece la certeza, pero a menudo también donde se perfila la verdad.
III.
Hay una película, Round About Midnight, de Travernier, que cuenta los años parisinos de un saxofonista tenor en París. Alcohólico, como Lester Young. Lester bebió hasta morir en medio de su gira parisina. No me acostumbro a estos contrastes: la mano en el lomo del gato, la caricia, la nube... y esos otros oscuros umbrales donde se desvanecen las sinestesias con que descubrimos sentido al mundo, a la vida. Donde se descosen las suturas del alma.
IV.
Nunca habrá nadie como tú, dice el título de este standard. Cada persona es un misterio. Hasta el último momento, la esperanza de acariciar esos pocas costuras. Aun cuando sea muy densa la oscuridad.
Si tuviera que aconsejar un cd para coger afición al jazz, este sería uno, el que me han traído sus Majestades los Reyes Magos: el del saxo alto Lee Konitz y el tenor Warne Marsh, en diez temas; un álbum que recibió en aquel 1955 de su salida las cinco estrellas de los críticos de la revista Down Beat -la Guía Michelin del jazz, en aquel momento, y cinco estrellas, pues como si dijéramos pata negra azabache-.
Konitz y Marsh hacen allí cool jazz, una música menos frenética y agresiva que el hard bop que entonces se prodigaba en la costa este norteamericana. Más agradable y accesible.
A mí me recuerda a una conversación: alguna vez ocurre que en una cafetería o un pub te encuentras al lado de una pareja que habla en un idioma que desconoces; no entiendes ni una palabra, o pocas, pero lo que te llama la atención es la música: el tono, el timbre, la emisión, la tesitura, los silencios, el andante o el allegro, las ligaduras que encadenan las palabras o el stacatto con que se subraya algo que -te figuras- debe ser muy importante. Si la pareja es vocalmente buena, te has encontrado con un inesperado rato de jazz. Como esta inesperada conversación de Konitz y Marsh a la que me han invitado los tres Reyes Magos.
Este es un vídeo que veo a menudo, no sé por qué. Puede ser la amistad sugerida por la compenetración, por los años marcados en el rostro, por el modo de tocar. Joe Lovano, Hank Jones, interpretando Kids, "Niños". Me parece muy sugerente: el título de algo quiere nombrar la esencia, y cuando se trata de algo interpretado en el jazz, tiendo a imaginarme que el músico está de acuerdo con lo que dice el título, porque lo hace suyo de modo muy íntimo.
Es como en el teatro, aunque el actor siempre mantiene una distancia con su papel; aquí, verdaderamente, también. Kids, niños, Lovano y Jones, se les ve jugar, dialogar, no creo que simplemente estén interpretando unos papeles, o quizás esta impresión inducida sea el poderoso efecto del arte. No lo sé. En todo caso, yo creo que hace falta algo de amistad para compenetrarse así, como niños.
Lo pasamos muy bien. Bastantes amigos, clientes del Bibliocafé, José Luis y María Fernanda -los creadores de un espacio cultural tan necesario y acogedor-, y el DúoMo, haciendo de las suyas una vez más: Billy Joel, James Taylor, Weather Report, Pink Floyd, McCartney, U2, The Beatles, Stevie Wonder, Clapton... Hubo un muy interesante coloquio sobre la enseñanza de las letras, la iniciación a la escritura, qué leer, el valor identitario de la lectura, la inspiración...
Luego, al terminar, cuando vas recogiendo los cables, desmontas el saxo, y vuelves a casa a través del tráfico que nada sabe de lo que acabas de hacer, en medio de ese ruido ajeno que hace resonar más fuerte tu runrún interior, no dejé de pensar en los temas tocados, en las relecturas de esos temas musicales. Entonces eres consciente de tu "momento de lectura", mezcla de don y fragilidad, de lo que aportaste y dejaste de aportar, de tus hallazgos y tus repeticiones, de los errores de lectura, de las intuiciones, de la improvisación, de las conexiones... de esa mezcla de temeridad, riesgo, tensión, vulnerabilidad, confianza, complicidad, instinto de supervivencia, comunicación... y de la imprescindible presencia de los amigos.
Wayne Shorter, el saxofonista tenor/soprano que trabajó con Miles Davis, y luego en la portentosa banda Weather Report, ha estado en Madrid, y fue entrevistado por ABC. Me quedo sobre todo con esto:
La buena música no busca hacer dinero, sino elevar el nivel espiritual de la Humanidad, hacer de la condición humana algo más digno. El jazz significa luchar por ser mejor persona, el be-bop llegó porque queríamos ser mejores personas. Alguien que puede tocar una melodía preciosa y luego llegar a casa y maltratar a su familia, lo tendrá difícil para alcanzar la plenitud en el jazz.
Eso, eso último de la relación entre el arte y la moral, conectó con la famosa frase de Theodore Adorno de que después de Auschwitz, escribir poesía sería un acto inmoral. Una maldad masiva borraría la posibilidad de la belleza. Y la frase de Adorno conectó con esto de Benedicto XVI, cuando era cardenal:
Esta objeción, para la que existían ya motivos suficientes antes de Auschwitz en todas las atrocidades de la historia, indica que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. (...) Apolo, que para el Sócrates dé Platón era «el Dios» y el garante de la imperturbable belleza como lo «verdaderamente divino», ya no basta en absoluto. (...) En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. (...) Precisamente en este Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega «hasta el extremo» y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.