AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 20 de agosto de 2021

Alma de profesor. La mejor profesión del mundo, de María Rosa Espot y Jaime Nubiola: cuatro notas

 


María Rosa Espot y Jaime Nubiola. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2019


I. Lo leí casi de un tirón, pensando en este próximo curso, recordando ocurrencias y reflexiones de estas últimas semanas, experiencias de estos cursos pasados. Alma de profesor me ha hecho profundizar, asegurar, repensar, tomar decisiones… porque está escrito desde una larga dedicación a la docencia, en enseñanzas medias y superior; con un corazón sabio y profundo, con una cabeza habituada a pensar con libertad y eficacia.

Trae una serie de temas verdaderamente pertinentes, aunque algunos nunca aparecerán en una ley del Ministerio, ni en un consejo directivo… (ojalá sí). Buen ejercicio de lectura para quienes andamos saturados de directrices educativas abstractas que bajo la etiqueta de excelencia promueven prácticas imposibles, estresantes… que parecen confirmar el título de aquel libro de Gabriel Marcel: Los hombres contra lo humano. ¿No nos estaremos olvidando de lo esencial en la educación? Espot y Nubiola ayudan a despertar, y a ilusionarse. Aquí solo voy a desarrollar algunas de las muchas buenas impresiones que me llevo.

II. Apuestan Espot y Nubiola por los profesores lectores, porque los profesores sean grandes lectores. Qué acertada su respuesta al argumento de que la agitada vida contemporánea impone demasiadas dificultades a la lectura: “algunas otras personas […] precisamente leemos para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado”. Así es. Me han hecho perfilar bolígrafo en mano una metáfora que vengo cavilando desde hace tiempo: la lectura es como la mirada sobre un dilatado paisaje mientras viajamos en tren: mirar por la parte baja de la ventana del vagón nos presenta una masa escurridiza e informe, un sumidero de colores inestables: querer ver lo inmediato y cercano, resulta en una paradójica confusión que marea; en cambio, alzar la mirada a los horizontes colgados en la parte alta de la ventana nos devuelve el don del paisaje, la claridad de las grandes líneas que confluyen, la permanencia de colores y matices, el tiempo revestido de eternidad en que descansar el alma. La lectura es ese alto mirar por la ventana, el acorde de nuestro tiempo más humano con lo eterno que intuimos en todas las cosas.  

III. Las páginas que dedican los autores a la enseñanza de la escritura me han parecido un magnífico compendio de frutos que solo llegan con dedicación de años, enjundiosos, y que en estas páginas se comparten en confianza. Como indican, escribir puede ser un insustituible modo de compartir —ese verbo con el que los jóvenes expresan la necesidad de vínculo y de entrega auténtica—. Un modo que difícilmente descubrirán si no es de la mano del profesor, que enseña a pensar —he decidido que les diré a mis alumnos “No quiero que penséis lo que yo pienso, sino que penséis conmigo”—, a comunicar; a fomentar el inconformismo con la vaguedad, la enemistad con el cliché; la disonancia con el pensar, sentir y amar inarticulados y anónimos —aunque suenen a la moda—. “¡Cuántas veces escribir alivia el alma!”. Sí: sacar afuera, leer adentro. Al leer lo escrito, leerse. Al corregir, corregirse. Al afinar, afinarse. Al descubrir, descubrirse, como quien acaba de caer en la cuenta de la cercanía de un amigo.

Y además está esa exigencia de forma, como proponen los autores, de estructura, de fondo, de conexiones entre todo lo que concurre en el texto que nace. Pienso que escribir es un modo de formar el mundo, de reducir el caos de la experiencia, de ganar paciencia para con uno mismo y los otros. No perdamos el tiempo en la escuela, en la universidad.

IV. Otro de los asuntos abordados en el libro, que me ha interesado con avidez es el del alumno introvertido. Espot y Nubiola visibilizan este tipo de persona-alumno; así como el sesgo educativo generalizado en Occidente que favorece el ideal o condición de persona extrovertida. Me han hecho recordar una clase que doy cada año sobre temperamentos y caracteres en la configuración de héroes de ficción. Sigo el magnífico manual de Estrategias de guion cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla; y este curso pasado, en el silencio denso de la clase atenta, una alumna del grado de periodismo tuvo una auténtica iluminación: también los introvertidos y melancólicos pueden ser héroes. En Alma de profesor se indica que frente a los discursos machacones del trabajo en equipo o a la tendencia al estereotipo del liderazgo como función reservada a extrovertidos, “la creatividad es muchas veces mayor cuando se trabaja en solitario”. Y aquí los extrovertidos pueden llevar una buena ventaja. Si trabajan, claro. Y si cerca de ellos hay un profesor que sabe ver y hacer ver las riquezas únicas y las posibilidades de cada alumno y alumna, sean introvertidos o extrovertidos. “Los introvertidos gustan del silencio, saben escuchar con atención, piensan antes de hablar y de actuar —¡se toman su tiempo!— y perseveran en hacer bien el trabajo que tienen entre manos”.

Hace unas semanas leí Momo, de Michael Ende. Puestas mis impresiones de lectura frente al espejo de Alma de profesor, ahora comprendo mejor a la protagonista, acompañada por la tortuga Casiopea. Qué bello símbolo.

domingo, 2 de mayo de 2021

Todo lo que vale, de Tim Gautreaux. Cuatro notas

 


Todo lo que vale. Tim Gautreaux. Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos. La Huerta Grande. 2021

I. Una satisfacción, volver a encontrar relatos de Gautreaux en español, su modo de escribir, sus temas y personajes sobre un fondo social poco complaciente, pero verídico: personajes trabajadores, en su mayoría de clases medias, medias bajas, de la Louisiana, que van a hacer la compra al WalMart, que acumulan trastos en sus jardines, que conducen tractores con alzheimer, habitan caravanas, padecen la disolución de los vínculos familiares y comunitarios, escuchan las broncas conyugales de los vecinos en el eco de silencioso de su soledad… Personajes empatizables. Y la perspectiva vital del autor. Los protagonistas de los relatos parecen seguir un patrón moral: quien responde, gana. El vecino puesto en fuera de juego por la vida, el abuelo en medio del naufragio familiar, el cura con su problema alcohólico, el jubilado hipocondriaco, el afinador de pianos y de almas, el revelador de carretes de fotografías que anda buscando historias, el joven que necesita salir del pueblo por un tiempo… Aunque la ganancia venga de un aprendizaje, más o menos, doloroso. Pero todos responden, y eso implica y transforma a cada uno, radicalmente. Una esperanza, nada dulzona, pero que tanto llega a añorar uno en la narrativa actual.

II. Un sólido narrador, Gautreaux. Su opción por un fondo moral sólido es palpable. Pero la buena literatura no se hace con fondos morales, aunque no pueda prescindir de ellos. No es la intención de este autor que la trama del bien y el mal se emborrone y se olvide en alguna conciencia que se autoexplora. El bien y el mal, en mil matices, van en las vidas e interacciones de los personajes, y el privilegio del buen narrador aquí es traernos con verosimilitud los momentos de decisión y las luces y dificultades que conllevan, en personalidades bien perfiladas. Justicia poética sí, tierna y sabiamente poética sobre todo, que reparte penas sin escarnio para los culpables y aprendizaje moral para quienes se deciden por el pequeño gran bien que un minuto cargado de invisible transcendencia reclama.

III. La opción moral de Gautreaux va bien modulada por la elección y configuración de su narrador: esa voz omnisciente -escandalizará a quien piense que la posmodernidad lo había liquidado, a beneficio de una primera persona siempre tan “auténtica”-, esa voz omnisciente que sin empacho pinta unos primeros párrafos de situación, ágiles, coloridos, incitadores para la lectura; que al final de una frase bien articulada no se corta al plantar una metáfora poderosamente sugerente, lírica, irónica o las dos cosas a la vez. “Pasó un peine por su pelo canoso, que era ondulado y blanco como el humo de leña”. O una imagen terrorífica: “Andy sonrió, dejando a la vista un par de incisivos amarillentos”, donde hemos visto un detalle cotidiano, vulgar, pero también el horror; y hemos presentido al lobo que trota en el personaje, y a la vez un atisbo de la tragedia. Pero abundan los personajes tratados con simpatía, sin almíbar, pero con comprensión. Y otro rasgo: una voz que mima los finales de relato, delicados, finamente simbólicos, como acorde final que recoge las notas que han ido sustentando el desarrollo de la tonalidad fundamental, notas “dejadas caer” con admirable arte elusivo a lo largo de la narración.

IV. Historias -es rasgo indeleble del mundo que trae el autor- de mecánicos, de gente habilidosa con máquinas, con bombas de presión, con pianos, con máquinas fotográficas, con motores, con pollos al horno, con tableros de circuitos eléctricos, con soldadoras… Gente capaz -o que aprende a serlo- de reparar algo que al final resulta ser sus vidas, las de los otros, sus familias, sus comunidades. Historias de segundas e insospechadas oportunidades. Verosímiles, luminosas.

domingo, 31 de enero de 2021

Tyrannosaurus Rex, de Juan Miñana

Llevo años leyendo con los alumnos el breve relato “Tyrannosaurus Rex”, de Juan Miñana. Un padre y una hija pequeña, el primer día en que se encuentran tras un proceso de separación entre el padre y la madre, un narrador -el padre- en primera persona. Un paseo por el puerto de Barcelona, calma tensa, culpabilidad, incomunicación… y un pequeño prodigio, creativo, de corazón, en la trama íntima y pudorosa de lo cotidiano. El relato, por lo que compruebo, sigue emocionando y provocando sonrisas que soy incapaz de sondear, pero que deben de venir de auténticas profundidades. Prodigio creativo de la narración y de la lectura, una vez más.

viernes, 22 de enero de 2021

Gracias por los héroes melancólicos

Echo mano, cada curso, de ese acierto de manual que se titula Estrategias de guion cinematográfico, de Antonio Sánchez-Escalonilla. No doy clase de guion, pero tengo alumnos de escritura creativa, de publicidad y de periodismo. Buscamos héroes, en las ficciones… y en la vida. Parece que los avistamos con más claridad en las primeras que en la segunda. Pero luego resulta que los de la segunda no surgen sin la influencia de los de las primeras. Y los de las primeras, si son genuinos, emergen en su esencia de los de la segunda. Es saludable vivir en este misterio y dejar que nos ilumine.

En el manual Sánchez-Escalonilla dedica un magnífico capítulo a la creación del personaje, y situándose en tradición clásica de la distinción e interpenetración de temperamentos y caracteres, me ha brindado cada año una clase que sigue iluminando a los alumnos. Héroes hay de todo tipo. En la última, una alumna de periodismo manifestaba su agradecimiento al autor del manual por hacernos ver que también existen los héroes melancólicos, los que habitan más en el rumiar interior temperamental que en la acción resuelta instantánea, y que los estándares de hombres y mujeres de acción de tanta ficción contemporánea no son los únicos héroes. Me sonreí y le di con gusto la razón. A veces un silencio sabio es la mejor acción, y otras veces una mirada, y otras un paso adelante aunque aún aleteen las dudas. Me lo vengo pensando desde entonces: cada persona irrepetible pide su héroe irrepetible. Así en las ficciones como en la vida.  

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dios no va conmigo, de Holly Ordway. Reseña en Aceprensa

 


Dios no va conmigo, Holly Ordway. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. 2019

Aquí está mi reseña en Aceprensa de esta narración autobiográfica de la profesora de literatura Holly Ordway. No es fácil relatar un proceso profundo de cambio, pero la autora lo hace bella y persuasivamente bien, y me dejó abiertas muy buenas vías de reflexión. 

Un buen ejemplo de construcción artística de la imagen narrativa de uno mismo, guiada por el deseo de conocer y comunicar la verdad.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Pensadores de frontera, de Jaime Nubiola: cuatro notas

Pensadores de frontera


Pensadores de frontera, Jaime Nubiola. Rialp, Madrid, 2020

I.
En medio de la multiplicidad desordenada de mensajes y propuestas, ejemplos y modelos, qué necesarios son hoy quienes han alcanzado un modo sabio de mirar. Rescatan la realidad de su caótica apariencia, nos la vuelven (ad)mirable, conversable, habitable. A ese rescate contribuye Jaime Nubiola con sus Pensadores de frontera. Me gustaría decirlo con algunas metáforas.  

II.
Paisaje. La diferencia entre unos altos chopos, el murmullo desordenado de las aguas de un río, la luz cambiante, la hierba salvaje, el caminillo que cruza, las piedras, el puente... y un paisaje, es una mirada que sabe encontrar el ángulo-de-admiración, ese ángulo desde el que la multiplicidad y su falta de conexión se vuelven unidad admirable. ¿Cómo conectan Hannah Arendt y Dostoievski, Camus y Thoreau, Peirce y Gertrude von Le Fort, María Zambrano y van Gogh...? Angulados en la mirada de Nubiola, que recoge intuiciones de Dios en veinte pensadores, escritores y artistas, tan distintos y tan profundamente cercanos.

III.
El muro. En la Presentación utiliza Nubiola una bella metáfora, que copio: el poeta estadounidense Christian Wiman se acercó a la fe gracias a aquel pasaje de Simone Weil de los dos prisioneros confinados en una cárcel. Entre ellos hay una gruesa pared de piedra y con el paso de los años aprenden a comunicarse mediante toques en la piedra. La pared es lo que les separa, pero también es el único medio que tienen para comunicarse. "Es lo mismo entre nosotros y Dios -explica Weil-. Lo que separa es lo que une". Para Wiman el muro de piedra es el lenguaje poético, pues al otro lado del esfuerzo creativo siempre está Dios. Cuando la cultura contemporánea parece alejarse de Dios, los ojos de la fe descubren que esa cultura realmente puede unirnos a Él. La poesía, la narración, el arte, el lenguaje es auténtica conversación, misterioso muro que vela al tiempo que revela la trascendencia y la Trascendencia. Victoria sobre la soledad. 

IV. 
Frontera. Qué bella cita del diario de Kierkegaard rescata el autor para presentarnos a Simone Weil: la vida solo puede comprenderse hacia atrás, pero debe vivirse hacia adelante, y la comenta así: Vivir en la frontera implica estar luchando permanentemente entre ambos polos: pasado y futuro se articulan creativamente en el presente. Esa tensión es casi siempre enriquecedora, pues hace saltar la chispa que ilumina y calienta la propia vida y la de los demás. Agustín, en las Confesiones, ya hablaba de la atención con la que el alma lucha contra su dispersión y desgarramiento entre el volverse hacia los recuerdos y el volcarse en las expectativas. Es esa misma tensión de frontera, donde se gana, solo creativamente, la unidad. Veinte breves, luminosas y cálidas narraciones de veinte habitantes de frontera, que inspiran e incitan a adentrarse en ella siguiendo las sendas de esos saberes de sentido -la filosofía, la poesía, la religión- que nos ayudan a salir de las estrecheces de la razón instrumental.


viernes, 10 de julio de 2020

Mal que bien, de Enrique García-Máiquez: cuatro notas


Mal que bien. Enrique García-Máiquez
Adonáis-Rialp. 2019



I.
En los versos de García-Máiquez siempre me maravilló y maravilla su luminosa potencia de creación de significado, con sus particulares estrategias. Se podría decir así: te lleva confiado por esos primeros versos del poema, donde parece que no ocurre nada, donde simplemente has comenzado un paseo con amigo afable y su sintaxis, de un elegante hablar cotidiano. Pero... cuando quieres darte cuenta estás en una caja de resonancia donde se multiplican y adensan los sentidos, pulsados por paradojas, antítesis, contrastes -sí, atentos a esta estrategia sempiterna de los poetas, la estrategia del 2, de lo uno y/sobre/contra/en/dentro de lo otro, tan efectivamente revivida en esta poética-. Quien cierre su vida a un único plano no podrá revivir esa verdad al leer estos poemas, o solo hará un ejercicio imaginativo de poco vuelo. ¿Lo extraordinario y lo ordinario? ¿la belleza de los brillos y la grisalla? Sería un modo de decirlo. Y he aquí una estética de gran calado.


II.
La literatura que habla de literatura, si en eso se queda, con qué poco se queda, y nos quedamos. El negativo de esta idea me vino al leer "Lady Macbeth", porque este poema regala la plenitud del argumento contrario. Si sus versos me trajeron por los nocturnos pasillos del castillo de Dunsinane, observando sobrecogido junto al médico y la dama tras una de aquellas cortinas, igualmente me devolvieron a mí mismo. La intertextualidad que no decanta en intracordialidad para el lector, es viajada palabrería, o poco más. Estos versos me devuelven con nueva claridad a la insistencia con que nos asedian las obsesiones, a las faltas que buscan redención y al desvarío de no dársela... La intertextualidad o los ecos o los aires de familia -como queramos llamarlo-, ha de ordenarse a la distancia estética con que la buena literatura nos invita a la verdadera comprensión de nosotros mismos. Y esas comprensiones solo vienen de la mano de los buenos amigos. ¿La obra literaria como un amigo? Sí, pero de eso hablaremos otro día.

III.
Democracia vertical o diacrónica, plebiscito de gente bienavenida, pausada y sabia... son modos de llamar a la tradición: vital, familiar, literaria, sin la que uno nunca sería su mejor posibilidad. Sin tradición solo queda el silencio: el malo, el envoltorio de la insignificancia. En Mal que bien se celebra la tradición, como todos los días se puede celebrar un café con los amigos, sin estridencias, por el puro juntarse a seguir buscando el bien común, grande o sencillo, que nos conforma y confirma. Presentes los ausentes, por el lenguaje que convoca a la familia, a los amigos, a escritores, personajes, Dios... Yo creo que escribir poemas es siempre un responder a una llamada, entrar inmerecidamente, por la iniciativa de otros, en una cálida casa. Escritura y gratitud son inseparables, como se prueba en este poemario.

IV.
Para Eliot el ritmo del poema debía hacer sus mímesis de los tempos del habla: la oral, la cotidiana, la invisible. Yo creo que el poeta, sin decirlo, camina por ahí con un espejo que refleja esos ritmos anónimos en que nadie se fija, y en que todos vivimos. Es artificio, sí, es un volver a lo que nos compone. Y en el propio volver se reconstruyen, con mayor claridad esos acentos, esos alientos, pausas, compases y medidas... y nos hace conscientes, reconscientes, de lo que permanece mientras pasa: el tiempo que esculpimos, que esculpieron nuestras madres hablándonos con arte en nuestros corazones, que resuena de nuevo en los poemas. No se confundirá el lector si siente, al leer mal que bien estos poemas, una extraña presencia familiar que reconcilia, en la forma y el fondo, con la vida... la mejor, la que intuimos de nuevo -muchas gracias Enrique- en la nuestra. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Ética en los conflictos de la modernidad, de Alasdair MacIntyre: cuatro notas


I. 
Acabo de leer Ética en los conflictos de la modernidad. Sobre el deseo, el razonamiento práctico y la narrativa, de Alasdair MacIntyre (Rialp, Madrid, 2017). Tres días de lectura intensa de estas 523 páginas que me han parecido apasionantes, al tiempo que muy exigentes. Con el libro lleno de papeles amarillos con anotaciones y de pegatinas de diverso color, comienza ahora el trabajo quirúrgico, la relectura selectiva, las luminosas constelaciones que cada uno trazamos en nuestro firmamento personal. 


II.
En 1994 estuve con MacIntyre en un breve seminario organizado por un grupo de teólogos y filósofos en Londres. Yo era un doctorando que andaba de profesor ayudante de español en la University of Wales. Había leído Tras la virtud, Justicia y racionalidad y Tres versiones rivales de la ética; y si había aprendido muchas cosas de aquellas lecturas, sobre todo era consciente de lo que aún tenía que aprender de aquellos textos que iba desentrañando poco a poco. Así que no iba a desperdiciar la oportunidad de conocer al autor. 

Fue en una biblioteca, entre estanterías de madera, cuando antes del coloquio me presentaron al filósofo escocés: de palabras justas, serio, educado, un fino y mesurado ironista. Durante el coloquio pude poner voz a tantos párrafos leídos, a aquellos razonamientos rigurosos, a aquellos argumentos a menudo sorprendentes por las conexiones, por la procedencia de los recursos intelectuales, por su apertura y actitud dialéctica.

Me armé de valor e hice una pregunta: por aquellos años rampaba la deconstrucción de Derrida en los estudios literarios, y aquel discurso de finitud, repetido por todas partes con machacona insistencia decretaba el fin de todas las razones por las que yo me dedicaba a la literatura. ¿Había que hacer oídos sordos entonces y seguir adelante? MacIntyre contestó -aunque ahora yo sería incapaz de recordar las palabras exactas- que había que distinguir entre la deconstrucción como filosofía antimetafísica, y la deconstrucción como método, pues sí había ideas que deconstruir. Más aún, como método servía para buscar la verdad, y nos contó que el propio Derrida en los seminarios sobre sus textos insistía en que los asistentes los leyeran bien y no se equivocasen al interpretarle. Me sirvió, mucho, para distinguir entre ideología y método: todo método procede de un humus ideológico, pero puede ser utilizado en otros contextos. Ahí estará su capacidad, en buena medida, como herramienta heurística. 

III.
En esta obra MacIntyre vuelve a poner en juego sus excepcionales dotes de filósofo, historiador y sociólogo; y en cada una de ellas ejercita su capacidad de entablar diálogo con toda corriente que le parezca que aporta algo de verdad: expresivismo, existencialismo, fenomenología, filosofía analítica, filosofía política, filosofía económica, capitalismo, marxismo... (qué interesante sería verle dialogar con Byung-Chul Han) desde su postura bien definida: neoaristotelismo tomista. Todo vertebrado sobre sobre una pregunta, o serie de preguntas que atañen al hombre común, y posteriormente al filósofo: ¿qué significa que la vida a alguien le va bien o mal? ¿en qué consiste ese ir? ¿en qué marco teórico se sitúan quienes responden a estas preguntas? ¿y quienes no las responden? ¿vivimos, los herederos de la modernidad, en un marco Moral determinado? ¿qué conflictos morales se generan ahí? ¿tiene la modernidad recursos teóricos y prácticos para resolverlos satisfactoriamente? ¿qué es ser un agente racional, y cómo se puede progresar o perder? ¿se puede buscar a realización personal en cuanto ser humano, más allá de la realización concreta posible que una cultura determinada puede ofrecer, sin salirse de la cultura que se habita y de la que se han recibido los recursos conceptuales y materiales? MacIntyre es implacable en la aplicación de su riguroso método, y la verdad es que obliga al lector a poner en juego todos sus recursos intelectuales -o a buscarlos si no los tuviese- para poder seguir la argumentación. Porque es un texto auténtica y exigentemente filosófico, si bien no académico en el sentido que ha venido a prescribir el sistema de investigación y publicación universitario.

IV.
Cuando publicó la versión original en inglés, MacIntyre tenía 87 años. Asombroso, porque sorprende la frescura intelectual y el gran vigor de esta obra en alguien de esa edad. Si Tras la virtud tuvo un papel seminal y revolucionario en la filosofía moral, e inauguró una investigación en marcha y siempre abierta, Ética de los conflictos de la modernidad es el último eslabón de esa cadena, de un metal muy bien aquilatado. En mi opinión, una cumbre de MacIntyre, especialmente atractiva por el peso que da al análisis e interpretación de vidas reales -capítulo final- desde esas preguntas por el auténtico desarrollo de la persona, donde la eudaimonía aristotélica o la beatitudo tomista entran en conflicto con la felicidad tardomoderna y señalan sus graves problemas. Obra verdaderamente reveladora, incisiva sin concesiones; y al mismo tiempo escrita desde un gran respeto y admiración por las mejores ideas y críticas de sus filosofías rivales.

De especial atractivo, ahora que estamos con el centenario de la Revolución Rusa, el análisis interpretativo-narrativo que hace de la vida y obra de Vassili Grossman (Vida y destino, Todo fluye...): aquel escritor, aquella persona que trascendió el problemático esquema moral de ser un buen soviético en tiempos de Stalin para descubrir en qué consiste ser un buen ser humano. Brisa fresca para los ámbitos estancos del determinismo cultural.

viernes, 22 de diciembre de 2017

viernes, 8 de diciembre de 2017

Interpreting our cultural and personal malaises, mis notas a The Burnout Society de Byung-Chul Han, Stanford University Press

Aquí tenéis mi reseña de The Burnout Society, de Byung-Chul Han (Stanford University Press, 2015), aparecida en el journal Church, Communication and Culture, en su último número monográfico dedicado a Dostoievsky, preparado por la profesora Federica Bergamino, de la Università della Santa Croce, Roma. Este número refiere a un congreso organizado por Bergamino en dicha universidad, cuyo libro de actas es este: Dostoevskij, abitare il mistero. Otro día comentaremos esta publicación.

Han no deja de publicar breves libros que abordan con perspicacia y razonabilidad aspectos de nuestra vida contemporánea. Desde hace un par de años, editoriales académicas norteamericanas (Stanford University Press y MIT Press) se han sumado al gran fenómeno difusivo de sus obras, comenzado en Europa y en Hispanoamérica bastantes años antes. 

En la edición de Stanford University Press aparecen contenidos inéditos en la primera versión española de Herder Editorial, que ya han sido incorporados en su segunda edición de 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Conferencia "Un menú de clásicos para la lectura" en Librería Neblí



Este próximo sábado 22 de abril, a las 12:30 h. (que nadie venga a medianoche), dentro del programa "La noche de los libros" (ciclo de actividades organizado por la Comunidad de Madrid), daré la conferencia Un menú de clásicos para la lectura, en la Librería Neblí, C/. Serrano 80, Madrid. Si podéis pasaros, me encantará compartir ese rato con vosotros.

jueves, 16 de febrero de 2017

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias: conferencia

Aquí se puede ver la conferencia que di en la Fundación Ibercaja. Aula en red, el 4 de octubre de 2016, sobre la lectura y la educación de los hijos. Espero que os guste.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El experimento del Dr. Heidegger, de Nathaniel Hawthorne: cuatro notas de lectura

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I. 
Necesitaba algo breve para leer en un par de trayectos de metro. Un cuento. Revolví los anaqueles de la biblioteca, di con Wakefield y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne. Como se revive el aroma de una agradable infusión, recordé en un todo inmatizado mis lecturas del autor: La letra escarlata, "Wakefield", "La hija de Rapaccini", "El velo negro del ministro", quizá alguno más... 

II. 
Opera, Sol, Sevilla, Banco... discurrían el metro y las páginas de "El experimento del Dr. Heidegger": una reunión de tres hombres decrépitos y una marchita dama, convocados en la casa de un doctor amigo. Un experimento que despierta incredulidad y la llamita de una pasión dormida. Quedó suspendida la historia, había llegado al Museo del Prado y quería volver a la sala de los venecianos. Los buenos libros permiten la suspensión de la lectura sin crear ansiedad; quizás es que ya no tengo quince años; quizás el cuento de Hawthorne habla precisamente de eso. 

III. 
Contemplé Cristo dando las llaves a San Pedro, de Vincenzo Catena. La sencilla acción ocurre en presencia de las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza, Caridad, alegorizadas en tres jóvenes mujeres. El espíritu es joven, dice la representación, entre otras muchas cosas. Ahora pienso en el contraste con los tres viejos de la velada en casa del Dr. Heidegger, en algún rincón de Nueva Inglaterra. Y pienso en El retrato de Dorian Gray... 

IV. 
Cierro los ojos y recuerdo aquella tarde de verano, la sala del Dr. Heidegger, al centro la mesita de madera negra con el vaso de agua, la rosa, la luz... representados con una muda viveza que juzga frágiles las vidas de los personajes del cuento. Objetos que dicen su estoica verdad, como en una estampa de Azorín.

sábado, 1 de octubre de 2016

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias... en Ibercaja Zaragoza

El próximo martes 4 de octubre doy una conferencia con este título, dirigida principalmente a padres y madres interesados en redescubrir el valor de la lectura para la felicidad de sus hijos y para toda la familia. Será en la sede de Ibercaja de Patio de La Infanta, C/. San Ignacio de Loyola 16, Zaragoza. A las 19 h. Todos los detalles aquí.

Si estáis por Zaragoza, tenéis hijos, os gusta leer (si se dan las tres condiciones, mejor que mejor), me encantará veros. ;)

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Grandes libros, vidas grandes

En un reciente artículo de The Atlantic leí que los alumnos de grados universitarios de negocios en USA (nuestros ADE) andan exigiendo asignaturas de humanidades (liberal arts) a sus universidades porque las empresas les están exigiendo precisamente eso: "quieren trabajadores que tengan la habilidad de pensar, de escribir, de comprender el contexto cultural o histórico de cualquier decisión de negocios que estén tomando".

Me pregunto si esto se puede conseguir sin leer literatura, más aún, buena literatura. Me respondo: no; o no tan rápido, no tan amena, no tan profundamente. Cuando en los años universitarios alguien hace la experiencia de leer Antígona, o Medea, o Macbeth, o El Principito en un contexto de diálogo y motivación por aquellas cosas que más nos importan en la vida, queda "tocado": ya nada vuelve a ser igual. Sabe más, sabe que quiere saber más, quiere comprender, quiere comunicar, contrastar, compartir lo comprendido, quiere salir a la calle con su puñadito de oro e invitar a todos a algo grande. Ya no quiere bajarse de la gran vida de los grandes libros. 




domingo, 21 de agosto de 2016

Dulcia in fundo... en la escritura creativa

Decían los clásicos que lo dulce está en el fondo, al final. ¿De qué? De un camino, de un proceso. Una idea esencial de la escritura creativa es que escribir es un proceso. La tradición norteamericana de la enseñanza de la escritura conecta con la idea clásica de que hay que caminar con el deseo de llegar al final. 

Caminar así nos hace llegar a lo dulce, pero también nos hace dulces. Las asperezas, lo inservible, lo paralizante, lo tóxico... va desapareciendo cuando hay una voluntad que se despoja de lo que desdibuja la ruta, que desestima lo que aparta del proceso.

*
Descubro estos días unos tilos en un bosquecillo cercano. Mi app para identificar árboles dice que el tilo es el árbol sagrado de los antiguos pueblos germánicos y bálticos. Ha llegado una brisa y las hojas del tilo difunden un rumor, como un secreto de muchos en una lengua que aún no sé leer.

viernes, 12 de agosto de 2016

La estepa infinita, de Esther Hautzig: cuatro notas de lectura

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I.
Un libro pide un momento: si puede ser leído a cualquier hora, de cualquier manera, pienso que debe de ser intercambiable, prescindible; pero también puede ser tan apasionante que venza la circunstancias. Para rematar, también creo que cuando se es muy joven, es más fácil tener estas experiencias de lectura hipnótica, incluso con libros de discutible calidad. Es misteriosa la lectura, ese encuentro entre la obra y el lector. Así que, si sigo afirmando que un libro pide un momento, lo afirmo con moderada convicción; quizás con reservas. Pero lo sigo afirmando, porque me parece que, con todas la salvedades, es verdad.

II. 
La estepa infinita, de Esther Hautzig, ha encontrado en mí su momento, físico y anímico. Ha sido una lectura buena. El interés humano es indudable: la deportación de la familia de judíos polacos a Siberia, la vida dura... Pero sobre todo me ha gustado la voz. Pertenece a alguien que cuenta desde décadas después. Una mujer adulta que cuenta unos años cruciales en la vida de una niña y luego una adolescente. Pienso que hay historias que solo se pueden, incluso se deben, contar mucho después de los hechos. Los hechos yacen pacientes a ese "momento de narración" justo. Justo en la vida del narrador, cuando la historia puede ser integrada en la historia más grande de quien narra. Quizás inmediatamente después de los hechos, estos todavía se resisten; podemos narrarlos, pero ejercemos una violencia sobre ellos, perdemos el sentido. Creo que habitualmente los hechos piden un periodo de paciente diálogo para ser asimilados, y los asimilamos al narrarlos. Esto es lo que supongo, y me cautiva, de La estepa infinita.

III. 
Por algunos momentos, la narración se deja llevar por detalles y anécdotas, de algún modo poco relevantes, aunque entretenidos. Pero también es verdad que la autora está contando los hechos, y así la narración transmite ese "efecto realidad" que cualquier puede reconocer porque le recordará el transitar de sus propios días, la impredictibilidad, la condensación inopinada de acontecimientos problemáticos durante una temporada y su contraste con épocas de atonía, de iluminación, de gozo.

La parte final es la que más me ha gustado, pero su buen efecto resulta en buena medida del ritmo contrastante de lo anterior. Creo que cuando Hautizg se permite alguna pequeña conclusión, sabia, le da una especial hondura a la anécdota narrada. Algunas veces no le hace falta, basta con la narración de los acontecimientos y el blanco de los espacios en la página.

IV.
¿Heroísmo de lo cotidiano? ¿Lo ordinario en lo extraordinario? Una sabiduría recorre las páginas... tan acostumbrados como estamos a narrativas-río, rebosantes de detalles, líquidas y sin cauce a alguna esperanza existencial, al descubrir una narración como La estepa infinita podemos experimentar un consuelo. Narrar desde un alejado "momento de narración", hechos tan duros, con una mirada tan humana, es un ejemplo ético para quien se plantee con sentido solidario el sentido de entregar una nueva narración a este mundo de todos. 

La estepa infinita, Esther Hautzig, Salamandra.

sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

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I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.