AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 20 de agosto de 2021

Alma de profesor. La mejor profesión del mundo, de María Rosa Espot y Jaime Nubiola: cuatro notas

 


María Rosa Espot y Jaime Nubiola. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2019


I. Lo leí casi de un tirón, pensando en este próximo curso, recordando ocurrencias y reflexiones de estas últimas semanas, experiencias de estos cursos pasados. Alma de profesor me ha hecho profundizar, asegurar, repensar, tomar decisiones… porque está escrito desde una larga dedicación a la docencia, en enseñanzas medias y superior; con un corazón sabio y profundo, con una cabeza habituada a pensar con libertad y eficacia.

Trae una serie de temas verdaderamente pertinentes, aunque algunos nunca aparecerán en una ley del Ministerio, ni en un consejo directivo… (ojalá sí). Buen ejercicio de lectura para quienes andamos saturados de directrices educativas abstractas que bajo la etiqueta de excelencia promueven prácticas imposibles, estresantes… que parecen confirmar el título de aquel libro de Gabriel Marcel: Los hombres contra lo humano. ¿No nos estaremos olvidando de lo esencial en la educación? Espot y Nubiola ayudan a despertar, y a ilusionarse. Aquí solo voy a desarrollar algunas de las muchas buenas impresiones que me llevo.

II. Apuestan Espot y Nubiola por los profesores lectores, porque los profesores sean grandes lectores. Qué acertada su respuesta al argumento de que la agitada vida contemporánea impone demasiadas dificultades a la lectura: “algunas otras personas […] precisamente leemos para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado”. Así es. Me han hecho perfilar bolígrafo en mano una metáfora que vengo cavilando desde hace tiempo: la lectura es como la mirada sobre un dilatado paisaje mientras viajamos en tren: mirar por la parte baja de la ventana del vagón nos presenta una masa escurridiza e informe, un sumidero de colores inestables: querer ver lo inmediato y cercano, resulta en una paradójica confusión que marea; en cambio, alzar la mirada a los horizontes colgados en la parte alta de la ventana nos devuelve el don del paisaje, la claridad de las grandes líneas que confluyen, la permanencia de colores y matices, el tiempo revestido de eternidad en que descansar el alma. La lectura es ese alto mirar por la ventana, el acorde de nuestro tiempo más humano con lo eterno que intuimos en todas las cosas.  

III. Las páginas que dedican los autores a la enseñanza de la escritura me han parecido un magnífico compendio de frutos que solo llegan con dedicación de años, enjundiosos, y que en estas páginas se comparten en confianza. Como indican, escribir puede ser un insustituible modo de compartir —ese verbo con el que los jóvenes expresan la necesidad de vínculo y de entrega auténtica—. Un modo que difícilmente descubrirán si no es de la mano del profesor, que enseña a pensar —he decidido que les diré a mis alumnos “No quiero que penséis lo que yo pienso, sino que penséis conmigo”—, a comunicar; a fomentar el inconformismo con la vaguedad, la enemistad con el cliché; la disonancia con el pensar, sentir y amar inarticulados y anónimos —aunque suenen a la moda—. “¡Cuántas veces escribir alivia el alma!”. Sí: sacar afuera, leer adentro. Al leer lo escrito, leerse. Al corregir, corregirse. Al afinar, afinarse. Al descubrir, descubrirse, como quien acaba de caer en la cuenta de la cercanía de un amigo.

Y además está esa exigencia de forma, como proponen los autores, de estructura, de fondo, de conexiones entre todo lo que concurre en el texto que nace. Pienso que escribir es un modo de formar el mundo, de reducir el caos de la experiencia, de ganar paciencia para con uno mismo y los otros. No perdamos el tiempo en la escuela, en la universidad.

IV. Otro de los asuntos abordados en el libro, que me ha interesado con avidez es el del alumno introvertido. Espot y Nubiola visibilizan este tipo de persona-alumno; así como el sesgo educativo generalizado en Occidente que favorece el ideal o condición de persona extrovertida. Me han hecho recordar una clase que doy cada año sobre temperamentos y caracteres en la configuración de héroes de ficción. Sigo el magnífico manual de Estrategias de guion cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla; y este curso pasado, en el silencio denso de la clase atenta, una alumna del grado de periodismo tuvo una auténtica iluminación: también los introvertidos y melancólicos pueden ser héroes. En Alma de profesor se indica que frente a los discursos machacones del trabajo en equipo o a la tendencia al estereotipo del liderazgo como función reservada a extrovertidos, “la creatividad es muchas veces mayor cuando se trabaja en solitario”. Y aquí los extrovertidos pueden llevar una buena ventaja. Si trabajan, claro. Y si cerca de ellos hay un profesor que sabe ver y hacer ver las riquezas únicas y las posibilidades de cada alumno y alumna, sean introvertidos o extrovertidos. “Los introvertidos gustan del silencio, saben escuchar con atención, piensan antes de hablar y de actuar —¡se toman su tiempo!— y perseveran en hacer bien el trabajo que tienen entre manos”.

Hace unas semanas leí Momo, de Michael Ende. Puestas mis impresiones de lectura frente al espejo de Alma de profesor, ahora comprendo mejor a la protagonista, acompañada por la tortuga Casiopea. Qué bello símbolo.

martes, 26 de enero de 2021

Buscando el relato de cada día

Paul Ricoeur dice que la vida busca narración. Y se refiere a la de cualquiera, y en cualquier momento. Creo que cuando subes al metro, entras en la Facultad, quedas con un amigo para un café estás buscando una narración, sin darte cuenta. Quieres que el tiempo, ese tiempo concreto e irrepetible del que eres protagonista junto con otros, tenga sentido, valor, se pueda recordar… “lo que aprendí”, “lo que viví”, “lo que me enseñaron”, “lo que amé”, incluso “lo que sufrí”. Justo como un relato, un microrrelato, el capítulo de una extensa novela que atrae por su misterio, un intenso poema, una estampa lírica… vamos combinando los géneros literarios de la vida, al hilo de ella misma.

Leí hace tiempo una novela conmovedora y profunda en su sencillez, Katrina, donde aprendí que quien vive entregado a las llamadas valiosas del tiempo en que vive se convierte en el protagonista -coprotagonista- y narrador de una historia irrepetible.

domingo, 24 de enero de 2021

Una neurocientífica se asusta, pero todo termina bien

Leyendo el libro de Sherry Turkle Reclaiming Conversation. The Power of Talk in a Digital Age (En defensa de la conversación) me encontré con la historia de Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Tufts. Maryanne llevaba años estudiando la fractura en la capacidad de atención de los alumnos universitarios como resultado de la exposición continua a las pantallas. No se notaba personalmente afectada por el fenómeno, hasta que una tarde se sentó a leer El juego de los abalorios, de Herman Hesse, uno de sus autores favoritos. Descubrió que se le hacía imposible centrarse en el libro. Entró en pánico, ¿sería irrecuperable la atención de la que siempre había disfrutado en la lectura literaria, y que ahora no encontraba como resultado de su continua actividad online? Le llevó dos semanas de esfuerzo sostenido recuperar el hábito de lectura profunda que pide la literatura más valiosa, incompatible con la atención escindida propia de la multitarea. Como neurocientífica encontró explicación y esperanza en su propio campo: por su plasticidad, el cerebro organiza su forma según las actividades en que la persona se implica; este modelado facilita la ejecución de esas actividades, pero no de otras, que piden otro. Nunca es tarde -pero tampoco sin esfuerzo- para recobrar hábitos que remodelarán el cerebro, de modo que la base neurobiológica facilite la atención en la lectura. Experiencia de leer, que nunca agradeceremos suficientemente a tantos siglos de esfuerzo y desarrollo.

Física, biología, libertad, ilusión: misterio humano, riqueza insustituible.

jueves, 21 de enero de 2021

Vivir para leer

La impresionante biografía de Dostoievsky de Joseph Frank me la leí en los meses del confinamiento más estricto. Recuerdo muchas cosas, y con el tiempo he ido sacando algunas conclusiones. Una es que el universo de personajes, tramas, conflictos, dudas y convicciones que se expande en sus novelas hubiera sido imposible sin aquella intensa vida de interacción del autor. Ya sé que es un asunto debatible, con interesantes contraejemplos, pero no voy a entrar ahí. Lo que me ha hecho rumiar sobre este asunto es un párrafo de Alasdair MacIntyre en Animales racionales dependientes, donde señala que el conocimiento que en la vida cotidiana conjeturamos de las intenciones de los otros, es un asunto de nuestra capacidad de responder simpática y empáticamente; pero esta capacidad solo se desarrolla mediante nuestra interacción. Una interacción constante e implicada en la convivencia cotidiana. Atenta y delicada. Tantas veces doliente. Con luces en la penumbra. Contribución necesaria para ser lectores logrados, y ponernos en el lugar del otro y rellenar los huecos que el escritor ha dejado para nuestra cooperación. Pero sin interacción implicada en la convivencia, no puede haber lectores logrados.

Sospecho que la devaluación y dificultad actuales de la presencia tienen algo que decir en el marchitamiento de la lectura que se nota entre jóvenes. Sin exposición al rostro del otro no hay interacción profunda y tantos lectores ya no llegarán al alto riesgo de la literatura y ni a su ganancia. Apasionantes retos, entonces.     

martes, 19 de enero de 2021

Alto soy de mirar a las palmeras

La presencialidad del primer cuatrimestre era un bien escaso. Tras las mascarillas había estudiantes de periodismo, eso no iba a dudarlo, aunque la nueva irrealidad siguiera su curso. Había que aprovechar el tiempo. Ahora pienso que me aferraba en aquellos días a algo de lo que entonces ni siquiera era consciente, pero que ahora llamaría fe, la de uso diario, la que sostiene el mundo y a uno mismo, fina. Aquellos días hablábamos de literatura, y de qué podía hacer por nosotros si nosotros hacíamos algo por ella. Así que llegamos a un día especial, aunque un día de estos es imprevisible, pero yo me había traído a clase mi antología de Miguel Hernández, la de Cátedra, comprada en una librería de ocasión. Debe de ser la misma fe, la que pone las ocasiones. Bien, días antes había recordado una conversación de hacía tiempo, con un amigo que me contaba que había leído un verso de Miguel Hernández en su clase, “Alto soy de mirar a las palmeras”, el primer verso de El silbo de afirmación en la aldea. Ocurre que algunos versos se quedan. Siempre que recordaba este verso brotaba una presencia de altura, de luminosidad levantina, de otro aire. Lo había experimentado tantas veces. Así que yo también lo leí a los alumnos con una fe a fondo perdido en que somos aquello que miramos, aquello que leemos. Dejé que resonara. Y sigue.

martes, 29 de octubre de 2019

III European Liberal Arts and Core Text Education Conference. Cuatro notas

Caring for Souls: Can Core Texts Educate Character?

I.
Hace unas semanas participé en el III European Liberal Arts and Core Texts Education Conference, organizado por el Instituto Core Curriculum de la Universidad de Navarra, dirigido por José María Torralba. Es bello conversar sobre libros que amas, que van contigo. Y afuera, en el campus, flotaban los tonos amarillos del gingko y de los álamos, los colorados de las hayas... hojas entre hojas...

II.
Cuidar de las almas. La literatura que habito en la lectura es la que despliega ante mí un mundo, con benevolencia, sin paternalismo. Es la hospitalidad del texto. En las clases en la Facultad, en la Complutense, cuando semana a semana conversamos sobre lo que hemos descubierto en un gran libro, estamos cuidando unos de otros. Más allá del significado del texto, llegamos a la significancia, lo que Ricoeur designa como lo que el lector actualiza en el texto para sí, para su vida. Es lo que nos ofrecemos, lo que escuchamos con respeto y acogida. Somos una comunidad lectora, heterogénea, pero atenta al otro.

III. 
Para Ricoeur leer es como interpretar una partitura: el objeto artístico literario disponible para todos, solo se convierte en objeto estético, en vida íntima, en la lectura. Hemos hecho cantar al texto con el tono único de nuestra voz y nuestra vida. ¿Cómo leer en voz alta "Mañana y mañana y mañana", el verso de Macbeth en ese momento denso, poético y trágico de la obra? Nos afina, nos convoca a poner todo de nuestra parte. La literatura pide sinceridad, cuando ella la da.

IV. 
Durante los días del congreso hablábamos de Dostoievski, Salinger, Dante, Sófocles, Homero, Ovidio, Cervantes, Bernad Shaw, Chesterton... y también con ellos. Ahora, en este cálido otoño de Madrid, voy leyendo Bacantes de Eurípides y siento la presencia de esta compañía de grandes autores y sus susurros en la lectura. Una conversación interminable.


domingo, 7 de mayo de 2017

miércoles, 19 de abril de 2017

Conferencia "Un menú de clásicos para la lectura" en Librería Neblí



Este próximo sábado 22 de abril, a las 12:30 h. (que nadie venga a medianoche), dentro del programa "La noche de los libros" (ciclo de actividades organizado por la Comunidad de Madrid), daré la conferencia Un menú de clásicos para la lectura, en la Librería Neblí, C/. Serrano 80, Madrid. Si podéis pasaros, me encantará compartir ese rato con vosotros.

jueves, 16 de febrero de 2017

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias: conferencia

Aquí se puede ver la conferencia que di en la Fundación Ibercaja. Aula en red, el 4 de octubre de 2016, sobre la lectura y la educación de los hijos. Espero que os guste.

sábado, 1 de octubre de 2016

Mejores lectores, mejores personas, mejores familias... en Ibercaja Zaragoza

El próximo martes 4 de octubre doy una conferencia con este título, dirigida principalmente a padres y madres interesados en redescubrir el valor de la lectura para la felicidad de sus hijos y para toda la familia. Será en la sede de Ibercaja de Patio de La Infanta, C/. San Ignacio de Loyola 16, Zaragoza. A las 19 h. Todos los detalles aquí.

Si estáis por Zaragoza, tenéis hijos, os gusta leer (si se dan las tres condiciones, mejor que mejor), me encantará veros. ;)

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Grandes libros, vidas grandes

En un reciente artículo de The Atlantic leí que los alumnos de grados universitarios de negocios en USA (nuestros ADE) andan exigiendo asignaturas de humanidades (liberal arts) a sus universidades porque las empresas les están exigiendo precisamente eso: "quieren trabajadores que tengan la habilidad de pensar, de escribir, de comprender el contexto cultural o histórico de cualquier decisión de negocios que estén tomando".

Me pregunto si esto se puede conseguir sin leer literatura, más aún, buena literatura. Me respondo: no; o no tan rápido, no tan amena, no tan profundamente. Cuando en los años universitarios alguien hace la experiencia de leer Antígona, o Medea, o Macbeth, o El Principito en un contexto de diálogo y motivación por aquellas cosas que más nos importan en la vida, queda "tocado": ya nada vuelve a ser igual. Sabe más, sabe que quiere saber más, quiere comprender, quiere comunicar, contrastar, compartir lo comprendido, quiere salir a la calle con su puñadito de oro e invitar a todos a algo grande. Ya no quiere bajarse de la gran vida de los grandes libros. 




domingo, 6 de marzo de 2016

Negro escandinavo

Recuerdo los títulos que leí de la serie del inspector Wallander, de Henning Mankell; serán algo más de una decena. Al preguntarme qué motivó aquel interés, surge de nuevo el personaje, como un volumen bien construido: una doliente humanidad, vibrante, sobre un plano oscuro, tremendo. Este contraste, lo veo, era una estructura sólida.

Tras sesentaypico páginas dejo hoy de leer otra novela de una autora de este mismo género negro escandinavo: el segundo plano se adelanta hasta hacer que las truculencias, mezquindades, las sordideces inanes, los recursos de "efecto realidad" -como escribía Barthes-, aneguen los endebles trazos humanos que parecían prometer un conocer relevante.

Oscurece en la tarde, de llamativa belleza: vistos en perspectiva, los cúmulos se apelmazan en densas manchas, orladas de fuego.

sábado, 27 de febrero de 2016

Odisea de Homero: cuatro notas de relectura

I.
Uno de los pasajes más conmovedores de la Odisea es el encuentro de Ulises y su viejo perro, Argos. Veinte años ha esperado Argos, ha subsistido en el abandono de quienes debían cuidarlo, y no lo hicieron. Ausente el amo, se relajaron los cuidados de las cosas de la casa. Así como la negra noche encierra a los hombres en sí mismos y limita sus acciones, pues de igual manera una tristeza viene pesando sobre el hogar de Ulises. Llegamos ahora a esta escena, breve, intensa: el perro viejo yace sobre un montón de estiércol a las puertas del palacio de su amo. Imagen dura, emblema de desamparo, que prepara el clímax emocional: Ulises, disfrazado, dialoga con un porquerizo; Argos, al percibir la voz del amo, yergue la cabeza, Ulises se acerca, el perro agacha las orejas y bate el suelo con la cola: más fuerzas ya no le asisten. Ulises "desvió su mirada, enjugóse una lágrima". Entra en el palacio. Argos muere. Continúa la Odisea

II.
Siempre se lee desde un lugar, hacia otro lugar. El texto es un alto, un promontorio, de transitoria habitación.

III.
Penélope reconoce a Ulises, el texto exalta el encuentro, y Homero, como suele, pinta una imagen para ese momento, intensificado así y como absuelto del sucederse del tiempo. Solo brevemente. Es el ritardando del arte para que paladeemos la dicha que, como todo, se escapa. ¿No es eso lo que hacemos con lo grande y lo bello, intentar retenerlo con imágenes, palabras, signos, rituales? 

IV.
"Odiseo lloraba, abrazado a su dulce y honesta esposa. Así como la tierra aparece grata a los que vienen nadando porque Poseidón les hundió en el ponto la bien construida embarcación, haciéndola juguete del viento y del gran oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir nadando del espumoso mar al continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la tierra muy alegres porque se ven libres de aquel infortunio: pues de igual manera le era agradable a Penelopea la vista del esposo y no le quitaba del cuello los níveos brazos." (Trad. Luis Segalà y Estalella).

Pero era Ulises el náufrago, y Penélope quien acogía; Ulises, el mar, el peligro; Penélope, la tierra, las raíces. ¿Por qué ese intercambio de valores en la metáfora? Extrañamientos familiares que la gran literatura nos regala; familiaridades extrañas que establece con la vida. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

El buey y la mula como manera de leer: cuatro notas

I.
Releyendo un texto de Joseph Ratzinger sobre la Navidad (Imágenes de la esperanza, Ed. Encuentro), me quedo rumiando estos versos de Isaías (1,3) “Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. Es uno de estos preciosos ecos, sutiles hasta desvanecerse, que acuden a los relatos del nacimiento de Jesús: hasta los animales conocen lo esencial, mientras los hombres no lo ven.

II.
Ayer releía el relato “El violín de Rothschild”, de Chejov y comprobaba lo hondo que se me había colado esta historia. Quizás por la relectura. Frecuentar lo valioso engendra relaciones delicadas, difíciles de traer a las palabras; y en esa delicadeza, estas relaciones demuestran su asombrosa fortaleza.

III.
A veces añoro una comunicación más honda con todo. Un modo de mirar menos marcado por la ironía. La ironía es, frecuentemente, distancia de seguridad, ejercicio de dominio. La ironía forja una imagen de lo que tiene enfrente, y la vapulea. ¿Podemos, hoy, mirar, leer, sin ironía?

IV.

Me gustaría leer como el buey y la mula, con la confianza de Isaías, con el riesgo de que algo grande se pueda revelar en la lectura, de que la vida no sea soledad, con la esperanza de que lo Nuevo pueda tener su acontecimiento entre la sencillez de lo ordinario, como en un cuento de Chejov, como en un portal de Belén.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La fragancia del vaso: una nota sobre Azorín, Cervantes

Este capítulo de Castilla, de Azorín, es de esas cosas que, puestos a hacer una apresurada maleta, metería sin pensármelo.


Entra la luz primera por el tamiz de los visillos. El cuarto de la fonda donde habéis pasado la noche es modesto. Una mesa recia de pino, una silla a juego, una jofaina sobre el poyo de la ventana, os acompañan. Sobre la mesa, el librito de Azorín y otro de Cervantes, La ilustre fregona. Os habéis despertado con el quiquiriquí de esos gallos arcanos de los pueblos. No habéis querido faltar a la llamada y pronto os habéis aseado y ya estáis sentados frente a la mesa, releyendo el librito de Azorín, revolviendo las páginas de la novella de Cervantes. La luz va enjalbegando la pared a la que se enfrenta la mesa, y difundiendo una claridad por el cuarto. Pero vosotros no reparáis, y seguís enfrascados en la relectura, en esa fragancia antigua. Constancica, la heroína de Azorín, salta al libro de Cervantes, y vuelve al de Azorín. Como de la mano os lleva Constancica a aquellos otros ratos de lectura, a aquella primera vez. Habéis sacado unas cuartillas en blanco y comenzáis a emborronarlas con no sabéis qué pensamientos. Llega un rumor de conversaciones del piso de abajo. Se escuchan voces femeninas, una es admonitoria y lacónica; la otra, aguda y cantarina. De la calle, sube el golpeteo rítmico de los cascos de alguna cabalgadura, que en un momento se adivina bajo la ventana, y que luego se la siente alejarse con su cadencia sorda. Pero nada de esto habéis oído. Miráis con un nostálgico sobresalto el reloj y pensáis que hay que hacer la maleta, y en ella metéis apresuradamente a Azorín y Cervantes y las cuartillas. El recuerdo, como la fragancia del vaso del vino apurado, os aturde dulcemente. Salís, una vez más, a la calle.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Adviento

Recuerdo, cuántos años, la preparación de la Navidad. No la escapada a por el tierno musgo para el Belén, ni al ultramarinos a por las lustrosas castañas, la redecilla de nueces, los higos secos, de prieta enjundia y piel emblanquecida, como un cuento antiguo… Lo que ahora recuerdo es el Adviento, la preparación del advenimiento del Niño Dios. Cuántos advientos… Intento recuperarlos y me desdoblo en alguien que escava y descubre entre estratos el dibujo de un deslizamiento que corta los lechos depositados por los años…
Me pregunto, al recorrer el dibujo hondo de las líneas de la palma de mi mano, si en tantas ilusiones en la vida —perdidas, ganadas, transfiguradas— no volví cada vez, inconsciente, por esa senda antigua aprendida en un Adviento de niño: “Prepararte para lo que vendrá; ponte en camino”. Como esos libros que en la lectura te recomponen de las trizas de los días, te juntan por tu nombre y te llevan hacia un brillo. Como las esperanzas.

Bueno, ya está, ya estoy, otra vez aquí: el Adviento.

viernes, 18 de septiembre de 2015

J. R. R. Tolkien. El árbol de las historias, en Espacio Leer: cuatro notas


I.
Tiene algo de visita ultraterrenal. Cuando el traductor se encuentra con el autor traducido -y no me refiero a haber traducido a Wordsworth, eso sería vudú- se produce una encarnación: tú, que tanto te has peleado con las palabras dichas por su espíritu, un día se te aparece en carne mortal, y te dice How are you? Pleased to meet you, y experimentas una dimensión extraña, y te sientes un poco astronauta sin escafandra, ligeramente mareado, parcialmente redimido, como superando una meta volante del Juicio Final. Otro día escribiré de esto. Lo que viene al caso es que ayer se me apareció Colin Duriez, cuyo J. R. R. Tolkien. Génesis de una leyenda traduje hace no mucho. Y tuvimos un muy buen rato de conversación, me sentí inkling y todo. Además, había sido convocado por Pablo Gutiérrez, Director Adjunto del Servicio de Actividades Culturales de la Universidad CEU San Pablo, a una comida con Colin, Maica Rivera y profesores de esta universidad. Disfruté mucho.

II.
Colin había venido a participar en la presentación del libro colectivo J. R. R. Tolkien. El árbol de las historias, coordinado por la profesora María Isabel Abradelo, en Espacio Leer. Allí, una concurrida audiencia pudimos escuchar el texto de Colin, en un agradable inglés británico, y asistir al coloquio. El texto de Colin, "Tolkien for all ages", viene sobre todo a valorar su aporte literario y cultural, algo así como una Aneca periódica con los clásicos, para pulsar su contemporaneidad, es decir, su universalidad, y que siga sonando un buen acorde, en ese encuentro con nosotros -otro día hablamos de Paul Ricoeur.

III.
Me contaba Maica que esa curiosa mitad del local, atestada de trajes, es un co-working con unas modistas. Yo le comenté que hacía tiempo que esta yuxtaposición libros y trajes me tenía intrigado. Como el ser humano no puede dejar de interpretar para vivir (Ricoeur otra vez), de establecer relaciones e integrar, le conté que para resolver este misterio había buscado entre unos y otros objetos la cualidad del tejer: textos y trajes se deben a esa común naturaleza. Me invitó a escribir un relato. Tomo la invitación. 

IV.
J. R. R. Tolkien, el árbol de las historias, un volumen para disfrutar, aprender, y comprobar si la reivindicación de Tom Shippey, que hace a Tolkien el autor del siglo XX, gana o no plausibilidad. El tiempo es el mejor lector; terrible, indeed.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Javier Aparicio Maydeu en Espacio Leer: cuatro notas



I.
Vuelves del verano e inevitablemente hay cosas que te gusta que sigan donde estaban, y otras que preferirías que ya no estuviesen. Espacio Leer es de las primeras. Ayer fue un suave empujoncito para acabar de ajustar el modo mental "Curso"; sí, ya estamos a lo que estamos, y a toda vela.

II.
Un descubrimiento, Javier Aparicio Maydeu y su tetralogía sobre la escritura literaria, en el diálogo de ayer. Una tertulia viva con alguien que habla desde un lugar de experiencias largas y aquilatadas sobre la escritura, la literatura, el sistema comercial, escritores... No recuerdo si era Agamben, a quien le leí algo sobre la pérdida de la experiencia en nuestra sociedad, donde todo es de ayer mismo, y no hay recorridos largos que alimenten memorias ni experiencias transmisibles. Bueno, pues ayer, en ese formato gruyere que tienen estas tertulias, agujereadas por la curiosidad y el derrotero incierto de la conversación, tocamos experiencia. 

III.
El sentido elitista de la cultura, la alta literatura, entre muchos otros temas... clarísimo. Argumentaba Fernando Rodríguez Lafuente, y entre matices y anécdotas se asentaba pacíficamente la idea. Ahora me voy a ahorrar la matización de que "cultura" es término plurívoco, de la tupida red de tradición-mediación-hibridación, de niveles, de que no se trataba de un alegato fascista, bla bla bla... Elite no es desprecio, es avance en nombre de todos, porque todos, evidentemente, no podrán nunca avanzar al mismo paso. Y las élites espurias se apochan como fruta advenediza y huera.

IV.
Interesantísima tetralogía, creativa desde el mismo diseño gráfico de las páginas, de escritor que está pidiendo a gritos complicidades; y unos contenidos de alta pertinencia para quien esté en la galaxia-escritura, enseñando, aprendiendo, leyendo, escribiendo, pensando la creación y la creatividad (ineresante distinción), los cómos y los porqués y los quiénes. To be continued.

miércoles, 24 de junio de 2015

Espacio Leer



Se va consolidando el Espacio Leer como un lugar de encuentros literarios. He tenido la suerte de asistir a tres (sobre autores actuales de 30 años, sobre la actualidad del mito de Orfeo, sobre la obra de teatro La última sesión, diálogo Freud-C. S. Lewis); suerte, porque no es frecuente ni en la calle ni en ámbitos culturales un clima de diálogo cordial. La iniciativa está llevada a cabo con profesionalidad, los detalles están cuidados con mimo, el local llama la atención por su limpieza y la sugestiva luz vespertina que entra por la cristalera; doy fe de que los invitados y el público se encuentran a gusto, y hay pasión por parte de los organizadores. 

No creo que sea por las lecturas de Byung-Chul Han -aunque su aporte han tenido-, pero cada día  me autolimito con más prudencia en Internet, aprecio más las "presencias reales" de las personas -ahí está Steiner-, intento captar y seguir los ritmos del encuentro presencial. Y no es fácil. Las inercias de la aceleración, de las rupturas rítmicas, del deslizamiento vertiginoso por las superficies de todo van quedando metabolizadas... por no hablar de la dificultad para un auténtico slow reading... Por eso reconforta Espacio Leer, un Lugar, con mayúsculas. Un Acontecimiento.