AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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domingo, 24 de diciembre de 2017

Ética en los conflictos de la modernidad, de Alasdair MacIntyre: cuatro notas


I. 
Acabo de leer Ética en los conflictos de la modernidad. Sobre el deseo, el razonamiento práctico y la narrativa, de Alasdair MacIntyre (Rialp, Madrid, 2017). Tres días de lectura intensa de estas 523 páginas que me han parecido apasionantes, al tiempo que muy exigentes. Con el libro lleno de papeles amarillos con anotaciones y de pegatinas de diverso color, comienza ahora el trabajo quirúrgico, la relectura selectiva, las luminosas constelaciones que cada uno trazamos en nuestro firmamento personal. 


II.
En 1994 estuve con MacIntyre en un breve seminario organizado por un grupo de teólogos y filósofos en Londres. Yo era un doctorando que andaba de profesor ayudante de español en la University of Wales. Había leído Tras la virtud, Justicia y racionalidad y Tres versiones rivales de la ética; y si había aprendido muchas cosas de aquellas lecturas, sobre todo era consciente de lo que aún tenía que aprender de aquellos textos que iba desentrañando poco a poco. Así que no iba a desperdiciar la oportunidad de conocer al autor. 

Fue en una biblioteca, entre estanterías de madera, cuando antes del coloquio me presentaron al filósofo escocés: de palabras justas, serio, educado, un fino y mesurado ironista. Durante el coloquio pude poner voz a tantos párrafos leídos, a aquellos razonamientos rigurosos, a aquellos argumentos a menudo sorprendentes por las conexiones, por la procedencia de los recursos intelectuales, por su apertura y actitud dialéctica.

Me armé de valor e hice una pregunta: por aquellos años rampaba la deconstrucción de Derrida en los estudios literarios, y aquel discurso de finitud, repetido por todas partes con machacona insistencia decretaba el fin de todas las razones por las que yo me dedicaba a la literatura. ¿Había que hacer oídos sordos entonces y seguir adelante? MacIntyre contestó -aunque ahora yo sería incapaz de recordar las palabras exactas- que había que distinguir entre la deconstrucción como filosofía antimetafísica, y la deconstrucción como método, pues sí había ideas que deconstruir. Más aún, como método servía para buscar la verdad, y nos contó que el propio Derrida en los seminarios sobre sus textos insistía en que los asistentes los leyeran bien y no se equivocasen al interpretarle. Me sirvió, mucho, para distinguir entre ideología y método: todo método procede de un humus ideológico, pero puede ser utilizado en otros contextos. Ahí estará su capacidad, en buena medida, como herramienta heurística. 

III.
En esta obra MacIntyre vuelve a poner en juego sus excepcionales dotes de filósofo, historiador y sociólogo; y en cada una de ellas ejercita su capacidad de entablar diálogo con toda corriente que le parezca que aporta algo de verdad: expresivismo, existencialismo, fenomenología, filosofía analítica, filosofía política, filosofía económica, capitalismo, marxismo... (qué interesante sería verle dialogar con Byung-Chul Han) desde su postura bien definida: neoaristotelismo tomista. Todo vertebrado sobre sobre una pregunta, o serie de preguntas que atañen al hombre común, y posteriormente al filósofo: ¿qué significa que la vida a alguien le va bien o mal? ¿en qué consiste ese ir? ¿en qué marco teórico se sitúan quienes responden a estas preguntas? ¿y quienes no las responden? ¿vivimos, los herederos de la modernidad, en un marco Moral determinado? ¿qué conflictos morales se generan ahí? ¿tiene la modernidad recursos teóricos y prácticos para resolverlos satisfactoriamente? ¿qué es ser un agente racional, y cómo se puede progresar o perder? ¿se puede buscar a realización personal en cuanto ser humano, más allá de la realización concreta posible que una cultura determinada puede ofrecer, sin salirse de la cultura que se habita y de la que se han recibido los recursos conceptuales y materiales? MacIntyre es implacable en la aplicación de su riguroso método, y la verdad es que obliga al lector a poner en juego todos sus recursos intelectuales -o a buscarlos si no los tuviese- para poder seguir la argumentación. Porque es un texto auténtica y exigentemente filosófico, si bien no académico en el sentido que ha venido a prescribir el sistema de investigación y publicación universitario.

IV.
Cuando publicó la versión original en inglés, MacIntyre tenía 87 años. Asombroso, porque sorprende la frescura intelectual y el gran vigor de esta obra en alguien de esa edad. Si Tras la virtud tuvo un papel seminal y revolucionario en la filosofía moral, e inauguró una investigación en marcha y siempre abierta, Ética de los conflictos de la modernidad es el último eslabón de esa cadena, de un metal muy bien aquilatado. En mi opinión, una cumbre de MacIntyre, especialmente atractiva por el peso que da al análisis e interpretación de vidas reales -capítulo final- desde esas preguntas por el auténtico desarrollo de la persona, donde la eudaimonía aristotélica o la beatitudo tomista entran en conflicto con la felicidad tardomoderna y señalan sus graves problemas. Obra verdaderamente reveladora, incisiva sin concesiones; y al mismo tiempo escrita desde un gran respeto y admiración por las mejores ideas y críticas de sus filosofías rivales.

De especial atractivo, ahora que estamos con el centenario de la Revolución Rusa, el análisis interpretativo-narrativo que hace de la vida y obra de Vassili Grossman (Vida y destino, Todo fluye...): aquel escritor, aquella persona que trascendió el problemático esquema moral de ser un buen soviético en tiempos de Stalin para descubrir en qué consiste ser un buen ser humano. Brisa fresca para los ámbitos estancos del determinismo cultural.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Interpreting our cultural and personal malaises, mis notas a The Burnout Society de Byung-Chul Han, Stanford University Press

Aquí tenéis mi reseña de The Burnout Society, de Byung-Chul Han (Stanford University Press, 2015), aparecida en el journal Church, Communication and Culture, en su último número monográfico dedicado a Dostoievsky, preparado por la profesora Federica Bergamino, de la Università della Santa Croce, Roma. Este número refiere a un congreso organizado por Bergamino en dicha universidad, cuyo libro de actas es este: Dostoevskij, abitare il mistero. Otro día comentaremos esta publicación.

Han no deja de publicar breves libros que abordan con perspicacia y razonabilidad aspectos de nuestra vida contemporánea. Desde hace un par de años, editoriales académicas norteamericanas (Stanford University Press y MIT Press) se han sumado al gran fenómeno difusivo de sus obras, comenzado en Europa y en Hispanoamérica bastantes años antes. 

En la edición de Stanford University Press aparecen contenidos inéditos en la primera versión española de Herder Editorial, que ya han sido incorporados en su segunda edición de 2017

viernes, 12 de agosto de 2016

La estepa infinita, de Esther Hautzig: cuatro notas de lectura

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I.
Un libro pide un momento: si puede ser leído a cualquier hora, de cualquier manera, pienso que debe de ser intercambiable, prescindible; pero también puede ser tan apasionante que venza la circunstancias. Para rematar, también creo que cuando se es muy joven, es más fácil tener estas experiencias de lectura hipnótica, incluso con libros de discutible calidad. Es misteriosa la lectura, ese encuentro entre la obra y el lector. Así que, si sigo afirmando que un libro pide un momento, lo afirmo con moderada convicción; quizás con reservas. Pero lo sigo afirmando, porque me parece que, con todas la salvedades, es verdad.

II. 
La estepa infinita, de Esther Hautzig, ha encontrado en mí su momento, físico y anímico. Ha sido una lectura buena. El interés humano es indudable: la deportación de la familia de judíos polacos a Siberia, la vida dura... Pero sobre todo me ha gustado la voz. Pertenece a alguien que cuenta desde décadas después. Una mujer adulta que cuenta unos años cruciales en la vida de una niña y luego una adolescente. Pienso que hay historias que solo se pueden, incluso se deben, contar mucho después de los hechos. Los hechos yacen pacientes a ese "momento de narración" justo. Justo en la vida del narrador, cuando la historia puede ser integrada en la historia más grande de quien narra. Quizás inmediatamente después de los hechos, estos todavía se resisten; podemos narrarlos, pero ejercemos una violencia sobre ellos, perdemos el sentido. Creo que habitualmente los hechos piden un periodo de paciente diálogo para ser asimilados, y los asimilamos al narrarlos. Esto es lo que supongo, y me cautiva, de La estepa infinita.

III. 
Por algunos momentos, la narración se deja llevar por detalles y anécdotas, de algún modo poco relevantes, aunque entretenidos. Pero también es verdad que la autora está contando los hechos, y así la narración transmite ese "efecto realidad" que cualquier puede reconocer porque le recordará el transitar de sus propios días, la impredictibilidad, la condensación inopinada de acontecimientos problemáticos durante una temporada y su contraste con épocas de atonía, de iluminación, de gozo.

La parte final es la que más me ha gustado, pero su buen efecto resulta en buena medida del ritmo contrastante de lo anterior. Creo que cuando Hautizg se permite alguna pequeña conclusión, sabia, le da una especial hondura a la anécdota narrada. Algunas veces no le hace falta, basta con la narración de los acontecimientos y el blanco de los espacios en la página.

IV.
¿Heroísmo de lo cotidiano? ¿Lo ordinario en lo extraordinario? Una sabiduría recorre las páginas... tan acostumbrados como estamos a narrativas-río, rebosantes de detalles, líquidas y sin cauce a alguna esperanza existencial, al descubrir una narración como La estepa infinita podemos experimentar un consuelo. Narrar desde un alejado "momento de narración", hechos tan duros, con una mirada tan humana, es un ejemplo ético para quien se plantee con sentido solidario el sentido de entregar una nueva narración a este mundo de todos. 

La estepa infinita, Esther Hautzig, Salamandra.

sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

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I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.

sábado, 16 de julio de 2016

El alma del mundo/The Soul of the World, de Roger Scruton: cuatro notas de lectura

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I. 

A la concienzuda y delicada traducción de Rafael Serrano hay que sumar el prólogo que ha escrito como presentación al autor. Muy interesante, por la síntesis del pensamiento del inglés, su inteligente opción conservadora intelectual y cultural. Sería ahora demasiado largo argumentar que tiene poco que ver con el conservadurismo político, porque Scruton va a algo mucho más interesante, que le permite ser profundamente ecologista, reivindicador de nuestros deberes para con los animales, convicto de la atención y apertura que le debemos al cambio pues son leyes inscritas en la naturaleza y en la sociedad -nada de tradicionalismos nostálgicos y rancios-, y su loable -yo lo loo- desconfianza hacia las abstracciones utópicas que acaban cobrándose millones de muertos. Con la que está cayendo a esta ladera de los Pirineos, Scruton me parece indispensable. 



II.

Otra vitamina del libro, para combatir la anemia espiritual que pulula por esta cultura, es su argumentación y propuesta de lo biológicamente superfluo: y he recordado cuando me he detenido a contemplar unos instantes esa luz azafranada vespertina que enciende las jaras, las encinas, al volver cansado de una excursión. Ese excedente que, paradójicamente, no sobra, no puede sobrar, si la vida ha de seguir siendo digna, y que apunta a lo sagrado. O dicho con otras palabras: si eso se puede encontrar en una gran superficie, en Google, en Pixar, en un programa político... entonces el milagro aún no ha rozado tus pupilas. Por mucha sugestión tecnológica, mercadotécnica, mediática, política que se le quiera echar. "Soñar sabiendo que se sueña", que propone Nietzsche, no es soñar, es control totalitario del yo por el yo, autoterrorismo, depresión y finalmente locura. Soñar es no cerrar los párpados una vez han sido despertados por el verdadero asombro.

III.
Para sobrevivir o superar el totalitarismo biologicista, quizás baste un poco de buen gusto estético y otro poco de sencillez existencial. Ambos constantemente negados por nuestros impositivos modos de vivir.

IV. 
"Al describir una secuencia de sonidos como melodía, sitúo la secuencia en el mundo humano: el mundo de nuestras respuestas, intenciones y autoconocimiento. Elevo los sonidos por encima del ámbito físico y los recoloco en el Lebenswelt, que es un mundo de libertad, razón y ser interpersonal. Pero no describo algo distinto de los sonidos, ni supongo que hay algo escondido detrás de ellos, algún "yo" interior o esencia que se revela a sí mismo de alguna manera inaccesible a mí. Describo lo que oigo en los sonidos cuando respondo a ellos como a música. De una manera análoga, sitúo el organismo humano en el Lebenswelt, y al hacer así uso otro lenguaje, y con otras intenciones, distintos del lenguaje y la intenciones que se emplean en las ciencias biológicas." Pp. 108-109.

No podemos acariciar una enramada de moléculas, sino solo el rostro amado, aunque las moléculas sigan estando ahí. No podemos quedar profundamente conmovidos por un flujo de ondas, sino por el Vals nº 2 de Shostakovich, aunque la ondas sigan fluyendo. Y nos deshumanizamos si no podemos acariciar y ser acariciados, quedar conmovidos y conmover, como un yo y un tú radicalmente afirmados. 

"... puede haber una realidad y ser entendida de más de una manera" p. 108. Este modo de comprender es la propuesta del dualismo cognitivo -que no ontológico- de Roger Scruton.  



domingo, 24 de enero de 2016

Relectura de Crimen y castigo, de F. Dostoievski: cuatro notas


Here's Looking at You, tinta sobre papel. JM Mora Fandos


I.
Si al caminar atravesase un campo, y al dejarlo a mi espalda ese campo quedase ya mío, sin más derecho que el de haberlo andado, esto me recordaría a la lectura, donde al alcanzar el último linde del libro, sé de mi nueva fortuna y que debo ser agradecido. Y si alguna vez volviese a atravesar ese campo, me sabría en casa, como al releer un libro.

II.
Leo por tercera vez Crimen y castigo, de Dostoievski. Ahora Raskolnikov y Sonia se perfilan con más matices, los cuartuchos de las pensiones se estrechan como estampas expresionistas… pero es todo, simultáneo y completo, lo que vuelve, como un mundo inquietantemente acogedor. Leo del mismo modo que Constanza, en “La fragancia del vaso” de Azorín, recuerda sus vivencias; como quien retiene la fragancia del vaso de vino que se fue. ¿Dónde van las lecturas? Se engolfan, como esencias, en alguna bóveda del alma.

III.
Cada relectura es una familiaridad y una novedad. Esta vez ha ganado relieve el personaje de Svidrigailov, su sobrecogedora personalidad, como la de tantos personajes de Dostoievski; pero me ha resultado un personaje especialmente complejo; más precisamente: mostrado de manera compleja, reservándose el narrador qué contar y qué ocultar, hasta el final. ¿Engaña Svidrigailov a Raskolnikov o se engaña? Real hasta doler.

IV.

Restaurar un alma lleva tiempo, siete años en Siberia para Raskolnikov. Lleva tiempo y un ángel, Sonia. Con qué facilidad nos disolvemos; con qué lentitud se renace, caminando por un apartado sendero, bajo los rigores de una intemperie. Personal, comunitaria, social. Ahora, al momento del hacha, se hace apropiado leer, releer, Crimen y castigo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Pervivencia del Mito de Orfeo, en Espacio Leer: cuatro notas



I.
Asistí ayer al coloquio sobre el mito de Orfeo y su pervivencia, en el Espacio Leer, una meritoria iniciativa de la Revista Leer, que ha puesto en escena, o mejor, ha puesto un escenario para actividades diversas sobre la literatura. Los profesores Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente ocuparon el tresillo púrpura para comentar sobre el mito, con ocasión de su libro El mito de Orfeo. Estudio y tradición poética, y al hilo de las preguntas de Maica Rivera, redactora de Leer. Maica hizo que el encuentro transcurriese en un andante con moto, suscitando respuestas iluminadoras, mientras el numeroso público seguíamos la conversación sin perder una jota. Una duración ni exigua ni prolija; a mi gusto, la que debería medir los actos culturales, que te deje con ganas de más y te haga sentir que has vivido otra temporalidad. La literatura va por ahí.

II.
Tomé bastantes notas, recordaba las clases con mis alumnos de Mitos literarios y publicidad de autor, en el primer cuatrimestre, aquella vez que se avivó un interesante diálogo sobre el mérito o demérito de Orfeo en su descenso al Hades en rescate de Eurídice. Recuerdo a la facción crítica con una ferocidad vecina a la de las ménades, dispuestas a despedazar a Orfeo: “Si tanto quiere a Eurídice, que muera y se reúna con ella, y no nos venga con trucos”, haciéndose eco de la crítica de Platón al cantor, en El Banquete.

III.
Escuchando a los dos expertos, no me resistí a continuar en mi libreta unas notas sobre los atributos del arte, en el contexto de este mito: si el arte no puede vencer la muerte, sobre todo la muerte del otro —para tantas personas, más importante que la propia—, si es incapaz de retornar a la persona amada, al menos sí puede detener el tiempo por la contemplación en que se sumen ejecutante y receptor: Ovidio cuenta que tras el discurso forense ante Proserpina y Plutón, Orfeo hace valer su arma de delectación masiva, la música, y que los grandes sufrimientos arquetípicos, los de Sísifo, Tántalo, Prometeo, se detienen. ¡Se detienen! Qué increíble conexión entre arte, placer y misericordia. El arte puede instaurar otro tiempo, un tiempo nuevo que se hurta al tiempo de los relojes, y que se transfigura en algo muy parecido a un espacio bienaventurado: un espacio, y por lo tanto una habitabilidad; un cielo que llegaría a hacerse valer incluso en el mismo infierno. Pero un cielo transitorio en el mundo antiguo: el arte terminará y el infierno será, por necesidad, irrevocable.

IV.
Preguntaba Maica por la lectura de Orfeo que hace el cristianismo, y David Hernández dio una respuesta rigurosa e iluminadora. Continuando en mis notas el argumento, pensé que la acción de Orfeo y la de Cristo son igualmente por amor, el primero por Eurídice, el segundo por el género humano; pero lo que no consigue el primero, lo consigue el segundo, con la conclusión inconcebible para el mundo precristiano, de que el infierno cuando menos, umbrátil e insípido, cuando más, atormentador pierde la última palabra y deja de ser una de las vigas maestras de la economía cosmológico-ética de la Antigüedad. Cristo sí muere: respuesta al reto que había lanzado Platón al mito de Orfeo, de no alcanzar la dignidad de un comportamiento amoroso excelso. Lo que no se imaginaba el filósofo de las ideas era que se pudiera responder con otra historia que desbordaba los cauces del desafío: morir por amor, sí, pero además rescatar, resucitar y desautorizar el infierno.
Al salir no quise mirar el reloj, flotaba como una melodía en Lavapiés. Descendí al Metro.

domingo, 1 de marzo de 2015

La Ilíada: cuatro notas de lectura



Pies. JM Mora Fandos, tinta sobre papel


I.

Vuelvo a la Ilíada como a ese lugar que, paradójicamente, nunca se fue, y hace que las diferencias entre sujeto y objeto —yo y el texto— se emborronen, como contaba Gabriel Marcel. Hoy vuelvo a sentir que la Ilíada no es un relato belicoso. La Ilíada, estoy persuadido, es un relato pacifista. Pero no viene ahormado de pacifismo ideológico —¿cómo sería, entonces, un clásico?—. Y todo por ese extraño desenlace que lleva el sentido del texto a una inesperada profundidad: el diálogo entre Príamo y Aquiles.

II.

Esas razones del corazón que detienen una guerra. Habiendo cedido Aquiles a la petición de Príamo, de que le devuelva el cadáver de su hijo, Príamo propone un futuro que le afecta a él y a su interlocutor, a troyanos y a griegos:

Durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere.

… si necesario fuere… Al final de los días del rito funerario, de los días para que se expanda y adense la verdad grande y radical de la muerte que más mata, la del otro; los días que aligeran los corazones y los transparentan de tanta fragilidad… al final, llega a aventurar Príamo, habría quizás una posibilidad de que nada fuese como antes: el duodécimo día no es un día más, es el otro tiempo, el tiempo para otra temporalidad, radicalmente nueva, que reconcilia los opuestos. No puedo dejar de escuchar aquí un eco de ese otro tiempo radicalmente nuevo que igualmente viene tras culminarse otro tiempo ritual, y que expresa el final de un tiempo antiguo. Es el tiempo nuevo contado por otros textos que han hecho cultura, el tiempo instaurado por la resurrección de Cristo contado en los Evangelios.

III.

Auerbach dice que la narración de los Evangelios, con su mezcla radical de cotidiana realidad y de la tragedia más elevada y sublime, había derribado la barrera estilística imperante en la Antigüedad —temas altos, personajes altos, estilo alto—, que determinaba un modo de escribir y de leer. Pero me pregunto si no hay un germen de esa ruptura —y como una añoranza ya, con implicaciones que me parecen sorprendentes— en este final de la Ilíada que sacude las expectativas, y lo trae todo a una acción moral que podría ser actuada por dos sujetos de una clase inferior, por el simple hecho de ser hijos y padres; y una acción que, por ser buena, es sublime.

IV.


Príamo abrazado a las rodillas del matador y profanador del cadáver de su hijo. La pasión de Paris y Helena, la impresionante llegada de la armada aquea, las proezas de Aquiles no justifican la pervivencia y la preeminencia de la Ilíada en el tiempo, que todo lo disuelve. Son escenas que remueven nuestra sensibilidad moderna… pero qué inane sería, si fuera incapaz de detenerse ante este beso a las manos del asesino, ante estos duros corazones derribados; si no reconociera en este gran final inesperado una propuesta de sentido y sentimiento para todos los finales de todas las vidas humanas, para todas las pérdidas; y, a la vez, para todos los inicios de las esperanzas genuinas de un tiempo nuevo.

lunes, 23 de junio de 2014

Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura



I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con la realidad, posmodernidad también es Áspera nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos, su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.  


II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.  


III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:

La luz de las aristas no es más dura
que la del corazón a medio hacer.


IV.

Libro áspero, del desencanto radical con las hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide otro. Se verá.  

viernes, 16 de mayo de 2014

La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han: cuatro notas de lectura



I. 
Si alguien no anda algo cansado -pero profundamente-, no entenderá este librito. Para este filósofo coreano formado en Alemania ya no sirve el paradigma inmunológico para representarnos lo que nos pasa. No es que vayamos defendiéndonos del extranjero, de lo distinto, como de un virus -eso tuvo su momento-; es que todo lo digerimos ahora, todo nos vale, porque todo lo hemos desactivado en su carga negativa, y de lo que se trata es de dedicarse a producir, a abundar, a positivar dejando atrás cualquier escala. No lo dice Han, pero es algo conocido y congruente con su pensamiento: hemos pasado de la constatación de la diferencia del otro a la actitud de indiferencia hacia él: el otro, lo otro, ya no es amenaza, si uno tiene suficiente cobertura social, cultural, económica para poder ir irrestricta e infinitamente "a su bola". Resultado: toda suerte de enfermedades neuronales. Un cansancio insano.

II. 
Una sociedad neuronalmente cansada -tú, yo-, depresiones, ansiedades, tdah... Una obesidad mental, y finalmente espiritual, un sobrepeso que impide volar. Las restricciones de equipaje impuestas por las aerolíneas low cost podrían ser aquí una metáfora ascéticamente redentora. A lo mejor la vida debiera tener mucho de eso, de ir haciendo maletas pequeñas. La negatividad del " ...no meto esto, ni esto, el microondas tampoco hace falta..." como salvación del alma.

III. 
Deliciosa la sensibilidad hermenéutica del autor, su búsqueda de metáforas, símbolos, la conciencia de la representación para la comprensión. Y de ahí la felicidad de este librito de utilizar tan hermosa y sabiamente a Nietzsche: troquela Han el mejor Nietzsche, a ese que entre áspero y áspero cacareo pone uno de sus impagables huevos de sentido común. El coreano sabe donde los tiene el estridente alemán. 

IV. 
Otro de los atractivos del libro, su brevedad. Hace honor a lo que propone: adelgazar la positividad del hiperrendimiento y del vértigo productivo, negándose a un largo ensayo que viniera ribeteado de notas al pie, o trufado de intracitas, megacalórico como una tarta sacher. Menos es mucho más. Como este estilo del librito, que es un casi no estilo casi insultante, diet-friendly, de razonamiento "al grano". Qué diferencia con las double cheese burguer de un Sloterdijk o de cualquier posmoderno canónico. Qué descanso.