AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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lunes, 9 de noviembre de 2020

Dios no va conmigo, de Holly Ordway. Reseña en Aceprensa

 


Dios no va conmigo, Holly Ordway. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. 2019

Aquí está mi reseña en Aceprensa de esta narración autobiográfica de la profesora de literatura Holly Ordway. No es fácil relatar un proceso profundo de cambio, pero la autora lo hace bella y persuasivamente bien, y me dejó abiertas muy buenas vías de reflexión. 

Un buen ejemplo de construcción artística de la imagen narrativa de uno mismo, guiada por el deseo de conocer y comunicar la verdad.

viernes, 10 de julio de 2020

Mal que bien, de Enrique García-Máiquez: cuatro notas


Mal que bien. Enrique García-Máiquez
Adonáis-Rialp. 2019



I.
En los versos de García-Máiquez siempre me maravilló y maravilla su luminosa potencia de creación de significado, con sus particulares estrategias. Se podría decir así: te lleva confiado por esos primeros versos del poema, donde parece que no ocurre nada, donde simplemente has comenzado un paseo con amigo afable y su sintaxis, de un elegante hablar cotidiano. Pero... cuando quieres darte cuenta estás en una caja de resonancia donde se multiplican y adensan los sentidos, pulsados por paradojas, antítesis, contrastes -sí, atentos a esta estrategia sempiterna de los poetas, la estrategia del 2, de lo uno y/sobre/contra/en/dentro de lo otro, tan efectivamente revivida en esta poética-. Quien cierre su vida a un único plano no podrá revivir esa verdad al leer estos poemas, o solo hará un ejercicio imaginativo de poco vuelo. ¿Lo extraordinario y lo ordinario? ¿la belleza de los brillos y la grisalla? Sería un modo de decirlo. Y he aquí una estética de gran calado.


II.
La literatura que habla de literatura, si en eso se queda, con qué poco se queda, y nos quedamos. El negativo de esta idea me vino al leer "Lady Macbeth", porque este poema regala la plenitud del argumento contrario. Si sus versos me trajeron por los nocturnos pasillos del castillo de Dunsinane, observando sobrecogido junto al médico y la dama tras una de aquellas cortinas, igualmente me devolvieron a mí mismo. La intertextualidad que no decanta en intracordialidad para el lector, es viajada palabrería, o poco más. Estos versos me devuelven con nueva claridad a la insistencia con que nos asedian las obsesiones, a las faltas que buscan redención y al desvarío de no dársela... La intertextualidad o los ecos o los aires de familia -como queramos llamarlo-, ha de ordenarse a la distancia estética con que la buena literatura nos invita a la verdadera comprensión de nosotros mismos. Y esas comprensiones solo vienen de la mano de los buenos amigos. ¿La obra literaria como un amigo? Sí, pero de eso hablaremos otro día.

III.
Democracia vertical o diacrónica, plebiscito de gente bienavenida, pausada y sabia... son modos de llamar a la tradición: vital, familiar, literaria, sin la que uno nunca sería su mejor posibilidad. Sin tradición solo queda el silencio: el malo, el envoltorio de la insignificancia. En Mal que bien se celebra la tradición, como todos los días se puede celebrar un café con los amigos, sin estridencias, por el puro juntarse a seguir buscando el bien común, grande o sencillo, que nos conforma y confirma. Presentes los ausentes, por el lenguaje que convoca a la familia, a los amigos, a escritores, personajes, Dios... Yo creo que escribir poemas es siempre un responder a una llamada, entrar inmerecidamente, por la iniciativa de otros, en una cálida casa. Escritura y gratitud son inseparables, como se prueba en este poemario.

IV.
Para Eliot el ritmo del poema debía hacer sus mímesis de los tempos del habla: la oral, la cotidiana, la invisible. Yo creo que el poeta, sin decirlo, camina por ahí con un espejo que refleja esos ritmos anónimos en que nadie se fija, y en que todos vivimos. Es artificio, sí, es un volver a lo que nos compone. Y en el propio volver se reconstruyen, con mayor claridad esos acentos, esos alientos, pausas, compases y medidas... y nos hace conscientes, reconscientes, de lo que permanece mientras pasa: el tiempo que esculpimos, que esculpieron nuestras madres hablándonos con arte en nuestros corazones, que resuena de nuevo en los poemas. No se confundirá el lector si siente, al leer mal que bien estos poemas, una extraña presencia familiar que reconcilia, en la forma y el fondo, con la vida... la mejor, la que intuimos de nuevo -muchas gracias Enrique- en la nuestra. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Ética en los conflictos de la modernidad, de Alasdair MacIntyre: cuatro notas


I. 
Acabo de leer Ética en los conflictos de la modernidad. Sobre el deseo, el razonamiento práctico y la narrativa, de Alasdair MacIntyre (Rialp, Madrid, 2017). Tres días de lectura intensa de estas 523 páginas que me han parecido apasionantes, al tiempo que muy exigentes. Con el libro lleno de papeles amarillos con anotaciones y de pegatinas de diverso color, comienza ahora el trabajo quirúrgico, la relectura selectiva, las luminosas constelaciones que cada uno trazamos en nuestro firmamento personal. 


II.
En 1994 estuve con MacIntyre en un breve seminario organizado por un grupo de teólogos y filósofos en Londres. Yo era un doctorando que andaba de profesor ayudante de español en la University of Wales. Había leído Tras la virtud, Justicia y racionalidad y Tres versiones rivales de la ética; y si había aprendido muchas cosas de aquellas lecturas, sobre todo era consciente de lo que aún tenía que aprender de aquellos textos que iba desentrañando poco a poco. Así que no iba a desperdiciar la oportunidad de conocer al autor. 

Fue en una biblioteca, entre estanterías de madera, cuando antes del coloquio me presentaron al filósofo escocés: de palabras justas, serio, educado, un fino y mesurado ironista. Durante el coloquio pude poner voz a tantos párrafos leídos, a aquellos razonamientos rigurosos, a aquellos argumentos a menudo sorprendentes por las conexiones, por la procedencia de los recursos intelectuales, por su apertura y actitud dialéctica.

Me armé de valor e hice una pregunta: por aquellos años rampaba la deconstrucción de Derrida en los estudios literarios, y aquel discurso de finitud, repetido por todas partes con machacona insistencia decretaba el fin de todas las razones por las que yo me dedicaba a la literatura. ¿Había que hacer oídos sordos entonces y seguir adelante? MacIntyre contestó -aunque ahora yo sería incapaz de recordar las palabras exactas- que había que distinguir entre la deconstrucción como filosofía antimetafísica, y la deconstrucción como método, pues sí había ideas que deconstruir. Más aún, como método servía para buscar la verdad, y nos contó que el propio Derrida en los seminarios sobre sus textos insistía en que los asistentes los leyeran bien y no se equivocasen al interpretarle. Me sirvió, mucho, para distinguir entre ideología y método: todo método procede de un humus ideológico, pero puede ser utilizado en otros contextos. Ahí estará su capacidad, en buena medida, como herramienta heurística. 

III.
En esta obra MacIntyre vuelve a poner en juego sus excepcionales dotes de filósofo, historiador y sociólogo; y en cada una de ellas ejercita su capacidad de entablar diálogo con toda corriente que le parezca que aporta algo de verdad: expresivismo, existencialismo, fenomenología, filosofía analítica, filosofía política, filosofía económica, capitalismo, marxismo... (qué interesante sería verle dialogar con Byung-Chul Han) desde su postura bien definida: neoaristotelismo tomista. Todo vertebrado sobre sobre una pregunta, o serie de preguntas que atañen al hombre común, y posteriormente al filósofo: ¿qué significa que la vida a alguien le va bien o mal? ¿en qué consiste ese ir? ¿en qué marco teórico se sitúan quienes responden a estas preguntas? ¿y quienes no las responden? ¿vivimos, los herederos de la modernidad, en un marco Moral determinado? ¿qué conflictos morales se generan ahí? ¿tiene la modernidad recursos teóricos y prácticos para resolverlos satisfactoriamente? ¿qué es ser un agente racional, y cómo se puede progresar o perder? ¿se puede buscar a realización personal en cuanto ser humano, más allá de la realización concreta posible que una cultura determinada puede ofrecer, sin salirse de la cultura que se habita y de la que se han recibido los recursos conceptuales y materiales? MacIntyre es implacable en la aplicación de su riguroso método, y la verdad es que obliga al lector a poner en juego todos sus recursos intelectuales -o a buscarlos si no los tuviese- para poder seguir la argumentación. Porque es un texto auténtica y exigentemente filosófico, si bien no académico en el sentido que ha venido a prescribir el sistema de investigación y publicación universitario.

IV.
Cuando publicó la versión original en inglés, MacIntyre tenía 87 años. Asombroso, porque sorprende la frescura intelectual y el gran vigor de esta obra en alguien de esa edad. Si Tras la virtud tuvo un papel seminal y revolucionario en la filosofía moral, e inauguró una investigación en marcha y siempre abierta, Ética de los conflictos de la modernidad es el último eslabón de esa cadena, de un metal muy bien aquilatado. En mi opinión, una cumbre de MacIntyre, especialmente atractiva por el peso que da al análisis e interpretación de vidas reales -capítulo final- desde esas preguntas por el auténtico desarrollo de la persona, donde la eudaimonía aristotélica o la beatitudo tomista entran en conflicto con la felicidad tardomoderna y señalan sus graves problemas. Obra verdaderamente reveladora, incisiva sin concesiones; y al mismo tiempo escrita desde un gran respeto y admiración por las mejores ideas y críticas de sus filosofías rivales.

De especial atractivo, ahora que estamos con el centenario de la Revolución Rusa, el análisis interpretativo-narrativo que hace de la vida y obra de Vassili Grossman (Vida y destino, Todo fluye...): aquel escritor, aquella persona que trascendió el problemático esquema moral de ser un buen soviético en tiempos de Stalin para descubrir en qué consiste ser un buen ser humano. Brisa fresca para los ámbitos estancos del determinismo cultural.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Interpreting our cultural and personal malaises, mis notas a The Burnout Society de Byung-Chul Han, Stanford University Press

Aquí tenéis mi reseña de The Burnout Society, de Byung-Chul Han (Stanford University Press, 2015), aparecida en el journal Church, Communication and Culture, en su último número monográfico dedicado a Dostoievsky, preparado por la profesora Federica Bergamino, de la Università della Santa Croce, Roma. Este número refiere a un congreso organizado por Bergamino en dicha universidad, cuyo libro de actas es este: Dostoevskij, abitare il mistero. Otro día comentaremos esta publicación.

Han no deja de publicar breves libros que abordan con perspicacia y razonabilidad aspectos de nuestra vida contemporánea. Desde hace un par de años, editoriales académicas norteamericanas (Stanford University Press y MIT Press) se han sumado al gran fenómeno difusivo de sus obras, comenzado en Europa y en Hispanoamérica bastantes años antes. 

En la edición de Stanford University Press aparecen contenidos inéditos en la primera versión española de Herder Editorial, que ya han sido incorporados en su segunda edición de 2017. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

El experimento del Dr. Heidegger, de Nathaniel Hawthorne: cuatro notas de lectura

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I. 
Necesitaba algo breve para leer en un par de trayectos de metro. Un cuento. Revolví los anaqueles de la biblioteca, di con Wakefield y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne. Como se revive el aroma de una agradable infusión, recordé en un todo inmatizado mis lecturas del autor: La letra escarlata, "Wakefield", "La hija de Rapaccini", "El velo negro del ministro", quizá alguno más... 

II. 
Opera, Sol, Sevilla, Banco... discurrían el metro y las páginas de "El experimento del Dr. Heidegger": una reunión de tres hombres decrépitos y una marchita dama, convocados en la casa de un doctor amigo. Un experimento que despierta incredulidad y la llamita de una pasión dormida. Quedó suspendida la historia, había llegado al Museo del Prado y quería volver a la sala de los venecianos. Los buenos libros permiten la suspensión de la lectura sin crear ansiedad; quizás es que ya no tengo quince años; quizás el cuento de Hawthorne habla precisamente de eso. 

III. 
Contemplé Cristo dando las llaves a San Pedro, de Vincenzo Catena. La sencilla acción ocurre en presencia de las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza, Caridad, alegorizadas en tres jóvenes mujeres. El espíritu es joven, dice la representación, entre otras muchas cosas. Ahora pienso en el contraste con los tres viejos de la velada en casa del Dr. Heidegger, en algún rincón de Nueva Inglaterra. Y pienso en El retrato de Dorian Gray... 

IV. 
Cierro los ojos y recuerdo aquella tarde de verano, la sala del Dr. Heidegger, al centro la mesita de madera negra con el vaso de agua, la rosa, la luz... representados con una muda viveza que juzga frágiles las vidas de los personajes del cuento. Objetos que dicen su estoica verdad, como en una estampa de Azorín.

viernes, 12 de agosto de 2016

La estepa infinita, de Esther Hautzig: cuatro notas de lectura

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I.
Un libro pide un momento: si puede ser leído a cualquier hora, de cualquier manera, pienso que debe de ser intercambiable, prescindible; pero también puede ser tan apasionante que venza la circunstancias. Para rematar, también creo que cuando se es muy joven, es más fácil tener estas experiencias de lectura hipnótica, incluso con libros de discutible calidad. Es misteriosa la lectura, ese encuentro entre la obra y el lector. Así que, si sigo afirmando que un libro pide un momento, lo afirmo con moderada convicción; quizás con reservas. Pero lo sigo afirmando, porque me parece que, con todas la salvedades, es verdad.

II. 
La estepa infinita, de Esther Hautzig, ha encontrado en mí su momento, físico y anímico. Ha sido una lectura buena. El interés humano es indudable: la deportación de la familia de judíos polacos a Siberia, la vida dura... Pero sobre todo me ha gustado la voz. Pertenece a alguien que cuenta desde décadas después. Una mujer adulta que cuenta unos años cruciales en la vida de una niña y luego una adolescente. Pienso que hay historias que solo se pueden, incluso se deben, contar mucho después de los hechos. Los hechos yacen pacientes a ese "momento de narración" justo. Justo en la vida del narrador, cuando la historia puede ser integrada en la historia más grande de quien narra. Quizás inmediatamente después de los hechos, estos todavía se resisten; podemos narrarlos, pero ejercemos una violencia sobre ellos, perdemos el sentido. Creo que habitualmente los hechos piden un periodo de paciente diálogo para ser asimilados, y los asimilamos al narrarlos. Esto es lo que supongo, y me cautiva, de La estepa infinita.

III. 
Por algunos momentos, la narración se deja llevar por detalles y anécdotas, de algún modo poco relevantes, aunque entretenidos. Pero también es verdad que la autora está contando los hechos, y así la narración transmite ese "efecto realidad" que cualquier puede reconocer porque le recordará el transitar de sus propios días, la impredictibilidad, la condensación inopinada de acontecimientos problemáticos durante una temporada y su contraste con épocas de atonía, de iluminación, de gozo.

La parte final es la que más me ha gustado, pero su buen efecto resulta en buena medida del ritmo contrastante de lo anterior. Creo que cuando Hautizg se permite alguna pequeña conclusión, sabia, le da una especial hondura a la anécdota narrada. Algunas veces no le hace falta, basta con la narración de los acontecimientos y el blanco de los espacios en la página.

IV.
¿Heroísmo de lo cotidiano? ¿Lo ordinario en lo extraordinario? Una sabiduría recorre las páginas... tan acostumbrados como estamos a narrativas-río, rebosantes de detalles, líquidas y sin cauce a alguna esperanza existencial, al descubrir una narración como La estepa infinita podemos experimentar un consuelo. Narrar desde un alejado "momento de narración", hechos tan duros, con una mirada tan humana, es un ejemplo ético para quien se plantee con sentido solidario el sentido de entregar una nueva narración a este mundo de todos. 

La estepa infinita, Esther Hautzig, Salamandra.

sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

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I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.

viernes, 15 de julio de 2016

Gusanos de seda, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas de lectura






I.

Estos gusanos de seda, lo reconozco, se me han vuelto ya mariposas. Tanto tiempo sobre la mesa del escritorio, el libro se ha metamorfoseado en metáfora. A veces, la primera lectura y su primera escritura son la seda que devanamos fascinados, inmediatos, botín de fino hilo que contemplamos cortando el haz de luz; pero también está la lenta digestión diferida, que alumbra mariposas, con su libertad e ingravidez, su autonomía sin nosotros. ¿Trae el tiempo la serenidad de saber que aquellas palabras tenían su vida, su vuelo, frente al hilo áureo que ávidos nos cobramos a la lectura primera, ansiosos de nuestro decir al decir del poema? Paga de largo plazo, a veces incómoda, pero liberatoria, sabia, serena. Oro o contemplación. Las dos.


II. 

Arde el sol, implacable, como el ojo de un buitre,
igual que un as de oros, inasible y lejano.

De José María Jurado, siempre el perfil labrado de la imagen y el pulso cierto del verso que levanta el seguro eje de su ser sobre la sexta sílaba. Cuando un poeta nos trae estos mimbres, vemos por vez primera nuestras nítidas imágenes privadas, particulares, pero vibrantes de comunicación profunda. Paradoja. 


III.

Citas, músicas, imágenes, libros, lugares, efemérides... hay quien lo llama culturalismo; y puede serlo. Pero para que sea algo humanamente relevante, la cultura ha de ser trascendida hacia nuestra intimidad. Y otra vez lo universal y lo particular; el dintel dórico bajo el que nos refugiamos presas de una emoción que se apagará con nosotros. Y la intuición de que todo lo digno quede en algún lugar, en alguna eternidad. Por eso leemos. Por eso leer Gusanos de seda.


IV.

"Entre dos fotografías", poema que cierra el libro y abre... ¿qué abre? ¿una eternidad? La pietas clásica, la comunión de los santos cristiana. Un nudo en la garganta. Son sagrados los restos de la vida... y un poema levanta aquí su estela hacia las estrellas.

domingo, 6 de marzo de 2016

Negro escandinavo

Recuerdo los títulos que leí de la serie del inspector Wallander, de Henning Mankell; serán algo más de una decena. Al preguntarme qué motivó aquel interés, surge de nuevo el personaje, como un volumen bien construido: una doliente humanidad, vibrante, sobre un plano oscuro, tremendo. Este contraste, lo veo, era una estructura sólida.

Tras sesentaypico páginas dejo hoy de leer otra novela de una autora de este mismo género negro escandinavo: el segundo plano se adelanta hasta hacer que las truculencias, mezquindades, las sordideces inanes, los recursos de "efecto realidad" -como escribía Barthes-, aneguen los endebles trazos humanos que parecían prometer un conocer relevante.

Oscurece en la tarde, de llamativa belleza: vistos en perspectiva, los cúmulos se apelmazan en densas manchas, orladas de fuego.

domingo, 24 de enero de 2016

Relectura de Crimen y castigo, de F. Dostoievski: cuatro notas


Here's Looking at You, tinta sobre papel. JM Mora Fandos


I.
Si al caminar atravesase un campo, y al dejarlo a mi espalda ese campo quedase ya mío, sin más derecho que el de haberlo andado, esto me recordaría a la lectura, donde al alcanzar el último linde del libro, sé de mi nueva fortuna y que debo ser agradecido. Y si alguna vez volviese a atravesar ese campo, me sabría en casa, como al releer un libro.

II.
Leo por tercera vez Crimen y castigo, de Dostoievski. Ahora Raskolnikov y Sonia se perfilan con más matices, los cuartuchos de las pensiones se estrechan como estampas expresionistas… pero es todo, simultáneo y completo, lo que vuelve, como un mundo inquietantemente acogedor. Leo del mismo modo que Constanza, en “La fragancia del vaso” de Azorín, recuerda sus vivencias; como quien retiene la fragancia del vaso de vino que se fue. ¿Dónde van las lecturas? Se engolfan, como esencias, en alguna bóveda del alma.

III.
Cada relectura es una familiaridad y una novedad. Esta vez ha ganado relieve el personaje de Svidrigailov, su sobrecogedora personalidad, como la de tantos personajes de Dostoievski; pero me ha resultado un personaje especialmente complejo; más precisamente: mostrado de manera compleja, reservándose el narrador qué contar y qué ocultar, hasta el final. ¿Engaña Svidrigailov a Raskolnikov o se engaña? Real hasta doler.

IV.

Restaurar un alma lleva tiempo, siete años en Siberia para Raskolnikov. Lleva tiempo y un ángel, Sonia. Con qué facilidad nos disolvemos; con qué lentitud se renace, caminando por un apartado sendero, bajo los rigores de una intemperie. Personal, comunitaria, social. Ahora, al momento del hacha, se hace apropiado leer, releer, Crimen y castigo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Las propiedades del aire, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura




I.
Este año, el poemario Las propiedades del aire vio la luz al recibir el premio Unicaja. Pasaban los meses y quería yo ponerle unas notas. Se me terminaba el tiempo, como a tantos poemas del libro, porque va del paso del tiempo, y quizás también del vaso del tiempo, donde queda y se precipita lo que no es solo el turbión de los minutos. De eso, algo de eso, va el libro. Comenzando por esa disposición progresiva —que progresista no; Baltanás y yo nos entendemos— de los poemas en una línea lumínica: de oscuridad cerrada a atardecer sereno, con refulgencias que conmueven. La luz del misterio y el misterio de la luz.


II.
Las propiedades del aire trae una propiedad legítima, la de la emoción poética: por humana y por poética, valga la tautología. Qué le vamos a hacer, los hombres y mujeres se emocionan —quizás he transgredido algún código cultural o el dogmatismo de la sospecha—, y nada grande —ni aun mediano— se ha vivido o padecido sin emoción. El poemario de Baltanás me ha hecho recordar que hay verdades sentimentales y que no son la cifra oscura de algo que con temor y vértigo palpamos en el interior de una caja oscura, en un cuarto oscuro; qué va. Son las verdades a las que se orientan los sentimientos, como los girasoles; luces que ellos mismos no pueden darse. No es que estas cosas, y alguna despistada poética, vuelvan —como piensa el espectador de la vida, curioseando un outlet retro—, sino que nosotros volvemos a ellas.
¿Línea clara?; escoplo preciso.


III.
El “Cancionerillo encontrado”, en clave de sol machadiano, es una de las secciones que más me entusiasman. Quede aquí esta copla —postestructuralistas, consulten a su médico antes de leer—:

No es soledad estar solo
sino creer que es tu nada
el principio y fin de todo.

Y otra, donde la fragilidad de nuestros quereres y comunicaciones no se trae para socavar ninguna antropología, sino para susurrar sabiduría cordial:

Soñé que un hilo delgado
tu sueño y mi sueño unía.
Y la mañana llegaba
y el hilo no se rompía.


IV.

Por poner en desordenada ristra un heterogéneo dechado: un poema mesanziano, en tono y tema, “Amor omnia vincit”; ironía, si no la hubiese, no habría Baltanás en estas páginas —pero las ironías se salvan, como todo, más allá de sí mismas, si al tirar la piedra no solo no esconden la mano, sino que muestran el corazón que las tiró—; hallazgos de imagen, alegoría de ley sin didactismos en “Reloj de sombra”; Ronsard, Pascal… Pero dejemos que el lector haga sus descubrimientos.

viernes, 18 de septiembre de 2015

J. R. R. Tolkien. El árbol de las historias, en Espacio Leer: cuatro notas


I.
Tiene algo de visita ultraterrenal. Cuando el traductor se encuentra con el autor traducido -y no me refiero a haber traducido a Wordsworth, eso sería vudú- se produce una encarnación: tú, que tanto te has peleado con las palabras dichas por su espíritu, un día se te aparece en carne mortal, y te dice How are you? Pleased to meet you, y experimentas una dimensión extraña, y te sientes un poco astronauta sin escafandra, ligeramente mareado, parcialmente redimido, como superando una meta volante del Juicio Final. Otro día escribiré de esto. Lo que viene al caso es que ayer se me apareció Colin Duriez, cuyo J. R. R. Tolkien. Génesis de una leyenda traduje hace no mucho. Y tuvimos un muy buen rato de conversación, me sentí inkling y todo. Además, había sido convocado por Pablo Gutiérrez, Director Adjunto del Servicio de Actividades Culturales de la Universidad CEU San Pablo, a una comida con Colin, Maica Rivera y profesores de esta universidad. Disfruté mucho.

II.
Colin había venido a participar en la presentación del libro colectivo J. R. R. Tolkien. El árbol de las historias, coordinado por la profesora María Isabel Abradelo, en Espacio Leer. Allí, una concurrida audiencia pudimos escuchar el texto de Colin, en un agradable inglés británico, y asistir al coloquio. El texto de Colin, "Tolkien for all ages", viene sobre todo a valorar su aporte literario y cultural, algo así como una Aneca periódica con los clásicos, para pulsar su contemporaneidad, es decir, su universalidad, y que siga sonando un buen acorde, en ese encuentro con nosotros -otro día hablamos de Paul Ricoeur.

III.
Me contaba Maica que esa curiosa mitad del local, atestada de trajes, es un co-working con unas modistas. Yo le comenté que hacía tiempo que esta yuxtaposición libros y trajes me tenía intrigado. Como el ser humano no puede dejar de interpretar para vivir (Ricoeur otra vez), de establecer relaciones e integrar, le conté que para resolver este misterio había buscado entre unos y otros objetos la cualidad del tejer: textos y trajes se deben a esa común naturaleza. Me invitó a escribir un relato. Tomo la invitación. 

IV.
J. R. R. Tolkien, el árbol de las historias, un volumen para disfrutar, aprender, y comprobar si la reivindicación de Tom Shippey, que hace a Tolkien el autor del siglo XX, gana o no plausibilidad. El tiempo es el mejor lector; terrible, indeed.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Javier Aparicio Maydeu en Espacio Leer: cuatro notas



I.
Vuelves del verano e inevitablemente hay cosas que te gusta que sigan donde estaban, y otras que preferirías que ya no estuviesen. Espacio Leer es de las primeras. Ayer fue un suave empujoncito para acabar de ajustar el modo mental "Curso"; sí, ya estamos a lo que estamos, y a toda vela.

II.
Un descubrimiento, Javier Aparicio Maydeu y su tetralogía sobre la escritura literaria, en el diálogo de ayer. Una tertulia viva con alguien que habla desde un lugar de experiencias largas y aquilatadas sobre la escritura, la literatura, el sistema comercial, escritores... No recuerdo si era Agamben, a quien le leí algo sobre la pérdida de la experiencia en nuestra sociedad, donde todo es de ayer mismo, y no hay recorridos largos que alimenten memorias ni experiencias transmisibles. Bueno, pues ayer, en ese formato gruyere que tienen estas tertulias, agujereadas por la curiosidad y el derrotero incierto de la conversación, tocamos experiencia. 

III.
El sentido elitista de la cultura, la alta literatura, entre muchos otros temas... clarísimo. Argumentaba Fernando Rodríguez Lafuente, y entre matices y anécdotas se asentaba pacíficamente la idea. Ahora me voy a ahorrar la matización de que "cultura" es término plurívoco, de la tupida red de tradición-mediación-hibridación, de niveles, de que no se trataba de un alegato fascista, bla bla bla... Elite no es desprecio, es avance en nombre de todos, porque todos, evidentemente, no podrán nunca avanzar al mismo paso. Y las élites espurias se apochan como fruta advenediza y huera.

IV.
Interesantísima tetralogía, creativa desde el mismo diseño gráfico de las páginas, de escritor que está pidiendo a gritos complicidades; y unos contenidos de alta pertinencia para quien esté en la galaxia-escritura, enseñando, aprendiendo, leyendo, escribiendo, pensando la creación y la creatividad (ineresante distinción), los cómos y los porqués y los quiénes. To be continued.

jueves, 9 de julio de 2015

T. S. Eliot en el aula de escritura creativa: "La tradición y el talento individual"



Para el cincuentenario del fallecimiento de Eliot Nueva Revista me pidió un artículo. Lo escribí con el deseo de articular ideas y debates que han aparecido en mis clases de la asignatura El oficio de escribir, en el Máster Universitario en Escritura Creativa de la UCM. 

El artículo aborda, entre otros puntos, la presencia del Romanticismo en nuestro presente: opino que todavía pedaleamos dentro del ciclo romántico. Posiblemente la posmodernidad no sea más que "Romanticismo para todos", por simplificar un poco. Cuánto lo quede, no me atrevo a vaticinarlo. Mientras tanto, aquí está Eliot, en el botiquín de urgencias del escritor avisado.

sábado, 30 de mayo de 2015

El último cortejo, de Laurent Gaudé: cuatro notas de lectura



I.
Hay escritores como hay especies e individuos en el reino animal. ¿Diría infinitos, variados? Lo diría, y aquí hay una novedad, y una felicidad para quien frecuente las sendas literarias. El último cortejo, de Laurent Gaudé. 

II.
Gaudé raya alto, en todas las provincias del oficio de escribir. Yo ejercito un prejuicio de lectura: en la primera esquina de un texto espero al narrador estilista, y si la visitación se da, entonces puedo seguir con entusiasmo la trama, el suspense, el pensamiento, los matices de los caracteres; incluso perdonarle al novelista casi todo lo imperdonable. En El último cortejo el estilista cantó en las dos primeras frases, sin impostación, sin sobreejecución, sabedor de su voz aquilatada. Y desde ahí, fue una delicia seguir, como a Orfeo, su canto.

III.
¿Novela histórica? Novela, el gesto sabio y el proceder seguro de quien trasciende un género. Un interés por un personaje, un mundo, y ahí una exigencia estética conducida con pasión y riesgo. Gaudé actualiza una bella mirada, con independencia del paisaje que atraviesa.

IV.
Alejandro Magno, sus últimos días, un grupo de allegados, el Imperio, la vida, la muerte, la eternidad… La escritura justa, las cadencias cordiales, la seriedad creativa… Un referente para quien escribe, un horizonte que contagia fiebre a los dedos sobre el teclado, un excelente acompañante para el camino. 

viernes, 24 de abril de 2015

Motivos personales, de José Luis Morante: cuatro notas de lectura





I.

Al remate de este catarro que me dura ya demasiado, pergeño estas notas a los Motivos personales, de José Luis Morante. Cuando te encatarras -a mí me ocurre-, todo se achica, multiplica, enrevesa y amogollona; y al torpor racional, la mesilla de noche se abigarra de objetitos dejados por los mil cuidados y por la vida, siempre celosa de su cotidiana ración de obligaciones -te encuentres como te encuentres-. Paciencia. Cabría considerar a este curioso decantado una carnavalesca Crítica de la razón dormida. Y aquí viene el libro de aforismos de Morante: un aforismo es ese aprieto del pensar largo traído a un dedal, ese pensamiento transfigurado a cosa, cosita. Y así, algunos de estos Motivos personales hasta quedan como un objeto vibrando por mi cabez(er)a.


II.

Los hay como este, con el que a modo de estandarte pienso entrar en mi próxima clase del Máster de Escritura Creativa:

ARTESANÍA. Taller de autor. Cálculo técnico. Ebanistería que los románticos llamaron inspiración.

O este, para cuando nos pongamos el delantal:

INÉDITOS de textura adiposa. Necesitan una dieta adelgazante.

Textura, texto de paladeo grasiento, párrafos de compleja digestión. Henry James decía que en arte, la economía es belleza. Y, añado, en la cocina de la escritura, es salud para todos. 

O este, otra brújula impagable:

LOS textos literarios deben transmitir la fortaleza de una cristalización repentina.

Otros me dan para un enjundioso diálogo:

AL argumentar sobre el autorretrato, José Ángel Valente anotó: "El sí mismo solo es visualizable por oposición al otro".

Pienso que la sombra de Saussure es tremendamente alargada, todos los filólogos llevamos algo ginebrino en el ADN -alcoholes aparte-. A mí me gusta ir de la oposición bipolar al encuentro dialógico, allí las imágenes se vuelven dinámicas. Y redescubrimos la temporalidad. Creo que esto daría para una convergente conversación con el autor. 


III. 

Morante bien sabe del visaje moral del aforismo, porque del rozarse de la vida viene y a ese roce retorna, y raspa ahí su fulgurante cerilla contra la cerrada oscuridad:

FRENTE al tirano, la solemne grandeza de Antígona: "Yo no he nacido para compartir el odio, sino el amor".

Que, por cierto, reanima un estimado recuerdo de lectura. O:

LOS escritores de aforismos son moralistas utópicos, empeñados en la corrección de comportamientos ajenos.

Sí, pero la brevedad los redime y civiliza. Tan comprimidos van los aforismos, que integran su propio prospecto: etiología, tomas, contraindicaciones, cortesía y respeto. 


IV.

En algún momento, al pensar en esta serie de aforismos, me he figurado todo lo que habrá descartado el autor (ideas, palabras) para llegar a estos epigramas, estas justezas, este pensar miniado: me he imaginado una montaña de virutas, y he pensado en el generoso derroche que es el arte, y he visto un frondoso roble que, bajo las idas y venidas del cepillo ebanista, resulta al fin un estilizado palillo. Ese que llevar entre los dientes, mientras rumiamos una verdad, una belleza. Nada más, nada menos. Menos es más. Qué bien. Menos mal.


viernes, 10 de abril de 2015

La muerte oculta, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura

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I.
La muerte, con el tiempo, se me ha ido haciendo presente, y así, presencia. Imprevisible, pero puntual en traer sus notas, sus apuntes... hasta avisarme de otras maneras, otros colores, otro pesar de las cosas. Ya no sabría vivir sin ella. Curioso. Me lo recuerda La muerte oculta, poemario de Javier Sánchez Menéndez, que lleva ya un tiempo en mi estantería, y así me recuerda leve y me lo recuerda todo leve. Antonio Colinas sitúa el libro en su tiempo histórico de escritura, para de ahí levantarlo al misterioso tiempo de la lectura. La que cualquiera puede hacer, una tarde, al tomar el libro de su estantería.

II. 
Tomás Rodríguez Reyes, en su ensayo de epílogo recorre La muerte oculta en su estructura y explicita sus fibras para que los poemas anuden firmes en referencias y resuenen en ecos, en la gran polifonía de las palabras necesarias. Yo me limito a abrir el libro, a dejar que una estrofa de canción se diga, como al pasar por una calle, una voz. Yo obedezco a 'La siembra':

Te han dejado dormir este noviembre,
cuando comienza la siembra de los brotes,
cuando el invierno ajeno a los espacios
pasea por ese sitio
y me aguarda en la noche de los sueños.

III.
Cuántas veces, al leer unos versos, los descubrimos vividos desde hacía tiempo, nos palpamos el alma, los bolsillos, "Pero, si los llevaba encima". Al acaecer al fin en otra voz, en una voz, sabemos una vez más que la vida está siempre a un punto de decantarse en poesía. Así, al leer:

La noche ya es la noche,
la terrible canción sin fin ninguno.
No hay realidad en la noche
y ya llegó mi vida, mi amor
y mi destino: siempre es la claridad.

IV.
Cuántas noches que no queremos, terribles porque nos disuelven... Y nos parece poco decoroso que todo esto siga sin nosotros, y echamos mano de "mi vida, mi amor/y mi destino: siempre es claridad". Esa intuición que se rebela, esos versos que acuden a la mano vacilante, para trascender la muerte oculta.