AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

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I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.

viernes, 8 de mayo de 2015

Pervivencia del Mito de Orfeo, en Espacio Leer: cuatro notas



I.
Asistí ayer al coloquio sobre el mito de Orfeo y su pervivencia, en el Espacio Leer, una meritoria iniciativa de la Revista Leer, que ha puesto en escena, o mejor, ha puesto un escenario para actividades diversas sobre la literatura. Los profesores Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente ocuparon el tresillo púrpura para comentar sobre el mito, con ocasión de su libro El mito de Orfeo. Estudio y tradición poética, y al hilo de las preguntas de Maica Rivera, redactora de Leer. Maica hizo que el encuentro transcurriese en un andante con moto, suscitando respuestas iluminadoras, mientras el numeroso público seguíamos la conversación sin perder una jota. Una duración ni exigua ni prolija; a mi gusto, la que debería medir los actos culturales, que te deje con ganas de más y te haga sentir que has vivido otra temporalidad. La literatura va por ahí.

II.
Tomé bastantes notas, recordaba las clases con mis alumnos de Mitos literarios y publicidad de autor, en el primer cuatrimestre, aquella vez que se avivó un interesante diálogo sobre el mérito o demérito de Orfeo en su descenso al Hades en rescate de Eurídice. Recuerdo a la facción crítica con una ferocidad vecina a la de las ménades, dispuestas a despedazar a Orfeo: “Si tanto quiere a Eurídice, que muera y se reúna con ella, y no nos venga con trucos”, haciéndose eco de la crítica de Platón al cantor, en El Banquete.

III.
Escuchando a los dos expertos, no me resistí a continuar en mi libreta unas notas sobre los atributos del arte, en el contexto de este mito: si el arte no puede vencer la muerte, sobre todo la muerte del otro —para tantas personas, más importante que la propia—, si es incapaz de retornar a la persona amada, al menos sí puede detener el tiempo por la contemplación en que se sumen ejecutante y receptor: Ovidio cuenta que tras el discurso forense ante Proserpina y Plutón, Orfeo hace valer su arma de delectación masiva, la música, y que los grandes sufrimientos arquetípicos, los de Sísifo, Tántalo, Prometeo, se detienen. ¡Se detienen! Qué increíble conexión entre arte, placer y misericordia. El arte puede instaurar otro tiempo, un tiempo nuevo que se hurta al tiempo de los relojes, y que se transfigura en algo muy parecido a un espacio bienaventurado: un espacio, y por lo tanto una habitabilidad; un cielo que llegaría a hacerse valer incluso en el mismo infierno. Pero un cielo transitorio en el mundo antiguo: el arte terminará y el infierno será, por necesidad, irrevocable.

IV.
Preguntaba Maica por la lectura de Orfeo que hace el cristianismo, y David Hernández dio una respuesta rigurosa e iluminadora. Continuando en mis notas el argumento, pensé que la acción de Orfeo y la de Cristo son igualmente por amor, el primero por Eurídice, el segundo por el género humano; pero lo que no consigue el primero, lo consigue el segundo, con la conclusión inconcebible para el mundo precristiano, de que el infierno cuando menos, umbrátil e insípido, cuando más, atormentador pierde la última palabra y deja de ser una de las vigas maestras de la economía cosmológico-ética de la Antigüedad. Cristo sí muere: respuesta al reto que había lanzado Platón al mito de Orfeo, de no alcanzar la dignidad de un comportamiento amoroso excelso. Lo que no se imaginaba el filósofo de las ideas era que se pudiera responder con otra historia que desbordaba los cauces del desafío: morir por amor, sí, pero además rescatar, resucitar y desautorizar el infierno.
Al salir no quise mirar el reloj, flotaba como una melodía en Lavapiés. Descendí al Metro.

miércoles, 1 de abril de 2015

Campo de coles. Pontoise, de Camille Pissarro. 1873. Estampa

Campo de coles, Pontoise, Camille Pissarro

El Campo de coles, con sus repollos bajo el sol, sus distintas glebas picadas de siena y violeta, como mojadas de claridad, y su senderillo sofocado casi entre las parcelas, venido desde la arboleda de atrás, de abetos y plátanos encumbrados, de frondas amarillentas en los contornos, me recuerda esas impresiones de la infancia que la memoria envuelve en su vaho; impresiones de arboledas magníficas, masas de verdor que se hacen presencias primeras, originales, en la intimidad del niño; aires y ámbitos en que se vive sin advertir, signados de un silencio insondable.

Palabras, pobres palabras; contraseña ya imposible.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Notas finlandesas: III




Porvoo, en el camino a San Petersburgo. Casas de madera, aseadas con colores pacíficos, suaves, pasteles. Una enorme iglesia luterana en la cima de la breve ciudad. Casas de antigüedades, tiendas de arte, obra gráfica sobre papel. Grabados. Dejan las gaviotas su fugaz pincelada sobre el río dormido.

*
En el Café Cabriole de Porvoo sirven unas tartas al alimón (seguramente también al limón) con la naturaleza artística del pueblo. Aquí nació Albert Edelfelt, me dice la hispanista Carmen Heikkilaä. La pintura de Edelfelt puede contar cosas duras –la misma Finlandia es una dura pelea contra los elementos naturales-, pero su contar artístico es amable. Una imagen tremenda como “Llevando el ataúd del niño”, en el Ateneum de Helsinki, muestra la procesión funeral de una barca, con sus remeros, familiares, la hermanita, el pequeño ataúd, la honda perspectiva... pero contada con un baño de sol tibio y unos azules claros y vaporosos, con una delicadeza de líneas que desarma la escopeta de la tragedia. ¿No es una escuela de la mirada? Y no me refiero a un ejercicio de estética; sino a aguantarle la mirada a la vida cuando viene así de aviesa. Serena resignación, la vida que continúa… quizás un atisbo de la dignidad de tratar con la vida y la muerte en medio de lo cotidiano. Testimonio de la capacidad humana de asumir la desgracia, de integrarla en la trama de lo vital, de mirar más allá… hacia la trascendencia.

El arte puede ser mucho más que arte: a ciertas alturas de la vida, es lo mínimo que se le puede exigir para que lo sea.

*

La tarta en el Café Cabriole de Porvoo ha sido una Vadelma-tai mansikkajuustokakku, con bayas autóctonas, equilibrada con la astringencia de un té verde. Nuestra mesa -la de Carmen, su marido Eero y yo- se cobija bajo un cuadro que recuerda a algún pintor del postimpresionismo nórdico. Tras el cuadro, una pared blanca que se demora en alcanzar el techo; y luego amplias ventanas, golosas de luz, altas cortinas de raso amarillo-de-San Petersburgo, recogidas a un lado como el cabello en una muchacha de perfil; luces indirectas en las paredes que generan espacios separados: un pueblo tan celoso de la luz como el finlandés sabe que una penumbra bien administrada es el alma de cualquier lugar de encuentro. Queda apuntado en el cuaderno.

domingo, 3 de agosto de 2014

Picasso frente a Velázquez: Las Meninas en blanco y negro y color, de Rafael Llano


Lo cuento en la página web de Aceprensa. Una buena lectura para los aficionados al arte que quieran profundizar en sus implicaciones más humanistas y culturales. Y dos grandes, Velázquez y Picasso, puestos a dialogar... 

Con esta obra se inaugura la colección “El festín de Babette” de Mishkin Ediciones, editorial dedicada al redescubrimiento de la identidad plural y abierta de la cultura europea.

Ah, Mishkin, el príncipe Mishkin de El idiota de Dostoievski, porque ya se sabe lo que es capaz de hacer la belleza, la Belleza, si se le deja...


viernes, 6 de abril de 2012

El soplete de J. S. Bach y Karl Richter




Acabo de escuchar una primera parte de la Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Más que escuchar, he visto el vídeo de la versión de Karl Richter, con el coro y orquesta Bach de Munich: 1980.

Es (casi) teatro. La producción es intencionalmente dramática: el escenario consta de planos desnudos, tintas planas (blancas, verdosas, grises), perspectivas, aristas, iluminaciones contrastantes, volúmenes grandes que pesan, casi comprimen (como la enorme cruz sin crucifijo que flota acostada sobre el coro)... para mí, una puesta en escena existencialista, donde el barroco de Bach atraviesa una atmósfera despojada, angulosa, fría, cortante... hasta las narices de soprano y contraalto, la de Richter -y sus brazos exactos- son enfocadas a sangre sobre el fondo neutralizado... Bach sale bien, sobresaliente, de ese careo con la nada de etiqueta; no conozco nada, todavía, que se haya resistido al soplete de Bach.

En mi propia maraña cordial, esta producción se constelaba con El espía que surgió del frío de Le Carré, la guerra fría, los espías, el flamante muro incapaz de sospechar 1989... 

Y Bach sigue volando, coreografiado por un existencialismo visual, o cantado en scat por Bobby McFerrin, o en el trío aswingado de Jacques Loussier... elevando a un plano espiritual todo lo que toca. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Mirad a la serpiente


Mi amigo Vicente Huerta me dice que ha puesto un texto de Simone Weil en su blog; en seguida le hablo de cb, la persona que más sabe de Weil, y que no es la suya una sabiduría como acartonada, de isbn y notas al pie, sino cordial y creativa; y también le hablo de Möller, de esos tomos donde el belga pasa por su sabio cedazo y su piadosa sensibilidad a tanto escritor del siglo XX. 

Bueno, me voy a leer el texto de Weil. Comenta ella ese pasaje del libro de los Números, donde Moisés hace -diseña, modela... qué tiempos, donde el gran hombre valía para todo, con la gracia de Dios, claro- una serpiente de bronce, a la que miraban los israelitas recalcitrantes -aquellos que se acordaban de las ollas de Egipto, de los puerros y los nabos, que despotricaban de Yahvé, y eran mordidos por las serpientes del resentimiento y del desierto- para recobrar la salud. Decía Hölderlin: donde está el peligro, allí está también la salvación. Y no sé si está bien traído aquí, o no, pero yo siempre me acuerdo del alemán cuando pienso en las serpientes de Números. 

Weil pone la salvación en la mirada, en ese texto tan bello. Levantar el punto de mira, ansiar esa gracia. Mirar, pero como el campesino que pone sus músculos al servicio de la limpia de hierbajos; qué cosa tan humilde, que obligación al suelo. Paradoja. Y a lo mejor es lo de San Juan de la Cruz, baja si quieres subir; a lo mejor. Para mí que sí. Para mirar arriba, hay que mirar abajo. 

La salvación tiene ese sesgo estético, de mirada, de espectador -y lo digo cuando sé que esta palabra va cargada hoy de esteticismo, de pasatiempo voyeurista, a lo que denunciaba Kierkegaard-; pero yo me quedo con la mirada del peregrino que llega en el siglo XIII al monasterio de Leyre y se queda allí en la puerta bajo el pórtico, con la boca (medio)abierta, imantado a las figuras de piedra; incapaz de separar -eso solo lo hacemos los modernos- la belleza y la salvación.

Donde había maldición (serpiente) hay salvación ahora (¡serpiente!, no se ha ido), y además -o mejor, precisamente ahora- belleza. 

sábado, 14 de enero de 2012

Tú también puedes ser un terrorista cultural... con el móvil


Director de orquesta, JM Mora Fandos

Eso que alguna vez habías pensado que podría ocurrir... acaba ocurriendo. Leo en La Vanguardia que la 9ª sinfonía de Mahler, interpretada por la Filarmónica de Nueva York, fue detenida por el tono de un móvil. Un tono persistente, cuyo instrumentista entre el público no quiso detener -seguramente por la vergüenza de que se le identificara-. Pero es algo tan humano... sentirse y saberse pillado, agarrotarse por los nervios, huir hacia adelante, porque parece que queda una estrecha senda... pero que se va estrechando, más y más... hasta que el director de la Filarmónica detiene la historia de la humanidad.

En fin. Esto me recuerda a la eterna fábula, contada tantas veces por la literatura, el cine, sobre el poder que se le escapa de las manos a quien lo ejerce. Sin ir más lejos, también en el ámbito musical: recordarán el cuento del aprendiz de brujo, musicado por Paul Dukas y encarnado por Mickey Mouse en Fantasía, al que se le multiplican las escobas portadoras de cubos de agua...

Pues eso: esa cosita que llevamos en el bolsillo como si nada, es una varita mágica cuyo manual de instrucciones -como buenos españoles- no hemos leído; o digamos que hay un manual de instrucciones ético, ese que no viene nunca con el aparatito, que uno ha de buscar... y tampoco está en un tutorial de internet. Lo tienes o no lo tienes, lo buscas o no lo buscas, y qué fácil es perderlo u olvidarlo... y convertirte, sin pretenderlo, en un pequeño gran terrorista cultural.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Mi cliente no tiene prisa

sagrada_familia

Viernes pasado, de nuevo la suerte de asistir a los coloquios de Cultura Visual Contemporánea. 7:30 pm, sede de la Fundación Mainel, Valencia. 

Gaudí: el proceso creativo desde dentro, se titulaba la sesión. Jordi Faulí i Oller, Arquitecto Director Adjunto de la Sagrada Familia; y Concepció Peig, Profesora Titular de Arte de la Universitat Internacional de Catalunya, hicieron unas intervenciones sencillamente impactantes. No por nada espectacular -en el sentido más popular del término-, sino porque hablaron con gran conocimiento de causa de un hombre y una obra geniales.

Jordi Faulí contó que, cierta vez, un arquitecto del equipo de Gaudí le urgía a este a que implementara (¡horror!, esta palabra hay que evitarla como sea; el DRAE la acepta, pero es un anglicismo irredimible; no la dijo Jordi Faulí, me ha venido a la mente) un procedimiento constructivo. Y Gaudí le contestó: "Mi cliente no tiene prisa".

En las calles adyacentes a la mía, ha habido una verdadera fiebre implementadora pre20N: firmes reasfaltados de ese marengo recién vertido, moquetoso, que da casi escrúpulo pisarlo; carriles-bici sublimados hasta la eco-apoteosis (y que conste que estoy a favor)... en fin, los "clientes" de la democracia somos nosotros. Y eso me hace pensar, con pesar, que se nos trata con ese cortoplacismo de lo efímero.

Hace unas semanas recibí una entrañable carta, y quien escribía me recordaba ese salmo 102 (103): ¡el hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio.

Y la contestación de Gaudí... Hay un Cliente, y eso me consuela -ya se ve que se puede entender la palabra cliente en un sentido mejor-; no tiene prisa, y eso me da paz; y debajo del asfalto hay heno, y debajo del heno... eternidad.


(Disculpas por la banda blanca, que no sé quitar, y me tengo que ir a dormir. Se puede ver como un carril bici, de heno, y entonces queda muy bien).

miércoles, 5 de octubre de 2011

Cómo ver un Cézanne

Me gustaría ver, ahora, un Cézanne. Qué fácil, ¿verdad?, con dos clics de ratón bastaría; y, sin embargo, no serviría para nada. Una ojeada superficial a una reproducción de L'Estaque o... ¿y...? La esencia debe de estar en la distancia. Por eso viajamos. Cuando todo está a mano, todo es un arabesco de humo y tramoya.

Cézanne: pasan los días y uno levanta sus pocos y primorosos santuarios; se acerca con veneración, en un conmovido silencio. A veces, de lejos basta.

Así que doy un rodeo. Sé a dónde ir, busco aquellas palabras:
Sigo visitando, mientras tanto, la sala de Cézanne, del que tras la carta de ayer quizá puedas hacerte ya una pequeña idea. (...) Para todo, sin embargo, se requiere mucho, muchísimo tiempo. ¡Cuando recuerdo cómo miraba extrañado e inseguro las primeras cosas que tuve delante, apenas de oídas conocido el nombre! Y luego nada, hasta que, de improviso, tienes la visión justa... (R. M. Rilke, Cartas sobre Cézanne)
Ahora sí que lo he vuelto a ver.

lunes, 3 de octubre de 2011

Meditando la estética en el Evangelio

Hoy me he reencontrado con un pasaje del Evangelio que he meditado muchas veces. ¿Por qué este? Ahora se verá:

Mat 9:23-26 Cuando llegó Jesús a la casa de aquel hombre y vio a los músicos fúnebres y a la gente alterada, comenzó a decir: -Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme. Pero se reían de él. Y, cuando echaron de allí a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Y esta noticia corrió por toda aquella comarca.

Como si se tratase de un óleo, siempre me quedo mirando a los músicos. Los músicos “fúnebres” están allí, seguramente tocando algún tipo de flauta, al ritmo lento de un grave tambor. Son los encargados de dar el patetismo a la escena, ya de por sí saturada de emoción -esa exacerbación del dolor, alguna explicación antropológica tiene, que no he estudiado, ni me da ahora para hacerlo-. Y cuando Jesús dice lo que dice, con ese laconismo que derriba la escenografía del sufrimiento de un mundo antiguo atiborrado de mitos, va y los tíos se ponen a reír. Esta es una demostración de la distancia del artista con respecto al contenido de su actuación. Toca una marcha fúnebre, y a continuación se ríe a mandíbula batiente, y además con bastante poca gracia. Es verdad: si el artista no estuviera distanciado, no podría ni llevarse la flauta a los labios –ni declamar un discurso, ni escribir con preciso arte un poema o un relato-, pero…

No sé si Nietzsche comentó alguna vez este pasaje. De haberlo hecho, estaría totalmente de acuerdo con los músicos fúnebres, de esa estimulación emocional del momento trágico, y de su distancia artística. Ay, Federico, ya se ve que no tenías una hija anoréxica –ni ninguna otra, reconocida al menos-, porque, como apunta San Lucas al comentar el mismo pasaje, después del –Niña, levántate:

Volvió a ella su espíritu y al instante se levantó, y Jesús mandó que le dieran de comer.

Tiene algo de razón Horacio cuando escribe, refiriéndose a un actor: "Si vis me flere, dolendum est tibi primum" (Si quieres que llore, primero te ha de doler a ti). Y junto con eso, sigo pensando que el distanciamiento del artista es necesario. Pero cuando se confunde realidad con ficción en la vida cotidiana, el artista debe negarse a participar. Excitar la morbosidad humana no es bueno para nadie. Y el artista se vuelve, finalmente, un cínico. Y ya tenemos bastantes.

viernes, 29 de julio de 2011

viernes, 22 de julio de 2011

Una frase de María Zambrano: cuatro notas

Dejar algo en blanco, dejarlo sin pintar, es dejarlo sin dueño, deshabitado.
("El color", en Algunos lugares de la pintura)

I. 
Mucho contexto hace falta aquí, para entender con propiedad. El paso del hombre no se hace sin un tizne, un rasguño al menos. Quizá por eso el desierto sea inhabitable, inhumano; y que allí vayan los que esperen una salvación, una epifanía. Quizá el desierto esté en todas partes.

II.
Zambrano habla de esa habitabilidad del mundo, y del adueño que es propio del hombre. Pero la redención del mundo será pintura, o no será. En su opuesto, las huellas errabundas que borra un leve viento, o la agresión codiciosa.

III.
Dejar algo en blanco, abstención. El no querer estar, el querer no haber estado. El olvido.

IV. 
Llevar los colores al mundo, aprender de los maestros. "Poéticamente habita el hombre el mundo", sigue susurrando Hölderlin.

viernes, 8 de julio de 2011

El artista, el don y nosotros

Este es un fragmento que el periodista Kapuscinski citó al final de su Conferencia de apertura del período lectivo de verano en la Universidad Jagielloniana de Cracovia -desconozco el año-. El fragmento proviene del prólogo que Joseph Conrad escribió a su obra de tema marino "El negro del Narcissus". El fragmento habla del sentido del arte. Yo lo suscribo con emoción:
El artista habla a esa parte íntima de nuestro ser que no depende de la sabiduría, a lo que es en nosotros un don y no una adquisición, siendo, por consiguiente, más duradero. Habla a nuestra capacidad de alegría y de admiración, dirígese al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y el dolor, al sentimiento que nos vincula con toda la creación; y a la convicción sutil pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y une a toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquéllos que aún han de nacer.
Cada uno lee desde donde lee, ¿verdad? Se esfuerza por entender al escritor en los términos de este, y al mismo tiempo es legítimo y necesario que haga su lectura interpretativa, existencial. Así pues, creo que entiendo bien lo que quiere decir Conrad, y no voy a poner en su boca lo que no dijo. Pero, desde mi posición existencial, también creo que ese misterio, ese don -que alguien da-, esa creación, esa solidaridad de todos, entre muertos, vivos y los que han de nacer, son flechas que apuntan hacia Dios. Y a la necesaria relación del artista con la trascendencia.

miércoles, 6 de julio de 2011

A partir de un texto de Arthur Danto sobre la belleza

Hace tiempo leí un libro de un filósofo del arte. El libro se titulaba El abuso de la belleza, y su autor se llamaba Arthur C. Danto. Danto es un filósofo hegeliano, que se hizo famoso por su tesis de "la muerte del arte", en consonancia con el fin de la historia que predecía Hegel sin despeinarse (aunque, la verdad, solía ir bastante despeinado: con tanta tesis, antítesis y síntesis, de aquí para allá, no debía de ser fácil hacerse la raya).

Muy discutible es lo que comenta el señor Danto sobre la relación entre la belleza y el arte (aquí paga el peaje de la Modernidad), pero escribió una frase que encierra una inmensa verdad:

La belleza es, para el arte, una opción y no una condición necesaria. Pero no es una opción para la vida. Es una condición necesaria para la vida que nos gustaría vivir. Y por eso la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, lo sublime incluido, es un valor.

Soy un firme postulador de la necesidad de la belleza en la vida cotidiana. Nos sobran monstruos, diosas de vientre plano, parques temáticos televisivos, escenografías políticas estupefacientes, genios inaprensibles, estridencias, vértigos, placeres transgresores... Nos falta belleza, don, transporte hacia lo mejor de nosotros mismos, agradecimiento, sorpresa. Esa belleza está en nuestras manos.

miércoles, 22 de junio de 2011

Ver es haber visto

Hace muchos años descubrí un librito prodigioso: Nuevo arte de pensar, del filósofo francés Jean Guitton. Me deslumbró el estilo suelto, personal, desordenado, con que iba tratando aspectos del pensar. Subrayé muchas líneas, como hace todo entusiasta. 

Hoy me he vuelto a encontrar con el librito. He buscado mis subrayados, y he encontrado un espejo antiguo. He de decir que me he visto como entonces. ¡Cómo rejuvenece reencontrarse con verdades de verdad!

Aquí dejo este asombroso párrafo. Viene después de que el filósofo haya hablado de que para mirar el mundo, hay que ir cargado de expectativas, con una (pre-)visión interior. Es matizable, discutible, es, de algún modo, una exageración, pero también es verdad:

Me atrevería casi a decir que el precepto más útil para aprender a mirar sería: "Cierra los ojos e imagina de entrada una visión mental interior". Para aprender a oir: "Tápate los oídos". Para aprender a leer: "Cierra el libro y adivina". ¿Qué quería decir Leonardo da Vinci cuando escribía que la pintura debía ser una cosa mental, cosa mentale, sino que en el momento que el pintor dibuja una línea y pone color debe tenerlo todo en su espíritu? Sólo se ve aquello que ya se ha visto. Sólo se ama lo que ya se ha amado. Cuánta verdad en la famosa paradoja de Menón de Platón: "Conocer, en el fondo, es reconocer".

viernes, 17 de junio de 2011

Un mal artista sí hace daño

Leí el reportaje sobre el artista Antonio López en La Razón del Domingo pasado. Conozco a Antonio López porque una vez organizamos en la Fundación Mainel un coloquio donde participó junto con los escultores Julio y Francisco López y la pintora Isabel Quintanilla -esposa de Francisco-. Era tener allí a un buen y representativo número artistas de lo que se llamó La Escuela de Madrid. Antonio: me acuerdo de que era un hombre muy afable, accesible, daba gusto su lacónica y sensata conversación, escuchar a un maestro.

Hace ya años que no le he vuelto a ver. Leí el reportaje-entrevista con interés. Me llamó la atención su comentario "Un mal artista no hace daño. Un mal político, sí". Lo interpreto en el marco de todo lo que se ha visto con ocasión de las pasadas elecciones, y en sintonía con la humildad y la modestia que él exige -y se exige- a artistas, gestores, directores de museos, críticos... Y en todo esto estoy de acuerdo.

Pero, también se puede pensar la declaración desde otra perspectiva: la de la incisión cultural real, práctica, que tienen los artistas -no sólo los plásticos- en las vidas de las personas concretas. Creo que en ningún otro estadio de la civilización se ha vivido con una mayor conciencia estética como ahora, al menos tantísimas personas. Cuántas veces el criterio estético pasa por delante del ético o del puro sentido común, -o sin guardar relación alguna con ellos-, en la toma de decisiones que atañen de forma importante a la persona. 

En todo queremos diseño, sensación, sorpresa... y no lo veo mal. Pero veo que el barco de la vida colectiva se nos está hundiendo por sobrecarga estética. Y cuando hay sobrecarga estética, quiere decir que nos hemos olvidado de lo razonable en el vivir, de la realidad, del buen sentido: parece que hoy todo el mundo se cortaría el brazo derecho por tener el famoso "vientre plano"; todo es epicureísmo de garrafón, y entonces hay inflación de arte, de humo, polvo, sombra, nada.

El mal artista nos confunde, porque el camino estético, hoy más que nunca, debería conducirnos a lo mejor de nosotros mismos. 

viernes, 29 de abril de 2011

Cómo se pinta un cuerpo glorioso

Cristo resucitado,  Bramantino

Para empezar, es imposible. Porque ni nuestros cuerpos son gloriosos, ni tenemos la capacidad para percibir el cuerpo de Cristo resucitado -si Él no se nos aparece y concede una capacidad para ser visto así-. Pertenece a un mundo futuro. Pero esto es meterse en teologías muy interesantes. Y yo quería quedarme más en una experiencia personal como aficionado a la pintura.

Cuando vi por primera vez este cuadro de Bramantino, Cristo resucitado, en el Museo Thyssen-Bornemisza, noté algo avasalladoramente enigmático. Poniéndonos semióticos, no es un cuadro dentro del código habitual de representación del Resucitado que lo muestra contextualizado en las escenas evangélicas: entre los guardas del sepulcro atontados, con el incrédulo Tomás, o con la Magdalena en el "noli me tangere", o con los discípulos de Emaús. Aquí Jesús está, literalmente, posando para un retrato: ni siquiera se encuentra en medio de un lienzo más ancho que mostrara un paisaje indeterminado a derecha e izquierda, y lo sugiriera como rey del cosmos. 

No soy especialista y puedo estar equivocado, pero esto me resulta extraño para lo habitual en la época. Parece como si Bramantino quisiera inspeccionar la cuestión del cómo sería el cuerpo de Cristo glorioso tras la Resurrección, más que representar el qué (que ha resucitado y lo que sus apariciones van suponiendo en la vida de la Iglesia naciente).

Lo siguiente que me planteé fue: "Hoy en día, estamos saturados de imágenes de seres sobrenaturales, extraterrestres, superhéroes, bañados en colores metálicos, restallando de brillos, bajo luces imposibles... Pero en 1490, que no existía la Marvel, ni Hollywood, hacía falta un grandísimo esfuerzo de imaginación para representar así a Cristo resucitado". Ese color plata que unifica el cuerpo con el manto, su contraste con los tonos rojizos de las pupilas, del cabello, de los estigmas... un paisaje de fondo que recuerda a las rarezas de Tim Burton, y encima una luna con rostro ¡que se está riendo! 

En fin, no voy a decir la manida frase de que "aquí observamos la modernidad" de Bramantino, que seguramente la tiene. Simplemente digo aquello de San Pablo, "ni ojo vio, ni oído oyó"... y añado ni pincel pintó. Aunque intentar representárselo sea algo muy provechoso para avivar la esperanza. 

lunes, 14 de marzo de 2011

El alfabeto de la tipografía

Bonito vídeo de animación sobre la tipografía. Cuánto gana una experiencia de lectura, si hubo un buen profesional detrás de la tipografía de un libro, ¿verdad? A mí me recuerda a la cadena de inspiración que cuenta Platón: de la musa hasta el oyente del poeta; pues aquí, desde el escritor hasta el lector, pasando por el diseñador y el tipógrafo: todos han de vibrar en acorde con la misma inspiración, si la literatura ha de funcionar en todo su recorrido.