AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 24 de febrero de 2012

¿Cura heridas la escritura?


Anda por Barcelona Paul Auster. Leo en una noticia de ABC algunas opiniones del novelista: Uno puede estar herido, pero la escritura no sirve para curar esta herida. Estaría bien, ¿verdad?, que la escritura pudiera curarnos heridas -y uno ya entiende que estamos hablando de heridas que no requieren vendas-. 

Con todo, pienso que la escritura sí puede ayudar a sanar. Curiosamente, cuando menos le pedimos que lo haga. Apenas sé nada de la grafoterapia, pero siempre he pensado que puede ser algo útil, como unas compuertas que se abren y dejan salir al toro. Dejar salir, intentar enderezar en una secuencia lo que en nuestro interior es un amasijo de pensamientos, sensaciones, recuerdos, deseos... 

No le pido a mi escritura que me cure: lo que hago es darme una oportunidad, escribiendo. Oportunidad de llegar a una curación que, como dice Auster, no está en la escritura en sí. Sé, me consta, que está más allá. Pero los "masallaes" necesitan un paseo, y habitualmente es un paseo no exento de esfuerzo. Cuanto más delicada es la herida, más cuidadoso el paseo. 

La escritura debe llegar a alguien, si quiere ser enfermera. 

lunes, 4 de julio de 2011

La niña de las coletas

Niña de las coletas

La "Niña de las coletas" es una escultura del artista José Esteve Edo. Nacido en 1917; es mi amigo, pero hace tiempo que no le veo. Un hombre menudo, puro nervio. Se fue a Grecia a aprender, conoció a Giacometti, a quien le llamaba maestro. Participó en varios coloquios sobre arte de la Fundación Mainel. Estuve varias veces en su taller: un lugar mágico.

Casi cada día paso por delante de esta escultura en bronce. No es una niña, más bien es una adolescente. Está leyendo, o quizás ha dejado el libro en su regazo, para meditar algo que acaba de leer. La figura rompe dulcemente la estricta simetría en varios puntos. Es una adolescente estilizada, elegante. 

¿Qué está leyendo? No lo sabemos, pero parece que la lectura y la meditación tienen parte en ese difícil abandono de la infancia, en ese difícil y lento ingreso en la edad adulta. Esteve Edo, ¿nos dice quizás que es importante que el joven o la joven descubra su intimidad, que la lectura es un buen camino? ¿que la buena lectura modela armónicamente la personalidad, que en ella se pueden encontrar ejemplos de equilibrio, de horizontes que hacen levantar la vista, que estilizan a la persona, que exige silencio, autoposesión?

Al menos, la "Niña de las coletas" me lo dice a mí.

Imaginad que en vez del libro abierto tiene entre las manos una blackberry. Duro de imaginar. Sería una sarcasmo, una violenta ruptura entre "tema actual" y forma escogida. Terrible lo que nos puede estar diciendo esa imagen hipotética: están perdiendo la lectura nuestros jóvenes, ¿qué les estamos dando en su lugar? Qué difícil, entonces, el equilibrio, la intimidad, la armonía, el silencio, la autoposesión para darse a los demás.

D. José esculpió mucho, va para los cien años. En una parroquia a la que suelo ir a Misa, hay varias esculturas suyas en madera. En una de ellas, en la del fraile San Pascual Baylón, esculpió su propio rostro. Cada vez que voy, me parece que me mira, y me acuerdo de él. Y de la "Niña de las coletas". Y de su fantástico taller. Y de que hay algo que no podemos permitirnos perder.

lunes, 28 de febrero de 2011

Té, literatura e identidad

La literatura tiene un sorprendente espejo en la gastronomía. Me he visto forzado a suscribir esta tesis porque los hechos son abrumadores, y se resumen en dos tesis: la lectura es una asombrosa imagen de esa secuencia que va desde el paladeo hasta la digestión; y la escritura confina a sus practicantes en una estricta cocina.

Ahora sólo desearía fijarme en las analogías de la literatura con el té.

Es casi un dogma de la escritura que, al menos, hay dos sujetos implicados en su ejercicio: el explorador y el cartógrafo. El primero es un tipo febril y sudoroso, con una brújula en el corazón, a quién no hay que hacerle muchas preguntas. Se le sigue y punto. El segundo es un señor que archiva los informes del primero, deja que se enfríen y luego los criba, coteja, disecciona, reduce, conecta... para poder confeccionar el mapa con que llegar a aquel lugar que su visionario colega dice haber visto.

Bueno, pues cuando pongo el agua del té a hervir me siento como el primer sujeto; y cuando cubro con un platito la taza humeante con la bolsita dentro -para crear el "efecto invernadero" y que la cosa fermente- ejercito la paciencia del segundo. 

Por ahora nos llevamos bien los tres.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tienes que beber más agua

-Tienes que beber más agua.
-Vale doctor.

Pero una cosa es hidratarse y otra lo que está pasando. Y la verdad es que ya me estaba comenzando a acomplejar: ¿por qué no llevaré una botella de agua mineral de dos litros conmigo, como hace "todo el mundo"? Hay un rito de canonización mediática y social de objetos, oficiado por futbolistas. Consiste en poner el objeto sobre la mesa mientras se habla ante las cámaras. Habitualmente es una botella de agua mineral. Por este rito, la botella de agua gana una nueva naturaleza, pasa a ser símbolo, magia, talismán. Y ya es difícil no escuchar el glup, glup en cualquier lugar público. Temo que pronto alguien se dirigirá a mí así: "Eh, usted, el que no lleva botella". O peor: "Buenas tardes, ¿me deja ver su DNI, por favor? Gracias y... ¿no lleva botella? ¿no sabe que no se puede circular por la acera así, por peligro de deshidratación? 200 euros".

El otro día, en el fragor de un coloquio sobre arte contemporáneo, una asistente entre el público recurría sin pudor a su práctica hidratante echando mano de este agua milagrosa secularizada -porque el milagro que se busca es el de la eterna juventud, aunque no se sea muy consciente de ello-. Luego, al contárselo a un amigo, me entero de que hay ingresos en hospitales por hiperhidratación, y que existe la potomanía: manía de beber demasiada agua para saciar el hambre y no engordar.

Bueno, lo que apartó finalmente mi mano del objeto mágico no fue el inevitable fastidio de cargar con unos quilos de más, ni el dispendio económico de comprar una mochila en la que introducirla -convirtiéndome en un literal acueducto-, ni los casos clínicos por hiperhidratación. No, no fueron condicionantes físico-económico-hospitalarios; fueron, simplemente, estéticos. No acabo de ver claro tanto plástico conmigo. Si me imagino empinando el codo con una botella de agua mineral de dos litros en medio de un coloquio sobre arte contemporáneo, me da un ataque de vergüenza anticipado. Bueno, quizás alguien pensaría que estoy realizando una performance, o remedando la postura del Laocoonte desde un irónico guiño postmoderno. 

Una cosa no quita la otra. Hay que hacer caso al médico. El problema no es hidratarse, sino perder el buen sentido de lo humano al hacerlo. Además, la botella de agua mineral es sólo el principio: no veo lejos el momento en que llevemos también en la mochila un bote de ketchup, un tupper con escarola, cereales all-bran, té rojo y verde y camomila, un pack de servilletas de papel, gel, cubiertos de plástico, un mantel de hule, sandwichera... Echaré entonces en falta el manual de instrucciones del sentido común, que parece que es lo que estamos olvidando... ¿será por deshidratación?