AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 10 de julio de 2020

Mal que bien, de Enrique García-Máiquez: cuatro notas


Mal que bien. Enrique García-Máiquez
Adonáis-Rialp. 2019



I.
En los versos de García-Máiquez siempre me maravilló y maravilla su luminosa potencia de creación de significado, con sus particulares estrategias. Se podría decir así: te lleva confiado por esos primeros versos del poema, donde parece que no ocurre nada, donde simplemente has comenzado un paseo con amigo afable y su sintaxis, de un elegante hablar cotidiano. Pero... cuando quieres darte cuenta estás en una caja de resonancia donde se multiplican y adensan los sentidos, pulsados por paradojas, antítesis, contrastes -sí, atentos a esta estrategia sempiterna de los poetas, la estrategia del 2, de lo uno y/sobre/contra/en/dentro de lo otro, tan efectivamente revivida en esta poética-. Quien cierre su vida a un único plano no podrá revivir esa verdad al leer estos poemas, o solo hará un ejercicio imaginativo de poco vuelo. ¿Lo extraordinario y lo ordinario? ¿la belleza de los brillos y la grisalla? Sería un modo de decirlo. Y he aquí una estética de gran calado.


II.
La literatura que habla de literatura, si en eso se queda, con qué poco se queda, y nos quedamos. El negativo de esta idea me vino al leer "Lady Macbeth", porque este poema regala la plenitud del argumento contrario. Si sus versos me trajeron por los nocturnos pasillos del castillo de Dunsinane, observando sobrecogido junto al médico y la dama tras una de aquellas cortinas, igualmente me devolvieron a mí mismo. La intertextualidad que no decanta en intracordialidad para el lector, es viajada palabrería, o poco más. Estos versos me devuelven con nueva claridad a la insistencia con que nos asedian las obsesiones, a las faltas que buscan redención y al desvarío de no dársela... La intertextualidad o los ecos o los aires de familia -como queramos llamarlo-, ha de ordenarse a la distancia estética con que la buena literatura nos invita a la verdadera comprensión de nosotros mismos. Y esas comprensiones solo vienen de la mano de los buenos amigos. ¿La obra literaria como un amigo? Sí, pero de eso hablaremos otro día.

III.
Democracia vertical o diacrónica, plebiscito de gente bienavenida, pausada y sabia... son modos de llamar a la tradición: vital, familiar, literaria, sin la que uno nunca sería su mejor posibilidad. Sin tradición solo queda el silencio: el malo, el envoltorio de la insignificancia. En Mal que bien se celebra la tradición, como todos los días se puede celebrar un café con los amigos, sin estridencias, por el puro juntarse a seguir buscando el bien común, grande o sencillo, que nos conforma y confirma. Presentes los ausentes, por el lenguaje que convoca a la familia, a los amigos, a escritores, personajes, Dios... Yo creo que escribir poemas es siempre un responder a una llamada, entrar inmerecidamente, por la iniciativa de otros, en una cálida casa. Escritura y gratitud son inseparables, como se prueba en este poemario.

IV.
Para Eliot el ritmo del poema debía hacer sus mímesis de los tempos del habla: la oral, la cotidiana, la invisible. Yo creo que el poeta, sin decirlo, camina por ahí con un espejo que refleja esos ritmos anónimos en que nadie se fija, y en que todos vivimos. Es artificio, sí, es un volver a lo que nos compone. Y en el propio volver se reconstruyen, con mayor claridad esos acentos, esos alientos, pausas, compases y medidas... y nos hace conscientes, reconscientes, de lo que permanece mientras pasa: el tiempo que esculpimos, que esculpieron nuestras madres hablándonos con arte en nuestros corazones, que resuena de nuevo en los poemas. No se confundirá el lector si siente, al leer mal que bien estos poemas, una extraña presencia familiar que reconcilia, en la forma y el fondo, con la vida... la mejor, la que intuimos de nuevo -muchas gracias Enrique- en la nuestra. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miércoles de Ceniza, de T. S. Eliot: nueva lectura

Vuelvo a abrir la edición de las obras de Eliot por el día de hoy: Miércoles de Ceniza. Era 1930 y Eliot tenía 42 años.

Porque no espero volver otra vez
porque no espero
porque no espero volver
a desear el talento de este, o la habilidad de aquel,
no me fuerzo a esforzarme ya por cosas tales
...

Una guerra increíble, un periodo tenso prebélico, un matrimonio roto, una conversión religiosa. Se dice que deberíamos olvidarnos del poeta para encontrarnos con el poema. Sí, yo también lo digo y lo enseño. Pero el lector es soberano para invitar a su lectura a quien quiera, y nadie podrá censurarle si se hace acompañar del autor. La lectura, la vida, no es para la soledad. 42 años dan para haber sido acariciado por la ceniza muchas veces, y para esas intuiciones, sutiles, que salvan.

viernes, 23 de octubre de 2015

T. S. Eliot en el Club Chesterton: cuatro notas

I.
Sin ánimo de banalizar, pero como se dice en los Cuatro Cuartetos, "el momento dentro y fuera del tiempo", algo de eso pasó ayer en la sesión del Club Chesterton: invitado a hablar sobre Eliot a un buen grupo de profesores y alumnos de la Universidad CEU San Pablo, el tiempo se me volvió de esa textura extraordinaria de la comunicación cuando es comunión. 

II. 
Ahora, al recobrar el tiempo por la narración, me doy cuenta -me doy el relato- de que fue un día especial: por la mañana, dialogando con los alumnos del grado de Publicidad sobre Penélope y Ulises y la necesidad del reconocimiento, de entregar y recibir historias (con el eco de Higinio Marín); por la tarde, con los alumnos del Máster, desentrañando el cuento de Aldecoa "Seguir de pobres", acompañando los elocuentes silencios narrativos de los segadores de posguerra; y ya cayendo la luz, volviendo a contarme y contando la historia humana y poética de Eliot.

III.
En el autobús de vuelta a Ítaca, al Norte peninsular, a Kensington, a Puerta de Toledo... -ya discernir era inútil a aquellas horas de la incipiente noche que todo lo hermana-, con algunas asistentes a la conferencia, seguimos hablando de Eliot, de C. S. Lewis, de Newman, de Keble, de una novelista cuyo nombre no recuerdo...

IV.
Esta mañana se oculta tras una celosía leve, de trama blancuzca y tupida, hasta robarle las sombras a todo. No sé por qué, acato que también esto debe ser la literatura: un modo de mirar. Son las mañanas de la resaca.  
   

jueves, 9 de julio de 2015

T. S. Eliot en el aula de escritura creativa: "La tradición y el talento individual"



Para el cincuentenario del fallecimiento de Eliot Nueva Revista me pidió un artículo. Lo escribí con el deseo de articular ideas y debates que han aparecido en mis clases de la asignatura El oficio de escribir, en el Máster Universitario en Escritura Creativa de la UCM. 

El artículo aborda, entre otros puntos, la presencia del Romanticismo en nuestro presente: opino que todavía pedaleamos dentro del ciclo romántico. Posiblemente la posmodernidad no sea más que "Romanticismo para todos", por simplificar un poco. Cuánto lo quede, no me atrevo a vaticinarlo. Mientras tanto, aquí está Eliot, en el botiquín de urgencias del escritor avisado.

lunes, 23 de junio de 2014

Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura



I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con la realidad, posmodernidad también es Áspera nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos, su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.  


II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.  


III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:

La luz de las aristas no es más dura
que la del corazón a medio hacer.


IV.

Libro áspero, del desencanto radical con las hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide otro. Se verá.  

martes, 3 de julio de 2012

T. S. Eliot en italiano


El pasaje que abre el último cuarteto es una epifanía. Unos setos, una luz, un invierno. ¿Pero qué ocurre al traducirlo al italiano? ¿Está Eliot, la voz de este poema? Ah… misterio. Pero lo que sabemos es misterio de belleza. Dice en inglés:

Midwinter spring is its own season
Sempiternal though sodden towards sundown,
Suspended in time, between pole and tropic.
When the short day is brightest, with frost and fire,
The brief sun flames the ice, on pond and ditches,
In windless cold that is the heart’s heat,
Reflecting in a watery mirror
A glare that is blindness in the early afternoon.

Y se escucha el vaivén de la sílaba oscura y la sílaba clara. Ecos de tribus germánicas. Tambores. Fuerza. Ese ritmo de siempre, que el poeta se empeña en descentrar, un poco: en la repetición, variación. Pero en italiano:

La primavera de mezzo inverno è una stagione a parte,
Sempiterna, benché intrisa d’acqua al calar del sole,
Sospesa nel tempo, tra il polo e il tropico.
Quando il corto giorno più splende, di gelo e di fuoco,
Il breve sole inflamma il ghiaccio degli stagni e dei fossi,
Nel freddo senza vento che riscalda il cuore,
Riflettendo in uno specchio acquoso
Una luce que acceca nel primo pomeriggio.

Cada sílaba tiene su luz. Se dilata la lectura: más espacio, más voz, para decir cada cosa. El abanico de sonidos se despliega (aún más que en castellano). Siempre hay más luz en italiano. A veces hay que poner la palma de la mano sobre los ojos, como una visera, por el brillo.

¿Dónde estás, T. S. Eliot?
Sono qui.

(Fragmento de la traducción de Filippo Donini: Quattro quartetti. T. S. Eliot. Garzanti. Italy. 1992)

jueves, 17 de mayo de 2012

miércoles, 8 de febrero de 2012

Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés: cuatro notas



I. 
EN EL ARTÍCULO "Ulises, orden y mito", Eliot defendía la decisión de Joyce de recurrir a un mito clásico, la Odisea, con el que ordenar, a modo de horma y esquema, el material delicuescente y borroso de la vida moderna, y así componer el Ulises. Un orden literario con el que "dar forma y un significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea", "hacer el mundo moderno apto para el arte". Defendiendo a Joyce, Eliot se defendía a sí mismo: dos meses antes de estas palabras, había publicado La tierra baldía, donde varios mitos ancestrales le ensartaban sentido al marasmo cultural e histórico aludido. Que por qué cuento esto. He leído Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés, y he notado aquella misma necesidad de contar la vida, de forjar una forma literaria, de recurrir a tradiciones, mitos, narraciones, voces para escapar a esa sensación de inmensa futilidad y anarquía que, no pocas veces, se suscita en la vida contemporánea.

II. 
PERO NO SOLO JOYCE, ELIOT... "Valonsadero", ese espacio "literario" que remite a un precioso espacio soriano de monte, peñas, dehesa, vegas, cañadas... es una geografía escrita, por lo tanto animografía, porque va cruzada de narraciones, contemplaciones, personajes, barruntos de lo invisible... Y entonces te acuerdas del condado de Yoknapatawha de Faulkner, de esa otra "estrategia" literaria para decir la belleza -clara, confusa, dura, posible, terrena y antigua y eterna- de la vida, de la biografía de alguien, de algunos, de los que estuvieron, de los que están, de los que estarán; al sacar la cuenta, de todos. Pero no solo de Faulkner: llevado de la mano por ese narrador que anda hilando pensamientos con riscos, y aves, y gentes, y faenas de cultivo, y relatos, y cosas que pasaron, y pensamientos... uno se acuerda de Sebald, de esos paseos en Los anillos de Saturno donde todo anda enredado, contiguo y transfigurado de metonimia. Y haber, hay bastante más, pero también hay que ir terminando esta segunda nota.

III. 
VALORAMOS, COMO AQUELLOS GRIEGOS ya menos clásicos del Areópago, los esquemas nuevos, las nuevas pieles, los curiosos andamiajes donde el Arte nos vuelve a entretener del incordio de ese algo innombrable que va con el tiempo de los días que vuelven y retornan -y eso no sería, no es, poco-; eso que los antiguos con la áspera y lacónica belleza de lo justo decían taedium vitae. Redención de ahora para luego, que cuando se sustantiva y reifica podemos señalar, sin duda alguna, como esteticismo. Y ya solo por el trabajo, el oficio de Enrique Andrés, que sorprende por su novedad -tan de siempre- de construir con buenos materiales y amplitud y variedad, la cosa quedaría en estimable, tanto como para juntarla con los Joyces, y Eliots, y Faulkners...  pero...

IV. 
ASÍ, LOS RELATOS DE Los montes antiguos, los collados eternos van enhebrando un hilo que entra y sale y atraviesa esos círculos concéntricos de estas Mil y una noches -y días y tardes y mañanas- sorianas, de esos rodeos y círculos aparentemente ociosos, de esos aparentes desahogos, aparentes licencias líricas y expansiones del cavilar... seguramente es una novela sobre las apariencias -las del mundo, las nuestras-, sobre sus glorias y sus dolores y su esperanza. La belleza del mundo, la hermosura que no se basta a sí misma; las mil narraciones que se cuentan y escuchan al amor de mil fuegos para, secretamente, meterle una puya al tedio... todo, rodado en esa rueda del tiempo que todo lo derriba y que pareció quedarse ahí fuera mientras alguien contó un cuento, un sucedido, con tosco pero sincero empeño y que, ay, notamos también aquí, dentro...; todo, todo eso que solicita una bella y piadosa historia que dé plenitud de sentido, anda familiarmente, como a la espera, en estas páginas. 


jueves, 22 de diciembre de 2011

Así rezaba Thomas Stearns Eliot


Cuando era pequeño aprendí una oración en el colegio -Colegio El Vedat-. La recitábamos a coro al terminar de asistir a Misa, en la acción de gracias. Nos la enseñó D. Enrique Mas, un sacerdote del que no puedo hablar sin emocionarme. La oración reza así:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

El ritmo marcado facilitaba el aprendizaje; la cesura en casi todos los versos invitaba a que uno de nosotros subiera al presbiterio y dijera la primera parte; los demás decíamos coralmente la segunda. Muchos años más tarde, leyendo una colección de ensayos de Seamus Heaney, me sorprendió y me sonó familiar una constatación que hacía el Nobel irlandés: el rezo del Rosario en familia cuando era un niño -especialmente de las letanías- había dejado una huella honda en el sentido rítmico de su escritura poética.

Desde aquellos años de pantalón corto, en la acción de gracias de cada Misa he procurado rezar esta oración atribuida a San Ignacio de Loyola -pero unos cuantos siglos anterior, y compuesta en latín-. En mí también ha dejado un surco hondo.

*

No hace tantos años, investigando los Four Quartets de T. S. Eliot, me encontré con los libros de Helen Gardner -los estudios literarios nunca podrán saldar la deuda que tienen con esta mujer-: The Art of T. S. Eliot y The Composition of Four Quartets. Pues bien, me llevé una buena sorpresa cuando leí en la página 206 de The Composition... el borrador original de la sección III del último cuarteto, "Little Gidding", en el que constaban estos cuatro versos como final de una estrofa:

Soul of Christ, sanctify them,
Body of Christ, let their bodies be good earth,
Water from the side of Christ, wash them,
Fire from the heart of Christ, incinerate them.

Con esta adaptación, Eliot indica el significado relativo del éxito mundano, como es el de los ganadores de la Guerra Civil inglesa en el siglo XVII. Ante la muerte, y en clave cristiana, vencedores y vencidos acaban todos en un único bando. 

Pero lo que me interesa es que, según comenta Gardner, probablemente Eliot rezaba la oración original, tal como venía traducida del latín en el popular devocionario anglo-católico St. Swithun's Prayer Book. Eliot pertenecía a la rama anglo-católica del anglicanismo -justo los que desde hace un par de décadas están entrando en la Iglesia católica a través de la fórmula del Ordinariato anglicano-. Hace años visité el templo anglo-católico de St. Stephen's, en South Kensington, Londres, donde Eliot participaba como un feligrés más -llegó a ser sacristán del templo, con el Nobel ya impuesto y todo-.

*

Bien, muchas veces, cuando rezo el "Alma de Cristo" me acuerdo de Eliot. Además de ser una "figura", un "personaje", un "lugar literario", un nodo en la retícula cultural postmoderna, abierto a ilimitadas fluctuaciones de sentido en el juego estético-político de la interpretación, era sobre todo un hombre que rezaba... y que rezaba esa misma oración que me marcó a mí. Y que igualmente espera la resurrección de la carne. Allí nos veremos, Tom.  

lunes, 31 de octubre de 2011

Buenos Aires

Siempre nos quedará Buenos Aires. No he tenido la suerte, todavía, de estar allí. Pero, de algún modo, he estado. Hay lugares "muy lugares", como decía Unamuno en un artículo en el diario El Sol, en 1932; y ese singular adensamiento de la "lugaridad", a veces, se debe a que el lugar no lo escogimos, sino que nos escogió.

Sin esperarlo, me vi llevado hace bastantes años a Buenos Aires por una de las traducciones de Four Quartets de T. S. Eliot. J. R. Wilcock era su autor, argentino, y ella estaba descatalogada y en alguna librería de viejo del Cono sur. Me encontraba estudiando estas traducciones, cuando supe de la existencia de la traducción argentina, y las comunicaciones no eran tan fáciles como ahora: pero algo que no puedo llamar más que Providencia, hizo que en Londres me encontrara con un joven argentino que me habló de la gran biblioteca de su abuelo -su abuelo tenía que ser contemporáneo de Borges, si no mayor-, y yo le hablé de la influencia que aquella lejana traducción estaba teniendo sobre mis nervios -y eso que él no pretendía seguir la carrera de tantos psicoanalistas como hay por allí-. Dijo que, de vuelta a casa, la buscaría. Pues a los meses me llegó aquel librito, editado en los años 50. Desde entonces quedé en deuda con mi benefactor argentino, con Buenos Aires, con el Hemisferio Sur.

Luego, he continuado escuchando la llamada en anuncios de televisión argentinos, realizados con una fina gracia y una ironía elegante; y en tantos porteños que me he encontrado en mi propia ciudad; hace casi un año, tocando el saxo en el río, conocí a Nicolás, que trabajaba en un restaurante y había comenzado a tocar el violín, y un día me trajo agua; hoy mismo, otro me preguntaba por el rastro de los domingos. Acompañándole, me contó que es jefe de sala, Maitre, y que estaba estudiando un curso en Valencia. Me he sentido siempre muy bien tratado, como un pavo bien guarnecido. 

Tendré que ir allí, esa casa que noto tan mía. Aunque solo sea para saludar a los lectores bonaerenses de este blog. 
    

miércoles, 1 de junio de 2011

Leyendo sobre Eliot en el metro

El último alumno me entregó su examen de latín. Recogí mis libros, salí del colegio y me fui paseando hasta el apeadero del tren. Los campos de naranjos flanqueaban el camino polvoriento, el cielo proclamaba con desvergüenza el adelanto del verano. En el apeadero me encuentro algunos alumnos que habían declinado la invitación a hacer el examen de valenciano, que venía tras el mío. En fin. No pregunté. Llegó el tren. A punto de entrar se me acerca corriendo un alumno de "ciencias" a quien nunca había tratado. -D. José Manuel, solo quería despedirme, porque me voy del colegio, -¿Te vas a módulos -Formación Profesional-?, -¡Sí!, -Bueno, pues que te vaya muy bien. Él se va a su vagón. Se cierran las puertas. Me quedo pensando. Busco un asiento donde el sol no desolle mi cogote. Saco de la mochila un biografía de T. S. Eliot, que tomé ayer de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad. Es del 2006, relativamente breve. El libro va enfrentando la vida de Eliot con sus obras. El autor no es un psicologista del XIX, que explica la literatura por la vida del autor; es sólo un hombre sensato. Encuentra concomitancias, respeta el misterio de la vida y de la escritura. ¿Cómo separar vida y obra? 

El tren se va acercando a la ciudad. Cruzamos el gran cauce construido para prevenir inundaciones del Turia. Apenas me doy cuenta. Estoy en los años mozos de Eliot. Esa época de estudiante en Harvard, donde se enfrenta a un dilema: el mundo hipócrita de la sociedad de New England, esconde su vacío bajo ceremonias burguesas: es placentero, pero insoportable; y los poetas simbolistas, como Laforgue, a los que lee con avidez como lo más novedoso en poesía, abogan por que aflore el inconsciente, aún de la forma más brutal, para responder a esas mentiras burguesas. Ya no entra luz por las ventanillas. El tren se ha transformado en metro. Alguien más lee: aquí y allá, un best-seller o la prensa gratuita que chilla sus titulares sensacionalistas. Eliot lo está pasando mal. Hay que encontrar un camino. Anuncian mi parada por la megafonía del vagón. Guardo la biografía en la mochila.

Ha vuelto a ocurrir, y ocurrirá, aunque haya tantos intereses por negar la realidad. Nunca ha sido fácil ser joven. 

viernes, 22 de abril de 2011

T. S. Eliot: examen de conciencia



La primera vez que leí los Cuatro cuartetos, me sorprendió especialmente una sección. Yo leía como el estudiante que era, y Eliot escribía desde una dolorosa madurez, y además bajo los bombardeos alemanes del London Blitz. La sección aparecía en el último cuarteto, "Little Gidding". Era fascinante. Un poema narrativo que reflejaba un canto de la Divina Comedia, ambientado en una atemporalidad borrosa, ese intervalo que no es ya propiedad de la noche, ni todavía del amanecer, aunque sí patrimonio de Inglaterra por su telón constante en las tragedias de Shakespeare. Es el momento de las revelaciones.

Eliot se encuentra con un espectro, y los espectros retornan con revelaciones que influyen en la vida de los vivos, como muestra la escena del fantasma del rey de Dinamarca y su hijo Hamlet en la tragedia de Shakespeare. Como Brunetto Latini a Dante en el Infierno, este maestro -que representa a toda la tradición occidental- acompaña a Eliot por un caótico paraje que parece el infierno, pero que finalmente resulta ser un purgatorio. El maestro anuncia a su discípulo las verdades últimas y dolorosas del cuerpo y del alma, del alma de un escritor, y apunta a una purificación a través del fuego. Entre esas verdades punzantes cuenta la vanidad, el daño causado a otros, la autosuficiencia desmentida por el desmoronamiento del cuerpo... y más. 

Es un Eliot con un pasado que le pesa, y con una fe encontrada. Para mí que esta sección era el examen de conciencia constante del hombre Thomas Stearns Eliot en aquella encrucijada "nel mezzo del cammin di nostra vita".

miércoles, 9 de marzo de 2011

Miércoles de Ceniza, T. S. Eliot



Cada año, cuando llega esta fecha, me acuerdo del poema de Eliot, Miércoles de Ceniza. Es muy distinto a la Tierra baldía: al autor se le pasaron las fiebres vanguardistas, y las tijeras de Ezra Pound ya no estaban tan cerca. Es el poema de un Eliot que ha sufrido el drama personal y comunitario de la falta de sentido de entreguerras. De alguien que descubre en el cristianismo un camino de paz íntima, que anhela.

Aún me sobrecogen esos versos breves, que repiten pocas ideas, como conscientes de lo mucho, quizás demasiado, que se había dicho antes en Prufrock, en la Tierra baldía, y de lo que comenzaba a surgir en Los hombres huecos. Ahora se percibe como un camino de desnudez poética y espiritual. Eliot tenía temperamento puritano por educación familiar, y no era dado a grandes efusiones sentimentales. Creo que aquí se manifiesta también. Se guarda pudorosamente su concreta experiencia interior, humana. Nos da un modo de poesía, vagamente circunstanciada; pero poesía.

Cuando se lee su gran ensayo "La tradición y el talento individual", sobre la separación entre el hombre que escribe y el que sufre, en la misma persona, hay que leer también la Tierra baldía, pero no menos Miércoles de Ceniza. Se descubre una dimensión más honda, larvada aún, en aquellas opiniones.

En Miércoles de Ceniza, sobre todo, hay desengaño del mundo, resignación... y una llamita de esperanza que, ya en el gozo del último de los Cuatro cuartetos, crecerá hasta ser fuego abrasador que se hace uno con la rosa. 

Esta es la primera estrofa, de la primera sección:

                       I

Porque no espero volver de nuevo
porque no espero
porque no espero volver
a desear el don de este hombre y las posibilidades del otro
ya no me esfuerzo por esforzarme por esas cosas
(¿por qué un águila vieja extendería ya sus alas?)
¿por qué llorar
el poder ya extinto de lo que llaman poder?

(mi traducción)

Ilustración: Rosales apareciendo, JM Mora Fandos ©