En El Debate de Hoy, mi artículo Flannery O'Connor y el arte de la escritura. La conferencia de O'Connor es muy, muy recomendable.
AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR
¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I
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jueves, 21 de noviembre de 2019
sábado, 26 de enero de 2013
¡Cuidado, infinitivos apaches!
Tú también lo has notado: en la junta de vecinos, en la reunión del departamento, en la arenga del teniente de alcalde o en la consigna sindical; de labios de la guía del yacimiento ibero, incluso en la ansiedad de la tómbola cuando brama el voceador. Algo se ha incrustado entre tus omoplatos, es un tomahawk: es un infinitivo apache.
(Reconozcámoslo: hemos lanzado alguno alguna vez).
Decir por último...
Tan solo recordar que...
Y subrayar también lo que se dijo antes...
Ese infinitivo que parece tan moderno porque va emancipado de un verbo principal. Ese solecismo que alguien nos envaina con alevosía infinit(iv)a. Esa mascarilla de oficialidad sobrevenida. Esa sentenciosidad pretaporter.
(La expresión no es mía, qué más quisiera, se la escuché a un profesor de latín de la facultad de filología. Se ve que la cosa viene de lejos).
viernes, 7 de septiembre de 2012
Mi conversión al best-seller
Yo pensaba que nunca me ocurriría, pero sí. Aunque he de decir que ha sido una conversión serena, como la del que se convierte estoicamente al caldito de pollo al verle las orejas al pérfido colesterol.
Me horrorizaban los tochos con sobrecubiertas glasofonadas en rojo chillón, fucsia tóxico o negro macabro. Yo solo conocía los pequeños libritos, la portada áspera o casi, los márgenes generosos, la letra garamond, el ligero vaporcillo emanado de los renglones que lo enmisteriaba todo. Oh, amena conversación con los difuntos. Beatus ego!
Ha pasado el tiempo, no he tirado los pequeños libritos; pero ahora acaricio también estos formatos grandes, este papel de baratillo. No se eleva un vaho, no he de escudriñar la rosa para volver a ella una y mil veces; no hay rosa. Y las cosas dicen lo que dicen, sin susurro ni eco.
Que ya me estaba yo volviendo ligero y perfilado como humo de tratado metafísico sobre las brasas, un licenciado vidriera. Hasta que llegó el séptimo de bestsellería.
El best-seller funciona terapéuticamente si se consume según una pauta, es un pescado azul que baja la tasa de lípidos intelectuales, deshace las placas de ideología en las arterias; pero si abusas, se te queda una cara de besugo con manía de conspiración internacional que no veas.
martes, 19 de junio de 2012
Epigramas, de Tomás Moro: cuatro notas de lectura
I.
254. Remedios para
acabar con el mal aliento proveniente de algunos alimentos.
Para que el puerro
partido no desprenda olores repugnantes, sigue mi consejo y come una cebolla
inmediatamente después del puerro. Y si de nuevo quieres librarte del mal olor
de la cebolla, masticar ajos fácilmente te lo conseguirá. Pero si tu aliento
todavía es ofensivo incluso después de los ajos, o nada o sólo la mierda puede
quitarlo.
Acaba de salir esta primera traducción al castellano —en
edición crítica de Concepción Cabrillana— de los epigramas de Tomás Moro. El próximo
22 de junio se celebra la fiesta de Moro como santo mártir. Un mártir epigramático
y guasón tiene su qué. Este libro bien lo demuestra.
II.
74. La paciencia.
Soporta las
tristezas que sufres. La fortuna disipará tu tristeza. Y si no lo hace la
fortuna, lo hará la muerte.
Hay una sabiduría, principalmente estoica, en estos
epigramas de Moro. El estoicismo es una filosofía del estómago, en el sentido
en que decimos: “Hay que tener estómago para aguantar eso”, porque de eso se
trataba en la Roma clásica, de aguantar. En un mundo de tiranos, de ausencia de
la idea de persona tal como el cristianismo luego va a forjar, el estoicismo venía
a ser lo más sensato —si no se podía vivir indefinidamente en la contemplación
del mundo de las ideas, o haciendo ciencia en la corte del emperador—. Es una
filosofía ampliamente social, tiene su germen de democracia. Posiblemente, lo
más humano a mano. Y los humanistas del Renacimiento lo van a asumir,
necesariamente. Moro asume la sabiduría clásica como base humana: sus virtudes
cardinales, su sentido realista, su capacidad de observación del mundo, su
constatación de lo asombroso, la relatividad de todo a la muerte, la prontitud
para la renuncia y la resiliencia, la indiferencia frente a los vaivenes de la
Fortuna… Pero es una asunción, una introducción
en algo más grande que acaba de darle sentido: el cristianismo, que distingue
entre temores malos y buenos, espolea la esperanza y fomenta así las empresas y alegrías más
altas. Se cancela el fatalismo (el estoicismo aparece originariamente en Atenas
como filosofía que procede de oriente).
Y los tiempos renacentistas tampoco se quedaban cortos en
ciertas prácticas civilizadas de dilatada tradición clásica —conviene
desmitificar un tanto, o situar en su justo alcance, aquellas ilustraciones
atenienses y romanas—, como desmembrar al criminal por orden gubernativa y
colgar los cuartos a las puertas de la ciudad para aviso de caminantes o en la
plaza pública a modo de pedagogía social. Como lee el buscón Pablos en la carta
de su tío, verdugo con plaza en Segovia, donde cuenta que le cupo ajusticiar al
padre del muchacho y que tras ahorcarlo a la vista de la gente, “Hícele
cuartos, y dile por sepultura los caminos”.
III.
110. La vida del
tirano es inquieta
Gran preocupación
agota el día del gran tirano; por la noche llega el descanso, si es que llega. Pero
los tiranos no descansan más cómodamente en una blanca cama de lo que lo hace
el pobre en el duro suelo. Así que, tirano, la parte más feliz de tu vida es
esa en la que, con todo, quieres ser igual que un mendigo.
Séneca es posiblemente el filósofo de referencia en la
Inglaterra renacentista; y sus tragedias son el modelo del dramaturgo Kyd, y
algo más que un modelo para cuando Shakespeare venga a escribir sus tragedias.
Los convulsos años isabelinos invitaban al hombre cultivado al retiro de su mundo
interior, del mismo modo que Séneca respiraría hondo cada tarde al llegar a su
casa, tras despachar en palacio con Calígula. Menudo angelito. Todo se tambalea.
Tomás Moro, con el affaire Enrique VIII, es el último en
asumir el mundo fatalista estoico en la perspectiva cristiana. Tras él, el
poder político comienza a oscurecer el punto de fuga trascendente. La cultura
es un terreno peligroso. La tragedia es el género teatral estrella.
IV.
52. Sobre un juicio
gracioso. Del griego.
Tiene lugar una disputa;
el acusado era sordo y sordo era el demandante. También el juez era más sordo
que los otros dos. El demandante pide la renta por una casa, cumplido ya el
quinto mes. El acusado replica: “mi molino ha estado moliendo toda la noche”.
El juez los mira y pregunta: “¿por qué disputáis? ¿No tenéis la misma madre?
Mantenedla los dos”.
Quizás el epigrama, el espíritu del epigrama, subsiste hoy
en la publicidad, donde se encuentra tantas veces la ironía, la concisión, el
doble sentido. Y también en el microrrelato, con su rauda narración, su final
sorpresivo, su naturaleza chistosa. Y aún podría ser en un twitt, aunque, la
verdad, no es fácil encontrarlos allí.
Epigramas, Tomás Moro. Madrid, Rialp, 2012.
viernes, 15 de abril de 2011
Imaginación: ejercicio y madurez
"La imaginación crece con el ejercicio, y contrariamente a la creencia común, es más poderosa en las personas maduras que en las jóvenes". W. Somerset Maugham.
Pues sí, gracias Somerset. Para los que ya vamos teniendo años es un cumplido y es una verdad. De la madurez citada no podría responder. Supongo que me asiste la madurez standard, la que, quieras o no, la vida le da a todo quisqui tras el correspondiente coscorrón.
Pero volviendo a la imaginación, es cierto que la madurez de los años ha aportado descubrimientos, conocimiento, nuevos elementos y nuevas conexiones para ese ejercicio de figurar, de construir una figura -sea lírica o narrativa, fija o dinámica-, a partir de esa desembocadura del magma fluyente de sensaciones, ideas, recuerdos, deseos, culpas, redenciones, emociones en el golfo de la realidad... Puede ser una imaginación más sabia, honda y rica.
No sabría calibrar el grado de madurez de quien efectuó el siguiente trastoque metafórico de un conocido refrán: fue esta mañana, un albañil le decía a otro, hablando con cierto recelo de la presencia del jefe de obra: "Ya sabes, aunque el capataz se vista de mona, mona se queda".
miércoles, 13 de abril de 2011
Traducciones primaverales
"La primavera la sangre altera". Tópico, sí, pero el tópico es la caja de cerillas en el bolsillo cuando viene el apagón. Siempre alumbran algo.
Primavera: los adolescentes gritan su divino tesoro y, como remataría su cuarteto Darío, "sin querer". Hay brillos brincando aquí y allá, y todo se vuelve intenso y acharolado como unas pupilas bovinas.
Y al tópico primaveral me acojo para justificar la traducción que me presenta un alumno. El alterado adolescente -buen chico, desde luego- se encuentra con este final de frase cesariana ...collem occupaverunt: "...tomaron la colina". Pero si se confunde collis-collis, con collum-colli, es plausible un homicidio por asfixia: "...se les echaron al cuello", concluía el energético muchacho.
Pero cuidado con las cerillas.
miércoles, 2 de febrero de 2011
No es el argumento definitivo, pero...
Voy a dar una conferencia sobre la lectura a los padres de los alumnos del colegio Llaüt, Palma de Mallorca. Como se trata de ganar y confortar adeptos a la lectura, me digo: "No les aburras con sesudos argumentos. Aplícate tu propia entrada de blog, tomada de C. S. Lewis: No escribas delicioso, haz que lo digamos nosotros al leer tu descripción. Pues eso: nunca des una receta sin provocar al mismo tiempo un hambre canina. Incítales".
Repaso mi arsenal de recursos, y busco algunas citas inspiradoras. Y bueno, me he encontrado con esta del escritor y periodista norteamericano Patrick Jake O'Rourke: “Lee siempre algo que te haga quedar bien si mueres a mitad lectura”. Reconozco que me he reído, y que me ha dado luces. Voy a utilizarla con otras de gente tan solvente como Cicerón o Séneca. No es el argumento definitivo para la elección de buena literatura, pero en estos momentos de "cultura de la imagen", puede tener una fuerza especial. Si se imagina con cierto detalle, es horroroso: me figuro a mí mismo, balanceado ya póstumamente por los vaivenes menguantes de una mecedora, boquiabierto y con los ojos medioenblanco, recién apeado en la última parada (cardiaca) del tren de la vida, y en mi regazo un ejemplar de ...
A la salida del funeral, dos amigos:
-Ya ves, toda la vida hablando de buenos libros y...
-Pobrecillo, un desliz en el último momento.
-¿Crees que en aquellos últimos instantes recobraría la lucidez y se arrepentiría?
-Me sostiene esa esperanza.
-Menos mal que llegaste enseguida.
-Sí.
miércoles, 26 de enero de 2011
De la escritura bonsai
Me encuentro en www el siguiente consejo de la escritora Esther Freud:
Confía en el lector. No es necesario explicarlo todo. Si conoces algo a fondo, y le insuflas verdadera vida, el lector también llegará a conocerlo con esa profundidad.
Yo lo llamaría la vía natural de la escritura. Tendemos a complicar las cosas que queremos hacer bien; una complicación que, por cierto, las encorseta, les roba el aire, las desarraiga.
No tengo nada en contra del cultivo del bonsai; incluso una vez tuve uno. Me lo regalaron por reyes, sin manual de instrucciones, y ciertamente yo tampoco busqué uno. El bonsai aguantó estoicamente mi indiferencia, mi ignorancia culpable, mi olvido casi sistemático. Pero dos meses de ausencia estival pudieron con su ataraxia milenaria oriental. Y se secó.
De mi difunto bonsai saco dos metáforas al cuento del consejo de Freud:
1, cuando veo un árbol, creciendo a su aire, sin intervencionismos orientalistas, pienso que hay que confiar más en el buen sentido de la vida misma. Lo antinatural acaba siendo una carga, y una tragedia -véase el párrafo anterior-. Todo árbol es un bonsai que conoció su liberación ya de pequeño. Toda escritura debería fiarse del germen de crecimiento y desarrollo natural que encierra en sí.
2, celeblo esclitol bonsai, liblo bonsai, celeblo lectol bonsai; ¿tú entendel?
miércoles, 12 de enero de 2011
Sobre "No puedo olvidar tu rostro" de Mary Higgins-Clark
I.
-Doctor, doctor, he leído No puedo olvidar tu rostro, de Mary Higgins-Clark.
-¿Qué es lo que se nota?
-No sé... es difícil de describir, como si me hubiera tragado tres kilos de algodón de azúcar, ¿sabe? un regustillo a fresa sintética en el paladar que no se va.
-¿Y luego muchas ganas de comer?
-¡Efectivamente!
-No se preocupe entonces, es el proceso habitual. Mary Higgins-Clark es novela champú, te lava la cabeza, y luego a otra cosa. No se obsesione, no le busque tres pies al gato, simplemente hay que ajustar el tipo de lectura al libro concreto. Ahora léase Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, una sesión cada ocho horas: es material extremadamente sustancioso. Si nota que se marea en algún momento, déjelo con mucha calma, y simultanéelo con Por siempre mía, de Higgins-Clark. Un buen lector ha de adquirir hábitos de inteligencia, sensibilidad, autocontrol, humor.. una cuestión de equilibrio.
-¿Cree que alguna vez lo conseguiré, Doctor?
-¡Claro!
II.
La verdad es que es adictiva, hay que tener cuidado. Pero ha sido todo un redescubrimiento: acabada la novela, cierro los ojos y me viene a la cabeza Los ángeles de Charlie, Falcon Crest, glamour, psicópatas, series televisivas y tú con la modorra de sobremesa, la esquina de Madison con la Quinta, "tiene derecho a hacer una llamada a su abogado", giros inesperados de último segundo, "¿Salimos a tomar unas pizzas?, OK, Lou, desvía las llamadas a mi contestador, ¿quieres?", oigo los últimos vagidos de los Bee Gees, Thriller de Jackson... y todo aquel universo de modernidad USA que venía en los 80's. Una vuelta a todo aquel mundo pre-teléfono móvil y pc, que hace que para mí Higgins-Clark esté mucho más cerca de Agatha Christie y Wilkie Collins que de los best-sellers de ahora.
III.
Un buen champú no es cosa que despreciar. Pero tampoco se trata de coleccionarlos.
miércoles, 5 de enero de 2011
Los Reyes Magos, San Nicolás y Pagano-el
Pobre San Nicolás, le ha caído una santidad ingrata (al menos a este lado de los Pirineos). Durante todo el año trabaja a destajo: que si que llegue a fin de mes, que si pagar esta factura, que si... Sancte Nicolae, curam domus age! -que dice la invocación tradicional-, que nuestro hogar no se arruine. Y ahora, con la crisis global, a troche y moche.
Y cuando el buen santo podría tomarse unas minivacaciones, ya que llegan los tres Reyes a hacer el turno de invierno, va y le sale esa caricatura inmerecida de Pagano-el: cualquier desaprensivo se hace con unas barbas blancas y un gorrito rojo, y ale, hasta lo más indecoroso y zafio tiene ahí su pasaporte a la Postmodernavidad.
Hay santidades y santidades, hay que reconocer que a los tres Reyes les ha salido muy bien en la tómbola cultural: sus representaciones son por lo general dignas, todo colorido, exotismo, bondad. No hay nada como salir en el Evangelio de San Mateo. San Nicolás, por el contrario, tiene su imagen sencilla, callada, de hacendoso administrador de nuestras estrecheces, cuya historia no nos acaba de interesar mucho, y a quien solemos olvidar en cuanto se cumple la petición.
En fin, ahora que es el momento de hacer propósitos para el año nuevo, por lo que a mí respecta, prometo tratar mejor al santo... a ver si vienen brotes verdes de verdad.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Una buena carcajada es el mejor pesticida
"Hombre globo", JM Mora Fandos
I.
Vladimir Nabokov, un solvente escritor con cuyo sentido de la vida no simpatizo, dijo una frase que recuerdo a menudo, porque me es útil: "Una buena carcajada es el mejor pesticida". Porque hay muchas cosas en la vida que necesitan una rociada de pesticida, empezando por aspectos de uno mismo. Tomarse demasiado en serio nunca es bueno. Como tomarse demasiado a broma.
II.
Esto ya lo sabía Sócrates: el principal problema del mal -además de su pura presencia- es que te hace malo; y aunque no lo estuvieras practicando, y sólo pasaras por allí, te puede volver algo más rígido, desconfiado, triste, por pura salpicadura. El sentido del humor es esencial.
III.
Carl Schmitt, el pensador político, echaba en falta la "seriedad de la vida" al constatar la pérdida de sentido profundo, especialmente religioso, en la sociedad europea, a lo largo del siglo XX. Qué pensaría ahora, con nuestra juguetona postmodernidad, que sólo se toma en serio no tomarse nada en serio; supongo que le daría un infarto. Pero a mí, la expresión "seriedad de la vida" no me acaba de gustar. Prefiero decir la enjundia: mucho más cervantino. Qué fácilmente lo serio se vuelve una coartada para el pesimismo.
IV.
Una recomendación: entre los pesticidas, los teatrales hacen efecto rápido: La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, a mí me funciona.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Un microrrelato para felicitar la Navidad
Despertar
La pequeña se miraba las uñas y dudaba entre el rouge magnetic y el rouge allure del juego de cosmética. Su hermano, dos años mayor, se impacientaba con la lentitud del Mega-Maxi-Plus 8.2 para cargar el simulador de operaciones bursátiles. En la cocina la madre acunaba a una muñeca, mientras el padre hacía formar el séptimo de caballería bajo la cama.
Baltasar rodeó por los hombros al joven paje, que contemplaba la escena con los ojos como platos.
-Lamento que hayas tenido que enterarte de este modo, -le dijo. -A mí también me costó encajarlo: sí, los niños son los padres.
(Feliz Navidad a todos los que pasáis por este rincón de la blogosfera. Soy de la opinión de que Dios se ha hecho niño, para que los niños puedan hacerse Dios... y los mayores hacerse niños. Y no soy el único que opina así... gracias a Dios).
viernes, 26 de noviembre de 2010
Tienes que beber más agua
-Tienes que beber más agua.
-Vale doctor.
Pero una cosa es hidratarse y otra lo que está pasando. Y la verdad es que ya me estaba comenzando a acomplejar: ¿por qué no llevaré una botella de agua mineral de dos litros conmigo, como hace "todo el mundo"? Hay un rito de canonización mediática y social de objetos, oficiado por futbolistas. Consiste en poner el objeto sobre la mesa mientras se habla ante las cámaras. Habitualmente es una botella de agua mineral. Por este rito, la botella de agua gana una nueva naturaleza, pasa a ser símbolo, magia, talismán. Y ya es difícil no escuchar el glup, glup en cualquier lugar público. Temo que pronto alguien se dirigirá a mí así: "Eh, usted, el que no lleva botella". O peor: "Buenas tardes, ¿me deja ver su DNI, por favor? Gracias y... ¿no lleva botella? ¿no sabe que no se puede circular por la acera así, por peligro de deshidratación? 200 euros".
El otro día, en el fragor de un coloquio sobre arte contemporáneo, una asistente entre el público recurría sin pudor a su práctica hidratante echando mano de este agua milagrosa secularizada -porque el milagro que se busca es el de la eterna juventud, aunque no se sea muy consciente de ello-. Luego, al contárselo a un amigo, me entero de que hay ingresos en hospitales por hiperhidratación, y que existe la potomanía: manía de beber demasiada agua para saciar el hambre y no engordar.
Bueno, lo que apartó finalmente mi mano del objeto mágico no fue el inevitable fastidio de cargar con unos quilos de más, ni el dispendio económico de comprar una mochila en la que introducirla -convirtiéndome en un literal acueducto-, ni los casos clínicos por hiperhidratación. No, no fueron condicionantes físico-económico-hospitalarios; fueron, simplemente, estéticos. No acabo de ver claro tanto plástico conmigo. Si me imagino empinando el codo con una botella de agua mineral de dos litros en medio de un coloquio sobre arte contemporáneo, me da un ataque de vergüenza anticipado. Bueno, quizás alguien pensaría que estoy realizando una performance, o remedando la postura del Laocoonte desde un irónico guiño postmoderno.
Una cosa no quita la otra. Hay que hacer caso al médico. El problema no es hidratarse, sino perder el buen sentido de lo humano al hacerlo. Además, la botella de agua mineral es sólo el principio: no veo lejos el momento en que llevemos también en la mochila un bote de ketchup, un tupper con escarola, cereales all-bran, té rojo y verde y camomila, un pack de servilletas de papel, gel, cubiertos de plástico, un mantel de hule, sandwichera... Echaré entonces en falta el manual de instrucciones del sentido común, que parece que es lo que estamos olvidando... ¿será por deshidratación?
domingo, 7 de noviembre de 2010
No desencuentro, sino encuentro
Me refiero a ese controvertido diálogo entre Benedicto XVI y los periodistas en el avión rumbo a Santiago de Compostela. Me fijo en esta frase:
para el futuro de la fe y del encuentro – no desencuentro, sino encuentro – entre fe y laicidad, tiene un punto central también la cultura española
Ya se ve que "laicidad" no puede ser interpretada como algo malo, dentro de la semántica del discurso de Benedicto XVI; si no, sería como si el Papa estuviera pidiendo hora para una entrevista con el lado oscuro de la fuerza, con idea de llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que permita establecer acuerdos puntuales destinados a ulteriores medidas pragmáticas dentro de un gran pacto de viabilidad de comunicación bilateral que posibilite unos minutos más de presencia de la Iglesia en el prime-time del escenario mediático-político-económico de este mundo globalizado de acuerdo con shares de audiencia y encuestas de aceptación a cambio de unas contraprestaciones espiritu-político-culturales de modo que se pueda llegar a un entendimiento basado en el diálogo (tomar aire aquí) dirigido a llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que... (da capo senza fine, con la precaución de hacer la pausa respiratoria en el lugar adecuado)
El Papa, obviamente, se refería a otro tipo de encuentro.
viernes, 29 de octubre de 2010
Ernst Robert Curtius y la carne ilustrada
Leyendo Diario de lecturas de Ernst Robert Curtius -uno de mis sabios de cabecera-, me encuentro esta deliciosa anécdota:
Cuando me encontraba -pronto hará treinta años de ello- escribiendo un libro sobre Balzac y quise reunir testimonios de la acogida dispensada a este autor por sus contemporáneos, intenté conseguir los diarios de Goethe, que, como es sabido, tan sólo en la edición de Weimar se reproducen completos. Me resultaba difícil el acceso al texto deseado. Mas he aquí que, al comprar embutido, el tendero me lo envolvió en un pliego de maculatura de la edición de Weimar que contenía precisamente el texto buscado. En momentos de gran efervescencia intelectual, las cosas vienen a uno sin que antes las haya perseguido.
Bien, me pareció tan curiosa, que se me disparó la imaginación:
-A ver, Klaus, me pones media cuarta de morcillas.
-¿De las de cebolla, Herr Curtius? Me las están quitando de las manos.
-Sí, sí, de las de cebolla, que eso siempre activa la circulación.
-¿Algo más, panceta, morros...?
-No, para este fin de semana bastante... por cierto, ese papel... ¿es de los diarios de Goethe?
-Sí, siempre cotejo el papel de envolver con los volúmenes de mi biblioteca, y como vi que los diarios de la edición de Weimar los tengo en buenas condiciones, y este es un pliego de desecho de imprenta pues...
-Bueno, tú avisa siempre, que de los manuscritos del Maestro Eckhart que envolvían la paletilla de la semana pasada casi ni me enteré; pensaba que eran apuntes de Hegel en Tubinga, de esos que están utilizando este año como combustible en las locomotoras: son puro progreso; pero dicen que para el fogón casero no van tan bien.
-Sí, los de Schopenhauer encienden más rápido, son pura chispa. Usted perdone, sí, hay que ser más cuidadoso.
Bueno, perdón por la maldad, pero no he podido reprimirme.
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