AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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jueves, 13 de mayo de 2021

Presentación poemario Línea discontinua Librería La Central Callao Madrid


Alegra ver que vuelven algunos buenos hábitos y costumbres. Uno de ellos: las presentaciones de libros. Y además le ha tocado a mi poemario, Línea discontinua (Pre-Textos). Así que me alegra doblemente. 

Será en la librería La Central, en Callao, Madrid, el 25 de mayo a las 19:00 h. No conozco otra librería más bonita en Madrid. Triplemente contento. 

Habrá un diálogo con el poeta Guillermo Marco Remón -sigo añadiendo alegrías-, y con quien se acerque por allí. Lástima que el aforo esté muy limitado por las condiciones sanitarias, y haya que escribir un correo a La Central para reservar plaza. Para quienes no podáis asistir, hay una conexión al acto por Zoom, si os apetece. Y toda la información la tenéis en este enlace a la agenda de La Central.

Y me encantará dedicar los libros añadiendo una pequeña acuarela, como la de la foto de este post.

viernes, 19 de marzo de 2021

Línea discontinua, José Manuel Mora-Fandos. Ed. Pre-Textos

 

Pues muy contento de la reciente publicación de esta colección de poemas en la cuidada edición de Pre-Textos. Una línea discontinua de estilos, temas, miradas... hay veinte años en esta línea, que discurre discontinua, pero línea al fin y al cabo. La vida misma. Espero que guste. 

martes, 19 de enero de 2021

Alto soy de mirar a las palmeras

La presencialidad del primer cuatrimestre era un bien escaso. Tras las mascarillas había estudiantes de periodismo, eso no iba a dudarlo, aunque la nueva irrealidad siguiera su curso. Había que aprovechar el tiempo. Ahora pienso que me aferraba en aquellos días a algo de lo que entonces ni siquiera era consciente, pero que ahora llamaría fe, la de uso diario, la que sostiene el mundo y a uno mismo, fina. Aquellos días hablábamos de literatura, y de qué podía hacer por nosotros si nosotros hacíamos algo por ella. Así que llegamos a un día especial, aunque un día de estos es imprevisible, pero yo me había traído a clase mi antología de Miguel Hernández, la de Cátedra, comprada en una librería de ocasión. Debe de ser la misma fe, la que pone las ocasiones. Bien, días antes había recordado una conversación de hacía tiempo, con un amigo que me contaba que había leído un verso de Miguel Hernández en su clase, “Alto soy de mirar a las palmeras”, el primer verso de El silbo de afirmación en la aldea. Ocurre que algunos versos se quedan. Siempre que recordaba este verso brotaba una presencia de altura, de luminosidad levantina, de otro aire. Lo había experimentado tantas veces. Así que yo también lo leí a los alumnos con una fe a fondo perdido en que somos aquello que miramos, aquello que leemos. Dejé que resonara. Y sigue.

viernes, 10 de julio de 2020

Mal que bien, de Enrique García-Máiquez: cuatro notas


Mal que bien. Enrique García-Máiquez
Adonáis-Rialp. 2019



I.
En los versos de García-Máiquez siempre me maravilló y maravilla su luminosa potencia de creación de significado, con sus particulares estrategias. Se podría decir así: te lleva confiado por esos primeros versos del poema, donde parece que no ocurre nada, donde simplemente has comenzado un paseo con amigo afable y su sintaxis, de un elegante hablar cotidiano. Pero... cuando quieres darte cuenta estás en una caja de resonancia donde se multiplican y adensan los sentidos, pulsados por paradojas, antítesis, contrastes -sí, atentos a esta estrategia sempiterna de los poetas, la estrategia del 2, de lo uno y/sobre/contra/en/dentro de lo otro, tan efectivamente revivida en esta poética-. Quien cierre su vida a un único plano no podrá revivir esa verdad al leer estos poemas, o solo hará un ejercicio imaginativo de poco vuelo. ¿Lo extraordinario y lo ordinario? ¿la belleza de los brillos y la grisalla? Sería un modo de decirlo. Y he aquí una estética de gran calado.


II.
La literatura que habla de literatura, si en eso se queda, con qué poco se queda, y nos quedamos. El negativo de esta idea me vino al leer "Lady Macbeth", porque este poema regala la plenitud del argumento contrario. Si sus versos me trajeron por los nocturnos pasillos del castillo de Dunsinane, observando sobrecogido junto al médico y la dama tras una de aquellas cortinas, igualmente me devolvieron a mí mismo. La intertextualidad que no decanta en intracordialidad para el lector, es viajada palabrería, o poco más. Estos versos me devuelven con nueva claridad a la insistencia con que nos asedian las obsesiones, a las faltas que buscan redención y al desvarío de no dársela... La intertextualidad o los ecos o los aires de familia -como queramos llamarlo-, ha de ordenarse a la distancia estética con que la buena literatura nos invita a la verdadera comprensión de nosotros mismos. Y esas comprensiones solo vienen de la mano de los buenos amigos. ¿La obra literaria como un amigo? Sí, pero de eso hablaremos otro día.

III.
Democracia vertical o diacrónica, plebiscito de gente bienavenida, pausada y sabia... son modos de llamar a la tradición: vital, familiar, literaria, sin la que uno nunca sería su mejor posibilidad. Sin tradición solo queda el silencio: el malo, el envoltorio de la insignificancia. En Mal que bien se celebra la tradición, como todos los días se puede celebrar un café con los amigos, sin estridencias, por el puro juntarse a seguir buscando el bien común, grande o sencillo, que nos conforma y confirma. Presentes los ausentes, por el lenguaje que convoca a la familia, a los amigos, a escritores, personajes, Dios... Yo creo que escribir poemas es siempre un responder a una llamada, entrar inmerecidamente, por la iniciativa de otros, en una cálida casa. Escritura y gratitud son inseparables, como se prueba en este poemario.

IV.
Para Eliot el ritmo del poema debía hacer sus mímesis de los tempos del habla: la oral, la cotidiana, la invisible. Yo creo que el poeta, sin decirlo, camina por ahí con un espejo que refleja esos ritmos anónimos en que nadie se fija, y en que todos vivimos. Es artificio, sí, es un volver a lo que nos compone. Y en el propio volver se reconstruyen, con mayor claridad esos acentos, esos alientos, pausas, compases y medidas... y nos hace conscientes, reconscientes, de lo que permanece mientras pasa: el tiempo que esculpimos, que esculpieron nuestras madres hablándonos con arte en nuestros corazones, que resuena de nuevo en los poemas. No se confundirá el lector si siente, al leer mal que bien estos poemas, una extraña presencia familiar que reconcilia, en la forma y el fondo, con la vida... la mejor, la que intuimos de nuevo -muchas gracias Enrique- en la nuestra. 

lunes, 27 de enero de 2020

Esta sombra que fui, de Enrique Baltanás: cuatro notas

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Esta sombra que fui, Enrique Baltanás. "Poesía al albur". Cypress. 2019



I.
Volver a leer poemas de Enrique Baltanás me ha traído la satisfacción —pasan los días, lo voy comprendiendo mejor— de volver a un hogar. Una voz, unos poemas, un mundo: cuando te conmueven, quedan como un lugar que habitaste, y que recuerdas. Y hacía tiempo desde aquel habitar. Al leer Esta sombra que fui se ha recuperado todo aquello, han vuelto aquellas paradojas del tiempo personal y la identidad, la hondura y la belleza, la gravedad y la gracia poética. He notado una cuerda tensa, atada allí-entonces, y aquí-ahora, que mide un tiempo, un espacio y una persona poética, un tiempo sobre el tiempo de los relojes. Como todo mundo consistente que la literatura ofrece, este ha interpelado al mío, y este diálogo ya es parte de la ganancia de la lectura del poemario.

II.
Una paradoja asombrada alienta estas páginas, desde el título: Esta sombra que fui… y sin embargo es esta, no aquella que se recuerda, sino la que sigue viva, la sombra que vive comprendiendo lo que se vivió, quien se vivió… y es una sombra, ¿sombra de sombras? ¿momento ahora de reconocer que siempre se fue sombra? La paradoja es una figura literaria que presenta una aparente contradicción, que se resuelve en otro plano. Quizás Baltanás, quizás yo, queramos que lo que la vivencia de los días entrega como dilema insoluble, absurdo incluso, se resuelva como misterio y esperanza; queramos que el arte poético, trascendiendo cualquier entretenimiento constructivo para el tedio, sea una apuesta por lo que intuimos, sabemos más auténtico y sólido. Quizás en los ecos de Juan de Mairena sea donde más explícitamente se expresa este deseo (“La verdad más verdadera”). Pero yo diría que va en todo el poemario, como su alma.

III.
Perplejidad metafísica y cordial para una voz meditativa y serena. “Caminos de hierro” es uno de mis favoritos, donde se revela la oscuridad que uno es para sí, donde ese deseo hermenéutico, tan moderno, de comprenderse en la autotransparencia, se rinde mientras la vida sigue y se avanza en ese tren en el que se piensa y siente, puesto aquí como carne para el alma del símbolo. Y qué dominio rítmico e imaginario, qué difícil facilidad de contar el misterio, a la espera de su exégeta, que no seremos nosotros. De nuevo la esperanza.

IV.
O el magistral “Rosa, rosae”: quizás ya no seamos muchos los lectores que podamos hacer vibrar este poema en la lectura, con la llave justa para abrirlo, aquellos que en el sistema gramatical de las declinaciones latinas encontremos un cobijo de recuerdos y vivencias y nos sintamos iluminados por el ingenio de la transfiguración de la declinación y las caídas -casos- en nuestro vivir: aquella figura que fue de arideces metodológicas y de aprendizaje, es ahora figura con temperatura vivencial del paso del tiempo y, pese a todo, de nuestra mirada hacia la rosa de la belleza. Quizás descubramos que no fue gratuita la ‘rosa’ que se cifraba en cuatro trazos de tiza en la pizarra, y que, como en tantas cosas, hemos venido al final a atisbar el misterio de las coincidencias y las paradojas.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Herbario de sombras, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas.

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Herbario de sombras. José María Jurado García-Posada. Los Papeles del Sitio. Sevilla. 2019

I.
Dicen los buenos antropólogos que el animal se debe a su entorno, pero el hombre tiene mundo. Y los buenos filósofos, que ese mundo es un todo internamente conectado. Así, hacemos casa, hogar. Herbario de sombras de José María Jurado, en este otoño que ya se invierna en Madrid, tarde a tarde, se me vuelve casa, familiar, ya caldeada por Tablero de sueños (La Isla de Siltolá) y Gusanos de seda (JMJ), donde tan bien se estaba. Y ahora, en esta precioso trabajo de Los Papeles del Sitio, una edición que derrocha buen gusto y sentido estético. 

II.
Un día leemos a Keats, otro escuchamos a Monteverdi, entramos recogidos en la nave de la Iglesia de las Carboneras o ascendemos en un aire de sereno barroco en la basílica de San Miguel… secretamente se van configurando las hebras, se van urdiendo las tramas. Y otro día, como los dones, se nos entrega el dechado, el mundo, y sabemos que poco hicimos, y sin embargo, nada se dio sin nosotros. Misterio. Herbario de sombras aviva la memoria de mi propio herbario, y en aquel reconozco esa invitación a la respuesta agradecida y esforzada a tanto don que nos alcanza, si queremos. En la “Acotación” que encabeza el poemario va el aviso de esa querencia de la poesía de preservar el instante, de ahí este mundo que entrega el autor, de álbum de muestras, de invernadero, de ordenaciones, de conservatorios —si podemos estirar así la palabra—. Lo que fuera tiempo y belleza. Pero el lento laborar del poeta renueva la memoria en nuevos tiempos y bellezas. ¿Vivir es volver?  Y sin embargo, creo que hay una novedad, que nunca volvemos al mismo lugar.

III.
Este friso inextricable de poemas, novelas, músicas, pinturas, iglesias, imaginería es una admirable apropiación de arte, de cultura… Muchos de estos hitos me resultan nuevos, y pienso que el autor no espera que el lector los conozca todos, pero la entrega de estas experiencias suscita la impresión del misterio de lo humano, e invita a acercarse a ellos, y si no a ellos, a los propios. Una pedagogía de la vivencia de la cultura, un diapasón del tono anímico con que acercarse a lo más alto. Y al mismo tiempo la convicción de que ver es reconocer, y que cuánta mirada maestra, de otros, hay en la nuestra, si somos justos y agradecidos con lo que se nos entregó, con las tradiciones. “Ma petite ballerine” recoge esta experiencia. Uno de los poemas más emocionantes, donde repunta la emoción que de normal ha sido contenida y meditativa a lo largo de las páginas. 

IV.
Que José María Jurado es un delicado ebanista del listón y de la caja preciosa, del verso y del poema, no ha sido una novedad. Cuántos versos vienen compactos y bruñidos, con su ritmo ajustado al todo, de métrica clásica y controlada, que le hace de metrónomo a estos andantes contemplativos. “(La noche es más noche sin la noche / y más clara la luz cuando no hay luz”). O esa imaginería de las flores y los frutales, en la sección “Invernadero”, donde me he demorado con especial gusto en “Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa”, sobre un cuadro de Zurbarán: poema en que con la justeza de la clásica ironía de la tópica se aborda un tema serio y trascendente. Estaba Zurbarán allí, como está aquí en la lectura, y en nosotros, contemporáneo. Se apunta en varios lugares, en contrapunto de este recordar reelaborado y precioso que va miniando este herbario, vías de fuga hacia la trascendencia. Mucho dice de este poeta, que capta valiente esa sismografía más allá de las palabras y el arte, aunque con palabras y arte lo diga. ¿Se puede dar más? 


viernes, 15 de julio de 2016

Gusanos de seda, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas de lectura






I.

Estos gusanos de seda, lo reconozco, se me han vuelto ya mariposas. Tanto tiempo sobre la mesa del escritorio, el libro se ha metamorfoseado en metáfora. A veces, la primera lectura y su primera escritura son la seda que devanamos fascinados, inmediatos, botín de fino hilo que contemplamos cortando el haz de luz; pero también está la lenta digestión diferida, que alumbra mariposas, con su libertad e ingravidez, su autonomía sin nosotros. ¿Trae el tiempo la serenidad de saber que aquellas palabras tenían su vida, su vuelo, frente al hilo áureo que ávidos nos cobramos a la lectura primera, ansiosos de nuestro decir al decir del poema? Paga de largo plazo, a veces incómoda, pero liberatoria, sabia, serena. Oro o contemplación. Las dos.


II. 

Arde el sol, implacable, como el ojo de un buitre,
igual que un as de oros, inasible y lejano.

De José María Jurado, siempre el perfil labrado de la imagen y el pulso cierto del verso que levanta el seguro eje de su ser sobre la sexta sílaba. Cuando un poeta nos trae estos mimbres, vemos por vez primera nuestras nítidas imágenes privadas, particulares, pero vibrantes de comunicación profunda. Paradoja. 


III.

Citas, músicas, imágenes, libros, lugares, efemérides... hay quien lo llama culturalismo; y puede serlo. Pero para que sea algo humanamente relevante, la cultura ha de ser trascendida hacia nuestra intimidad. Y otra vez lo universal y lo particular; el dintel dórico bajo el que nos refugiamos presas de una emoción que se apagará con nosotros. Y la intuición de que todo lo digno quede en algún lugar, en alguna eternidad. Por eso leemos. Por eso leer Gusanos de seda.


IV.

"Entre dos fotografías", poema que cierra el libro y abre... ¿qué abre? ¿una eternidad? La pietas clásica, la comunión de los santos cristiana. Un nudo en la garganta. Son sagrados los restos de la vida... y un poema levanta aquí su estela hacia las estrellas.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Las propiedades del aire, de Enrique Baltanás: cuatro notas de lectura




I.
Este año, el poemario Las propiedades del aire vio la luz al recibir el premio Unicaja. Pasaban los meses y quería yo ponerle unas notas. Se me terminaba el tiempo, como a tantos poemas del libro, porque va del paso del tiempo, y quizás también del vaso del tiempo, donde queda y se precipita lo que no es solo el turbión de los minutos. De eso, algo de eso, va el libro. Comenzando por esa disposición progresiva —que progresista no; Baltanás y yo nos entendemos— de los poemas en una línea lumínica: de oscuridad cerrada a atardecer sereno, con refulgencias que conmueven. La luz del misterio y el misterio de la luz.


II.
Las propiedades del aire trae una propiedad legítima, la de la emoción poética: por humana y por poética, valga la tautología. Qué le vamos a hacer, los hombres y mujeres se emocionan —quizás he transgredido algún código cultural o el dogmatismo de la sospecha—, y nada grande —ni aun mediano— se ha vivido o padecido sin emoción. El poemario de Baltanás me ha hecho recordar que hay verdades sentimentales y que no son la cifra oscura de algo que con temor y vértigo palpamos en el interior de una caja oscura, en un cuarto oscuro; qué va. Son las verdades a las que se orientan los sentimientos, como los girasoles; luces que ellos mismos no pueden darse. No es que estas cosas, y alguna despistada poética, vuelvan —como piensa el espectador de la vida, curioseando un outlet retro—, sino que nosotros volvemos a ellas.
¿Línea clara?; escoplo preciso.


III.
El “Cancionerillo encontrado”, en clave de sol machadiano, es una de las secciones que más me entusiasman. Quede aquí esta copla —postestructuralistas, consulten a su médico antes de leer—:

No es soledad estar solo
sino creer que es tu nada
el principio y fin de todo.

Y otra, donde la fragilidad de nuestros quereres y comunicaciones no se trae para socavar ninguna antropología, sino para susurrar sabiduría cordial:

Soñé que un hilo delgado
tu sueño y mi sueño unía.
Y la mañana llegaba
y el hilo no se rompía.


IV.

Por poner en desordenada ristra un heterogéneo dechado: un poema mesanziano, en tono y tema, “Amor omnia vincit”; ironía, si no la hubiese, no habría Baltanás en estas páginas —pero las ironías se salvan, como todo, más allá de sí mismas, si al tirar la piedra no solo no esconden la mano, sino que muestran el corazón que las tiró—; hallazgos de imagen, alegoría de ley sin didactismos en “Reloj de sombra”; Ronsard, Pascal… Pero dejemos que el lector haga sus descubrimientos.

viernes, 23 de octubre de 2015

T. S. Eliot en el Club Chesterton: cuatro notas

I.
Sin ánimo de banalizar, pero como se dice en los Cuatro Cuartetos, "el momento dentro y fuera del tiempo", algo de eso pasó ayer en la sesión del Club Chesterton: invitado a hablar sobre Eliot a un buen grupo de profesores y alumnos de la Universidad CEU San Pablo, el tiempo se me volvió de esa textura extraordinaria de la comunicación cuando es comunión. 

II. 
Ahora, al recobrar el tiempo por la narración, me doy cuenta -me doy el relato- de que fue un día especial: por la mañana, dialogando con los alumnos del grado de Publicidad sobre Penélope y Ulises y la necesidad del reconocimiento, de entregar y recibir historias (con el eco de Higinio Marín); por la tarde, con los alumnos del Máster, desentrañando el cuento de Aldecoa "Seguir de pobres", acompañando los elocuentes silencios narrativos de los segadores de posguerra; y ya cayendo la luz, volviendo a contarme y contando la historia humana y poética de Eliot.

III.
En el autobús de vuelta a Ítaca, al Norte peninsular, a Kensington, a Puerta de Toledo... -ya discernir era inútil a aquellas horas de la incipiente noche que todo lo hermana-, con algunas asistentes a la conferencia, seguimos hablando de Eliot, de C. S. Lewis, de Newman, de Keble, de una novelista cuyo nombre no recuerdo...

IV.
Esta mañana se oculta tras una celosía leve, de trama blancuzca y tupida, hasta robarle las sombras a todo. No sé por qué, acato que también esto debe ser la literatura: un modo de mirar. Son las mañanas de la resaca.  
   

jueves, 30 de abril de 2015

Composición romana

Qué imprevisibles, las cosas. Qué querencias de sí se traen, que no dejan de entreverarse. Qué diversas, y como siempre deseándose. Estos días pasados presenté una ponencia sobre escritura creativa en el congreso Por qué se escribe, para quién - Poetica e cristianesimo, en la Università della Santa Croce, Roma. Una de las tardes, con el profesor de guión cinematográfico, Enrique Fuster, contemplaba los tres frescos de Caravaggio en San Luis de los Franceses; otra, con Marita Caballero y Rocío Arana, por las callejas que vagan mansas y mojadas alrededor del Panteón; y otra mañana escogía una postal con retrato pensieroso de Lord Byron para José Luis Piquero, en la casa museo Shelley-Keats, Piazza di Spagna. Ahora, traído y llevado por otro pastoreo, el de este Madrid, la memoria me impone restricciones: solo este collage, nada más en cabina. Es el low-cost de la vida, y sin embargo, qué a mano te pone la poesía.


viernes, 13 de marzo de 2015

Poemas escogidos, de William Wordsworth. Mi antología



I.
Tengo la alegría de comunicar que acaba de salir esta antología-traducción de poemas de William Wordsworth que he preparado para La Isla de Siltolá. En mi caso, Wordsworth es una de esas afinidades que se contraen sin saber exactamente por qué, pero que quedan en el tiempo. Eliot no se llevaba muy bien con él, pero yo tengo amigos en todas partes.

II.
Me gustó su devoción a la naturaleza, en la que ve una guía para lo ético, lo estético y lo trascendente; su apasionamiento y su mirada hacia la gente sencilla del campo; su modo de tomar juntas la narrativa, la dramática y la lírica; su entendimiento creativo de la memoria; su espíritu independiente y despierto para lo nuevo; su evolución personal, desde una sentimentalidad revolucionaria en la juventud hasta la postura más serena y sabia que reconoce la necesidad de las instituciones; su deseo de bien, verdad y belleza... Su definición de la escritura poética como "emoción recogida en la tranquilidad" puede ser merecedora de críticas, pero dice también una agradable y consoladora verdad.

III.
Ha sido un fascinante ejercicio de traducción, años de llevar los textos al taller del orfebre, de sopesar adjetivos, sílabas, conceptos, como gemas que hacen valer su peso en el hueco de la mano, y su brillo y sus luces; que hechizan, pero aún más la joya compuesta que se tiene en mente, y hacia la que va cada toque de raedor, cada pasada de lima. He querido entregar poemas. Querido. Con todas las decisiones y apuestas que eso incluye. Lo cuento en el prólogo.

IV. 
Es una edición que, más allá del aparato crítico, quiere facilitar el disfrute de la lectura poética. El Turner de la portada creo que refleja bien el mundo y la mirada de Wordsworth. Otro libro de La Isla de Siltolá, como siempre, tan exquisita; y gracias a la paciente y devota dedicación de Javier Sánchez Menéndez a la poesía, y que hace que Siltolá sea sin duda alguna esa auténtica isla lírica en un océano de urgentes prosas.

lunes, 6 de octubre de 2014

La paciencia de Sísifo, de Jesús Aparicio González: cuatro notas



I.

Ha sido una alegría recobrar en la lectura de La paciencia de Sísifo, aquel mundo que ya vibraba en La papelera de Pessoa. La luz sobre el almendro: el cielo, las nubes, la lluvia, los árboles, las flores, las hojas, el jardín, los insectos, la tierra, el barro, la luz… En esa altura media de las cosas levantadas de su singularidad, pero lejanas todavía de la abstracción; ahí donde aún retienen el aroma de la experiencia, mientras se adivina ya la transparencia de lo universal.


II.

Me conmovió la “Autoarenga”, especialmente los primeros versos, esa metáfora articulada:

Las flores del fracaso se han bebido tu vino.
No te importe, levanta
tu copa con el agua del arroyo.


La energía del ritmo y de la actitud exhortativa, la razón moral, los ecos clásicos, el encabalgamiento que hace resonar el imperativo. A uno le gustaría tener esa serenidad y elegancia para autoarengarse, la verdad. 

III.

Y ese mundo que encierra el haiku clásico, transplantado aquí con flexibilidad y delicadeza, que pareciera que siempre hubiese sido cosa de Cabanillas del Campo, y no de faldas del Fuji Yama. Como en "Exploración":

No preguntes por qué
se ha partido la rama.
Busqué con mi cuchillo
tras la corteza el alma.  


IV.

Me reencuentro con una voz sazonada, y como siempre, es muy difícil razonarla en estas notas. Pero así es: de nuevo ese algo sinergético, que va más allá de las bondades de unos componentes, de unos recursos; ese milagro que de lo diverso, hace lo uno y lo único; que refiere todas las observaciones puntuales a ese más allá suyo que, paradójicamente, todo lo funde en el más acá de las palabras justas. Una vez más, poesía. 

lunes, 23 de junio de 2014

Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura



I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con la realidad, posmodernidad también es Áspera nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos, su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.  


II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.  


III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:

La luz de las aristas no es más dura
que la del corazón a medio hacer.


IV.

Libro áspero, del desencanto radical con las hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide otro. Se verá.  

martes, 17 de junio de 2014

El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura



I.
Me gusta, sobre todo, la primera parte, "Aquellas infinitas escaleras". No siempre sabes por qué, pero el no saber no quita que te guste. O precisamente te gusta más porque no lo sabes. Debe de ser una ley de recepción lírica -esto ha quedado muy pedante-. Pero algunos porqués sí creo que los sé. En "Ocurre a veces que al llegar a tu casa/..." hay una humanización del espacio, como una extensión de la amada. Llegar allí no es llegar hasta ella, es llegar a ella. Y eso no es un modo de sentir que JSM haya inventado, porque nos ha ocurrido, nos ocurre a todos: este largo pasillo es Amparo, estos pinos Julio, esta ventana, expresada de lluvia, Chelo... Lo bello, lo verdadero es que JSM lo haya hecho poema, sin declararlo, solo con la imagen.

porque vivir es temblar al sentir
que voy llegando a tu casa,

II.
O esos finales de poema, rasgo de estilo del autor, donde se evita un cierre redondo, donde algo queda como sin resolver, en tensión.

El día de ayer ha sido irreparable,
amargo.
...
Y llego tarde a casa,
pero prefiero verte.

III.
Me gusta la imagen del título: El violín mojado. Un violín mojado se ensordece, se le enronquece la voz. La caja de resonancia cae en una pulmonía. Se puede tocar con él, pero toda nota recordará la enfermedad, aunque la melodía sea brillante, quiera cantar la belleza. Un violín mojado puede ser una bella imagen de la condición del hombre, de cualquier hombre o mujer.

IV.
Pero me gusta pensar, y lo creo, que los violines mojados pueden reavivar su alma, esa pieza íntima que reparte el sonido por la caja de resonancia, que recoge todas las tensiones y los matices; siendo lo más delicado, es lo más fuerte. Otra ley, también condición de escritura y de vida.  

sábado, 10 de mayo de 2014

Unos poemas en Cuaderno Ático: unos instantes en el Olimpo


Cuaderno Ático es la bella revista de poesía que dirige el poeta y profesor Juan Manuel Macías. Diseño clásico, ático, donde los poemas respiran visualmente: columnas de palabras como las del Partenón, ganando su forma contra el cielo zarco de Atenas. 

La nómina de poetas, heterogénea como el Olimpo, es llamativa por la calidad, por las trayectorias consolidadas, por los nombres. Bueno, pues Juan Manuel ha tenido la gentileza de publicar unos poemas míos en el número de Primavera. Le estoy profundamente agradecido por esta anomalía. 

Cuaderno Ático se puede descargar en pdf, y también leer en sistema ISSUU, verdaderamente cómodo, limpio y elegante. Kalón.

domingo, 16 de marzo de 2014

Ruinas de Roma (poema)

Ruinas de Roma

Es tarde ya
junto a los templos de Torre Argentina,
y yo también he de irme con ellos.
Hubo dioses aquí, pero la primavera
ha sido aún más fuerte, y en la resina arcana
de los pinos contemplo el mito leve 
de mis días.
Aquí hubo un teatro,
y un rumor sacro de túnicas, aras,
y nadie escucha ya las voces ni los ecos.
Otra palabra, la del tiempo,
como los bárbaros constante,
se expande bajo el cielo como savia. Yo tiemblo
bajo el abril triunfante que volverá sin mí.

Asciende hasta mis labios la plegaria.

jueves, 13 de marzo de 2014

El umbral de piedra, de Tomás Rodríguez Reyes: cuatro notas de lectura



I.

¿Qué tienen estos días de travesía, de nubes, de un rato de luz, de una caricia de frío, de lluvia? Pasan enigmáticos en su batiburrillo. Las cosas van así. Sobre la mesa, este poemario también enigmático, de un poeta, y un lector, y un pensador, y un maestro... afuera los plátanos desnudos, retales de conversación que suben... y la idea de que todo, de un modo misterioso, va con todo, aunque yo sabiéndolo, no sé cómo...


II.

Y la música, me olvidé de que el poeta y pensador, también es músico. Música como tema, pero sobre todo como forma, en sus ritmos, en su desenvolverse del motivo, en su volver y avanzar, en sus ecos. Pulso seguro, diapasón, compases medidos y obedientes a un hacer difícil porque su materia se escurre, como la piel del misterio.


III.

Me figuro al poeta, concienzudo sobre las palabras, como el ebanista con el cepillo; y al pensador limando una poética, porque aquí poeta y pensador vienen a partes iguales. La belleza y la luz, pero ¿no es la belleza luz, aunque venga de lo hondo? ¿y lo mismo la luz, no es siempre bella, aunque sea dura? Descubrir, construir, comprender... Poética en el prólogo, en el epílogo y en los propios poemas. Qué voluntad de visión, con todo el ser, cabeza y corazón. Qué románticos son los poemas de El umbral de piedra, románticos de tradición de lo interior, de ir a lo hondo a ganar la luz, del riesgo, del origen; y qué clásicos de oficio, de canon métrico, de claridad de imagen, de dicción elevada. Un romanticismo templado en su aparecer, mientras mantiene la sed de lo infinito.


IV.

¡Italia!, una presencia sostenida en el libro, encendedora de recuerdos. El lector trae siempre sus maletas al lugar de acogida. El lector es un presunto paseante: en verdad, no lejos ha dejado sus bagajes, y se los trae al calor que le recuerda, ya a salvo, el original desamparo de sus días. Italia de lugares, de músicas, pinturas, letras, de hombres. Cómo un lugar se hace Lugar una vez más por obra de la palabra.



lunes, 2 de diciembre de 2013

La misma monotonía, de Juan Peña: cuatro notas de lectura



I.
Ya me sorprendió Dura seda, el último poemario de Juan Peña; y ahora me alegra esta bella antología de Siltolá: La misma monotonía. En Dura seda -recogido aquí- vibraba el trabajo del orfebre; y lo que la antología revela es que aquel hacer venía de lejos. Creo que en poesía, los finales de los 80's y los 90's tuvieron a esta ladera de los Pirineos un efecto al menos positivo: pusieron a mucha gente a medir sus propios versos, a leer, a leer, a leer las tradiciones clásicas, a conversar con los poetas muertos -aunque sin club, y sí taller-, y a aprender con reverencia y sudor un oficio en la vida -del arte-.


II.
Y ahora tenemos antologías como esta, representativas de una trayectoria muy estimable, que atestiguan haceres sólidos y curtidos. Desde La edad difícil (1985), donde hay esa confesión en alta voz, con esos procedimientos de autoironía, de distanciamiento del poeta consigo mismo -de los que también usaban Carlos Marzal y otros de la misma generación-; hasta poemas más cercanos al ahora, menos escenográficos, más despojados, pero igualmente fieles "a lo que aparece", cribado por una voluntad estética y razonadora del sentido.


III.  
Me ha gustado la aliteración en el título, solidaria con el sentido del paso del tiempo, el volver de las horas; y el reencontrar rasgos que ya me habían reconfortado en la lectura de Dura seda. Valga como botón de muestra esta segunda estrofa de 'Un viejo vuelve al sur':

Y en invierno veré llover,
y encenderé en la noche
esta ruinosa chimenea:
la casa caldeada al fuego de la leña,
y un silencio dulcísimo de crepitar de llamas. 
Fuera acampará el frío,
arreciará la lluvia,
y llamará a la puerta algún fantasma.

¿Que qué tiene de especial? No es fácil decir: esa musicalidad que hacen sonar quienes llevan muchos años acariciando las teclas de su instrumento: inefable, por las finas intuiciones que han mezclado en una particular armonía; la densidad -no abstracta- de las vivencias traídas al arte, lo de siempre y la sorpresa de hallarle un pulso distinto; y la libertad creativa de una imaginación fiel -como un buen traje de sastrería- a la vida misma.  


IV.
La antología se cierra con poemas traducidos. Soy de la opinión de que si se traduce poetas románticos, el valor buscado, la virtud inscrita en el organismo del nuevo poema sea la elegancia: el corte de los versos, su cadencia como la caída de la prenda bien ideada y tejida... Y qué traducciones más elegantes aquí, las de Hölderlin, Keats, Leopardi... Y luego Yeats, Baudelaire, Kipling... La pasión por la eternidad mediante el arte, el estoicismo ante el paso de los días, el después -nostálgico- de todos los epicureísmos, quedan atemperados por el verso elegante, sólido, de Juan Peña. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

La papelera de Pessoa. La luz sobre el almendro, de Jesús Aparicio González: cuatro notas de lectura




I.

Iba leyendo La papelera de Pessoa. La luz sobre el almendro, y me acordaba de Séneca, de esa música que se escucha en las Cartas a Lucilio, la del consejo en confidencia a un tú, que es reflejo del yo. La música de la meditación serena, la que viene con la experiencia, pero en una orquestación mayor, la del poema. Hay esa actitud estoica en este poemario. En el poema "La armonía del mundo", uno de mis preferidos, se expresa esa idea clásica de la relatividad de todas las cosas al contemplarlas en un diseño más alto que las une y conjuga; pero idea transfigurada aquí por imágenes cotidianas puestas a vibrar. Y aunque el poema siguiente, "Arte y vida", insista en que todo quehacer artístico, con su vida, su hacerse, sus esfuerzos, da siempre en un fin, da en la muerte, la propia forma poética trasciende esa noticia a ceniza que, inevitablemente, todo en este mundo nos trae. 

y un niño perderá como otros años
su moneda de plata entre los barros
de las primeras lluvias.


II.

Otro orden, otra luz, de la que beben cualquier intuición y búsqueda de belleza que emprendamos. Es la forma poética cuajada y es la serenidad -que no el cinismo- de las experiencias lo que nos da el aviso en  este poemario. En este paisaje, una luz sobre el almendro puede ser una belleza y una claridad sobre las bellezas y claridades que en este mundo conocemos, una luz última y definitiva "que me espera en silencio" en otro lugar, que una vez vista, de todo nos "separa con justicia de arco iris". Belleza terrible, por ser definitiva y por ser la belleza.


III.

Cuando en las ciudades hemos perdido la naturaleza, Jesús Aparicio trae con firmeza ese pulso antiguo y perpetuo de las cosas de la vida en el campo, en la pequeña ciudad; ese pulso que ha sido escuela de vida desde los primeros pasos de la humanidad, y que vuelve a serlo cada vez que alguien se acerca de nuevo a esas fuentes de sentido. No es una simple salvación por lo natural, pero qué difícil es alcanzar la salvación si no se tiene aprecio y sensibilidad por esta educación preparatoria: cielo, lluvia, tormenta, fuego, árbol, piedra, hoja, jardín, barro, el mar lejano pero presente aquí como metáfora, como modo de ser del alma, del tiempo...

Ha de volver la lluvia
sobre el laurel,
las plumas de paloma
y sus huellas
a la agrietada mesa
del cenador,
el vuelo de la abeja
en los gladiolos,
pues la vida repite
sus canciones;
...


IV.

Hay un afán aquí de que la palabra poética no sea esteticismo, sino palabra sustantiva, aviso moral, saber y sabor, como el antiguo 'sapere' latino. Y serena esperanza; tenue, pero esperanza: en los ecos sanjuanistas lo descubrimos; también en el inmenso hueco que puede dejar una percepción de ausencia de Dios, y por tanto un anhelo de búsqueda y de re-creación de lo creado; en la experiencia de despojamiento y esencialidad que transmite un rincón japonés... y para mí, en la voz poética que aquí se escucha, el testimonio que las palabras dan de esa presencia misteriosa que, sin palabras, a ellas mismas suscita.