Próximamente, publicado por Ediciones More, y ¿de qué va?
… de atravesar Ítaca a pie con Odiseo para llegar a una clase de literatura, de bajar con los alumnos a los infiernos de Orfeo y transfigurarse en tórtolas, de contemplar un cordero muy especial en una caja de Zurbarán, de recordar el descubrimiento adolescente de Bach, de recorrer paisajes de Navarra hacia adentro, de encontrarse con los Maestros una fría tarde universitaria de diciembre… de escribirlo en busca de la belleza, con ella, más allá de ella... de que perdure en las palabras, como el aroma del vino en el vaso, como el sabor en el saber.
Seis breves ensayos líricos sobre belleza encontrada y vuelta a buscar en la escritura
Con un bello prólogo de Jaime Nubiola, mil gracias
Estáis invitados a la presentación el viernes 28 de noviembre a las 18:30 h. en la Librería Celama, C/. Don Ramón de la Cruz 93, Madrid
Intervendrán:
Helena Díaz Peña, Comunicadora
David Luque, Profesor de Teoría de la educación en la Universidad Complutense
Pablo Velasco Quintana, Editor de Ediciones More
José Manuel Mora-Fandos
AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR
¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I
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domingo, 23 de noviembre de 2025
Presentación de Tras la belleza. Hallazgos y meditaciones. JM Mora-Fandos
jueves, 6 de noviembre de 2025
En el jardín de Katherine Mansfield
Un relato también puede ser un clásico. Para mí, "La fiesta en el jardín", de Katherine Mansfield: una fiesta burguesa de finales del XIX, preparativos, un jardín que restalla bajo el sol, una adolescente con una contrastante sensibilidad estética y moral. Al final, no tan lejos de cosas que conocemos, que hemos vivido quizás. Sí, hemos vivido despertares, días en que nos levantamos unos y nos acostamos otros. Oscuras iluminaciones. Jardines de los que se sale. Fronteras que se cruzan. Bellezas que se abandonan como juguetes que ya no nos dicen nada. Silencios que lo dicen todo.
lunes, 27 de enero de 2020
Esta sombra que fui, de Enrique Baltanás: cuatro notas
Esta sombra que fui, Enrique Baltanás. "Poesía al albur". Cypress. 2019
I.
Volver a leer poemas de Enrique Baltanás me ha traído
la satisfacción —pasan los días, lo voy comprendiendo mejor— de volver a un
hogar. Una voz, unos poemas, un mundo: cuando te conmueven, quedan como un
lugar que habitaste, y que recuerdas. Y hacía tiempo desde aquel habitar. Al
leer Esta sombra que fui se ha recuperado todo aquello, han vuelto
aquellas paradojas del tiempo personal y la identidad, la hondura y la belleza,
la gravedad y la gracia poética. He notado una cuerda tensa, atada allí-entonces,
y aquí-ahora, que mide un tiempo, un espacio y una persona poética, un tiempo
sobre el tiempo de los relojes. Como todo mundo consistente que la literatura
ofrece, este ha interpelado al mío, y este diálogo ya es parte de la ganancia
de la lectura del poemario.
II.
Una paradoja asombrada alienta estas páginas, desde el
título: Esta sombra que fui… y sin embargo es esta, no aquella
que se recuerda, sino la que sigue viva, la sombra que vive comprendiendo lo
que se vivió, quien se vivió… y es una sombra, ¿sombra de sombras? ¿momento
ahora de reconocer que siempre se fue sombra? La paradoja es una figura
literaria que presenta una aparente contradicción, que se resuelve en otro
plano. Quizás Baltanás, quizás yo, queramos que lo que la vivencia de los días
entrega como dilema insoluble, absurdo incluso, se resuelva como misterio y
esperanza; queramos que el arte poético, trascendiendo cualquier
entretenimiento constructivo para el tedio, sea una apuesta por lo que
intuimos, sabemos más auténtico y sólido. Quizás en los ecos de Juan de Mairena
sea donde más explícitamente se expresa este deseo (“La verdad más verdadera”).
Pero yo diría que va en todo el poemario, como su alma.
III.
Perplejidad metafísica y cordial para una voz
meditativa y serena. “Caminos de hierro” es uno de mis favoritos, donde se
revela la oscuridad que uno es para sí, donde ese deseo hermenéutico, tan
moderno, de comprenderse en la autotransparencia, se rinde mientras la vida
sigue y se avanza en ese tren en el que se piensa y siente, puesto aquí como
carne para el alma del símbolo. Y qué dominio rítmico e imaginario, qué difícil
facilidad de contar el misterio, a la espera de su exégeta, que no seremos
nosotros. De nuevo la esperanza.
IV.
O el magistral “Rosa, rosae”: quizás ya no seamos
muchos los lectores que podamos hacer vibrar este poema en la lectura, con la
llave justa para abrirlo, aquellos que en el sistema gramatical de las
declinaciones latinas encontremos un cobijo de recuerdos y vivencias y nos
sintamos iluminados por el ingenio de la transfiguración de la declinación y
las caídas -casos- en nuestro vivir: aquella figura que fue de arideces
metodológicas y de aprendizaje, es ahora figura con temperatura vivencial del
paso del tiempo y, pese a todo, de nuestra mirada hacia la rosa de la belleza.
Quizás descubramos que no fue gratuita la ‘rosa’ que se cifraba en cuatro
trazos de tiza en la pizarra, y que, como en tantas cosas, hemos venido al
final a atisbar el misterio de las coincidencias y las paradojas.
lunes, 9 de diciembre de 2019
Herbario de sombras, de José María Jurado García-Posada: cuatro notas.

Herbario de sombras. José María Jurado García-Posada. Los Papeles del Sitio. Sevilla. 2019
I.
Dicen los buenos antropólogos que el animal se debe a
su entorno, pero el hombre tiene mundo. Y los buenos filósofos, que ese mundo
es un todo internamente conectado. Así, hacemos casa, hogar. Herbario de
sombras de José María Jurado, en este otoño que ya se invierna en Madrid,
tarde a tarde, se me vuelve casa, familiar, ya caldeada por Tablero de sueños (La Isla de Siltolá) y
Gusanos de seda (JMJ), donde tan bien
se estaba. Y ahora, en esta precioso trabajo de Los Papeles del Sitio, una edición
que derrocha buen gusto y sentido estético.
II.
Un día leemos a Keats, otro escuchamos a Monteverdi,
entramos recogidos en la nave de la Iglesia de las Carboneras o ascendemos en
un aire de sereno barroco en la basílica de San Miguel… secretamente se van configurando
las hebras, se van urdiendo las tramas. Y otro día, como los dones, se nos entrega
el dechado, el mundo, y sabemos que poco hicimos, y sin embargo, nada se dio
sin nosotros. Misterio. Herbario de
sombras aviva la memoria de mi propio herbario, y en aquel reconozco esa
invitación a la respuesta agradecida y esforzada a tanto don que nos alcanza,
si queremos. En la “Acotación” que encabeza el poemario va el aviso de esa
querencia de la poesía de preservar el instante, de ahí este mundo que entrega
el autor, de álbum de muestras, de invernadero, de ordenaciones, de conservatorios
—si podemos estirar así la palabra—. Lo que fuera tiempo y belleza. Pero el
lento laborar del poeta renueva la memoria en nuevos tiempos y bellezas. ¿Vivir
es volver? Y sin embargo, creo que hay
una novedad, que nunca volvemos al mismo lugar.
III.
Este friso inextricable de poemas, novelas, músicas, pinturas,
iglesias, imaginería es una admirable apropiación de arte, de cultura… Muchos
de estos hitos me resultan nuevos, y pienso que el autor no espera que el
lector los conozca todos, pero la entrega de estas experiencias suscita la
impresión del misterio de lo humano, e invita a acercarse a ellos, y si no a
ellos, a los propios. Una pedagogía de la vivencia de la cultura, un diapasón
del tono anímico con que acercarse a lo más alto. Y al mismo tiempo la convicción
de que ver es reconocer, y que cuánta mirada maestra, de otros, hay en la
nuestra, si somos justos y agradecidos con lo que se nos entregó, con las
tradiciones. “Ma petite ballerine” recoge esta experiencia. Uno de los poemas
más emocionantes, donde repunta la emoción que de normal ha sido contenida y meditativa
a lo largo de las páginas.
IV.
Que José María Jurado es un delicado ebanista del listón y de la caja preciosa, del verso y del poema, no ha sido una novedad. Cuántos versos vienen compactos y bruñidos, con su ritmo ajustado al todo, de métrica clásica y controlada, que le hace de metrónomo a estos andantes contemplativos. “(La noche es más noche sin la noche / y más clara la luz cuando no hay luz”). O esa imaginería de las flores y los frutales, en la sección “Invernadero”, donde me he demorado con especial gusto en “Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa”, sobre un cuadro de Zurbarán: poema en que con la justeza de la clásica ironía de la tópica se aborda un tema serio y trascendente. Estaba Zurbarán allí, como está aquí en la lectura, y en nosotros, contemporáneo. Se apunta en varios lugares, en contrapunto de este recordar reelaborado y precioso que va miniando este herbario, vías de fuga hacia la trascendencia. Mucho dice de este poeta, que capta valiente esa sismografía más allá de las palabras y el arte, aunque con palabras y arte lo diga. ¿Se puede dar más?
jueves, 7 de diciembre de 2017
Grandes libros
Como si no quisiera, han pasado los días, los meses, los años en las aulas de la universidad, y como si no quisiera, conmigo entraban mis lecturas, mis fiebres, mis esperanzas. ¿Damos algo alguna vez que no sea nosotros mismos?
Recuerdo el día, aquella primera vez, en que conversamos sobre Antígona. Tuvo algo de punto de no retorno, de desvelamiento, de entrega, de comienzo de una tradición. Si no llevamos semillas en las manos, no llevamos nada; si es que no sembramos al decir, es que nada hemos dicho.
Enmudeció todo aquella tarde, en aquel momento casi imposible de comenzar la clase a las dos de la tarde, cuando los estómagos maldicen a esta ladera de los Pirineos si en vez de fungibles se les da palabras. Los alumnos de Publicidad y yo entramos en un gran libro, y luego vino otro, y otro...
Un gran libro es una gran conversación ya iniciada desde mucho antes, una conversación que continúa cuando retornamos al gran silencio de donde toda palabra procede. Sigo entrando en el aula en silencio. Confiado en que el gran libro volverá a susurrarme palabras antiguas y nuevas, suyas y mías. Que siga la conversación.
jueves, 22 de diciembre de 2016
lunes, 15 de agosto de 2016
Golfo norte
Ya es tarde. Hasta la terraza del “Golfo
Norte” asciende el salitre del vaho marino, entre vaharadas de eucaliptus. Un
frescor húmedo se adhiere a los antebrazos. Frente al mar, a la izquierda los
cabos se ordenan en la lejanía y se entonan por fajas de gris cada vez más
blanquecino. El sol espejea sobre el agua en miles de láminas que se encienden
y se apagan. Una malla de nubes compacta, quieta, retiene el cielo.
(Golfo Norte, en Barrika, Vizcaya)
viernes, 12 de agosto de 2016
La estepa infinita, de Esther Hautzig: cuatro notas de lectura
I.
Un libro pide un momento: si puede ser leído a cualquier hora, de cualquier manera, pienso que debe de ser intercambiable, prescindible; pero también puede ser tan apasionante que venza la circunstancias. Para rematar, también creo que cuando se es muy joven, es más fácil tener estas experiencias de lectura hipnótica, incluso con libros de discutible calidad. Es misteriosa la lectura, ese encuentro entre la obra y el lector. Así que, si sigo afirmando que un libro pide un momento, lo afirmo con moderada convicción; quizás con reservas. Pero lo sigo afirmando, porque me parece que, con todas la salvedades, es verdad.
II.
La estepa infinita, de Esther Hautzig, ha encontrado en mí su momento, físico y anímico. Ha sido una lectura buena. El interés humano es indudable: la deportación de la familia de judíos polacos a Siberia, la vida dura... Pero sobre todo me ha gustado la voz. Pertenece a alguien que cuenta desde décadas después. Una mujer adulta que cuenta unos años cruciales en la vida de una niña y luego una adolescente. Pienso que hay historias que solo se pueden, incluso se deben, contar mucho después de los hechos. Los hechos yacen pacientes a ese "momento de narración" justo. Justo en la vida del narrador, cuando la historia puede ser integrada en la historia más grande de quien narra. Quizás inmediatamente después de los hechos, estos todavía se resisten; podemos narrarlos, pero ejercemos una violencia sobre ellos, perdemos el sentido. Creo que habitualmente los hechos piden un periodo de paciente diálogo para ser asimilados, y los asimilamos al narrarlos. Esto es lo que supongo, y me cautiva, de La estepa infinita.
III.
Por algunos momentos, la narración se deja llevar por detalles y anécdotas, de algún modo poco relevantes, aunque entretenidos. Pero también es verdad que la autora está contando los hechos, y así la narración transmite ese "efecto realidad" que cualquier puede reconocer porque le recordará el transitar de sus propios días, la impredictibilidad, la condensación inopinada de acontecimientos problemáticos durante una temporada y su contraste con épocas de atonía, de iluminación, de gozo.
La parte final es la que más me ha gustado, pero su buen efecto resulta en buena medida del ritmo contrastante de lo anterior. Creo que cuando Hautizg se permite alguna pequeña conclusión, sabia, le da una especial hondura a la anécdota narrada. Algunas veces no le hace falta, basta con la narración de los acontecimientos y el blanco de los espacios en la página.
IV.
¿Heroísmo de lo cotidiano? ¿Lo ordinario en lo extraordinario? Una sabiduría recorre las páginas... tan acostumbrados como estamos a narrativas-río, rebosantes de detalles, líquidas y sin cauce a alguna esperanza existencial, al descubrir una narración como La estepa infinita podemos experimentar un consuelo. Narrar desde un alejado "momento de narración", hechos tan duros, con una mirada tan humana, es un ejemplo ético para quien se plantee con sentido solidario el sentido de entregar una nueva narración a este mundo de todos.
La estepa infinita, Esther Hautzig, Salamandra.
miércoles, 10 de agosto de 2016
Wilde en San Sebastián, Guipúzcoa
De
esa multitud de placeres asequibles que descuidamos por pura negligencia, he
rescatado hoy el de elegir una lectura para un momento determinado. Iba a dar
un paseo por San Sebastián, el tiempo para leer sería limitado, así que tomo el
librito de Cuentos, de Oscar Wilde.
La
luz de la primera tarde pone un granito de azafrán en todos los colores y deja
una cálida bendición sobre cosas grandes y pequeñas. Una invisible mano de
gigante alborota la fronda de un gran tilo y agita el sonajero de hojas. Al
poco se hace el silencio y se escuchan otros sones más tenues e indefinidos.
Los fondos del paisaje, mirando hacia el interior, también parecen
adormecidos.
De
los Cuentos de Wilde escojo "El
gigante egoísta". La nieve, el hielo, el viento del Norte, el granizo
resultan aún más fantásticos bajo esta tibia tarde. El jardín del gigante es de
simples y breves trazos. Jardín de cuentos, al que los lectores asentimos con una
imaginación idealista. No nos detenemos a disfrutar de la oscilación nerviosa
de las frondas: los jardines de los cuentos son diseñados para que no nos
distraigan de la trama moral.
“Tengo
muchas flores bellas —decía el gigante—; pero los niños son las flores más bellas”. De una
piscina cercana llega una algarabía infantil. La tarde continúa, la luz va
borrando sus brillos, la textura de todas las cosas se concentra y adensa. “Hoy
vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso”.
sábado, 6 de agosto de 2016
Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura
I.
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar.
II.
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo.
III.
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich.
IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.
sábado, 16 de julio de 2016
El alma del mundo/The Soul of the World, de Roger Scruton: cuatro notas de lectura
I.
A la concienzuda y delicada traducción de Rafael Serrano hay que sumar el prólogo que ha escrito como presentación al autor. Muy interesante, por la síntesis del pensamiento del inglés, su inteligente opción conservadora intelectual y cultural. Sería ahora demasiado largo argumentar que tiene poco que ver con el conservadurismo político, porque Scruton va a algo mucho más interesante, que le permite ser profundamente ecologista, reivindicador de nuestros deberes para con los animales, convicto de la atención y apertura que le debemos al cambio pues son leyes inscritas en la naturaleza y en la sociedad -nada de tradicionalismos nostálgicos y rancios-, y su loable -yo lo loo- desconfianza hacia las abstracciones utópicas que acaban cobrándose millones de muertos. Con la que está cayendo a esta ladera de los Pirineos, Scruton me parece indispensable.
II.
Otra vitamina del libro, para combatir la anemia espiritual que pulula por esta cultura, es su argumentación y propuesta de lo biológicamente superfluo: y he recordado cuando me he detenido a contemplar unos instantes esa luz azafranada vespertina que enciende las jaras, las encinas, al volver cansado de una excursión. Ese excedente que, paradójicamente, no sobra, no puede sobrar, si la vida ha de seguir siendo digna, y que apunta a lo sagrado. O dicho con otras palabras: si eso se puede encontrar en una gran superficie, en Google, en Pixar, en un programa político... entonces el milagro aún no ha rozado tus pupilas. Por mucha sugestión tecnológica, mercadotécnica, mediática, política que se le quiera echar. "Soñar sabiendo que se sueña", que propone Nietzsche, no es soñar, es control totalitario del yo por el yo, autoterrorismo, depresión y finalmente locura. Soñar es no cerrar los párpados una vez han sido despertados por el verdadero asombro.
III.
Para sobrevivir o superar el totalitarismo biologicista, quizás baste un poco de buen gusto estético y otro poco de sencillez existencial. Ambos constantemente negados por nuestros impositivos modos de vivir.
IV.
"Al describir una secuencia de sonidos como melodía, sitúo la secuencia en el mundo humano: el mundo de nuestras respuestas, intenciones y autoconocimiento. Elevo los sonidos por encima del ámbito físico y los recoloco en el Lebenswelt, que es un mundo de libertad, razón y ser interpersonal. Pero no describo algo distinto de los sonidos, ni supongo que hay algo escondido detrás de ellos, algún "yo" interior o esencia que se revela a sí mismo de alguna manera inaccesible a mí. Describo lo que oigo en los sonidos cuando respondo a ellos como a música. De una manera análoga, sitúo el organismo humano en el Lebenswelt, y al hacer así uso otro lenguaje, y con otras intenciones, distintos del lenguaje y la intenciones que se emplean en las ciencias biológicas." Pp. 108-109.
No podemos acariciar una enramada de moléculas, sino solo el rostro amado, aunque las moléculas sigan estando ahí. No podemos quedar profundamente conmovidos por un flujo de ondas, sino por el Vals nº 2 de Shostakovich, aunque la ondas sigan fluyendo. Y nos deshumanizamos si no podemos acariciar y ser acariciados, quedar conmovidos y conmover, como un yo y un tú radicalmente afirmados.
"... puede haber una realidad y ser entendida de más de una manera" p. 108. Este modo de comprender es la propuesta del dualismo cognitivo -que no ontológico- de Roger Scruton.
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