AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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sábado, 6 de agosto de 2016

Después del baile, de Lev Tolstói: cuatro notas de lectura

Resultado de imagen de después del baile tolstoi



I. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: si hay que entender la relación entre las dos, será esencial tener una razonable experiencia de leer literatura; luego podremos comprender mejor por qué las tecnologías comunicativas se han enamorado siempre del arte de las palabras, incluso por qué algunas han nacido a su sombra. Podremos comprender mejor lo que ocurre cuando se funden la fuerza dialógica de la literatura con la fuerza de la tecnología. Así que todo un semestre para leer literatura de calidad, para dejarnos interpelar por ella y contestar. 

II. 
Fue en clase de Literatura y medios de comunicación: en el menú de lecturas -junto con Edipo Rey, Othello, cantos de la Divina Comedia, cuentos de Chejov, artículos de Natalia Ginzburg, reportajes de Kapuszinski, capítulo de Susanna Tamaro... entre otros- estaba el cuento de Tolstói. Nos hizo viajar hasta la Rusia de inicios del XX, a esas tertulias burgués-aristocráticas, donde un hombre de cierta edad, Iván Vasilievich recuerda su traumático episodio sentimental con Varenka. Tan lejos, y sin embargo tan cerca. El comportamiento de Iván concitó respuestas diversas en clase: tonto, extraño, superficial... Quizás se le juzgó con la expectativa de visión clara que la juventud exige a todo. A mí el testimonio de Iván me pareció complejo y tan real... como tantos momentos que no podemos comprender del todo, o solo cuando pasa el tiempo. 

III. 
Por aquellos días, en uno de los zaguanes de la parada de metro de Facultades solía tocar el violín un músico joven. Y frecuentemente coincidía mi paso con una de sus piezas en particular. Era algo tremendamente ruso, era un vals, repartido entre un tema marcial y otro lírico. A veces conseguía emocionarme y yo ralentizaba el paso para escuchar durante más tiempo; desconocía el título de la pieza y su compositor, y esto me intrigaba. Una noche, hablando entre amigos conté mis encuentros con el violinista, tarareé la melodía, como el que lanza al aire un deseo y Enrique Banús la relacionó con una melodía hispana, echó mano de internet, y aclaró la relación entre las dos, el título y el autor: Vals nº 2 de Shostakovich. 

IV.
Días después, leyendo el cuento de Tolstói, pensé: "Me resulta evidente que este vals cuenta la historia de Iván Vasilevich y su amor por Varenka". Luego, al terminar de dialogar en clase sobre el cuento, puse la música para que pudiesen escuchar mi personal asociación de literatura y música. Meses más tarde, una alumna, en su cuaderno de lecturas contaba que desde aquella clase, cada vez que pensaba en el cuento, sonaba en su cabeza el vals, como algo ya inseparable. Misterioso el arte. Misterioso como el amor de Iván, como la vida de todos.

domingo, 24 de enero de 2016

Relectura de Crimen y castigo, de F. Dostoievski: cuatro notas


Here's Looking at You, tinta sobre papel. JM Mora Fandos


I.
Si al caminar atravesase un campo, y al dejarlo a mi espalda ese campo quedase ya mío, sin más derecho que el de haberlo andado, esto me recordaría a la lectura, donde al alcanzar el último linde del libro, sé de mi nueva fortuna y que debo ser agradecido. Y si alguna vez volviese a atravesar ese campo, me sabría en casa, como al releer un libro.

II.
Leo por tercera vez Crimen y castigo, de Dostoievski. Ahora Raskolnikov y Sonia se perfilan con más matices, los cuartuchos de las pensiones se estrechan como estampas expresionistas… pero es todo, simultáneo y completo, lo que vuelve, como un mundo inquietantemente acogedor. Leo del mismo modo que Constanza, en “La fragancia del vaso” de Azorín, recuerda sus vivencias; como quien retiene la fragancia del vaso de vino que se fue. ¿Dónde van las lecturas? Se engolfan, como esencias, en alguna bóveda del alma.

III.
Cada relectura es una familiaridad y una novedad. Esta vez ha ganado relieve el personaje de Svidrigailov, su sobrecogedora personalidad, como la de tantos personajes de Dostoievski; pero me ha resultado un personaje especialmente complejo; más precisamente: mostrado de manera compleja, reservándose el narrador qué contar y qué ocultar, hasta el final. ¿Engaña Svidrigailov a Raskolnikov o se engaña? Real hasta doler.

IV.

Restaurar un alma lleva tiempo, siete años en Siberia para Raskolnikov. Lleva tiempo y un ángel, Sonia. Con qué facilidad nos disolvemos; con qué lentitud se renace, caminando por un apartado sendero, bajo los rigores de una intemperie. Personal, comunitaria, social. Ahora, al momento del hacha, se hace apropiado leer, releer, Crimen y castigo.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El buey y la mula como manera de leer: cuatro notas

I.
Releyendo un texto de Joseph Ratzinger sobre la Navidad (Imágenes de la esperanza, Ed. Encuentro), me quedo rumiando estos versos de Isaías (1,3) “Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. Es uno de estos preciosos ecos, sutiles hasta desvanecerse, que acuden a los relatos del nacimiento de Jesús: hasta los animales conocen lo esencial, mientras los hombres no lo ven.

II.
Ayer releía el relato “El violín de Rothschild”, de Chejov y comprobaba lo hondo que se me había colado esta historia. Quizás por la relectura. Frecuentar lo valioso engendra relaciones delicadas, difíciles de traer a las palabras; y en esa delicadeza, estas relaciones demuestran su asombrosa fortaleza.

III.
A veces añoro una comunicación más honda con todo. Un modo de mirar menos marcado por la ironía. La ironía es, frecuentemente, distancia de seguridad, ejercicio de dominio. La ironía forja una imagen de lo que tiene enfrente, y la vapulea. ¿Podemos, hoy, mirar, leer, sin ironía?

IV.

Me gustaría leer como el buey y la mula, con la confianza de Isaías, con el riesgo de que algo grande se pueda revelar en la lectura, de que la vida no sea soledad, con la esperanza de que lo Nuevo pueda tener su acontecimiento entre la sencillez de lo ordinario, como en un cuento de Chejov, como en un portal de Belén.

sábado, 14 de febrero de 2015

Pobres gentes, de Dostoievski: cuatro notas de lectura



I.
Un pasaje de Pobres gentes detuvo mi lectura: el ataúd del estudiante Piotr Pokrovskii traquetea sobre un coche de caballos al trote, en dirección al cementerio de Volkov, en San Petersburgo. Llueve, una brocha gris lo tiñe todo. Tras el carro, el viejo y humilde padre del estudiante arrastra los pies solo y desesperado, su llanto le atraganta, el gabán lo lleva repleto de los amados libros del hijo, cuando alguno cae al fango, lo recoge, y prosigue. Al doblar la esquina desaparece el coche, el padre… y nuestra visión. No hay más. ¡Ah! Tan definitivo es el golpe de ver como el de no ver, de mostrar como el de no mostrar. Nunca somos más inconscientes de cómo estamos viendo a través de los ojos de Dostoievski, que cuando más modela nuestra mirada. Porque ante este atisbo de tremenda verdad moral, tan artísticamente mostrada, vemos y la verdad nos hipnotiza.

II.
Varvara Aleksiéyevna, testigo y narradora de la escena, deja allí de escribir. Punto y aparte. Durante esas fracciones de segundo en que Dostoievski nos ha dejado solos con la imagen amputada, hay asombrosamente tiempo, una eternidad de tiempo, de tiempo que no se mide con un reloj. Es un tiempo de lectura, pero de ese tipo de lectura que nos pone en una extraña dimensión, incómoda y fascinante a un mismo tiempo.

III.
Pensemos espacialmente el alma. Sería entonces como esos lugares donde un leve ruido resuena poderoso. Digo espacialmente, pero no se trata de ver el espacio, sino de oírlo. Hay lugares que no los percibimos en sus fronteras visuales, sino por la hondura en que resonamos en ellos. Y así el alma da esa primera noticia de sí, acústica, en la lectura.

IV.
¿El alma como espacio o dentro de un espacio? Ah... Dostoievski, no tengo mejor respuesta.

domingo, 9 de febrero de 2014

Los demonios, de Dostoievski: cuatro notas de lectura




I.

“Tarde te leí”, como el “tarde te amé” de San Agustín. Y un día… sobrecogedor.


II.

Muestra personajes psicológicamente condicionados por la convulsa Rusia zarista de los años 60 del XIX, pero hay más, mucho más. Si Dostoievski sigue siendo Dostoievski es porque está diciendo la verdad. Algo que olvidamos al buscar la esencia de un clásico: un clásico es un señor que dice la verdad, o bastante verdad, o bastante profunda.


III.

El primer cometido de la novela es la fidelidad a la piel de la vida, a cómo se presenta la realidad; y esto no riñe con que el narrador siempre cuente desde un punto de vista o que cuente un mundo de dragones o espadas láser. Dostoievski quiere contar la variedad de situaciones, estados de ánimo, reacciones, contradicciones, obscuridades, luces… se dirige a la complejidad. Hasta los personajes que fácilmente se prestarían a un molde compacto, se revelan poco a poco inasibles, evitan la categoría cerrada. Entonces te preguntas qué visión tiene Dostoievski, que abre el plano y al mismo tiempo profundiza. Es un panóptico que te revela la estrechez con que tú mismo miras la realidad humana. 


IV.


Pero Dostoievski no es un relativista; o sí, pero en este sentido: relativiza el juicio sobre la persona, pues descubre un abismo al asomarse a ella, mientras deja bien clara la cualidad villana de la acción realizada. Es un autor radicalmente cristiano: reserva el juicio, y la misericordia, a los ojos de Quien pueda sondear y asumir las luces y las sombras del misterio de la condición humana, del hombre y la mujer concretos. Y todo lo demás es novela. Nada más. Nada menos.


martes, 14 de enero de 2014

Misericordia, de Galdós: cuatro notas de lectura

 

I.

Una lectura tan grata, a veces tremenda, un texto pertrechado de recursos literarios. Hay pasajes verdaderamente cervantinos en su contar preciso y ocurrente, en la frase rítmica y bien medida, como para decir en voz alta ante una concurrencia, en la tertulia familiar decimonónica, o ante el inopinado público de las ventas de la Mancha. Y un buen despliegue de metáforas, y de imágenes que traen esa visualidad que hoy no buscamos, porque si algo queremos, es descansar de tanta estampa, pero que en el XIX eran requisito del novelista. Novelista pintor, fotógrafo.


II.

Son frecuentes los momentos de caricatura, y no pocos, despiadada. Como en Marianela y en otras novelas, Galdós pinta animalizados y cosificados a los hombres y mujeres, e imprime matices humanos a animales y cosas. Más de una vez me detuve en la lectura: “¿Pero cómo se pasa?”; pero más de una vez, ante el nuevo detalle que equilibra al personaje y le da profundidad, volumen y sombra humanos. Con otros procederes, me recordó al Dostoievski que expone la variedad y el misterio del alma, para distinguir entre la falta condenable, y quien la hizo y sin embargo no debe ser condenado por otros ojos humanos. Al lector se le invita a la piedad.


III.

Aquí Galdós se identifica con un narrador todopoderoso al que no duelen prendas aparecer como artista plástico que todo lo moldea, expresionista y cómico, gozoso de que se le note. Realismo, sí, pero no con narrador traslúcido para pergeñar la apariencia de que se fue el mediador entre el lector y lo que desfila por las páginas; sino el de un mundo molesto de mirar, animado por esa idea (tan discutible) de que más real parece lo que más desmiente lo ideal y placentero.


IV.


Ese final, como coda inesperada, me recordó a la cálida sorpresa del de Los hermanos Karamázov, como si Galdós y Dostoievski hubiesen deseado un subrayado de convicción moral, de cordialidad pudorosa que no se quiere ocultar. Frases últimas que al leerlas te ahuecan el mundo y te lo callan unos instantes para que resuene una emocionada verdad.   

miércoles, 23 de octubre de 2013

El idiota, de Fiodor Dostoievski: cuatro notas de lectura


I.
Dostoievski: has de aguantar las 150 primeras páginas, hasta la bomba, el hachazo, el rotundo bofetón… luego ya no podrás dejarlo. Pero sí, 150 páginas de una retahíla de personajes que son aludidos de tres modos distintos: su nombre de pila, su apellido, su nombre familiar, y a veces su posición social, rango militar o cargo profesional. Hago muchos actos de fe cuando leo a Dostoievski: “Bien, de nuevo no sé quién es Ivan Fiedorovich, pero ya me dará la pista la situación o algún personaje; continuemos, la bomba va a estallar”.

II.
Dostoievski: el psicólogo de la modernidad enferma. Hurga, hurga… No es fácil ver en la penumbra, como el príncipe Michkin y Rogochin al final de El idiota, entre las tinieblas de la habitación… Trama, carácter, observación, complejidad, finura moral, extremosidad, visión, visiones, trapisonda, melodrama, sorpresa, malestar, conciencia… Apuntada toda esta maestría, El idiota me resulta algo ramplón en modos de contar, no hay “estilo” que te acaricie mientras lees: la máquina del suspense y esas sobrias pinturas expresionistas a bocajarro moral cumplen casi toda la eficacia narrativa, aunque durante páginas transmita el tacto de un papel de lija (pero, bueno, como no leo ruso, esta nota queda en su expuesta vulnerabilidad).

III.
“…los hombres de entonces no se parecían en nada a los de ahora. No, no eran de la misma raza. Nuestra naturaleza es muy distinta. Entonces la gente sólo tenía una idea. Hoy somos más nerviosos, más evolucionados, más sensitivos, tenemos dos o tres ideas a la vez… El hombre moderno es más amplio y, se lo aseguro, ello le impide ser de una sola pieza, como eran sus antepasados.”, dice el príncipe Michkin. Sí, somos dispersos y multitasking, seguramente eso incapacita para acometer empresas relevantes. ¿No andamos todos haciendo muchas, demasiadas, cositas? ¿Miedo al compromiso, la entrega, a la profundidad? Pero, son los tiempos, se trata de unificar lo diseminado -qué tiempos tan artísticos-. Quizás los hombres modernos que somos estamos obligados a un esfuerzo mayor, o de otro tipo. Digo yo.

IV.

Ah, Michkin… qué enigma de personaje, atractivo, imposible, trágico, idiota ciertamente; quizás el espejo cóncavo que una sociedad convexamente deformada necesite para despertar.

martes, 14 de febrero de 2012

6 aclaraciones a "Vive deprisa (sobre Whitney Houston, in memoriam)"


A raíz de las puntualizaciones de mis amigos Nani, Nacho y Pedro, de las aportaciones de Alfonso Méndiz y Vicente Huerta, y bajo el estupor de las 20.000 visitas que ha tenido mi anterior artículo, aclaro lo siguiente.

1. Tomé la tristísima muerte de Whitney Houston como ocasión para criticar la difusión de un estilo de “vida” que algunas modas culturales, mediáticas e industriales –pues no es poco negocio- se empeñan en aprovechar.

2. Fue apresurado y poco delicado por mi parte conectar de modo tan directo esa crítica con el triste suceso. Queriendo criticar una tendencia, me olvidé de la persona. Y eso no está bien.

3. Los hechos son los hechos: los que dieron al traste con la carrera profesional y la felicidad personal de Withney Houston. Pero también había más hechos, que en el momento de la escritura no consideré: que WH había iniciado un proceso de regeneración profesional y espiritual. Y esto se puede ver aquí y aquí.

4. No me espero a conocer los datos de la autopsia para escribir lo siguiente: tanto si se demuestra que se desmayó o asfixió en la bañera; como si hubo una funesta reacción por ingestión de calmantes; o si había estado consumiendo droga antes o en aquel momento; o incluso si se trató de una inducción voluntaria de la propia muerte… ¿qué? Un mal momento, una recaída, un borrón en la escritura vital podemos tenerlo cualquiera. Lo definitivo para mí, el hecho que pesa de verdad, es que había un proceso de regeneración en marcha; que había habido un punto y aparte; un esfuerzo por escribir de un modo nuevo y noble la historia personal, un nuevo comienzo, y desde ahí releer lo ya vivido/escrito. Y además, había alguien, su madre, apoyando esa (re)escritura espiritual con la oración, con ese poder vehemente que solo las madres tienen.

5. En la guerra, una buena campaña se puede perder en la última batalla; y una mala campaña —como lo que comentaba Churchill— se puede ganar en una sola batalla, que será la última. Pero en la vida de una persona, ¿dónde y cuándo, bajo qué condiciones de conciencia y voluntad, tenemos certeza de que se ha dado esa batalla, nosotros, simples testigos del otro? Imposible saberlo. ¿Y quién conoce la bitácora del alma al roce de los días? Nadie. Ni siquiera de uno mismo, uno lo sabe todo. Aunque sí me atrevo a señalar a alguien: el que mire con profunda atención, implicado y con piedad, ese podrá ver algo, y algo muy auténtico. Si hay un lugar literario donde se puede aprender esto, para mí fue Anna Karenina, de Leon Tolstoi.

6. Solo hay cadáveres bonitos para unos ojos desesperanzados, morbosos o antropófagos. Morir joven va contra las convicciones más elementales de lo que las mejores culturas nos han enseñado a lo largo de la historia. Vivir deprisa, sencillamente, es no vivir. 

lunes, 28 de marzo de 2011

Padres e hijos, de Iván Turguenev: cuatro notas



I.
Hay libros que nos levantan, y Padres e hijos de Turguenev es uno. Lo he leído casi de un tirón. Sí, hay un gancho que tira hacia arriba del lector. Una fuerza intelectual, emotiva, moral, artística, que te despega del suelo. Y te preguntas, ¿por qué?

II. 
Estamos en la Rusia de mediados del XIX, los personajes tienen exóticos nombres y diminutivos fáciles de confundir, hay aristócratas afrancesados, princesas, condes, mujiks -campesinos-, el problema de los siervos, la mítica San Petersburgo, las veladas y los paseos de la buena sociedad, liberales germanófilos hegelianos y jóvenes nihilistas "a la Schopenhauer" ... Y entonces Turguenev trasciende todo eso, y podrías decir: "Ha pasado en mi urbanización", o en la Roma republicana, o siempre. 

III.
Una mirada en la que vibran, como figuras a través de un fuego, el perenne conflicto generacional entre padres e hijos, la difícil esencia de la paternidad, la rebeldía... y unos personajes cuya natural complejidad nos es tan cercana, que nos abruma con una portentosa sensación de sencillez: en Basárov está la semilla de esos personajes de los que el Raskolnikov de Dostoievsky vendrá a ser la quintaesencia; y en sus padres, esas presencias redentoras, como será Sonia, para los seres queridos y atormentados.

IV.
Creo que es el poder redentor del amor lo que va tomando forma y dando forma a la novela: el de los amigos, el de los enamorados, el de los padres. El final del libro me hace pensar que Gabriel Marcel bien pudo haberla leído, y haber encontrado allí aquella estremecedora idea sobre la esperanza: "Tú no morirás, porque espero en ti en nosotros".    

martes, 22 de febrero de 2011

La función del escritor, según Anaïs Nin

La función del escritor no es decir lo que todos podemos decir, sino lo que somos incapaces de decir. Comenta Anaïs Nin.

Uf, menuda responsabilidad. Así que el escritor sería una especie de vidente... Decir lo que los demás no pueden decir, me suena a que se ve más que los demás... o al menos más claramente, o con un poco más de claridad. 

Y hay una segunda parte: una peculiar relación de esa visión con las palabras. Ver con palabras, tener las palabras para lo que se ve. Siempre se ha dicho que un escritor es un buen observador. Me imagino a Tolstoi, invitado a tomar café en mi casa: unos segundos de silencio tras lo último dicho en la conversación..., el ruso posa la vista como distraidamente sobre tapizado del sillón. Me echo a temblar. ¿Qué habrá visto?: reflejos de luz, rozaduras, la persona que pudo sentarse allí, el retapizado que necesitaría, a ti mismo dejándote caer allí tras un día pesado... un germen de novela de 800 páginas. 

Nunca invites a un escritor, un buen escritor, a tomar café en tu casa; a no ser que sea un buen amigo. Ya sabes cuál es su función.



lunes, 14 de febrero de 2011

De lo único que merece la pena escribir...



De lo único que merece la pena escribir es de los conflictos en el corazón humano.


William Faulkner


Faulkner siempre me ha asombrado. Su escritura hay que ponerla en el bando del Shakespeare de las tragedias, de Joyce... : en el de los que toman el lenguaje con manos nerviosas e intuiciones febriles. Un tormento para los traductores, que nos suelen dar el texto algo amorfinado para que no duela tanto. Para que no les imputemos desconciertos de lectura, en los que no quieren tener parte, ni arte. Arenas movedizas. 

Conflicto en el corazón, dice. Me acuerdo de Macbeth, y como no, de su mujer; y también de Gabriel y Gretta Conroy en "Los muertos", de Joyce. Cuánta oscuridad. Desde la Modernidad, el corazón es un campo de minas. Se transita por él con la condena ya expedida y el malditismo, la señal de Caín, como salvoconducto a ninguna parte. Y salió un comando ruso (Dostoievski, Tolstoi...) a combatir sobre aquel mismo suelo, con aquellas mismas armas. Pero esa es otra historia, para otro día.  

Una revuelta contra lo racional que condujo, conduce, al irracionalismo. Pero el patético estoicismo de Nietzsche no me seduce. Yo opto por lo razonable. Desde ahí surge una escritura sanadora, para eso de lo que únicamente merece la pena escribir.

martes, 19 de octubre de 2010

La Y

No sé por qué, esta mañana, muy de mañana, me asaltó el pensamiento de por qué me había gustado Crimen y castigo de Dostoyevski. Recordé que había leído de lectores que les había encantado la novela, que reconocían su valor, pero que mantenían un cordón sanitario frente al contenido: no querían que les afectase. Yo llamo a eso esteticismo -no soy el único-. 

Y recordé por qué me había gustado a mí: el contenido me pareció fabuloso, sobrecogedor, verdadero, y el modo de contar, un deleite... Ya está: me gustó aquello y esto, me gustó la Y. Creo que las grandes obras literarias son ese raro prodigio de la Y al más alto voltaje. Y que las mejores fruiciones lectoras no se dan sin exponerse a una fuerte descarga de Y. 

miércoles, 30 de junio de 2010

Vida y destino, Vasili Grossman II

Hablando de la elipsis en Vida y destino, me quedo con esas tres palabras que Krímov, en la Lublianka, exclama al recibir el paquete de Zhenia, y que cierran el capítulo, y la historia de estos dos personajes en la novela. Algo de eco hay en este final al final de esa otra gran pareja rusa, Sonia y Raskolnikov.

Decir tanto, en tan poco, no adulterar la narración de los hechos con digresiones destripadoras. Decir lo que se quiere decir con las armas y la lógica de la trama. Y dejar que todo -en la vida de los personajes tras el punto final, y en la nuestra- siga fluyendo. Gran literatura.

lunes, 28 de junio de 2010

Vida y destino, Vasili Grossman

Escribo a 20 páginas del final. Y el final, ya se vislumbra, podría estar a mil páginas más. En algún lugar hay que cortar, en algún lugar que sea significativo, donde se acabe de decir todo lo que se estaba queriendo decir. Así es la literatura, la narración.

¿Qué quiere decir Grossman en Vida y destino? Me gustan e inquietan las novelas que no pueden contestar a esta pregunta de un modo conciso; las que después de decir tantas cosas, reconocen con un gran silencio que todas las palabras se quedan cortas para lo que importaba decir. Tanto más valiosa es la novela, cuanto más constata esa dificultad.

¿Decir lo humano en circunstancias inhumanas? ¿y qué es lo humano? Ahí está Vida y destino, como un valiente dedo índice, apuntando sobre todas las cosas, hacia el misterio. 

lunes, 14 de junio de 2010

Suite francesa, ¿contar la realidad?

He terminado de leer Suite francesa, de Irène Némirovsky. Una novela inacabada, posiblemente a menos de la mitad de lo que la autora preveía, según se lee en sus apuntes. En ellos se cita Guerra y paz de Tolstoi como el texto de referencia para la escritura. La propia Némirovsky muestra sus cavilaciones sobre el sentido de Suite francesa, y aparece la idea de ser un gran mosaico de la vida. Esta idea también se dice de Guerra y paz, y es habitual encontrarla difundida entre la crítica de la novela del ruso. Pero es una idea limitada; con su verdad, sí, pero insuficiente. Este tipo de novelas nunca son ese mosaico, o ese espejo, tal cual. Si así fuera, ¿de qué serviría?

Un escritor no cuenta “la realidad”, sino su encuentro con ella. Al final, lo que importa es cuanta mayor verdad –humana, misteriosa, bella, difícil y sencilla- ese encuentro de un hombre o una mujer con la realidad pueda hacer presente en la literatura. 

jueves, 27 de mayo de 2010

Todo fluye

Todo fluye, de Vasili Grossman: una novela que me ha conmocionado. Esas novelas, además de en sus márgenes, en el cuaderno, uno ya las ha anotado sin saberlo en algún pliegue del alma.

Un gran párrafo, que habla de un hombre con una conciencia herida:
Pero ese día sólo deseaba que unas manos buenas le quitasen el peso de las espaldas. Y sabía que había una única fuerza ante la cual resultaba bueno y maravilloso sentirse pequeño y débil: la fuerza de una madre. Pero hacía mucho tiempo que ya no tenía madre, y nadie podía quitarle aquel peso. P. 56.

Si sólo la literatura sirviera para esa memoria de la madre, de la Madre, ya valdría la pena su existencia.

sábado, 22 de mayo de 2010

Leer el vestido

Acabo de cruzar el ecuador de Todo fluye, de Vasili Grossman. Esta vez, la libreta que procuro abrir unos segundos antes de abrir un libro, ha comenzado a llenarse de anotaciones. En la página 46 se lee:

Nikolái Andreyevich estaba desnudo bajo el traje de paño inglés.

Da Vinci decía de sí que no pintaba con las manos, sino con la inteligencia. Hace tiempo apunté unas cuantas ideas para una breve conferencia sobre el vestido, y seguramente la idea de Da Vinci fecundó la mía: nos vestimos con la inteligencia. La inteligencia, y la sensibilidad, y la imaginación, y la memoria, y la novedad, y la tradición, y el otro, y la comunicación, y la piedad, y la esperanza… el vestido, casi, es prescindible –si lo entendemos como palmos de tela, muda de humanidad y chillona de mimetismo-. Así, se puede ir desnudo bajo paño inglés.

Con un poquito de semiótica aplicada se podría mostrar cómo se construye qué vestido y qué proyecto de comunicación implícita para con los demás, y por lo tanto qué identidad. Y mejorar.

Si es que la semiótica sirve para todo.

domingo, 28 de febrero de 2010

“Disculpe, Sr. Mann…” Una imposible respuesta a Thomas Mann sobre Anna Karenina

Hoy a las diez de la mañana hay marea alta. Coronadas de burbujeante espuma y medusas, hijas primitivas del mar, que la gran madre-cuervo dejará abandonadas en seco y entregará a la muerte por evaporación, las aguas se adentran en la playa reducida, casi hasta mi sillón de mimbre, y… (Así comienza Thomas Mann su ensayo Anna Karenina (1939). Me he tomado la libertad literaria de acercarme al gran escritor, voy encorvado bajo el sillón de mimbre que llevo a cuestas penosamente desde el paseo marítimo de mi presente, con mis dos tomos de Anna Karenina abultando los bolsillos del abrigo, y mi cuaderno de notas entre los dientes).

-¡Uf!, Difculpe, feñor Mann. Permítame que me siente un rato con usted, a mí también me gusta el mar, y me ha gustado Anna Karenina. Aunque, he de decirle que por algunos motivos en parte diferentes a los suyos. Lo he estado pensando, y en el fondo, hacemos crítica desde supuestos diferentes. A partir de la obra usted escribe sobre Tolstoi como un genio conectado con las fuerzas primigenias de la vida, que incluso cuando despotrica contra el arte en nombre de la moral, cuando cuenta la peripecia de Anna y el progreso interior de Liovin, cuando –según usted- ahoga la sensualidad en nombre de una ascesis moral, esa ascesis no sería más que una expresión titánica del potencial hercúleo, bruto, irracional de Tolstoi el creador, y que es ese retorcimiento el que hay que admirar. Es decir, como en su opinión Tolstoi no es salvable en cuanto le da una fuerte finalidad moralizadora a la obra, usted reinterpreta, disuelve lo ético en lo estético-creativo, y así Tolstoi queda ganado para la causa. Pero a mí la causa del genio romántico, concretada en el superhombre nietzscheano, ejemplificada en Tolstoi y sacada a la luz por usted a través de un psicoanálisis de lo que Tolstoi realmente estaba haciendo al escribir Anna Karenina, no me convence. Es una opción ideológica. Pero yo no creo ni en Nietzsche, ni en Freud.

Y más allá de creencias o descreencias, lo principal es que el texto, su valor literario, se sostiene por sí mismo; y que con respecto a las ideas morales implícitas en Anna Karenina, creo que ir más allá de lo que con bastante claridad se percibe en el texto, es un viaje que se puede hacer, pero en el que no le puedo acompañar. El trabajo del narrador implícito, ese principio organizador desde dentro del texto, que ha dispuesto sus partes, su desarrollo, que ha diseñado los personajes, que administra los recursos estéticos, que presenta unos mensajes, también morales, desde instancias determinadas, ese trabajo es bastante claro para mí, como para muchísimos lectores –aunque pueda no gustar a alguien-. Creo que no deberíamos ceder a la tentación de ir a buscar al autor, psicoanalizarlo, y volver sobre la obra para leerla; ni tampoco caer en la duda filológica radical, que desestabiliza el sentido sensato y suficiente de la obra, y que en el fondo es ideología deconstruccionista.

(Una anémona ha sido escupida hasta casi nuestros pies. La mar, esa gran madre-cuervo, arroja a sus crías a la intemperie, desde sus irracionales y primigenias entrañas. Un escalofrío me sacude. Me llevo la mano al ejemplar de Anna Karenina en uno de los bolsillos, y recuerdo las últimas palabras de Anna, electrizadas de esperanza filial).

viernes, 19 de febrero de 2010

Primer amor. Iván Turguenev

I

Nico, un alumno de latín de 2º de bachillerato, me deja Primer amor, de Iván Turguenev. La obrita corona la pila de libros que se levanta sobre mi mesa. Pasa un mes aguardando su destino, unos peldaños más arriba que Anna Karenina, de León Tolstoi, así que al menos podrá conversar con viejos amigos.

Le llega su hora. Ha sufrido dos intentonas de lectura –la vida, ya se sabe, haciendo de las suyas-, finalmente cuaja a la tercera. ¿No es leer conseguir leer, algo que nunca se puede dar por supuesto? ¿cómo sabemos que leeremos? Para leer hay que hacer un hueco en el futuro. “Hacer un hueco”, interesante expresión. Porque hacer es construir, fabricar, producir algo, pero ¿hacer un hueco ?

-Sí, ¿hacer la nada?

-Perdón, protesto contra mí mismo: un hueco no tiene que ser necesariamente la nada, un hueco es un vacío, y un vacío es siempre de algo. Eso de darle a la nada tanto protagonismo, hasta atribuirle funciones personales, más concretamente divinas o cuasidivinas, no está claro. La nada es una metáfora excesivamente gorda, desparramada. La nada, como una señora muy poderosa vestida de negro, o como un corte de corriente universal por alguna radical insolvencia de este mundo, o como un gran paisaje que se ha salido del marco, es mucho poetizar. No estoy a favor de un código de circulación de las metáforas para nosotros usuarios cotidianos, ni siquiera de un libro blanco de buenas prácticas entre los profesionales del sector, pero sí que sé que hay un buen sentido que es muy importante no perder.

-¿Entonces?

-Entonces, un hueco es siempre de algo, y para algo. Siguiendo a Julián Marías, siempre nos vivimos un poco –o un mucho- por delante de nosotros mismos, siempre vamos con un poco –o un mucho- de irrealidad por delante, para poder vivir la realidad. Siempre vamos haciendo huecos, el hombre es un ser que hace huecos, y preferentemente en la irrealidad del futuro. Pero pienso que no es un puro ahuecador, también los rellena. Rehagamos la definición: el hombre es un ser que hace huecos en la irrealidad para rellenarlos inmediatamente. Algo así como un topo poeta, porque ya se sabe, como dijo Hölderlin, “poéticamente habita el hombre sobre esta tierra. Pero la sombra de la noche con las estrellas no es más pura, si me es dado decirlo, que el hombre, al que llaman imagen de la divinidad”.

II

Vladimir, el protagonista de Primer amor, es un ahuecador que se estrena. Como adolescente, está comenzando a vivir eso de hacer huecos. Hay que tomar decisiones, hay que tomar posesión de la irrealidad –del futuro- para hacer huecos. El futuro es un inmenso hueco, tan inmenso que llega a sobrecoger: por un lado uno se siente capaz de rellenarlo todo, pero cuando se para a pensar cómo lo va a hacer, de qué modo concreto, empieza a estremecerse. Es el proyecto: iré a tal sitio, conversaré con tal persona, leeré este libro que me ha dejado Nico.

Pero Vladimir se queda a medias, descubriendo la irrealidad como la alfombra roja que se despliega por delante, marcando una posible trayectoria. Como nos ha pasado a todos en esta universal epidemia de la edad, Vladimir se entretiene en el rojo encendido, en la suavidad del tejido, en su lisura amiga al tacto: aún no ha entendido que las alfombras son para caminarlas, como los huecos para rellenarlos. “Entonces me encerraba en mi habitación o me iba al otro extremo del jardín, me subía a las ruinas de un alto invernadero de piedra y, con los pies colgando sobre la carretera, permanecía sentado en el muro exterior durante horas y miraba, miraba sin ver nada. (…) Yo seguía sentado, mirando y escuchando, mientras todo mi ser se impregnaba de un sentimiento inenarrable, en el que estaba concentrado todo: la melancolía, la alegría, el presentimiento del futuro, el deseo y el miedo de vivir. Pero entonces no comprendía absolutamente nada de eso y no sabía llamar por su propio nombre nada de lo que bullía en mi interior”.

Y en ese quedarse a medias sobreviene la tragedia romántica: la tragedia como vía de conocimiento es una pedagogía muy romántica, pero un colegio demasiado caro. Primer amor es un libro de fuertes contrastes, como el siglo XIX que lo parió (perdón por el casticismo). Pasión y tedio, romanticismo y orden, idealismo y la roña de cada día, predadores y depredados. Mundanidad y trascendencia. Incluso Primer amor muestra dos finales: cuando Turguenev ya ha cumplido con el decálogo romántico de la buena escritura, cuando termina con esa pregunta retórica, como el guante de una mano femenina que ha caído entre las lápidas de un camposanto nos interroga con un quién un por qué sin respuesta, entonces añade otro párrafo más, un contrapunto no esperado, decididamente más romántico aún, que quisiera salvar lo perdido: a los muertos, a Vladimir, al narrador implícito, la historia contada, la dianoia del relato, la juventud ya huída, el sentido de la vida, el XIX...

III

...un hueco en el futuro...?