AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 19 de marzo de 2021

Línea discontinua, José Manuel Mora-Fandos. Ed. Pre-Textos

 

Pues muy contento de la reciente publicación de esta colección de poemas en la cuidada edición de Pre-Textos. Una línea discontinua de estilos, temas, miradas... hay veinte años en esta línea, que discurre discontinua, pero línea al fin y al cabo. La vida misma. Espero que guste. 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dios no va conmigo, de Holly Ordway. Reseña en Aceprensa

 


Dios no va conmigo, Holly Ordway. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. 2019

Aquí está mi reseña en Aceprensa de esta narración autobiográfica de la profesora de literatura Holly Ordway. No es fácil relatar un proceso profundo de cambio, pero la autora lo hace bella y persuasivamente bien, y me dejó abiertas muy buenas vías de reflexión. 

Un buen ejemplo de construcción artística de la imagen narrativa de uno mismo, guiada por el deseo de conocer y comunicar la verdad.

lunes, 27 de enero de 2020

Esta sombra que fui, de Enrique Baltanás: cuatro notas

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Esta sombra que fui, Enrique Baltanás. "Poesía al albur". Cypress. 2019



I.
Volver a leer poemas de Enrique Baltanás me ha traído la satisfacción —pasan los días, lo voy comprendiendo mejor— de volver a un hogar. Una voz, unos poemas, un mundo: cuando te conmueven, quedan como un lugar que habitaste, y que recuerdas. Y hacía tiempo desde aquel habitar. Al leer Esta sombra que fui se ha recuperado todo aquello, han vuelto aquellas paradojas del tiempo personal y la identidad, la hondura y la belleza, la gravedad y la gracia poética. He notado una cuerda tensa, atada allí-entonces, y aquí-ahora, que mide un tiempo, un espacio y una persona poética, un tiempo sobre el tiempo de los relojes. Como todo mundo consistente que la literatura ofrece, este ha interpelado al mío, y este diálogo ya es parte de la ganancia de la lectura del poemario.

II.
Una paradoja asombrada alienta estas páginas, desde el título: Esta sombra que fui… y sin embargo es esta, no aquella que se recuerda, sino la que sigue viva, la sombra que vive comprendiendo lo que se vivió, quien se vivió… y es una sombra, ¿sombra de sombras? ¿momento ahora de reconocer que siempre se fue sombra? La paradoja es una figura literaria que presenta una aparente contradicción, que se resuelve en otro plano. Quizás Baltanás, quizás yo, queramos que lo que la vivencia de los días entrega como dilema insoluble, absurdo incluso, se resuelva como misterio y esperanza; queramos que el arte poético, trascendiendo cualquier entretenimiento constructivo para el tedio, sea una apuesta por lo que intuimos, sabemos más auténtico y sólido. Quizás en los ecos de Juan de Mairena sea donde más explícitamente se expresa este deseo (“La verdad más verdadera”). Pero yo diría que va en todo el poemario, como su alma.

III.
Perplejidad metafísica y cordial para una voz meditativa y serena. “Caminos de hierro” es uno de mis favoritos, donde se revela la oscuridad que uno es para sí, donde ese deseo hermenéutico, tan moderno, de comprenderse en la autotransparencia, se rinde mientras la vida sigue y se avanza en ese tren en el que se piensa y siente, puesto aquí como carne para el alma del símbolo. Y qué dominio rítmico e imaginario, qué difícil facilidad de contar el misterio, a la espera de su exégeta, que no seremos nosotros. De nuevo la esperanza.

IV.
O el magistral “Rosa, rosae”: quizás ya no seamos muchos los lectores que podamos hacer vibrar este poema en la lectura, con la llave justa para abrirlo, aquellos que en el sistema gramatical de las declinaciones latinas encontremos un cobijo de recuerdos y vivencias y nos sintamos iluminados por el ingenio de la transfiguración de la declinación y las caídas -casos- en nuestro vivir: aquella figura que fue de arideces metodológicas y de aprendizaje, es ahora figura con temperatura vivencial del paso del tiempo y, pese a todo, de nuestra mirada hacia la rosa de la belleza. Quizás descubramos que no fue gratuita la ‘rosa’ que se cifraba en cuatro trazos de tiza en la pizarra, y que, como en tantas cosas, hemos venido al final a atisbar el misterio de las coincidencias y las paradojas.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Grandes libros

Como si no quisiera, han pasado los días, los meses, los años en las aulas de la universidad, y como si no quisiera, conmigo entraban mis lecturas, mis fiebres, mis esperanzas. ¿Damos algo alguna vez que no sea nosotros mismos?

Recuerdo el día, aquella primera vez, en que conversamos sobre Antígona. Tuvo algo de punto de no retorno, de desvelamiento, de entrega, de comienzo de una tradición. Si no llevamos semillas en las manos, no llevamos nada; si es que no sembramos al decir, es que nada hemos dicho. 

Enmudeció todo aquella tarde, en aquel momento casi imposible de comenzar la clase a las dos de la tarde, cuando los estómagos maldicen a esta ladera de los Pirineos si en vez de fungibles se les da palabras. Los alumnos de Publicidad y yo entramos en un gran libro, y luego vino otro, y otro...

Un gran libro es una gran conversación ya iniciada desde mucho antes, una conversación que  continúa cuando retornamos al gran silencio de donde toda palabra procede. Sigo entrando en el aula en silencio. Confiado en que el gran libro volverá a susurrarme palabras antiguas y nuevas, suyas y mías. Que siga la conversación.  

martes, 6 de diciembre de 2016

La nada y yo

La ciudad parece dormitar todo el día. Raro día de fiesta entre semana. No se escucha apenas nada. Y es la nada que asoma ahora la patita, la nada invisible los días de la vida laboral entre los colorines y los cambios. Pero hoy esa nada se vuelve sonora sin levantar la voz, asoma la patita sin mover un músculo. 

Yo paso todo el día con la patita de la nada sobre mi hombro, con su murmullo en mis oídos. Las teclas del ordenador suenan acolchadas, las ideas fluyen, me levanto, tomo un libro, leo, resumo, pienso. Y siento como una bendición, en suaves copos de nada, descendiendo sobre mí, sobre todas las cosas. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

El experimento del Dr. Heidegger, de Nathaniel Hawthorne: cuatro notas de lectura

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I. 
Necesitaba algo breve para leer en un par de trayectos de metro. Un cuento. Revolví los anaqueles de la biblioteca, di con Wakefield y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne. Como se revive el aroma de una agradable infusión, recordé en un todo inmatizado mis lecturas del autor: La letra escarlata, "Wakefield", "La hija de Rapaccini", "El velo negro del ministro", quizá alguno más... 

II. 
Opera, Sol, Sevilla, Banco... discurrían el metro y las páginas de "El experimento del Dr. Heidegger": una reunión de tres hombres decrépitos y una marchita dama, convocados en la casa de un doctor amigo. Un experimento que despierta incredulidad y la llamita de una pasión dormida. Quedó suspendida la historia, había llegado al Museo del Prado y quería volver a la sala de los venecianos. Los buenos libros permiten la suspensión de la lectura sin crear ansiedad; quizás es que ya no tengo quince años; quizás el cuento de Hawthorne habla precisamente de eso. 

III. 
Contemplé Cristo dando las llaves a San Pedro, de Vincenzo Catena. La sencilla acción ocurre en presencia de las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza, Caridad, alegorizadas en tres jóvenes mujeres. El espíritu es joven, dice la representación, entre otras muchas cosas. Ahora pienso en el contraste con los tres viejos de la velada en casa del Dr. Heidegger, en algún rincón de Nueva Inglaterra. Y pienso en El retrato de Dorian Gray... 

IV. 
Cierro los ojos y recuerdo aquella tarde de verano, la sala del Dr. Heidegger, al centro la mesita de madera negra con el vaso de agua, la rosa, la luz... representados con una muda viveza que juzga frágiles las vidas de los personajes del cuento. Objetos que dicen su estoica verdad, como en una estampa de Azorín.

lunes, 15 de agosto de 2016

Golfo norte

Ya es tarde. Hasta la terraza del “Golfo Norte” asciende el salitre del vaho marino, entre vaharadas de eucaliptus. Un frescor húmedo se adhiere a los antebrazos. Frente al mar, a la izquierda los cabos se ordenan en la lejanía y se entonan por fajas de gris cada vez más blanquecino. El sol espejea sobre el agua en miles de láminas que se encienden y se apagan. Una malla de nubes compacta, quieta, retiene el cielo.

(Golfo Norte, en Barrika, Vizcaya)

miércoles, 10 de agosto de 2016

Wilde en San Sebastián, Guipúzcoa

De esa multitud de placeres asequibles que descuidamos por pura negligencia, he rescatado hoy el de elegir una lectura para un momento determinado. Iba a dar un paseo por San Sebastián, el tiempo para leer sería limitado, así que tomo el librito de Cuentos, de Oscar Wilde.

La luz de la primera tarde pone un granito de azafrán en todos los colores y deja una cálida bendición sobre cosas grandes y pequeñas. Una invisible mano de gigante alborota la fronda de un gran tilo y agita el sonajero de hojas. Al poco se hace el silencio y se escuchan otros sones más tenues e indefinidos. Los fondos del paisaje, mirando hacia el interior, también parecen adormecidos. 

De los Cuentos de Wilde escojo "El gigante egoísta". La nieve, el hielo, el viento del Norte, el granizo resultan aún más fantásticos bajo esta tibia tarde. El jardín del gigante es de simples y breves trazos. Jardín de cuentos, al que los lectores asentimos con una imaginación idealista. No nos detenemos a disfrutar de la oscilación nerviosa de las frondas: los jardines de los cuentos son diseñados para que no nos distraigan de la trama moral. 

“Tengo muchas flores bellas —decía el gigante—; pero los niños son las flores más bellas”. De una piscina cercana llega una algarabía infantil. La tarde continúa, la luz va borrando sus brillos, la textura de todas las cosas se concentra y adensa. “Hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso”.

domingo, 6 de marzo de 2016

Negro escandinavo

Recuerdo los títulos que leí de la serie del inspector Wallander, de Henning Mankell; serán algo más de una decena. Al preguntarme qué motivó aquel interés, surge de nuevo el personaje, como un volumen bien construido: una doliente humanidad, vibrante, sobre un plano oscuro, tremendo. Este contraste, lo veo, era una estructura sólida.

Tras sesentaypico páginas dejo hoy de leer otra novela de una autora de este mismo género negro escandinavo: el segundo plano se adelanta hasta hacer que las truculencias, mezquindades, las sordideces inanes, los recursos de "efecto realidad" -como escribía Barthes-, aneguen los endebles trazos humanos que parecían prometer un conocer relevante.

Oscurece en la tarde, de llamativa belleza: vistos en perspectiva, los cúmulos se apelmazan en densas manchas, orladas de fuego.

jueves, 3 de marzo de 2016

Últimas palabras

Tras un día de lecturas, escritura, docencia, palabras, palabras, palabras... escucho un vehículo acercarse, pasar bajo mi ventana, alejarse. Oh vosotros que entráis en la noche, dejad dichosos aquí toda semántica. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

La fragancia del vaso: una nota sobre Azorín, Cervantes

Este capítulo de Castilla, de Azorín, es de esas cosas que, puestos a hacer una apresurada maleta, metería sin pensármelo.


Entra la luz primera por el tamiz de los visillos. El cuarto de la fonda donde habéis pasado la noche es modesto. Una mesa recia de pino, una silla a juego, una jofaina sobre el poyo de la ventana, os acompañan. Sobre la mesa, el librito de Azorín y otro de Cervantes, La ilustre fregona. Os habéis despertado con el quiquiriquí de esos gallos arcanos de los pueblos. No habéis querido faltar a la llamada y pronto os habéis aseado y ya estáis sentados frente a la mesa, releyendo el librito de Azorín, revolviendo las páginas de la novella de Cervantes. La luz va enjalbegando la pared a la que se enfrenta la mesa, y difundiendo una claridad por el cuarto. Pero vosotros no reparáis, y seguís enfrascados en la relectura, en esa fragancia antigua. Constancica, la heroína de Azorín, salta al libro de Cervantes, y vuelve al de Azorín. Como de la mano os lleva Constancica a aquellos otros ratos de lectura, a aquella primera vez. Habéis sacado unas cuartillas en blanco y comenzáis a emborronarlas con no sabéis qué pensamientos. Llega un rumor de conversaciones del piso de abajo. Se escuchan voces femeninas, una es admonitoria y lacónica; la otra, aguda y cantarina. De la calle, sube el golpeteo rítmico de los cascos de alguna cabalgadura, que en un momento se adivina bajo la ventana, y que luego se la siente alejarse con su cadencia sorda. Pero nada de esto habéis oído. Miráis con un nostálgico sobresalto el reloj y pensáis que hay que hacer la maleta, y en ella metéis apresuradamente a Azorín y Cervantes y las cuartillas. El recuerdo, como la fragancia del vaso del vino apurado, os aturde dulcemente. Salís, una vez más, a la calle.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Adviento

Recuerdo, cuántos años, la preparación de la Navidad. No la escapada a por el tierno musgo para el Belén, ni al ultramarinos a por las lustrosas castañas, la redecilla de nueces, los higos secos, de prieta enjundia y piel emblanquecida, como un cuento antiguo… Lo que ahora recuerdo es el Adviento, la preparación del advenimiento del Niño Dios. Cuántos advientos… Intento recuperarlos y me desdoblo en alguien que escava y descubre entre estratos el dibujo de un deslizamiento que corta los lechos depositados por los años…
Me pregunto, al recorrer el dibujo hondo de las líneas de la palma de mi mano, si en tantas ilusiones en la vida —perdidas, ganadas, transfiguradas— no volví cada vez, inconsciente, por esa senda antigua aprendida en un Adviento de niño: “Prepararte para lo que vendrá; ponte en camino”. Como esos libros que en la lectura te recomponen de las trizas de los días, te juntan por tu nombre y te llevan hacia un brillo. Como las esperanzas.

Bueno, ya está, ya estoy, otra vez aquí: el Adviento.

miércoles, 1 de abril de 2015

Campo de coles. Pontoise, de Camille Pissarro. 1873. Estampa

Campo de coles, Pontoise, Camille Pissarro

El Campo de coles, con sus repollos bajo el sol, sus distintas glebas picadas de siena y violeta, como mojadas de claridad, y su senderillo sofocado casi entre las parcelas, venido desde la arboleda de atrás, de abetos y plátanos encumbrados, de frondas amarillentas en los contornos, me recuerda esas impresiones de la infancia que la memoria envuelve en su vaho; impresiones de arboledas magníficas, masas de verdor que se hacen presencias primeras, originales, en la intimidad del niño; aires y ámbitos en que se vive sin advertir, signados de un silencio insondable.

Palabras, pobres palabras; contraseña ya imposible.

viernes, 3 de octubre de 2014

Notas finlandesas: II

Pese a lo que me habían advertido, el alumno finlandés sí habla. Es cierto que a la pregunta directa de un descarado meridional responde con un rictus instintivo de alarma; pero apenas un segundo, pues se repone y contesta, y con inteligencia e interés. Al menos, así hacían los que tuve la oportunidad de conocer en clase.

Universidad de Tampere, a ciento y pico kilómetros al norte de Helsinki. Una mañana de septiembre, de un frío incipiente que comienza a poner a los arces colorados. La universidad es moderna, limpia, acristalada, y las moquetas desconocen los papeles dejados caer. En un pasillo los alumnos presentan unos pulcros tenderetes con ofertas de clubs y asociaciones. El curso acaba de comenzar.

Y comenzamos la clase, con medio centenar de alumnos, de edades muy diversas. Imágenes, frases, un poco de mímica, apuntes de humor y una dinámica constante de preguntas y respuestas: juegan todos, o casi. Se inventan frases, breves diálogos, alguna microhistoria. El idioma español trastabilla, pero no cae, se fortalece en las heridas, ¡bien! Evitar el error no puede ser la piedra angular de la educación; lo esencial es comunicar. Esta sencilla regla desbloquea el aprendizaje. Lo veo aquí, y tantas veces al sur de los Pirineos.

La pronunciación es clara: el finés, como el español, muestra una notable seriedad silábica: cada sílaba está protegida –lo opuesto al bárbaro atropello inglés-, un instinto democrático afirma su derecho a ser pronunciada con dignidad.


Y una pequeña maldad: conocía esa leyenda de que los finlandeses saben hablar en latín, pues lo veneran desde la cuna; incluso –y esto es comprobable- tienen noticieros radiofónicos en la lengua de César. No me contengo. En plena clase, buscando modos de comunicar, pregunto en dicha lengua y… oh, al menos una alumna responde al reto. Breve diálogo. Veni, vidi, victus sum! Como penitencia, creeré un año más en el informe Pisa.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Notas finlandesas: I

Entre las cosas que más agradezco, está la ausencia de ruido en los espacios de convivencia. En Helsinki los Cafés son silenciosos, no hay musiquillas trepanadoras, se puede hablar; pero aún hay más: incluso se puede no hablar, y quien así ejerce no manifiesta un trauma. Todo lo contrario. No parece que se conozca por aquí el horror vacui, ni visual ni sonoro. Al principio, un meridional se pondrá en alerta, sentirá inquietud por lo que falta, invocará esa superstición del whatsapp para conjurar el peligro. Pero al fin descubrirá que la otra cara de esta ausencia es una presencia: la de sí mismo.

El Café Bulevardin kahvisaloki hace la esquina donde se encuentran la calle Bulevardi y la de Mannerheimintie. A la derecha de mi mesa, una alta ventana muestra un arce joven de Bulevardi, que esconde parcialmente al tilo de la otra acera; otra ventana, en frente a la izquierda, recorta el Svenska Teatern en una porción que me recuerda a la mía de tarta de queso y frutas del bosque -Juustokakku-: es esta rebaja de tono que se ejerce aquí en todos los colores, y de ahí la suavidad con que fluye la vida, con que acaba de llegar el otoño. Las paredes del Café son de blanco roto, roto lo justo para no perturbar la paz de nadie con estridencias lumínicas. Sin cuadros, parece que la luz y las estampas de calle son suficientes. Y en verdad lo son.

Entra en el precio reponer la taza de café en el mostrador del autoservicio, de esas jarras panzonas de vidrio que reposan sobre una base caliente. El café está rebajado de cafeína. La porción de Juustokakku también ha venido rebajándose hasta desaparecer, pero su reposición no me es lícita. Al silencio se suma el piano vertical, de un negro pulido, tan elegante. Encima del piano, un retrato en blanco y negro de tres hombres que parecen celebridades literarias, sirviéndose café. También encima, una lámpara con vástago de metal y fanal marrón oscuro. Está encendida y enciende llamitas en la superficie pulida del piano. Si ahora se levantase alguien y se sentase en el taburete del piano, acariciaría las teclas con algo de Satie, Debussy...

Se escucha hablar en finés, y también se escucha no hablar, leer el periódico, escribir, mirar por la ventana, pensar, recordar… 

domingo, 17 de agosto de 2014

Tristaina, una tarde. Andorra



Tristaina es un nombre de resonancias sorprendentes. ¿Hay entre las peñas, o suspendido sobre los lagos un humor intenso y turbador para este inquietante título?

Ascendemos hacia el circo glaciar. Con su monótono tintín, unas esquilas atronan por el valle. Van al cuello de unos caballos enormes, que rastrean la hierba con sus grandes hocicos. Estos percherones, de paso corto y bamboleante, son de una piel amarronada y polvorienta, de una crin blanca sin brillo. Nos aproximamos a la recua, y alguno estira mansamente el cuello, como esperando una caricia. Son caballos para carne.

Luego el terreno baja suave hasta dos lagos. Desguarnecidos de árboles, quedan como grandes planchas azules encajadas en las breñas. El azul, casi cobalto, de una pureza fría y lisa, levemente contradicha en los destellos punteados por la brisa al rizar las aguas. Miles de reflejos se agitan en una cadencia ininterrumpida, mientras las nubes planean su corpulencia sobre el circo glaciar. Entonces, un inesperado centelleo rompe el irregular ritmo: un pez cuartea el espejo desde dentro y atrapa una mosca de agua. Un pez lento, convulso en un instante por el enigma de la sangre ciega; una mosca creada solo para rozar esta agua, hoy, este instante. Los breves círculos concéntricos se disuelven al poco en la lisura de la superficie. Nada recordará este contrapunto bajo la luz tenue de la tarde. 

Seguimos. Los pies buscan el camino justo entre el capricho de las piedras, los retazos de hierba, las lajas de pizarra que permiten cruzar el animado riachuelo. Enfrente y arriba se curva el circo en un collado, principian las escorrentías y se desenvuelve la lengua blanca del nevero: es de una blancura sucia, que en un chispazo de memoria trae el tono de las crines descuidadas y apelmazadas de los percherones. Pero ya hace tiempo que callaron sus esquilas. Ahora, sobre el silbido del viento, se alza a la izquierda uno de los picos de Tristaina, como su cabeza: la ronda una neblina desfibrada, como uno de esos pensamientos vagos que sabemos que no tardan en disiparse, demasiado perezoso aquí para ascender o para bajar por el exiguo nevero de agosto, y osar la invasión del valle.

Descendemos. Al hilo del riachuelo -ahora más cerca de nuestros pies, ahora apartado por el capricho de la senda-, se destacan o se ensordinan las habladurías del agua, lo único que la montaña dice a nuestros oídos. Desde este extremo íntimo del circo se ven los lagos de tinte azul y negro, amplias horizontales que alivia el estrépito de la insistente verticalidad y de las grandes masas inquietas de las nubes. Pero todo es más sereno al mirar la cercanía: al amor de una roca se arriman unos rododendros, con sus acentos carmesí sobre la sección de la piedra: en su faz golpeada e irregular, se destacan los líquenes de un verde casi fosforescente sobre estratos purpúreos, ocres, achocolatados, de grisuras indefinibles… No lejos, humildes se levantan ramilletes de saxifragas de pétalos blancos, que según la convicción legendaria de Plinio y los antiguos, son capaces de romper hasta las rocas con sus raíces, de ahí su nombre, que sabe el latín de saxum y frangere. También las prímulas, de sonrojo incipiente y perpetuo, y el erigerón, con su sinceridad sin coloretes, y otras florecillas de breves cabecitas púrpuras y añiles, aligeran la atonía del verde sufrido que todo lo abraza.

Antes de abandonar el circo, algo atrae la vista: al perfil de una loma que se desmaya hasta el lago dormido, en el escorzo de un giro brusco, le ha salido un arbusto grande de raíces al aire y ramas enhiestas como los dedos de una mano crispada. Queda una estampa con carácter dramático que responde al azote del viento y la nieve. Pero ahora, aún bajo esa forma exasperada, recuerda a una dormición apacible en la tibieza de las luces de la media tarde.


Tristaina, al descender por las enjutas sendas que nos devuelven al punto de partida, a los abetos y al agua amplia y sonora que alegra los chopos y los abedules, ya no me hago más preguntas. Una espesa neblina, pienso, pronto vendrá a enfriarlo todo.

domingo, 3 de agosto de 2014

Picasso frente a Velázquez: Las Meninas en blanco y negro y color, de Rafael Llano


Lo cuento en la página web de Aceprensa. Una buena lectura para los aficionados al arte que quieran profundizar en sus implicaciones más humanistas y culturales. Y dos grandes, Velázquez y Picasso, puestos a dialogar... 

Con esta obra se inaugura la colección “El festín de Babette” de Mishkin Ediciones, editorial dedicada al redescubrimiento de la identidad plural y abierta de la cultura europea.

Ah, Mishkin, el príncipe Mishkin de El idiota de Dostoievski, porque ya se sabe lo que es capaz de hacer la belleza, la Belleza, si se le deja...


viernes, 25 de julio de 2014

Té verde



Es cierto que, de entrada, el sabor puede recordar al de un puñado de césped pasado por un cedazo. Perdón por el símil, pero siempre llegamos a lo desconocido desde lo conocido, con un poco de imaginación y otro de valentía. Recuerdo aquella primera vez: cuando llegas al reino de los tés, te embriaga una atmósfera exótica de mundo heterogéneo y colonizadores británicos, pantalones beig cortos y calcetines altos, mucho calor, recolectoras con sari, El corazón de las tinieblas de Conrad... no sigo con las asociaciones porque me parece que me estoy psicoanalizando, y por aquí uno nunca sabe hasta dónde puede llegar o hasta quién o incluso si hay un quién ahí en las oscuridades del pasillo interior o un manojo de pulsiones... bueno, atrezzo freudiano con en el que nunca me he vestido, y menos ahora con estos 37º a la sombra.

Sí, recuerdo la primera vez: aquella exuberancia de aguas calientes especiadas, sus cajitas de cartón ordenadas en las baldas del supermercado y aquellas leyendas casi de autoayuda al dorso: que si antioxidante, equilibrio, quemagrasas, bienestar... Lo que no es retórica no existe: lo crucial es que sea verdad. Pues eso, té verde: el té verde descuella entre la multitud de híbridos herbáceos 'para dormir', 'para relajarte', 'para adelgazar', 'para averías somáticas diversas', 'para sacar al perro', 'para cuando no se te ocurre otra cosa mejor', 'porque sí'... Pero ahí estaba el té verde, en su simplicidad comunicativa de color primario (o secundario, depende desde dónde se vea), y en sus potencias curativas cuasimágicas: entre todas, recuerdo su detención del alzheimer -ya se ve que funciona-.

Y su origen chino. Me transporta al Liang Shan Po, aquel río mítico de aquella serie mítica de mi niñez, cuando los héroes como Chin Lu se atiborraban a té y vino de arroz (la verdad es que no he probado este último asunto, pero siendo valenciano, me da cierto repelús). Supongo que no hay nada más capaz de acoger y sublimar cualquier excrecencia imaginativa que los olores y los sabores y las músicas. En ellos cabe todo, son una enciclopedia caprichosa e imprevisible, seguramente porque refieren a realidades "menos materiales" que las que captamos por la vista (aquí sigo a Santo Tomás de Aquino). Si alguien me dice que el té es una invitación a la espiritualidad, no le diría que no, al menos por el contraste con nuestra dependencia de las imágenes, tan hipnóticas, que nos arrebatan la atención, a veces tan impositivamente. El té, su invisibilidad aromática y gustativa, me recuerda a la lectura: un montoncito de tinta sobre un montoncito de fibras vegetales (de entrada, algo no muy atractivo), y el resto es nuestro aporte espiritual. 

Paladeo una taza de té verde, y al entrecerrar los párpados sé que se me achina el rostro, aunque Chin-Lu no me esperará para remontar justicieros el Liang Shan Po; y aunque, lo reconozco, en el fondo sigo siendo incapaz de liberarme de esta ciega fe en el césped.