AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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miércoles, 19 de abril de 2017

Conferencia "Un menú de clásicos para la lectura" en Librería Neblí



Este próximo sábado 22 de abril, a las 12:30 h. (que nadie venga a medianoche), dentro del programa "La noche de los libros" (ciclo de actividades organizado por la Comunidad de Madrid), daré la conferencia Un menú de clásicos para la lectura, en la Librería Neblí, C/. Serrano 80, Madrid. Si podéis pasaros, me encantará compartir ese rato con vosotros.

domingo, 24 de enero de 2016

Relectura de Crimen y castigo, de F. Dostoievski: cuatro notas


Here's Looking at You, tinta sobre papel. JM Mora Fandos


I.
Si al caminar atravesase un campo, y al dejarlo a mi espalda ese campo quedase ya mío, sin más derecho que el de haberlo andado, esto me recordaría a la lectura, donde al alcanzar el último linde del libro, sé de mi nueva fortuna y que debo ser agradecido. Y si alguna vez volviese a atravesar ese campo, me sabría en casa, como al releer un libro.

II.
Leo por tercera vez Crimen y castigo, de Dostoievski. Ahora Raskolnikov y Sonia se perfilan con más matices, los cuartuchos de las pensiones se estrechan como estampas expresionistas… pero es todo, simultáneo y completo, lo que vuelve, como un mundo inquietantemente acogedor. Leo del mismo modo que Constanza, en “La fragancia del vaso” de Azorín, recuerda sus vivencias; como quien retiene la fragancia del vaso de vino que se fue. ¿Dónde van las lecturas? Se engolfan, como esencias, en alguna bóveda del alma.

III.
Cada relectura es una familiaridad y una novedad. Esta vez ha ganado relieve el personaje de Svidrigailov, su sobrecogedora personalidad, como la de tantos personajes de Dostoievski; pero me ha resultado un personaje especialmente complejo; más precisamente: mostrado de manera compleja, reservándose el narrador qué contar y qué ocultar, hasta el final. ¿Engaña Svidrigailov a Raskolnikov o se engaña? Real hasta doler.

IV.

Restaurar un alma lleva tiempo, siete años en Siberia para Raskolnikov. Lleva tiempo y un ángel, Sonia. Con qué facilidad nos disolvemos; con qué lentitud se renace, caminando por un apartado sendero, bajo los rigores de una intemperie. Personal, comunitaria, social. Ahora, al momento del hacha, se hace apropiado leer, releer, Crimen y castigo.

sábado, 30 de mayo de 2015

El último cortejo, de Laurent Gaudé: cuatro notas de lectura



I.
Hay escritores como hay especies e individuos en el reino animal. ¿Diría infinitos, variados? Lo diría, y aquí hay una novedad, y una felicidad para quien frecuente las sendas literarias. El último cortejo, de Laurent Gaudé. 

II.
Gaudé raya alto, en todas las provincias del oficio de escribir. Yo ejercito un prejuicio de lectura: en la primera esquina de un texto espero al narrador estilista, y si la visitación se da, entonces puedo seguir con entusiasmo la trama, el suspense, el pensamiento, los matices de los caracteres; incluso perdonarle al novelista casi todo lo imperdonable. En El último cortejo el estilista cantó en las dos primeras frases, sin impostación, sin sobreejecución, sabedor de su voz aquilatada. Y desde ahí, fue una delicia seguir, como a Orfeo, su canto.

III.
¿Novela histórica? Novela, el gesto sabio y el proceder seguro de quien trasciende un género. Un interés por un personaje, un mundo, y ahí una exigencia estética conducida con pasión y riesgo. Gaudé actualiza una bella mirada, con independencia del paisaje que atraviesa.

IV.
Alejandro Magno, sus últimos días, un grupo de allegados, el Imperio, la vida, la muerte, la eternidad… La escritura justa, las cadencias cordiales, la seriedad creativa… Un referente para quien escribe, un horizonte que contagia fiebre a los dedos sobre el teclado, un excelente acompañante para el camino. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Próxima conferencia de Santiago Posteguillo en el Máster Universitario en Escritura Creativa UCM



El próximo 19 de mayo, martes, Santiago Posteguillo pronunciará la conferencia de clausura del Máster Universitario en Escritura Creativa de la UCM, titulada La construcción de una novela histórica: cuando la ficción navega sobre el océano de la historia. La conferencia tendrá lugar en la Sala Naranja de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, a las 16:30 h. La entrada es libre.

Verdaderamente será un placer y un honor contar con Santiago en el Máster, escuchar sus reflexiones sobre el género de la novela histórica y poder entablar un diálogo con él. La calidad literaria de sus novelas históricas es algo que no cesa de recibir un refrendo constante de público y crítica; y no es para menos, cuando se descubre en sus textos una concienzuda documentación, una preparación filológica excepcional, una mirada fabuladora ingeniosa, y una pasión por sus personajes y el mundo en que vivieron. Si T. S. Eliot escribía que el escritor de talento asume una tradición, y contribuye a ella, actualizándola, alterándola aun mínimamente, creo que Posteguillo está consiguiendo refigurar la mirada tradicional sobre el mundo clásico romano, ampliando el paisaje y la recepción. “Los romanos” han sido para nuestro imaginario colectivo Julio César, Cicerón, Claudio, Nerón… y ahora ¿cómo olvidar a Escipión y Trajano? Estamos viendo más, y estamos viendo mejor.

Y a continuación una semblanza literaria: 

Santiago Posteguillo, filólogo, lingüista, doctor europeo por la Universidad de Valencia, es en la actualidad profesor titular en la Universitat Jaume I de Castellón donde ejerció como director de la sede en dicha universidad del Instituto Interuniversitario de Lenguas Modernas Aplicadas de la Comunidad Valenciana durante varios años. En la actualidad imparte clases de lengua y literatura inglesa, con atención especial a la narrativa inglesa del siglo XIX, el teatro isabelino y la relación entre la literatura inglesa y norteamericana con el cine, la música y otras artes.

Ha estudiado literatura creativa en Estados Unidos y lingüística y traducción en diversas universidades del Reino Unido. Autor de más de setenta publicaciones académicas que abarcan desde artículos de investigación a monografías y diccionarios especializados, en 2006 publicó su primera novela, Africanus, el hijo del cónsul, primera parte de una trilogía que continúa con Las legiones malditas (2008) y La traición de Roma (2009).

En 2008 quedó finalista del Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza con Las legiones malditas. Sus novelas son recomendadas por medios tan prestigiosos como El País, Historia-National Geographic, Qué Leer, SER-Historia o ABC Radio-Valencia por mencionar algunos ejemplos. Sus novelas se leen en España, Colombia, México, Argentina, Ecuador, Venezuela, Uruguay, Chile o Estados Unidos entre otros países y se han traducido a otros idiomas como el polaco, el italiano o el catalán, mientras se preparan más traducciones. Desde marzo de 2008 todas sus novelas permanecen entre las 200 novelas más vendidas del índice de ventas Nielsen en España, llegando a estar en algunos momentos entre las 10 más vendidas.

Igualmente, desde 2008, Posteguillo imparte un taller de literatura creativa en colaboración con la Universidad de Valencia y la empresa Tecnolingüística.

En 2010, la trilogía de Escipión ha continuado recibiendo diversos reconocimientos, como el Premio de la Semana de Novela Histórica de Cartagena y el Premio de las Letras Valencianas otorgado este año a Santiago Posteguillo por la Generalitat Valenciana.

En 2011, Los asesinos del emperador, su última novela, quedó finalista en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana.

En 2012, El programa cultural «Continuará» de La 2 de Televisión Española en Cataluña concedió a Santiago Posteguillo el Premio de las Letras. En septiembre de este año, se publicó el volumen “La noche en que Frankenstein leyó el Quijote” donde el autor repasa algunos de los enigmas literarios más sorprendentes de la historia.

En 2013 publicó Circo Máximo, segunda parte de su trilogía sobre el emperador Trajano, y las obras de Santiago Posteguillo han seguido cosechando reconocimientos, como el Premio 9 de marzo de la Asociación Gregal de Estudios Históricos o la Doble Corona Mural otorgada por el Senado Romano  de la Ciudad de Cartagena. Asimismo, “La noche en que Frankenstein leyó el Quijote” ha sido nominada para el Premio de la Crítica Literaria Valenciana en la categoría de “ensayo y otros géneros”.

Entretanto, Santiago Posteguillo continúa trabajando activamente en la tercera parte de su nueva trilogía sobre Trajano, y sus novelas no dejan de aparecer en multitud de rankings de ventas y apreciación.


¡Os esperamos!

martes, 18 de noviembre de 2014

A diestra y siniestra, de Joseph Roth: cuatro notas de lectura



I. 
Terrible como las epifanías, la excepcionalidad cuando aparece. Digo un talento excepcional. Porque hay técnicas para escribir bien, con su no poco trabajo, y sus merecidos réditos, cuique suum. Pero el talento excepcional lo atraviesa todo, como el espíritu la materia, y no sabes de dónde viene ni adónde se encamina. Pasa, y en su fulgor te deja el rostro iluminado. Terrible.

II.
Roth, una vez más, excepcional en A diestra y siniestra: son sus temas de siempre, su nostalgia austrohúngara, su ironía… pero un nuevo vuelo de su talento lo vuelve a transfigurar todo, y qué importa que te esté contando, en el fondo, otra vez la misma historia.

III.
Amplitud y densidad de observación de la vida, en todos sus registros, altillos y bodegas. Condensación y trallazo de luz en pocas palabras, donde comparece un personaje, un vicio, un error, un terror, una dificultad anímica, una felicidad intuida, un imposible de asir…

IV.
Y esa crítica inteligente y rigurosa de las mezquindades, la pintura de una decadencia social de plutocracias y arribistas; el vaciamiento del interior humano en las periferias de la acción, el programa político con colmillos, y a río revuelto, la ganancia de ideólogos y populismos de vario signo tramoyando febriles su siniestra bambalina tras los telares de la utopía. Ay.


En la bienvenida Ediciones Ulises: sensible y agradable edición facsímil. La traducción Luis López-Ballesteros fluye deliciosamente. Enhorabuena.

martes, 14 de enero de 2014

Misericordia, de Galdós: cuatro notas de lectura

 

I.

Una lectura tan grata, a veces tremenda, un texto pertrechado de recursos literarios. Hay pasajes verdaderamente cervantinos en su contar preciso y ocurrente, en la frase rítmica y bien medida, como para decir en voz alta ante una concurrencia, en la tertulia familiar decimonónica, o ante el inopinado público de las ventas de la Mancha. Y un buen despliegue de metáforas, y de imágenes que traen esa visualidad que hoy no buscamos, porque si algo queremos, es descansar de tanta estampa, pero que en el XIX eran requisito del novelista. Novelista pintor, fotógrafo.


II.

Son frecuentes los momentos de caricatura, y no pocos, despiadada. Como en Marianela y en otras novelas, Galdós pinta animalizados y cosificados a los hombres y mujeres, e imprime matices humanos a animales y cosas. Más de una vez me detuve en la lectura: “¿Pero cómo se pasa?”; pero más de una vez, ante el nuevo detalle que equilibra al personaje y le da profundidad, volumen y sombra humanos. Con otros procederes, me recordó al Dostoievski que expone la variedad y el misterio del alma, para distinguir entre la falta condenable, y quien la hizo y sin embargo no debe ser condenado por otros ojos humanos. Al lector se le invita a la piedad.


III.

Aquí Galdós se identifica con un narrador todopoderoso al que no duelen prendas aparecer como artista plástico que todo lo moldea, expresionista y cómico, gozoso de que se le note. Realismo, sí, pero no con narrador traslúcido para pergeñar la apariencia de que se fue el mediador entre el lector y lo que desfila por las páginas; sino el de un mundo molesto de mirar, animado por esa idea (tan discutible) de que más real parece lo que más desmiente lo ideal y placentero.


IV.


Ese final, como coda inesperada, me recordó a la cálida sorpresa del de Los hermanos Karamázov, como si Galdós y Dostoievski hubiesen deseado un subrayado de convicción moral, de cordialidad pudorosa que no se quiere ocultar. Frases últimas que al leerlas te ahuecan el mundo y te lo callan unos instantes para que resuene una emocionada verdad.   

miércoles, 23 de octubre de 2013

El idiota, de Fiodor Dostoievski: cuatro notas de lectura


I.
Dostoievski: has de aguantar las 150 primeras páginas, hasta la bomba, el hachazo, el rotundo bofetón… luego ya no podrás dejarlo. Pero sí, 150 páginas de una retahíla de personajes que son aludidos de tres modos distintos: su nombre de pila, su apellido, su nombre familiar, y a veces su posición social, rango militar o cargo profesional. Hago muchos actos de fe cuando leo a Dostoievski: “Bien, de nuevo no sé quién es Ivan Fiedorovich, pero ya me dará la pista la situación o algún personaje; continuemos, la bomba va a estallar”.

II.
Dostoievski: el psicólogo de la modernidad enferma. Hurga, hurga… No es fácil ver en la penumbra, como el príncipe Michkin y Rogochin al final de El idiota, entre las tinieblas de la habitación… Trama, carácter, observación, complejidad, finura moral, extremosidad, visión, visiones, trapisonda, melodrama, sorpresa, malestar, conciencia… Apuntada toda esta maestría, El idiota me resulta algo ramplón en modos de contar, no hay “estilo” que te acaricie mientras lees: la máquina del suspense y esas sobrias pinturas expresionistas a bocajarro moral cumplen casi toda la eficacia narrativa, aunque durante páginas transmita el tacto de un papel de lija (pero, bueno, como no leo ruso, esta nota queda en su expuesta vulnerabilidad).

III.
“…los hombres de entonces no se parecían en nada a los de ahora. No, no eran de la misma raza. Nuestra naturaleza es muy distinta. Entonces la gente sólo tenía una idea. Hoy somos más nerviosos, más evolucionados, más sensitivos, tenemos dos o tres ideas a la vez… El hombre moderno es más amplio y, se lo aseguro, ello le impide ser de una sola pieza, como eran sus antepasados.”, dice el príncipe Michkin. Sí, somos dispersos y multitasking, seguramente eso incapacita para acometer empresas relevantes. ¿No andamos todos haciendo muchas, demasiadas, cositas? ¿Miedo al compromiso, la entrega, a la profundidad? Pero, son los tiempos, se trata de unificar lo diseminado -qué tiempos tan artísticos-. Quizás los hombres modernos que somos estamos obligados a un esfuerzo mayor, o de otro tipo. Digo yo.

IV.

Ah, Michkin… qué enigma de personaje, atractivo, imposible, trágico, idiota ciertamente; quizás el espejo cóncavo que una sociedad convexamente deformada necesite para despertar.

jueves, 1 de agosto de 2013

La lección de August, de R. J. Palacio: cuatro notas de lectura


I.
Ha sido una grata sorpresa. Hacía mucho tiempo que no leía de un tirón. Me habían recomendado este libro, me lo encontré en casa de unos amigos, al penúltimo día de mi estancia, y pensé: “A por él”. Y ya no pude parar. Es verdad que al principio me costó leer con fluidez: no acababa de darle el crédito que todo libro te pide al inicio. Al inicio suele abrirse un periodo de negociación entre tus expectativas y lo que el libro va aportando. Pero el algún momento, esta historia de un niño con deformidad craneal severa que comienza a ir al colegio y lo que allí ocurre, sobrepasó mis prejuicios, y desde ese momento no paré.

II.
Es grato de leer, y en muchos momentos, divertido. La diversidad de narradores le da aliciente, los abundantes diálogos caminan con soltura, los personajes son simpáticos, y los distintos caracteres están bien perfilados en sus modos de expresión. Uno de los pactos que te propone el libro es que aceptes que un niño de diez años pueda redondear de un modo tan cabal las cuestiones que piensa, o argumentarlas con esa perspicacia… pero el arte siempre trabaja con condicionantes de este tipo, lo importante es que se note lo menos posible; y aquí me parece que se consigue de un modo más que aceptable.

III.
Casi como un ameno documental, poco a poco se va mostrando la complejidad sentimental y moral de las relaciones humanas que se tejen alrededor del problema de August. Pero lo más interesante es cómo la novela lleva a los personajes —y al lector— de una actitud inicial, a otra totalmente distinta. En palabras del filósofo Gabriel Marcel, del problema al misterio: de una causa de incomodidades para todos los personajes, a la que se le han aplicado todas las “soluciones” posibles para controlarla y neutralizarla; se pasa a otra situación en la que se descubre que, en el fondo, aquello era otra cosa, algo precioso… o al menos encerraba la posibilidad de serlo. Como el amor, como la muerte, como el dolor… que siguen burlando a todos los que piensan que se trata de problemas pendientes de una solución “técnica”. Al final de la novela, los personajes han sido capaces de hacer ese ascenso de nivel: el director de secundaria, Traseronian, agradece a August el hecho de que sea como es, por la mejora que ha supuesto en las vidas de los demás; está afirmando esta profunda fuerza humanizadora de los supuestos problemas, o escondidos misterios.

IV.
Palacio conoce bien el problema del que habla, y por lo tanto, conoce también su misterio escondido. Aquí está mi agradecimiento por ayudarnos a los lectores a conocer la diferencia, y el camino que lleva del uno al otro; y por dar voz a quienes no tienen voz en la sociedad. A los que hoy —y siempre—, seguirán iluminando con el misterio de su debilidad este mundo de fuertes que quieren convertirlo todo en problemas.


martes, 9 de abril de 2013

Otra vuelta de tuerca, de Henry James: cuatro notas de lectura



I.
No leo novelas de misterio, y menos aún de atrocidades, pero este último libro me lo recomendó un amigo; y por si fuera poco, el título me había ido persiguiendo durante años: lo encontraba en cualquier estante, bien en la biblioteca de un conocido, bien en una macrolibrería, reeditado una vez más bajo diferentes diseños e ilustraciones de portada, o bien en una feria de libro de ocasión, camuflado de menesterosidad por el polvo y el tono mate de los años. Aquí, allí, seguía reclamándome con la misma ambigua actitud de quien conjuga una aparente indiferencia con la tenacidad -que, verdaderamente, tiene poco de ambigua, y que con propiedad habría que definir como una única operación, simple como su contundente eficacia, casi física, dirigida a atrapar al lector-. Bueno, creo que me he contagiado del mismo estilo de Henry James. Se trata de Otra vuelta de tuerca.  


II.
Reconozco que al inicio se me hacía engorrosa la lectura. Dejando aparte los periodos sintácticos largos y arbolados de James -que en traducción devienen un puñadito considerable de sílabas castellanas extra- , el juego de penumbra narrativa es constante en todo el relato: decir circunvalando, sugerir circularmente, y dejar que el lector ponga lo que falta. James saca nuestras aprensiones a la palestra. Lo no nombrado acaba asustando más. Retóricamente, hay que tener un poco de paciencia, y la cosa va. 


III.
Hay algo que me llama la atención. Siendo un relato sobre posesiones diabólicas, que la heroína -hija de un pastor anglicano, que asiste devota a los oficios de su iglesia- no acuda al auxilio divino durante el proceso -salvo una brevísima mención-, sino que todo lo fíe a su propia buena naturaleza y al sentido del deber, es como entrar con urgencia en una farmacia, aquejado de pulmonía, y salir con la misma urgencia y un paquetito de caramelitos Halls. Así pasa lo que pasa al final de la novela... 

IV.
He leído y cotejado dos traducciones. La de Siruela a veces peca de concisa, y la de Planeta se hace más cargo del lector. Las dos tienen aciertos, pero me quedo con la segunda.

sábado, 23 de marzo de 2013

Siestas con viento sur, de Miguel Delibes: cuatro notas de lectura




I.
Hace unos días, después de cenar, había algo de tiempo: era el momento. Me planté frente a los estantes de la biblioteca, zigzagueé en busca de una promesa de lectura… y me detuve en Siestas con viento sur, de Miguel Delibes. Con la línea más rural de Delibes tengo un prejuicio. Los prejuicios son necesarios, son el suelo sobre el que se vive (no se puede estar en el vacío). Pero tan importante como tenerlos es ponerlos a prueba, porque pasan a ser verdades, o desaparecen.  

II.
Algo de tiempo, así que solo pude leer uno de los cuatro relatos, “Los nogales”. Hay algo único en hacer una lectura entera, de un tirón. Es difícil, y no creo que saludable, leer una novela de un tirón. Pero un relato largo da esa satisfacción de lo que fluye sin costuras. Se adensa el tiempo, es “más tiempo” porque es un tiempo unificado por un sentido, libre y necesario en un mismo tiempo. Como nos gustaría que fuese la vida. Un buen cuento. 

III.
El cuento, por su brevedad, se acerca al poema. En la novela hay extensión, a veces tanta, que amenaza con cubrir la vida como un mapa escala 1/1, como en aquel cuentecito de Borges. El cuento ha de darse prisa, decidirse, replegarse y decirlo todo con casi nada, y muchas veces lo hace repitiendo, como lo hace un poema. Como en “Los nogales”, de Delibes.

IV.
Han pasado unos días desde aquel tiempo prodigioso. Recuerdo a grandes rasgos el argumento de “Los nogales”, el final… pero sobre todo ese discurrir de la narración, tan aquí y tan allí, tejida con hebras sueltas de ese tiempo de la vida nuestra que tan bien conocemos, y al mismo tiempo, con esas otras que dan consistencia, de ese otro tiempo al que aspiramos. 

jueves, 10 de enero de 2013

Las palabras de la noche, de Natalia Ginzburg: cuatro notas de lectura


I.
Los Reyes me han traído dos libros de la Ginzburg: Las palabras de la noche y Léxico familiar. Le había leído ya Nuestros ayeres, La strada che va in città, Las pequeñas virtudes y algún cuento. Nuestros ayeres, lo primero que le leí, me impresionó con fuerza, es un libro que conmueve; y con él conocí ese modo tan personal de narrar.

II.
Otro día comento Léxico familiar, de Las palabras en la noche descubro otra vez esa estructura de crónica de familia: en las narraciones de Ginzburg, sobre todo, les pasan cosas a las personas. El tiempo va trayendo novedades, y los personajes van encajándolas como pueden. Hay perspectivas temporales dilatadas, y vamos leyendo los vaivenes, los cambios, las leves permanencias. Lo superficial, lo hondo, el chiste, la tragedia, queda igualado en una sintaxis aparentemente sencilla, como al albur del tiempo, que no parece distinguir sentido. Todo va, va, va. 

III.
Las palabras de la noche cuenta muchas cosas, cosas que les pasan a unos jóvenes burgueses italianos, que van dejando de ser jóvenes en la posguerra de la II Guerra Mundial. Los personajes van buscando sus pasiones políticas, profesionales, sentimentales a menudo haciendo daño y haciéndose daño. En los zigzags del sentimiento, va decantándose una tristeza de falta de sentido vital... Ginzburg no apunta una posibilidad de salida, ha elegido fijar ahí el foco de la narración, y la falta de generosidad ética se va comiendo a los personajes. Se me hace muy presente la opresión de la inmanencia de la vida, el peso de los mil cuidados del vivir cotidiano -con sus pequeñas sorpresas, a veces- cuando no hay un sentido trascendente. Al final, la levedad es lo más pesado. Aunque Ginzburg lo sazona con un narrar que acaricia, y a menudo lo dulcifica.

 IV. 
Lo que siempre he valorado de Ginzburg es el estilo: la plasticidad de los detalles, la pedagogía del ver lo cotidiano, la economía de lenguaje y el potencial de sugerencia, la delicadeza para presentar con pocas palabras a un personaje en un momento determinado de su vida, la mirada comprensiva hacia los sufrimientos, la voluntad de mostrar luces y sombras sin juzgar... está todo, casi todo... pero me sigue pesando esa tristeza dulcificada de las palabras del contar la vida, cuando ya ha atardecido y viene la noche. 

(La traducción, de Andrés Trapiello, un placer)

domingo, 9 de septiembre de 2012

El enigma del esclavo, de Juan Ivars: cuatro notas de lectura



I. 
La "novela de formación" es un género constante. El personaje va alcanzando una forma a través de una evolución, que se encarna en un viaje a menudo espacial y siempre anímico -puntualizo, espiritual- ¿Pero es posible hoy creer en que alguien puede formarse? ¿No es más bien transformarse? ¿No nos han repetido tantas veces que lo único que nos cabe esperar es ir mutando, con ocasión de esta o de aquella experiencia, y olvidar la pretensión de un ir construyendo un relato unitario para nuestra vida? Lo cierto es que desde el actualismo y la liquidez vital nunca se ha hecho nada grande, nunca se ha sonreído de verdad, nunca se ha alegrado el corazón como el corazón anhela alegrarse. Y quien sabe esto, lo sabe todo. Bien, pues Juan Ivars lo sabe.

II.
Onésimo, el esclavo y personaje de la novela, es la persona referida en la Carta de San Pablo a Filemón. Y esas 25 líneas de carta se convierten en el final de esta novela de formación que cuenta el itinerario espacial, cultural y espiritual de Onésimo. Desde el inconformismo con la condición de esclavo, y movido por la búsqueda de la libertad y la inmortalidad, el protagonista se pone en marcha hacia lo mejor de sí mismo. Los viajes auténticamente humanos son siempre circulares, porque son hacia el mejor yo, no a una disolución de la personalidad. Y el mundo antiguo se desgarraba entre esa intuición de lo mejor y las respuestas ofrecidas, a menudo disolventes: un logos impersonal o la oscura pulsión de la sangre; frecuentemente ambas a la vez.

III.
Esto se puede contar de muchos modos. Aquí se cuenta muy bien: hay una trama de suspense, subtramas paralelas, un buen número de personajes; y una palpable seguridad con respecto a lo que se está contando, nada fácil: se hila fino en los movimientos del alma, en los móviles de la vida, en la imperfección de las respuestas, en las reacciones del corazón, en las psicologías... El conocimiento del mundo antiguo es sobresaliente, y la capacidad para contarlo verosímilmente también: sobre todo el retrato de la abigarrada y difícil convivencia entre la cultura grecolatina, el judaísmo fariseo y el cristianismo naciente en el día a día de las ciudades del Asia Menor (hoy Turquía). Ivars ha conseguido mostrar con vivacidad la trama de lo cotidiano, donde laten los acentos trágicos de la esclavitud, las arbitrariedades criminales de los mitos -si no ha leído a Girard, ha leído las fuentes que ha leído Girard-, la renovación espiritual y simplemente humana que aporta el cristianismo, y una naturaleza humana universal, donde podemos reconocer las pasiones inherentes a la condición humana, entonces y ahora.

IV.
Y para quien guste de los valores expresivos y estéticos del lenguaje, la lectura le traerá un placer constante. Los diálogos son concisos, bien medidos, tanto en los negocios más pedestres, como en los más altos de la conciencia moral y de los pliegues del espíritu; las descripciones, ajustadas, solo con las pinceladas necesarias -y la paleta aquí es notable, en recursos expresivos y en documentación-; el humor, inteligente, elegante, castizo a veces, ocurrente. Hay un cervantinismo en este modo de narrar, con esa mezcla de clásico para decir no más que lo que hay que decir, y barroco para saber subrayar con la retórica precisa cuando hay que hacer subrayados exigidos por los afectos y la belleza.

lunes, 6 de agosto de 2012

Cose che nessuno sa, de Alessandro D'Avenia: cuatro notas de lectura


I. 
¿Mi pequeño italiano? Mejor, gracias. Sobre todo ahora, después de leer Cose che nessuno sa. Los idiomas se aprenden con todo el cuerpo. Siempre he desconfiado -nunca me han servido- de los métodos autogestionarios. Solo se aprende el idioma en el que se sufre, se ama, o se suelta una carcajada pronta y espontánea. La traducción siempre es antecámara, hay que ir más allá. Y leer en un idioma que medio sabes es un viaje que pide espíritu aventurero. Como leer en penumbra, con un candil en la mano izquierda: las palabras proyectan sombras inestables, y vas de claro en claro, descubriendo las monedas de oro que llevan al tesoro. Y Cose che nessuno sa es un pequeño gran tesoro de sabiduría sobre la vida.

II. 
En Blanca como la nieve, roja como la sangre… ya se veía que D’Avenia sabía muchas cosas. En Cose che nessuno sa, pese a lo que dice el título, ya se ve que se las sabe todas, o al menos las más importantes. D'Avenia es un apasionado profesor de literatura en un liceo de Milán, además de doctor en filología clásica, con una tesis sobre el pasaje de las sirenas de la Odisea de Homero. Y lo mejor de todo es que ha escrito algo tremendamente incorrecto: ha vuelto a reunir la belleza y el dolor, como si Platón acabase de escribir el Fedro la semana pasada. Nosotros, los (post) modernos, los hemos separado empeñados en llevarnos en cada bolsillo una y otra cara de una misma moneda. Y estamos contentos de consumir los dos simulacros resultantes: una belleza que no nos abre surcos en la carne; un dolor que no nos eleva. 


III. 
Mi preferido, el capítulo IX, donde el profesor de la novela da esa clase que todos querríamos haber recibido, si todos hubiésemos sabido mejor qué era la educación. Esa confirmación de que la literatura hace identidad. Ese drama del mito revivido, el de la vuelta a casa de Ulises, donde está en juego el descanso ansiado de los corazones de padre, de madre, de hijo cuando la unidad se ha roto. Y en el mismo capítulo, la terrible refutación de esa clase salvadora que ha puesto en camino hacia la belleza, cuando la cobardía enfría el corazón con excusas de relativista semiótico: parole, parole. Pero hay alguien que desvela la disfunción: Tu no sai cos'è amare. Tu ti esalti con i tuoi libri, ami loro, non le persone. Ami le parole, non la vita, perché la vita ha le ombre e fa male. Tu parli, parli, ma non ascolti. Tu prendi, prendi, ma non dai nulla.


IV. 
En Blanca... D'Avenia se limitaba a lo que el narrador, un adolescente, podía pensar, sentir, decir. En Cose... ya no hay restricciones, y se pone en juego una amplia serie de recursos del contar, y una sabiduría antropológica nada común. Metáforas, humor, pena, párrafos medidos y eficaces, caracteres psicológicos, ritmo, verdades, suspense, descanso... y esas cosas que, como dice San Agustín refiriéndose al tiempo, "Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro". Una novela que incita a escuchar eso que se sabe en el hondón del corazón, de una belleza tantas veces dolorosa; que nos hace terrible y bellamente humanos.


domingo, 19 de febrero de 2012

Mi tía Jane Austen


SI EXISTIERA UNA PEQUEÑA isla desierta a la que solo pudiera llevarme un libro, una isla con colinas lentas como siestas de gato, portillos entre campo y campo de cebada, ovejas de contrapunto lanudo al verde perpetuo... entonces no estaría, seguramente, tan desierta; pero da igual: si existiera esa isla -que seguramente se llamaría Inglaterra- y solo pudiera llevarme un libro, sería Persuasión, de Jane Austen.

La tía Jane. Uno no elige a sus tíos y tías, ni en la vida ni en la literatura. La tía Jane llegaba sin avisar y sin alharacas; como trayéndote siempre algunas golosinas, y echando una mano en lo que hiciera falta, como las tías de verdad -no digo, reales, sino de verdad, que de todo hay-; una señora bien educada en contar historias, y con ese misterio de lo femenino, tan bien llevado, que apuntala lo masculino de sus masculinos sobrinos. 

DECÍA UN ESCOCÉS, Alasdair MacIntyre, que la tía Jane sostuvo ella solita -en pleno romanticismo inglés- aquella antigua y amable tradición que venía de Aristóteles y la buena gente buena de antaño, aquella tradición de las virtudes que no se volvían de cartón piedra, ni de granito, las virtudes con corazón. Yo sé que es así, porque se lo leí.

BUENO, PUES acaba de salir una biografía, la primera que se escribió, por James Edward Austen-Leigh, sobrino de la tía -y supongo que entonces tataraprimo mío-. A ver si pronto la leo. Es de bien nacidos ser agradecidos. Pero mientras tanto, releeré algunas páginas de Persuasión -mi novela favorita-, intentaré encontrar aquella versión cinematográfica, hecha muy a lo cine europeo, que comienza con un lento movimiento de sonata de piano -¿Mozart?- mientras caminamos entre los muebles en guardapolvera de una mansión de una pequeña isla desierta, una isla con colinas lentas como siestas de gato...

miércoles, 8 de febrero de 2012

Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés: cuatro notas



I. 
EN EL ARTÍCULO "Ulises, orden y mito", Eliot defendía la decisión de Joyce de recurrir a un mito clásico, la Odisea, con el que ordenar, a modo de horma y esquema, el material delicuescente y borroso de la vida moderna, y así componer el Ulises. Un orden literario con el que "dar forma y un significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea", "hacer el mundo moderno apto para el arte". Defendiendo a Joyce, Eliot se defendía a sí mismo: dos meses antes de estas palabras, había publicado La tierra baldía, donde varios mitos ancestrales le ensartaban sentido al marasmo cultural e histórico aludido. Que por qué cuento esto. He leído Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés, y he notado aquella misma necesidad de contar la vida, de forjar una forma literaria, de recurrir a tradiciones, mitos, narraciones, voces para escapar a esa sensación de inmensa futilidad y anarquía que, no pocas veces, se suscita en la vida contemporánea.

II. 
PERO NO SOLO JOYCE, ELIOT... "Valonsadero", ese espacio "literario" que remite a un precioso espacio soriano de monte, peñas, dehesa, vegas, cañadas... es una geografía escrita, por lo tanto animografía, porque va cruzada de narraciones, contemplaciones, personajes, barruntos de lo invisible... Y entonces te acuerdas del condado de Yoknapatawha de Faulkner, de esa otra "estrategia" literaria para decir la belleza -clara, confusa, dura, posible, terrena y antigua y eterna- de la vida, de la biografía de alguien, de algunos, de los que estuvieron, de los que están, de los que estarán; al sacar la cuenta, de todos. Pero no solo de Faulkner: llevado de la mano por ese narrador que anda hilando pensamientos con riscos, y aves, y gentes, y faenas de cultivo, y relatos, y cosas que pasaron, y pensamientos... uno se acuerda de Sebald, de esos paseos en Los anillos de Saturno donde todo anda enredado, contiguo y transfigurado de metonimia. Y haber, hay bastante más, pero también hay que ir terminando esta segunda nota.

III. 
VALORAMOS, COMO AQUELLOS GRIEGOS ya menos clásicos del Areópago, los esquemas nuevos, las nuevas pieles, los curiosos andamiajes donde el Arte nos vuelve a entretener del incordio de ese algo innombrable que va con el tiempo de los días que vuelven y retornan -y eso no sería, no es, poco-; eso que los antiguos con la áspera y lacónica belleza de lo justo decían taedium vitae. Redención de ahora para luego, que cuando se sustantiva y reifica podemos señalar, sin duda alguna, como esteticismo. Y ya solo por el trabajo, el oficio de Enrique Andrés, que sorprende por su novedad -tan de siempre- de construir con buenos materiales y amplitud y variedad, la cosa quedaría en estimable, tanto como para juntarla con los Joyces, y Eliots, y Faulkners...  pero...

IV. 
ASÍ, LOS RELATOS DE Los montes antiguos, los collados eternos van enhebrando un hilo que entra y sale y atraviesa esos círculos concéntricos de estas Mil y una noches -y días y tardes y mañanas- sorianas, de esos rodeos y círculos aparentemente ociosos, de esos aparentes desahogos, aparentes licencias líricas y expansiones del cavilar... seguramente es una novela sobre las apariencias -las del mundo, las nuestras-, sobre sus glorias y sus dolores y su esperanza. La belleza del mundo, la hermosura que no se basta a sí misma; las mil narraciones que se cuentan y escuchan al amor de mil fuegos para, secretamente, meterle una puya al tedio... todo, rodado en esa rueda del tiempo que todo lo derriba y que pareció quedarse ahí fuera mientras alguien contó un cuento, un sucedido, con tosco pero sincero empeño y que, ay, notamos también aquí, dentro...; todo, todo eso que solicita una bella y piadosa historia que dé plenitud de sentido, anda familiarmente, como a la espera, en estas páginas.