AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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domingo, 31 de enero de 2021

Tyrannosaurus Rex, de Juan Miñana

Llevo años leyendo con los alumnos el breve relato “Tyrannosaurus Rex”, de Juan Miñana. Un padre y una hija pequeña, el primer día en que se encuentran tras un proceso de separación entre el padre y la madre, un narrador -el padre- en primera persona. Un paseo por el puerto de Barcelona, calma tensa, culpabilidad, incomunicación… y un pequeño prodigio, creativo, de corazón, en la trama íntima y pudorosa de lo cotidiano. El relato, por lo que compruebo, sigue emocionando y provocando sonrisas que soy incapaz de sondear, pero que deben de venir de auténticas profundidades. Prodigio creativo de la narración y de la lectura, una vez más.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Interpreting our cultural and personal malaises, mis notas a The Burnout Society de Byung-Chul Han, Stanford University Press

Aquí tenéis mi reseña de The Burnout Society, de Byung-Chul Han (Stanford University Press, 2015), aparecida en el journal Church, Communication and Culture, en su último número monográfico dedicado a Dostoievsky, preparado por la profesora Federica Bergamino, de la Università della Santa Croce, Roma. Este número refiere a un congreso organizado por Bergamino en dicha universidad, cuyo libro de actas es este: Dostoevskij, abitare il mistero. Otro día comentaremos esta publicación.

Han no deja de publicar breves libros que abordan con perspicacia y razonabilidad aspectos de nuestra vida contemporánea. Desde hace un par de años, editoriales académicas norteamericanas (Stanford University Press y MIT Press) se han sumado al gran fenómeno difusivo de sus obras, comenzado en Europa y en Hispanoamérica bastantes años antes. 

En la edición de Stanford University Press aparecen contenidos inéditos en la primera versión española de Herder Editorial, que ya han sido incorporados en su segunda edición de 2017

viernes, 19 de abril de 2013

Dos ideas para enseñar a escribir a jóvenes



Ayer di un taller de escritura a algunas profesoras de lengua de un colegio. Un taller de reciclaje, porque en la escritura todos andamos expuestos a la contaminación del lenguaje oral, y porque a esta ladera de los Pirineos la pedagogía ministerial o autonómica ha preferido desde hace unas cuantas décadas que dediques el tiempo a aprender otras cosas en el aula, antes que a leer y a escribir.  

La última parte la dedicamos a la posibilidad de iniciar un taller de escritura con los alumnos. Llevábamos un buen rato ocupados con las fases del proceso de la escritura, descubriendo errores típicos, rasgos de elegancia y estilo, procedimientos para la claridad informativa, la imagen del lector inscrita en el texto... así que era el momento de descansar y ascender un poco al mundo de las ideas. Y principalmente hablamos sobre dos:

La primera, que enseñar a escribir no puede ser una obsesión colectiva por evitar el error. ¿Una definición?: enseñar a escribir es facilitar el descubrimiento de la escritura como expresión y comunicación de ti -no escribo "de la persona" porque quiero que suene aún más personal-. Los errores gramaticales se disuelven cuando el chico o la chica desean escribir: entonces  la escritura pasa a ser una dimensión importante de su vida; entonces las reglas se aprenden a una gran velocidad (como se aprenden las de la informática de usuario para estar en Internet); entonces, el error... sí, siempre hay algún error, ¿quién no los comete?

Y la segunda: cuando el alumno te entregue un escrito, busca e indica primero lo positivo: siempre hay mucho más de positivo -si estamos pensando en términos de expresión y comunicación-; siempre es mucho más importante el esfuerzo, la ilusión, el ejercicio de introspección, el tiempo pasado en la habitación de la intimidad, el deseo de comunicar, la confianza para mostrar lo escrito, la apertura a las orientaciones de la persona a la que se le ha otorgado la autoridad... sí, esa persona con una vocación maravillosa: nada más y nada menos que el profesor. 

Ilustración: Caminando por la playa, JM Mora Fandos (ceras sobre papel).

martes, 15 de enero de 2013

La necesidad de escribir

Desde que doy clases de escritura, he ido conociendo una verdad: no todo el mundo quiere escribir una novela. 

Escribir, hasta hace no mucho, se identificaba con escribir literatura, y narración en particular. Era eso que hacen personas altamente dotadas para ese fin. Pero la realidad está cambiando.

Internet desde hace unas décadas nos ha puesto a todos a escribir. Antes hablábamos más por teléfono, pero en líneas generales comunicábamos menos y con menos personas. Ahora tenemos diversos formatos en la red para expresarnos y comunicar. Y lo estamos haciendo como nunca en la historia de la humanidad.

Y hay que sumar el boom de la autoedición, digital o en papel: conozco muchas personas que publican sus recuerdos, unas memorias, la historia de su familia, un trabajo sobre un asunto que dominan por afición...

No todo el mundo quiere escribir una novela, pero cada vez hay personas que descubren el sentido narrativo de su propia vida. Y quieren escribir.


viernes, 23 de marzo de 2012

Velada poético musical en la Universidad de Navarra

En el mini-minitaller de escritura que tuvimos anteayer en el alto de la cafetería del Faustino -que tenía algo de cosa casi clandestina; qué bien-, en el edificio central de la Universidad de Navarra, salía el asunto del punto desde el que se escribe cuando uno escribe sobre algo que uno ha hecho. Contar siempre pide un punto. Y como quiero contar algo de lo que fue, he tenido que pensar ese punto. 

La verdad es que incluso para relatar un hecho de cinco minutos, tienes que elegir un punto. Narrar, como vivir, es una continua elección de puntos. Pero no me pongo existencialista, que la cosa no es como para angustiarse -aunque la tentación sartriana, que hay que resistir, está ahí-. Hay elecciones muy gratas. Sobre todo cuando veo que de los posibles puntos, uno sobresale con claridad, y que es el agradecimiento.

Y muy agradecido estoy a Marta Revuelta (Servicio de Actividades Culturales), Teresa Grandal e Inmaculada Setuáin (bibliotecarias y almas de Leyendo se entiende la gente), Marcela Duque, que puso empeño en que todo ocurriera, y así ocurrió, y a todos los que hicieron tan enriquecedora la visita.

Y empezando por el mini-minitaller. Siempre ocurre: con alumnos motivados, el profesor se suelta. Raquel, Fernando, Iñigo, y me dejo nombres, ay, porque no me acuerdo (lo siento), me dieron pie para volver con estas cosas de la escritura personal, cotidiana... que salen en este blog. Interesantísima comparación de Fernando: la de la concreción de los colores sobre la paleta del pintor, con la inconcreción relativa de las palabras en la mente del escritor, de cualquier hablante. Y esto venía a raíz de una ronda de decir colores, y la teoría de Eliot sobre la música de los sonidos y la de los significados...

Bueno, hubo más personas y más cosas a lo largo del día, muy enriquecedoras también, que me hacen caer en la cuenta de que al punto de narración del agradecimiento le estoy imponiendo ahora un contrapunto de brevedad, de ir a lo más público... así es en las narraciones: narrar, como vivir, supone también ordenar, clasificar, relacionar los puntos, guardar puntos para otras narraciones.

Pues ya estábamos a las 5 pm Juanfra y yo montando el tenderete y afinando -me olvidaba de Juanfra Pérez Mengual, guitarrista y 50% del dúo-. De entre el repertorio, tocamos "Pausas", una composición flamenca del propio Juanfra, donde tomé la trompeta, un poco a lo "Flamenco Sketches" de Miles Davis. Y ya en la actuación, pues entre poema y poema, canción; también algún fragmento de Leer o no leer y Tan bella, tan cerca. Bastante público, y muy buenas vibraciones. Eso, cuando estás en el escenario, lo notas enseguida. Y lo agradeces.

Y al finalizar, un coloquio breve, pero muy interesante, como ocurre siempre que conversas con personas inteligentes y sensibles. Así que mientras guardaba el saxo y la trompeta, notaba que muchas sugerencias se colaban en las fundas de los instrumentos. Tiene toda la pinta de que no me dejarán tranquilo hasta que aparezcan impresas. Sí. Agradecimiento al cuadrado. Superpunto.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Filosofía bajo el puente (y aclaración para filósofos)

(Hay tantos filósofos expedidos por el ministerio como filólogos; solo quiero decir que la filosofía -y la filología, y tantos saberes- han de estar vivos y que aceptan muchos formatos, como indica Alasdair MacIntyre al criticar la locura del paper académico).

Siempre ocurre: un río seco, un puente, un tipo tocando el saxo... y alguien más aparece... y comienza una conversación. Creo que debe tratarse de una situación arquetípica, un acorde de campanitas de plata: como si formase parte de un reducido catálogo de situaciones grado cero, irreductibles, donde lo humano resuena. Lo creo. 

Pues el otro día, bajo el "puente de Calatrava", que te da un eco de hasta cuatro respuestas, estaba yo tocando, y en este caso no era el saxo, sino la trompeta, que la estoy rehabilitando después de muchos años de silencio, y  ya estaba oscureciéndose la tarde y yo ya me había dicho que aquella canción era la última, y entonces en el ángulo muerto del rabillo del ojo aparece una figura, desenfocada y en movimiento como un pensamiento postmoderno, vestida de negro, glup, a ver cómo salimos de esta, calma, continúo tocando hasta el final, la mejor defensa es un buen ataque, "Hola, ¿qué tal?", un tipo joven y sonriente, claramente extranjero, descompresión, y comenzamos a conversar, le gusta la música, es polaco, se vino a Valencia con un alma emprendedora, y ahora hace lo que puede para sobrevivir, pero saldrá adelante, no lo dijo él, lo aseguro yo, y resulta que le gusta la filosofía, "¿Qué filósofos lees?", aquí es donde viene la enseñanza moral del crepúsculo, una señora cuyo nombre no he escuchado nunca, "¿Qué libro ha escrito?", dos a cero, pero suena a esoterismo... Michal, toco un poco más para mi polaco amigo y le doy mi número de móvil, a ver si nos vemos... 

Amor a la sabiduría, filosofía, y se la busca por todas partes... no solo en libros que escriben filósofos expedidos por ministerios -y tengo muchos amigos filósofos expedidos, pero ellos saben nadar y guardar la ropa-... y se la encuentra bajo el puente, en los últimos compases de una canción.    

lunes, 24 de octubre de 2011

El animal metafórico: Metaphores we Live By, de Lakoff y Johnson

I.
No está en ningún zoo, o tienda de animales, a no ser que miremos hacia el lado de las rejas en que se escucha hablar. Pero no me acaba de gustar la metáfora del "animal metafórico", porque nuestra base animal no es nuestra "base" como personas -por muy animales que podamos llegar a ser-. La he utilizado por su atractivo, y porque en sí, yendo más allá de su apariencia de objetividad científica, no es más -ni menos- que una metáfora.

II.
Y de esa elección de metáforas va el famoso libro de Lakoff y Johnson, de 1980, Metaphores we Live By. En castellano se tradujo por Metáforas de la vida cotidiana (1986). Pensé: qué pérdida de fuerza, lo suyo hubiese sido algo como: Metáforas en las que vivimos, o Viviendo en las metáforas, que tienen el impacto que buscan los autores. Y al buscar algo más de información en www, me encuentro con un sabio artículo de mi amigo Jaime Nubiola, filósofo del lenguaje, donde hace el mismo comentario, y reseña muy bien el libro de Lakoff y Johnson. 

III.
El carácter experiencial de nuestra creación y uso de metáforas es el alma de este libro, y la verdad del asunto -en mi opinión-. Como dicen los autores, "las metáforas no solo configuran la visión de nuestra vida presente, sino que también establecen las expectativas que determinan lo que la vida será para nosotros en el futuro" (mi traducción). Efectivamente, dices "Esta vida es una porquería", y determinas tu futuro, como mínimo los próximos cinco minutos, a una conducta "poco presentable en sociedad"; en cambio, "Esta vida es un teatro", en el sentido shakespereano, y tu futuro "tiene más futuro".

IV.
Ojo a las metáforas, sobre todo cuando refieren a los demás, porque pueden liberar(nos) o hundir(nos).

lunes, 25 de julio de 2011

Una frase de M. Foucault: cuatro notas


Es preciso concebir el discurso como una violencia que hacemos a las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos. (M. Foucault, en El orden del discurso).

I.
De entrada, desconfío de quien invoca la violencia. El discurso, es decir, el uso que hacemos del lenguaje, ¿debe ser una violencia sobre las cosas, sobre el mundo? El lenguaje, el lenguaje concreto que utilizamos cada día, ¿una pistola, un cuchillo? 

II.
Creo que el lenguaje debe ser "cuidado de las cosas", "cuidado de las personas". Una sola palabra -dentro de un determinado contexto- puede destrozar a alguien; o puede salvarlo, elevarlo, absolverlo, perdonarlo. Si con el lenguaje cuidamos el mundo, se ve, en buena lógica, que hemos de cuidar nuestro lenguaje.

III.
Pobreza de lenguaje es un modo de hacer violencia a las cosas, al mundo, a las personas. Si no somos capaces de afinar, de tener palabras para el matiz, para el concepto profundo, para hacernos cargo de la complejidad y riqueza de las relaciones humanas, los demás se sentirán tratados superficialmente, incomprendidos, y no podremos "hacernos cargo" del otro. De ahí al silencio, a la indiferencia, hay un triste paso.

IV. 
Incluso el "cuidado de sí mismo" supone esa riqueza de lenguaje, que permita conocerse mejor y darse a conocer. Claramente, hay un fondo ético en todo esto: con mucha destreza de lenguaje también se puede manipular con gran eficacia. Si el lenguaje es verdadero cuidado del mundo, del otro, de uno mismo, se vuelve a unificar ese desgarrón que vivimos en la modernidad, entre la ética y la estética. En la búsqueda de esa unidad de vida, el lenguaje tiene mucho "que decir".   

martes, 1 de marzo de 2011

Cómo contar, cómo escribir

Buena pregunta. Al menos yo contestaría lo que dice Florence King:

Si no lo puedes contar de forma interesante, no lo cuentes

¿Verdad que es asombrosa la cantidad de mensajes no interesantes que nos encontramos cada día? No me refiero a los que, simplemente, cruzan invisibles ante nuestra mirada, porque son ajenos a uno de nuestros "temas"; sino a los que están expresados de un modo deficiente, a aquellos que podrían haber traspasado nuestro umbral si su redactor hubiera considerado mejor a los lectores, si hubiera cuidado los detalles de la forma, la precisión del contenido... si hubiera hecho un poco más humana, más grata, más digna esta comunicación nuestra de cada día. 

miércoles, 23 de febrero de 2011

"Yo sé lo que quiero decir, pero no me sale"

Le debo a Nicias Duainz el título y el tema de esta entrada. ¿Quién no ha expresado esta excusa, alguna vez? Y, ay, a medida que vamos ganando años, se va haciendo más presente. Esos discos duros de ordenador que cada vez tardan más en darnos lo que les solicitamos, llevan en sí nuestra impronta. Envejecemos.

Pero no es esa la causa principal. También responde con esta excusa mi alumno, con la envidiable ebullición neuronal de sus dieciséis años. Sabe que lo evaluaré negativamente, y con razón. Hay que distinguir las mellas que nos hace el tiempo, de la pereza. Cualquier hombre o mujer es digno por el simple hecho de que es un ser humano. Pero hay también una dignidad que se acrecienta, o decrece. Corresponde a la actuación personal. Y el lenguaje nos lo recuerda.

Hace años me contaron una anécdota del sultán Aga Khan, que he recuperado en internet. Dice así:

"En cierta ocasión el Aga Khan III charlaba con unos amigos acerca del tenis, más o menos en estos términos:
-Es formidable, sí. En cuanto recibo una pelota, mi espíritu se tensa y el cerebro empieza a dar órdenes al cuerpo. ¡Corre! ¡Salta! ¡A la derecha! ¡A la izquierda!
- Así, naturalmente, ganará usted todos los partidos.
Entonces el Aga Khan III se rió y dijo:
- ¡Ni uno! A todas esas órdenes y contraórdenes del cerebro, mi cuerpo, ¡ay!, ya sólo contesta: ¿Quién, yo?"  

Bueno, pues el lenguaje es ese cuerpo que se rebela frente a las exigencias del espíritu, y este siempre va por delante, planteándose preguntas, mejoras, paradojas, novedades, dilemas y queriendo transmitir sus hallazgos a los demás. El lenguaje, como el cuerpo, necesita gimnasia: buscar las palabras con palabras, idear modos precisos, amoldarse a las circunstancias del lector o del oyente. Y es una gimnasia exigente, pero nos va en ello tanto...

Quizás no ganemos todos los partidos de tenis, pero nuestra dignidad nos obliga a bajar a la arena y ser buenos jugadores -aunque sólo fuera por nuestra fidelidad a los "oponentes" y a nuestro público-. Seguro que lo segundo es mucho más importante que lo primero. 

lunes, 17 de enero de 2011

La antropología, si breve...


La antropología, si breve... dos veces antropología. Lo breve por lo breve no sé si gusta a alguien. Quizás a quien vaya empujado por el remolino de las prisas, y quiera que todo termine pronto para pasar rápidamente a lo próximo... y seguir corriendo. No es algo recomendable.

Ha de haber un bien genuino envuelto en esa brevedad. Aquí lo hay, se trata de Antropología breve de Juan Manuel Burgos -editado por Ediciones Palabra y Nueva Revista de Política, Cultura y Arte-, una versión abreviada de su anterior Antropología: una guía para la existencia. El bien: una narración de lo que nos hace ser hombres y mujeres... y de lo que hacemos para serlo del mejor modo. Una narración expositiva, pero narración, donde el hombre va atravesando sus diversas dimensiones con un sentido de unidad. 

Una narración extremadamente útil a partir del concepto de persona. Útil porque necesitamos responder con buenos argumentos a tantas preguntas cotidianas por este o aquel aspecto de ser hombre. Pisamos un suelo sorprendentemente movedizo, propio de épocas de transición, de cosas que acaban y de nuevas realidades que podrían venir, que se columbran sobre el horizonte. Un suelo alfombrado de vías rápidas, de comunicación constante. Hay que responder a los hijos, a los alumnos, a los amigos, al portero del garaje, a la adolescente, al jefe, al mail, al cónyuge, a las urnas... 

Pues a eso viene este breve libro de Juan Manuel Burgos, a proponer respuestas en 155 páginas de síntesis, de claridad, y lo que más me gusta... de misterio, del misterio de ser persona, sin miedos, con ilusión. La ilusión de lo breve, que no es de que algo se acabe pronto, sino de ser una asequible puerta, una introducción a la verdad que hace que nos brillen las pupilas.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cuatro notas sobre "Luz del mundo" de Benedicto XVI



I.
No es fácil el enfoque comunicativo del libro: habla un Papa, pero no lo hace ex-cátedra; dice lo que dice en el formato entrevista, respondiendo a preguntas complejas formuladas en el tono y el nivel de profundidad propio del periodismo; sabe que leerán sus respuestas católicos, cristianos no católicos, no cristianos, ateos, indiferentes... (quizás algún extraterrestre... ¿por qué cerrar esa posibilidad?). El cóctel de variables, matices a tener en cuenta, y posiciones firmes, hace de este libro un texto con un nivel de "afinación" cultural, moral y sapiencial como muy pocos en este mundo nuestro, radicalmente plural, complejo y siempre abierto al malentendido -bien o malintencionado-; donde descubrir el lenguaje del otro, entenderlo en sus propios términos, ya es un triunfo; y encontrar puntos de encuentro, y precisar las diferencias o imaginar posibles realizaciones, es el bingo absoluto.

II.
Todo un ejercicio de identidad: creo que no se puede leer este texto sin sentirse, como lector, interpelado por la pregunta por la propia identidad, porque percibir la honda figura personal de Benedicto XVI a través de sus palabras, saberse comunicando ahí, supone que tú estás simultáneamente percibiendo tu figura personal a ese nivel de finura en la que el entrevistado se desenvuelve; y entonces habrá sintonía o discrepancia o apertura de nuevas perspectivas... cada lector sabrá. Hay escritores que te hacen sentir inteligente cuando los lees. Te pulsan el "on". Este es uno.

III.
He tomado notas: lo que más me ha interesado, como católico y escritor, ha sido esa llamada a comunicar mejor la esencia de la identidad cristiana, a encarnarla.

IV. 
Que lo diga él: 

"Por tanto, debemos procurar decir realmente la sustancia en cuanto tal, pero decirla de forma nueva. El proceso interior de traducción de las grandes palabras a la imagen verbal y conceptual de nuestro tiempo está avanzando, pero aún no se ha logrado realmente. Y esto sólo puede conseguirse si los hombres viven el cristianismo desde Aquel que vendrá. Sólo entonces podrán también expresarlo en palabras. La afirmación, la traducción intelectual, presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene puede también traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular. Ésta es la gran tarea frente a la cual nos encontramos". 

viernes, 19 de noviembre de 2010

Coca-Cola y moral universal

Acabo de leer una noticia sobre la campaña de Navidad de Coca-Cola: la verdad es que no he entendido mucho qué es lo que se pretende con lo de "intercambiar regalos". Supongo que es una iniciativa altruista, pero en cuanto he comenzado a leer la noticia me he perdido -también me pasa con las películas de intriga con guión pretencioso-. En esta noticia se dice algo de un "almacén virtual de ilusión" -no estaría mal analizar cuántas figuras retóricas hay en este sintagma-, y me hace pensar en si no es la crisis lo que hace poner la proa hacia los grandes almacenes virtuales, cuando el bolsillo empírico no está para hacerse muchas ilusiones. 

Pero bueno, sobre todo me llaman la atención los tres eslóganes de la campaña: "La ilusión no se crea, ni se destruye, se intercambia", "Busca la felicidad de los demás y encontrarás la tuya" y "Haz click en el corazón de alguien". El primero es un travestismo de la Ley de conservación de la energía de Lavoisier, el tercero me hace pensar en un corazón virtual, y el segundo es el que me parece especialmente interesante. Seguramente porque es una máxima moral, suscribible por varias grandes tradiciones culturales; y -aquí viene la razón poética y el efecto de extrañamiento- porque su presencia entre las otras dos me hace imaginar un profeta entrando en un McDonald's.

Bien, me gusta la Coca-Cola y me gusta que las máximas morales universales ampliamente compartidas resuenen con la fuerza contundente de la publicidad en medio de un ambiente postmoderno culturalmente relativista. ¿Qué más se puede pedir? 

Pero ya digo, no he entendido muy bien de qué va la campaña. 

 

domingo, 7 de noviembre de 2010

No desencuentro, sino encuentro

Me refiero a ese controvertido diálogo entre Benedicto XVI y los periodistas en el avión rumbo a Santiago de Compostela. Me fijo en esta frase:


para el futuro de la fe y del encuentro – no desencuentro, sino encuentro – entre fe y laicidad, tiene un punto central también la cultura española


Ya se ve que "laicidad" no puede ser interpretada como algo malo, dentro de la semántica del discurso de Benedicto XVI; si no, sería como si el Papa estuviera pidiendo hora para una entrevista con el lado oscuro de la fuerza, con idea de llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que permita establecer acuerdos puntuales destinados a ulteriores medidas pragmáticas dentro de un gran pacto de viabilidad de comunicación bilateral que posibilite unos minutos más de presencia de la Iglesia en el prime-time del escenario mediático-político-económico de este mundo globalizado de acuerdo con shares de audiencia y encuestas de aceptación a cambio de unas contraprestaciones espiritu-político-culturales de modo que se pueda llegar a un entendimiento basado en el diálogo (tomar aire aquí) dirigido a llegar a fijar unos mínimos en el contexto de una agenda común que... (da capo senza fine, con la precaución de hacer la pausa respiratoria en el lugar adecuado)

El Papa, obviamente, se refería a otro tipo de encuentro.

lunes, 4 de octubre de 2010

Una gota de las que hacen río

Leo la publicidad por las marquesinas de mi ciudad:

"Cada uno tiene que
luchar por ser el mejor, pero
sin los demás, es imposible"
"Absolutamente imposible".
Dice un entrenador de fútbol, y le hace eco un banco. Me gusta (quiero decir, el texto; el fútbol, los bancos... en fin, sería largo de explicar). Me gusta porque se trata de un principio de filosofía de la persona, el de la interdependencia humana, especialmente cuando se trata del progreso personal. No hay persona que llegue al máximo de su florecimiento, si no cuenta con los demás. Y contar con los demás no es utilizarlos, sino buscar activamente su florecimiento. El texto no llega a ser tan explícito, pero tiene unos márgenes suficientemente amplios como para que quepa esta interpretación. 

Y en estos tiempos tan materialistas, darwinistas -¿a quién se le ocurre celebrar su centenario? (es broma)-, cualquier gota de agua genuina puede ser el inicio de un río.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La cultura también tiene sabor

Comentábamos un colega y yo sobre los hábitos gastronómicos de los adolescentes. Me puse algo semiótico, no puedo evitarlo: ¿qué quiere decir el hecho de que coman alimentos de poca calidad, siempre los mismos, a cualquier hora del día? Que la comida deja de ser cultura: se le corta sus lazos con unos tiempos, unos lugares, unas tradiciones, unas costumbres, unas comunidades, unos ritos, y es puramente química para sostener -mal que bien- organismos, con un poquito de excitación en el paladar. 

Y claro, ya no es gastronomía -la ley gástrica-, o digamos que sí, pero proviene de un pensamiento único, monolítico, atávico, conservador y mononeuronal. Cultura caducada, como un yogur de hace una semana al sol de agosto. Democracia supuesta, pero no.  

Al final, sólo la cultura da el sabor a las cosas. Por eso, en estos tiempos postmodernos no encontramos fácilmente el sabor, o todo sabe un poco -o un mucho- a lo mismo. 

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Los bárbaros, de Baricco

En 2008 se publicó en castellano el ensayo de Alessandro Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Si se quiere leer un ensayo postmoderno, no hay que buscar más, ahí está. 

Con Baricco me pasa que estoy habitualmente de acuerdo con él en el cómo, y en desacuerdo en el qué. En esta ocasión también le acompaño un poco más en el qué. Pero bueno, él parte de un escepticismo con respecto a lo espiritual, y yo no. Y eso salta en mi lectura. Así es la vida.

La idea de fondo del ensayo es que los bárbaros ya están culturalmente aquí desde hace tiempo, que incomodan a los que defienden una civilización de grandes monumentos artísticos, literarios, y que bien se puede ignorarlos, aplastarlos o dialogar con ellos. Y que quizás lo más sensato sea el diálogo.

Estoy de acuerdo, Don Alessandro. Pero no veo la cosa a blanco y negro, porque parto de un concepto de tradición dinámica. Para algunos se tratará de dos mundos enfrentados, pero para otros, como yo, también hay que tener en cuenta que hay tradiciones humanísticas que han estado dialogando con lo nuevo y lo bárbaro desde toda la historia -con los problemas que esto trae, y con errores humanos algunas veces-, y que todo está mucho más entreverado. 

No se trata de un encuentro entre inmovilistas que viven en los palacios de una cultura exquisita fuera del mundo real, y bárbaros que van a los museos en chándal -chandalismo- y hacen juicios estéticos sobre las categorías "Me mola" o "No me mola". 

Siempre algún postmoderno sale inventando una nueva perspectiva, que luego no era para tanto, pero estuvo bien que se nos ayudara a ver un ratito desde ahí.

Es algo más humano,  Don Alessandro, más de siempre

viernes, 10 de septiembre de 2010

Representar la juventud, y el Manga (ancha)




Es que "Harry Potter" no es "Crepúsculo", ¿sabes? Nosotros no estamos vendiendo sexo.


Pues esto es lo que dice la actriz Emma Watson, protagonista de las películas Potter, al comentar el beso que se dan Harry y Hermione (encarnada por ella misma) en la próxima entrega. Y me ha hecho recordar que toda narración que se dirija a la juventud lleva implícita una imagen de la juventud. Tiene como un preámbulo silencioso -pero totalmente real- que viene a decir:

Esta narración, para que produzca los efectos que pretende producir, necesita que tú, lector, te acomodes a la imagen de lector, de persona, que espero de ti.

Pasa en toda comunicación: esperamos que el otro -dentro de unos límites- sea como esperamos que sea, para que la comunicación funcione: esperamos que la cajera del supermercado no sea una psicópata, para que la comunicación "pagar en el supermercado" sea lo que debe ser, y no una columna en la sección de sucesos del diario. 

Lo importante es si esas imágenes son dignas de la persona o no.

Así que me interesan las narraciones por este efecto sobre la identidad, personal y comunitaria. Por eso unas me emocionan, y otras me preocupan. Y por eso me interesa la declaración de Emma Watson. Y por eso me he acordado de que alguien, este verano, me decía que el Manga no es único, que hay varios mangas. Me alegro. Me alegro porque no puedo sentir más que aversión a una narración audiovisual dirigida a la infancia y a la juventud donde los personajes tienen expresivos rostros de niñas Heidi, con unos ojos enormes, vibrantes y oscuros, unidos a cuerpos de top-model con minifalda. La vieja dicotomía moderna, espíritu-cuerpo: los ojos, espejo del alma, pura buena voluntad; el cuerpo, res extensa, todo lo que podamos esculpir en él, para fines de gratificación fisiológica.

Con estas imágenes de la juventud implícitas en las narraciones audiovisuales para el gran público, se entiende un poco mejor la anorexia.

Esta mezcla me recuerda a aquel engendro de figura compuesta con partes de animales y de hombre, del que se burlaba Horacio al inicio de su Poética. Horacio decía que aquello no podía tener valor como arte. Tampoco este tipo de Manga -llamémoslo manga ancha-, y Crepúsculo -medio hombres, medio lobos, medio murciélagos-, y toda esa estrategia capitalista deshumanizada que hace su agosto con un tácito acuerdo izquierdas-derechas sobre el todo vale moral; eso sí, con tal de que se lleve puesto el casco, el preservativo y el cinturón de seguridad.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El erizo, ¿quién (se) da cuenta?

Paloma, la protagonista de El erizo, se ha autoimpuesto una tarea, dice: 

"Para Tanegushi los héroes mueren escalando el Everest. Mi Everest particular es hacer una película. Una película que muestre por qué la vida es absurda, la vida de los demás y la mía".

En medio de unas vidas poco razonables, en medio de una familia poco estable, alguien se propone dar cuenta de la situación. Y eso se suele hacer a través de una narración, cinematográfica en este caso.

Da cuenta, da el cuento, da la narración quien se da cuenta: parece que la narración es la forma humana de percibir  la realidad humana, y de manifestarla al otro. Toda comunidad sana, o en vías de estarlo, necesita de "dadores de cuenta", de quienes entreguen el cuento de la comunidad a la propia comunidad. Pero el contador tiene la gran responsabilidad de darse cuenta constructiva, no destructivamente. La película que iba a filmar Paloma sufre un cambio radical tras conocer la historia de amor del señor Ozu y la portera. 

El temple moral de nuestros narradores no es irrelevante para la salud de nuestra sociedad.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El fin de Agatha Christie

Leo en ABC.es que ha causado malestar entre los herederos de A. Christie que Wikipedia haya revelado el final de La ratonera, obra de teatro. Un final sorprendente que, terminada cada representación, se ruega al público que no lo revele.

Es bonito que se haya dado esta complicidad durante años, que en este juego comunicativo el público haya seguido jugando después del final, para cooperar con el fin de la obra, o al menos con parte del fin. Es un pacto de lectura que se preocupa de lo que venga después. Me recuerda al pacto de los Reyes Magos, o del Ratoncito Pérez. Es bueno que existan. No tanto por su eficacia directa, cuanto porque establecen relaciones de confianza sobre valores importante.

No sé si se malogrará mucho el fin de La ratonera, pero desde luego no es su final como proyecto comunicativo público, ni mucho menos el final de Agatha.