AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



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viernes, 20 de agosto de 2021

Alma de profesor. La mejor profesión del mundo, de María Rosa Espot y Jaime Nubiola: cuatro notas

 


María Rosa Espot y Jaime Nubiola. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2019


I. Lo leí casi de un tirón, pensando en este próximo curso, recordando ocurrencias y reflexiones de estas últimas semanas, experiencias de estos cursos pasados. Alma de profesor me ha hecho profundizar, asegurar, repensar, tomar decisiones… porque está escrito desde una larga dedicación a la docencia, en enseñanzas medias y superior; con un corazón sabio y profundo, con una cabeza habituada a pensar con libertad y eficacia.

Trae una serie de temas verdaderamente pertinentes, aunque algunos nunca aparecerán en una ley del Ministerio, ni en un consejo directivo… (ojalá sí). Buen ejercicio de lectura para quienes andamos saturados de directrices educativas abstractas que bajo la etiqueta de excelencia promueven prácticas imposibles, estresantes… que parecen confirmar el título de aquel libro de Gabriel Marcel: Los hombres contra lo humano. ¿No nos estaremos olvidando de lo esencial en la educación? Espot y Nubiola ayudan a despertar, y a ilusionarse. Aquí solo voy a desarrollar algunas de las muchas buenas impresiones que me llevo.

II. Apuestan Espot y Nubiola por los profesores lectores, porque los profesores sean grandes lectores. Qué acertada su respuesta al argumento de que la agitada vida contemporánea impone demasiadas dificultades a la lectura: “algunas otras personas […] precisamente leemos para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado”. Así es. Me han hecho perfilar bolígrafo en mano una metáfora que vengo cavilando desde hace tiempo: la lectura es como la mirada sobre un dilatado paisaje mientras viajamos en tren: mirar por la parte baja de la ventana del vagón nos presenta una masa escurridiza e informe, un sumidero de colores inestables: querer ver lo inmediato y cercano, resulta en una paradójica confusión que marea; en cambio, alzar la mirada a los horizontes colgados en la parte alta de la ventana nos devuelve el don del paisaje, la claridad de las grandes líneas que confluyen, la permanencia de colores y matices, el tiempo revestido de eternidad en que descansar el alma. La lectura es ese alto mirar por la ventana, el acorde de nuestro tiempo más humano con lo eterno que intuimos en todas las cosas.  

III. Las páginas que dedican los autores a la enseñanza de la escritura me han parecido un magnífico compendio de frutos que solo llegan con dedicación de años, enjundiosos, y que en estas páginas se comparten en confianza. Como indican, escribir puede ser un insustituible modo de compartir —ese verbo con el que los jóvenes expresan la necesidad de vínculo y de entrega auténtica—. Un modo que difícilmente descubrirán si no es de la mano del profesor, que enseña a pensar —he decidido que les diré a mis alumnos “No quiero que penséis lo que yo pienso, sino que penséis conmigo”—, a comunicar; a fomentar el inconformismo con la vaguedad, la enemistad con el cliché; la disonancia con el pensar, sentir y amar inarticulados y anónimos —aunque suenen a la moda—. “¡Cuántas veces escribir alivia el alma!”. Sí: sacar afuera, leer adentro. Al leer lo escrito, leerse. Al corregir, corregirse. Al afinar, afinarse. Al descubrir, descubrirse, como quien acaba de caer en la cuenta de la cercanía de un amigo.

Y además está esa exigencia de forma, como proponen los autores, de estructura, de fondo, de conexiones entre todo lo que concurre en el texto que nace. Pienso que escribir es un modo de formar el mundo, de reducir el caos de la experiencia, de ganar paciencia para con uno mismo y los otros. No perdamos el tiempo en la escuela, en la universidad.

IV. Otro de los asuntos abordados en el libro, que me ha interesado con avidez es el del alumno introvertido. Espot y Nubiola visibilizan este tipo de persona-alumno; así como el sesgo educativo generalizado en Occidente que favorece el ideal o condición de persona extrovertida. Me han hecho recordar una clase que doy cada año sobre temperamentos y caracteres en la configuración de héroes de ficción. Sigo el magnífico manual de Estrategias de guion cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla; y este curso pasado, en el silencio denso de la clase atenta, una alumna del grado de periodismo tuvo una auténtica iluminación: también los introvertidos y melancólicos pueden ser héroes. En Alma de profesor se indica que frente a los discursos machacones del trabajo en equipo o a la tendencia al estereotipo del liderazgo como función reservada a extrovertidos, “la creatividad es muchas veces mayor cuando se trabaja en solitario”. Y aquí los extrovertidos pueden llevar una buena ventaja. Si trabajan, claro. Y si cerca de ellos hay un profesor que sabe ver y hacer ver las riquezas únicas y las posibilidades de cada alumno y alumna, sean introvertidos o extrovertidos. “Los introvertidos gustan del silencio, saben escuchar con atención, piensan antes de hablar y de actuar —¡se toman su tiempo!— y perseveran en hacer bien el trabajo que tienen entre manos”.

Hace unas semanas leí Momo, de Michael Ende. Puestas mis impresiones de lectura frente al espejo de Alma de profesor, ahora comprendo mejor a la protagonista, acompañada por la tortuga Casiopea. Qué bello símbolo.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dios no va conmigo, de Holly Ordway. Reseña en Aceprensa

 


Dios no va conmigo, Holly Ordway. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. 2019

Aquí está mi reseña en Aceprensa de esta narración autobiográfica de la profesora de literatura Holly Ordway. No es fácil relatar un proceso profundo de cambio, pero la autora lo hace bella y persuasivamente bien, y me dejó abiertas muy buenas vías de reflexión. 

Un buen ejemplo de construcción artística de la imagen narrativa de uno mismo, guiada por el deseo de conocer y comunicar la verdad.

domingo, 7 de mayo de 2017

martes, 6 de diciembre de 2016

La nada y yo

La ciudad parece dormitar todo el día. Raro día de fiesta entre semana. No se escucha apenas nada. Y es la nada que asoma ahora la patita, la nada invisible los días de la vida laboral entre los colorines y los cambios. Pero hoy esa nada se vuelve sonora sin levantar la voz, asoma la patita sin mover un músculo. 

Yo paso todo el día con la patita de la nada sobre mi hombro, con su murmullo en mis oídos. Las teclas del ordenador suenan acolchadas, las ideas fluyen, me levanto, tomo un libro, leo, resumo, pienso. Y siento como una bendición, en suaves copos de nada, descendiendo sobre mí, sobre todas las cosas. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Dulcia in fundo... en la escritura creativa

Decían los clásicos que lo dulce está en el fondo, al final. ¿De qué? De un camino, de un proceso. Una idea esencial de la escritura creativa es que escribir es un proceso. La tradición norteamericana de la enseñanza de la escritura conecta con la idea clásica de que hay que caminar con el deseo de llegar al final. 

Caminar así nos hace llegar a lo dulce, pero también nos hace dulces. Las asperezas, lo inservible, lo paralizante, lo tóxico... va desapareciendo cuando hay una voluntad que se despoja de lo que desdibuja la ruta, que desestima lo que aparta del proceso.

*
Descubro estos días unos tilos en un bosquecillo cercano. Mi app para identificar árboles dice que el tilo es el árbol sagrado de los antiguos pueblos germánicos y bálticos. Ha llegado una brisa y las hojas del tilo difunden un rumor, como un secreto de muchos en una lengua que aún no sé leer.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Javier Aparicio Maydeu en Espacio Leer: cuatro notas



I.
Vuelves del verano e inevitablemente hay cosas que te gusta que sigan donde estaban, y otras que preferirías que ya no estuviesen. Espacio Leer es de las primeras. Ayer fue un suave empujoncito para acabar de ajustar el modo mental "Curso"; sí, ya estamos a lo que estamos, y a toda vela.

II.
Un descubrimiento, Javier Aparicio Maydeu y su tetralogía sobre la escritura literaria, en el diálogo de ayer. Una tertulia viva con alguien que habla desde un lugar de experiencias largas y aquilatadas sobre la escritura, la literatura, el sistema comercial, escritores... No recuerdo si era Agamben, a quien le leí algo sobre la pérdida de la experiencia en nuestra sociedad, donde todo es de ayer mismo, y no hay recorridos largos que alimenten memorias ni experiencias transmisibles. Bueno, pues ayer, en ese formato gruyere que tienen estas tertulias, agujereadas por la curiosidad y el derrotero incierto de la conversación, tocamos experiencia. 

III.
El sentido elitista de la cultura, la alta literatura, entre muchos otros temas... clarísimo. Argumentaba Fernando Rodríguez Lafuente, y entre matices y anécdotas se asentaba pacíficamente la idea. Ahora me voy a ahorrar la matización de que "cultura" es término plurívoco, de la tupida red de tradición-mediación-hibridación, de niveles, de que no se trataba de un alegato fascista, bla bla bla... Elite no es desprecio, es avance en nombre de todos, porque todos, evidentemente, no podrán nunca avanzar al mismo paso. Y las élites espurias se apochan como fruta advenediza y huera.

IV.
Interesantísima tetralogía, creativa desde el mismo diseño gráfico de las páginas, de escritor que está pidiendo a gritos complicidades; y unos contenidos de alta pertinencia para quien esté en la galaxia-escritura, enseñando, aprendiendo, leyendo, escribiendo, pensando la creación y la creatividad (ineresante distinción), los cómos y los porqués y los quiénes. To be continued.

jueves, 9 de julio de 2015

T. S. Eliot en el aula de escritura creativa: "La tradición y el talento individual"



Para el cincuentenario del fallecimiento de Eliot Nueva Revista me pidió un artículo. Lo escribí con el deseo de articular ideas y debates que han aparecido en mis clases de la asignatura El oficio de escribir, en el Máster Universitario en Escritura Creativa de la UCM. 

El artículo aborda, entre otros puntos, la presencia del Romanticismo en nuestro presente: opino que todavía pedaleamos dentro del ciclo romántico. Posiblemente la posmodernidad no sea más que "Romanticismo para todos", por simplificar un poco. Cuánto lo quede, no me atrevo a vaticinarlo. Mientras tanto, aquí está Eliot, en el botiquín de urgencias del escritor avisado.

sábado, 30 de mayo de 2015

El último cortejo, de Laurent Gaudé: cuatro notas de lectura



I.
Hay escritores como hay especies e individuos en el reino animal. ¿Diría infinitos, variados? Lo diría, y aquí hay una novedad, y una felicidad para quien frecuente las sendas literarias. El último cortejo, de Laurent Gaudé. 

II.
Gaudé raya alto, en todas las provincias del oficio de escribir. Yo ejercito un prejuicio de lectura: en la primera esquina de un texto espero al narrador estilista, y si la visitación se da, entonces puedo seguir con entusiasmo la trama, el suspense, el pensamiento, los matices de los caracteres; incluso perdonarle al novelista casi todo lo imperdonable. En El último cortejo el estilista cantó en las dos primeras frases, sin impostación, sin sobreejecución, sabedor de su voz aquilatada. Y desde ahí, fue una delicia seguir, como a Orfeo, su canto.

III.
¿Novela histórica? Novela, el gesto sabio y el proceder seguro de quien trasciende un género. Un interés por un personaje, un mundo, y ahí una exigencia estética conducida con pasión y riesgo. Gaudé actualiza una bella mirada, con independencia del paisaje que atraviesa.

IV.
Alejandro Magno, sus últimos días, un grupo de allegados, el Imperio, la vida, la muerte, la eternidad… La escritura justa, las cadencias cordiales, la seriedad creativa… Un referente para quien escribe, un horizonte que contagia fiebre a los dedos sobre el teclado, un excelente acompañante para el camino. 

lunes, 6 de abril de 2015

Aprender a escribir con Jane Austen y Maud Montgomery, de Inger Enkvist. Una invitación


Está a punto de salir esta ingeniosa obra de Inger Enkvist, catedrática de español de la Universidad de Lund (Suecia). Investigadora rigurosa y entusiasta, intelectual humanista, a menudo le pone las peras al cuarto a lo políticamente correcto en los ámbitos académicos. Desde Vargas Llosa (de quien es una autoridad mundial) hasta los programas de la pedagogía moderna, entra con paso firme hasta la cocina, y sus propuestas son luminosas, operativas, esperanzadoras. 

¿Puede enseñarse a escribir literatura? ¿En qué sentido? ¿Qué se se puede aprender de autores sólidos, aunque la distancia cultural sea importante? ¿Y si hubiera algo transcultural, humanamente plausible? ¿Qué tiene que ver esto con la identidad?

Pues todo eso en este libro accesible y sensato, que en primer lugar puede enriquecer la lectura/relectura de estas dos autoras, y aportar a continuación orientaciones para quien esté bregándose en la escritura. 

Publicado en la colección del Máster Universitario en Escritura Creativa del Departamento de Filología III, de la Universidad Complutense de Madrid.

Se presenta el jueves 9 de abril, a las 16:30 en la Sala Naranja de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, Avd. Complutense s/n. Contará con la presencia de la autora. Entrada libre.


miércoles, 18 de junio de 2014

La cocina del Máster Universitario en Escritura Creativa UCM: notas de fin de curso

Looking for his Master (after Turner)
JM Mora Fandos. Acuarela sobre papel

I.
Estamos de acuerdo: lo más interesante de un máster en escritura creativa es ponerse el delantal en octubre, y no quitárselo hasta junio. Alumnos y profesores. En el Máster Universitario en Escritura Creativa de la Universidad Complutense, estoy en el segundo grupo; pero, con las manos en la harina, he descubierto que grupo solo hay uno: como profesor, encuentras novedades, miradas diferentes, materiales, actitudes que te forman... Descubrir es aprender.

II.
Por no hablar de los fallos. No son pocas las veces que el fallo detectado en el alumno lo ves también en ti: patente, o al acecho. La lectura crítica de los textos aviva la conciencia crítica en la escritura propia. Genera una carga moral, una gravidez en la escritura sin la que no puede haber buen trabajo. El peso de las alas, no hay vuelo sin gravedad. 

III.
El fallo como oportunidad de mejora es una excelente pedagogía, cuando se cuenta con un recorrido de meses por delante.

IV.
El compromiso del escritor es con el habla de la tribu, de la que viene, y a la que va; es decir, con el otro.

V.
En la cocina se habla mucho, pero con las manos en la masa.

VI.
¿Se puede enseñar a escribir? ¿Se puede enseñar a respirar? Y, sin embargo, qué mal respiramos.

VII.
Al terminar este curso, respiro mejor.

VIII.
¿Se puede enseñar a ser un gran escritor? Acabo de leer un artículo de Mary Wakfield, editora adjunta de The Spectator: "El método Suzuki no hizo de mí una gran violinista, pero me cambió la vida". Seguramente, como en la música, en la escritura no se trata de ser quien no se es, sino quien se es, pero no se sabe; y eso exige una insistencia, una apertura, un cambio, a mejor.

IX.
Nunca le he prometido a nadie que la escritura fuera a ser su vida. Pero no dejo de persuadir al alumno de que la escritura es vida.

X.
¿Publicar? Eso es otra cosa. De la que, por cierto, no hemos dejado de hablar.

XI.
"Sigue trabajando el texto". Cada plato tiene su cocción... la de la mente del escritor.

XII.
"Show, don't tell", "Slow write", "Process"... Aprendiendo de los chefs norteamericanos.

XIII.
"Nos has comentado lo que piensa Flannery O'Connor, pero ¿qué nos dices ahora tú?" El arte de la digestión en público.

XIV.
De la información al conocimiento, del conocimiento a la sabiduría. Verdadera transgresión.

XV.
Cuando T. S. Eliot pasa a ser tío Eliot.

XVI.
La audacia para con la belleza inarticulada se llama sintaxis.

XVII.
Contempla, explora, dispara, recoge, ordena, modela, poda, modela, revisa, poda, modela, revisa... duerme: disfruta siempre.

XVIII.
Estilos, poéticas, géneros, tics... empanadillas, lasañas, bacalaos, paellas... recetas y fogones.

XIX.
Solo soy un profesor del Máster: hay mucha más gente: editores, escritores, críticos literarios, periodistas culturales, traductores, guionistas, gestores de marca personal, profesores invitados...

XX.
Si te tienta ponerte el delantal el próximo curso, bienvenida o bienvenido a la cocina. Plazas limitadas, entra sin llamar


viernes, 2 de mayo de 2014

¿Qué hacemos con los adverbios? Literatura y hamburguetura

Elmore Leonard aconseja nunca utilizar un adverbio para modificar el verbo 'dijo': 

"-dijo suavemente/con rapidez/cansado/con un deje de escepticismo..."

Bien, me parece muy sensato. Hay ocasiones en que no seguir esta regla denota poca confianza en las palabras, en el lenguaje, en el lector... y lo peor de todo es que podemos incurrir en ello por puro atolondramiento, por cliché, por pensamiento pre-pensado, por contaminación ambiente...

Pero hay otras en que puede ser inevitable saltársela, bueno... si uno ha intentado evitar este recurso, si ha impreso en el lenguaje todo lo que sabía y podía, para dotarlo de esa afectividad, temperatura anímica, paleta circunstancial que la escena, la intervención del personaje requerían; si pese a todos los intentos, es inevitable, entonces es bueno.

No es correcto andar criminalizando categorías morfológicas: "¡Huye de los adverbios!", "¡Sacrifica los adjetivos!", ni que la literatura fuera Moloc, y Hemingway su profeta. Con todos mis respetos a Hemingway y a su larga estirpe. Hay muchas estéticas. Lo que puede abundar menos es el buen juicio, y abundar más las prisas y la necesidad de vender hamburguetura. 

En La mujer nueva, Carmen Laforet escribe:

-¡Paulina! -la voz sonaba desesperada-. No sé si te burlas de mí o es que no entiendo.

'desesperada' atañe tanto a 'voz' como a 'sonaba' -y aquí hace función de adverbio-; un predicativo, vamos, de los que utilizamos todos los días, pero del que desconocíamos su etiqueta lingüística -ay, qué bachilleratos, que nos han hecho aborrecer y olvidar lo que tan bien nos vendría para explicarnos tantas cosas...-; y es difícil expresar que sonaba desesperada la voz, simplemente con los magros palillos de admiración -¡lo admirable es que aspiren a expresar todo el inabarcable abanico de matices de la admiración!-. 

En fin, cuidado con las consignas partisanas para la escritura, con los arrestos dogmáticos de ciertos progresismos de escritura pret-a-porter... si uno no quiere, simplemente, freírse un par de hamburgueturas.


lunes, 10 de marzo de 2014

Metáforas, textos y perros

Una de esas tardes, pesada, cabeza-coctelera ya antes de entrar en el aula, tres horas comentando textos -preciosos-, los alumnos han aguantado como campeones, volvemos a casa Houston, son las 20:10 en el metro -verdaderamente, lo son en todas partes-, hay un joven rapero en el vagón, admirables su audacia y resolución, ¿es literatura en acción?, no me quedan rimas ni neuronas para esta cuestión, el rapero nos abandona como Dante un círculo del infierno, ahora necesito un analgésico en los oídos, descubro que no siempre un preludio de Bach es lo más adecuado, y decido dejarme llevar por el instinto hurgando en el smartphone, ha de ser algo sorprendente y al mismo tiempo monótono e hipnotizante, una emisora de radio, BBC, pero los diversos canales van poniendo músicas, y si Bach no ha pasado el test, mucho menos el tema country "Walking Memphis" con que me he topado, pero al final sí... sí, sorprendente, Radio BBC Kent, un animado coloquio sobre los perros en el hogar, un perro necesita mimo, buenos alimentos, y ama (they love...) que lo saquen a pasear... increíble, sigo el programa fascinado, Vodafone Sol, Tirso de Molina, Antón Martín... yo que no tengo perro, ni ganas de tenerlo, que me perdonen los esquilófilos... pienso: qué tiene que ver una tarde en la trinchera docente, con los entrañables perros del hogar en Kent: pura yuxtaposición de sucesos, ni siquiera se palpa algo así como los oscuros raíles que conectan dos estaciones de metro. Pero me acuerdo de un ejercicio de creatividad con metáforas, la metáfora une lo diferente, encuentra nuevas relaciones. Y me hago yo mismo el test (A es como B, porque Q): 

-"Una pesada tarde es como un perro de Kent" 
-¿Por qué? 
-"Porque por precioso que sea, como un relato bien alimentado y despulgado, no lo puedes llevar al brazo durante tres horas".

Me voy a dormir con un aprobado alto.  

miércoles, 5 de marzo de 2014

Escribir en tu talla


Fue en el AVE. A mi lado se sentó un chico que canturreaba, pero no cualquier tonadilla: seguía una partitura en su tablet y emitía una melodía segura, aunque a un volumen mínimo, como el que sabe controlar el sonido. Un profesional, vaya.

-¿Eres tenor?
-Contratenor.

El único papel de contratenor que conozco, es el de la Pasión según San Mateo, de JS Bach. De ahí que me dejara en suspenso (por mi ignorancia), ¡un contratenor!, y yo con estos (inexistentes) pelos.

El AVE llegaba ya a su nido, y dio poco para un diálogo que, de haber sido atacado antes, hubiera dado bastante de sí. Pero al terminar, y hablando de técnicas de respiración y relajación para cantantes e instrumentistas de viento, vino a darme una preciosa metáfora:

-Sí, cuando consigues una buena técnica es tal el alivio que te da la impresión de que toda tu vida has estado caminando con zapatos tres tallas menos.

Eran las 23:00, nos despedimos, él quizás tomó un taxi, y yo me dirigí hacia la entrada del metro con la metáfora atravesada en las neuronas: también pasa en la escritura, se escribe mejor -con más gusto, más seguridad- con un poquito de técnica.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Lo que he aprendido de mis alumnos este cuatrimestre


Tallos, JM Mora Fandos, lápiz y acuarela sobre papel

Se dice que unas buenas lecturas canónicas -Cervantes, Galdós, Delibes...-, son esenciales para aprender a escribir. Yo también se lo digo a mis alumnos. Lo que va siendo hora de decirles es lo que aprendo yo al leer los textos que escriben. 

¿Qué se puede aprender de quien quiere aprender? Lo primero es evidente: su deseo de aprender, algo que nunca puedes dar por supuesto en ti -ay del día...

Y, desde luego, otras sensibilidades: cada hombre o mujer es una mirada distinta, un enfoque diverso... ¿y qué es un relato sino un enfocar?

Por no hablar de una perspectiva privilegiada: la borrosidad con que el escritor se mira a sí mismo, el polvo que levanta, el humo que hace en su taller, son tales que no le es fácil rodearse y verse desde fuera. En cambio, en el texto del alumno estás fuera y ves la distancia entre lo que se intenta y lo que se consigue; lagunas... Te enseña una falsilla para ganar esa distancia contigo mismo, ese desdoblamiento necesario.

Pero dejo lo mejor para el final: hay verdaderos hallazgos, metáforas, ritmos, sugerentes finales de párrafo, puntuaciones expresivas, estructuras firmes y complejas, milagrosas condensaciones como gotas de rocío que, sin advertirlo, reflejan en su diminuta bóveda cristalina todo un firmamento...


viernes, 22 de noviembre de 2013

De enseñar a leer y a escribir: aulas y paellas


Una por cuatro, por cuatro, por ocho, por doce: horas por días, por semanas, por meses, por años de un niño sentado tras un pupitre en el sistema educativo español: 1536 horas de “Lengua”. Paradójico resultado: escaso hábito lector, nulo hábito escritor, un vivero de faltas de ortografía, calvicie de tildes, frases descalzas de puntuación…

¿Qué hemos estado haciendo con los alumnos durante este millar y medio de horas?

Algo semejante a haber tenido una asignatura llamada “Paella” y después de esa alucinante ristra de horas, el joven a las puertas de la universidad no supiera cuándo hay que poner la carne o el arroz; pero, por otro lado, hubiera estudiado concienzudamente temas como “Variabilidad de resistencia al fuego en aleaciones”, “Los arrozales en Escandinavia: una propuesta”, “Estructura, taxonomía y quaestiones disputatae de la cerilla” o “Análisis de la cohesión, coherencia y adecuación de ingredientes heteromorfos según la teoría de conjuntos aplicada a técnicas culinarias I, II y III”.

Vale, ya sé que exagero: los niños son los niños, los padres son los padres, la vida es la vida... Hipérbole, sí. Pero no hay nada como una hipérbole para despabilarse... "avive el seso y despierte"...

A ver si a quien le competa, en algún órgano de decisión -qué curiosa expresión-, toma nota.

¡Con lo buena que está la paella!




  

jueves, 19 de septiembre de 2013

"Es un álamo, señor Wittgenstein"



Hoy he tenido mi primera clase de Lectura y escritura creativa, con alumnos de 4º de Magisterio -especialidad primaria-, en el Centro Universitario Villanueva, Madrid.

Una mañana modosita desde la ventana, allá a las 9, entrevista a retazos claros bajo el camuflaje de las hojas de un... ¿un qué?

-...
-... un árbol...
-... un plátano...

Wittgenstein escribió: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" (Tractatus logico-philosophicus, 5.6, 1922). 

-Por lo tanto, si me aprendo un diccionario, amplío los límites de mi mundo, ¿no?
-... sí... no...

Hay algo imbatible en cada persona, que se resiste a acabar dentro de un tetra brick, sea lingüístico, psíquico, social, psico-social, mediopensionista, del Real Madrid... 

-... ¿entonces? Es un álamo.
-... sí, ¡sí!

Es en la experiencia de abrir lo ojos donde se abre el diccionario personal, donde ingresan las palabras con una pequeña historia -nuestra- escrita en la pequeña etiqueta que traen pendiente.

-Es un álamo, señor Wittgenstein, y acabamos de ampliar los límites de nuestro mundo. Hala. 


  

martes, 10 de septiembre de 2013

¿"Escribe de lo que sabes"?

Seguro que si has asistido a un taller de escritura creativa, o has andado espigando ideas por los blogs del gremio, te habrás encontrado con el consejo: "Escribe de lo que sabes". Hay quienes lo afirman, y hay quienes lo denostan a escobazos -generalmente se escucha más a los segundos-. Y la pequeña polémica continúa, como todo lo que se expone a "blanco o negro". Me gustaría aportar una escala de grises.

Habitualmente, propongo la versión positiva: alguien que escribe de lo que no sabe es pillado inmediatamente -o casi- en la lectura del buen lector (véase tanta novela histórico-esotérico-cientificista): se pilla antes a un Dan Brown que a un cojo. Pero sobre todo, un escritor solo da lo mejor de sí cuando sabe mucho de algo; y con "mucho" no me refiero a un sentido cuantitativo -o no principalmente-, sino cualitativo: mucho es profundidad, y sobre todo, identificación. Aquí vuelvo a mi filósofo de cabecera, Gabriel Marcel: lo valioso en la vida es lo que nos envuelve y nos afecta con hondura. 

El denostador tiene razón cuando argumenta que si Tolkien solo hubiera escrito de lo que sabía, no tendríamos El señor de los anillos. Bien, pero este "saber" o "no saber" refiere a cuestiones muy concretas, al aspecto de la imaginación. Ahí estoy de acuerdo. Pero si Tolkien se inventa un orco, no solo es un alarde imaginativo -basado en un gran conocimiento de una tradición literaria, por cierto-, es, sobre todo, que ha conocido alguno al subir a un autobús, entre sus colegas de Oxford, o entre el pandemonium de un pub... incluso el que él y todos llevamos dentro.

Así que la afirmación y su negación son verdad, si las entendemos cada una en su nivel (un poco de escolástica a vece evita innecesarios derramamientos de sangre).

Apostilla curiosa: este verano estuve en Florencia. La última novela de Dan Brown tiene su escenario allí. No la encontré en casi ningún escaparate de las librerías de la ciudad del Arno. Si alguien sabe de Florencia -y la ama- son los florentinos. Entiendo perfectamente el veto.

lunes, 22 de julio de 2013

Vivir por escrito, vivir creativamente: un máster eficaz en la Universidad Complutense

Cuando escucho que hace falta una urgente formación audiovisual en la educación obligatoria, pienso: pues sí. Pero siempre pienso también que hace falta una auténtica formación en la escritura.

¿No es surrealista que tras doce años de primaria, secundaria y bachillerato; después de tres o cuatro horas semanales durante todos esos años, dedicadas a la enseñanza de la lengua, la mayor parte de los alumnos desemboque en la universidad sin escribir las tildes, con faltas de ortografía, muy poco leídos y profundamente deshabituados a la escritura? Creo que lo es, y es una pena. Pero las grandes catástrofes generan movimientos de reacción: ¿no lo es el ingente número de personas que sacan tiempo para asistir a talleres de escritura? ¿Todos van a ser grandes novelistas? No, la mayoría ni se lo plantea. Lo que se percibe es una gran necesidad de escribir, de expresión y comunicación, de vivir por escrito.

No hablo de oídas, ni he tenido una aparición esta noche. Lo he visto durante años de trabajo en talleres creativos y personales, donde los alumnos dicen adiós a los bloqueos de escritura y comienzan a dar pasos firmes en la expresión y comunicación por escrito. Algunos quieren escribir la historia de su familia, otros la propia historia, recuerdos, relatos, poemas, opiniones… quieren escribir para vivir mejor.

Pero si vamos a cuestiones estrictamente profesionales, cada vez son más quienes perciben que la escritura es una vía (casi) milagrosa para avanzar en su formación y en su promoción: escribir con seguridad es una técnica que permite abordar mejor los problemas, analizar, sintetizar, visualizar, convencer. Nuestras profesiones modernas están cosidas de pensamiento, de trabajo intelectual que necesita bases conceptuales, estrategias y ejercicios sólidos. Se acabaron los dogmas románticos: el genio, las musas, las crisis de inspiración… Cuando alguien descubre sus potencialidades a través de un camino probado, se produce una revolución personal. De eso se trata.

El curso pasado tuve la fortuna de dar cuatro sesiones de prácticas de relato en la I edición del Máster en Escritura Creativa de la Universidad Complutense. Estamos hablando de profesionales que quieren perfeccionar su técnica de escritura, abrirse a nuevos géneros y formatos; pero también de jóvenes creativos que desean ampliar de un modo práctico su formación a través de la escritura, y ser pronto competitivos en la producción de textos escritos y audiovisuales. Y estamos hablando de un claustro de profesores volcado en la atención y asesoramiento de los alumnos; y de encuentros con escritores muy reconocidos (la primera edición contó con el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano).

Como profesor, lo que más valoré fue la libertad que se me dio para innovar estrategias de enseñanza, y la entrega de los alumnos a la asignatura: todo hace subir la temperatura, y genera sinergias altamente creativas… y sorpresas y humor.


¿Estoy haciendo propaganda del máster? ¡Bingo! Me parecería innoble callarme semejante maravilla. Y si alguien tiene dudas, que se lo pregunte a los alumnos de la I edición. La matrícula de la II edición de este máster de un curso, aún está abierta. Antes de que se acaben las plazas, corre a decírselo a esa amiga o amigo que siempre han querido vivir por escrito… o tú mismo. ¡Nos vemos!

Para información filespa3@ccinf.ucm.es 913 94 22 20 

lunes, 1 de julio de 2013

Unos pensamientos sobre el escribir



I. La escritura no hace personas mejores -por sí misma-, pero qué herramienta tan estupenda, cuando la persona aspira a lo alto.

II. Es un engaño pensar que escribir bien es una cuestión de técnicas. Con las técnicas conseguimos efectos. Cuando hemos puesto nuestra ilusión y expectativas en la lectura de un libro, esperamos que el autor haya ido más allá de la búsqueda de efectos. 

III. Madurez, quizás hoy es una palabra out. No se la ve por los libros de autoayuda, pero tiene esa metáfora vegetal, frutícola y luego fructífera, tan gráfica. Para la buena escritura, madurez personal.

IV. Muchas lecturas, muchos efectos, muchas cosas vistosas y novedades. Pero se adensa la nostalgia de lo genuinamente humano. La humanidad a la que hay que aspirar, no como escritores, sino como personas.

V. Quizás soy políticamente incorrecto al unir escritura con desarrollo personal, y no limitarme a decir que la escritura te permite expresarte, vivir más vidas, etc... Eso es algo, pero es muy poco.

VI. La escritura es indagación, a veces dolorosa, en quién soy, qué sé, y en que quizás he perdido tiempo, en que uno se ha perdido por las ramas, y que faltan experiencias de verdadero crecimiento. Mucho sería darse cuenta de esto, por la escritura.


viernes, 31 de mayo de 2013

Escribir-escribir

Escribir-escribir, solo comencé a hacerlo cuando descubrí que había alguien más. Sí: alguien más que yo, y algo más que un papel. Recuerdo que la escritura al principio fue ejercicio escolar —donde la áspera musa del cumplimiento apenas conseguía arrancarme unas líneas—; y que años más tarde giraron las tornas, y que se me presentaba por doquier como una invitación al juego, la expresión, el desahogo, la exploración, el estilo… Veo la sucesión: tormento, luego deseo de placer... pero también un matiz común: la soledad. 

Sin embargo, la escritura ganó su estatura cuando apareció el otro. Fue al iniciar un blog: ahí se expresó su estructura de diálogo, su alma responsable. Escribir era responder, y aún no he conocido acicate más poderoso. Se acababa la obsesiva re-decoración del interior de la propia torre de marfil, el hacer monadas en la mónada del yo autoclausurado y autocompasivo. Al menos se abría una brecha, y se colaba una presencia personal, tenue a veces, y otras nítida. 

Como todo en la vida, la escritura también es una partida donde el primer movimiento nunca es nuestro. Todo lo valioso va así: alguien puso algo, mostró primero, preguntó, rogó, invitó... ¿No entramos en una red de preguntas al venir al mundo? ¿Acaso no hemos sido llamados, o es que alguien se llamó a sí mismo? Escribir, pero escribir-escribir, es mucho más que un disponer palabras según los protocolos de algún pequeño placer; es uno de los modos más dignos de estar en apertura, novedad, exposición al otro. 

Y poco tiene que ver con lo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en "publicar", y con otras fiebres inducidas por el ego. El escritor-escritor tiene una felicidad de hierro. Le asiste el hábito de responder a alguien, la esperanza del diálogo que disuelve la soledad.