AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR
jueves, 21 de noviembre de 2019
Flannery O'Connor y el arte de la escritura
viernes, 8 de diciembre de 2017
Interpreting our cultural and personal malaises, mis notas a The Burnout Society de Byung-Chul Han, Stanford University Press
martes, 18 de noviembre de 2014
A diestra y siniestra, de Joseph Roth: cuatro notas de lectura
lunes, 16 de mayo de 2011
Sobre lo dicho por Woody Allen
(En fin, un desahogo. No tengo nada en contra de "los norteamericanos", tengo amigos allí a los que quiero mucho. Esto tiene que ver con ideologías y con la espiral de violencia que se crea cuando todo vale).
sábado, 19 de febrero de 2011
Cuatro notas sobre La ola, de Dennis Gansel
miércoles, 1 de diciembre de 2010
No les deis más libros, enseñadles a leer
Desgraciadamente, siguiendo el ejemplo de Platón en la República ideal, hemos expulsado las narraciones del aula: no leemos en clase, no hablamos ni escribimos sobre lo leído en clase, estamos muy ocupados viviseccionando oraciones, artículos periodísticos, enseñando y aprendiendo paradigmas, enredados en sistemas, en humo, en polvo, en sombra, en nada... La literatura, en otro sitio; las narraciones -eso con que la humanidad se ha aprendido a sí misma- lejos porque están "supuestas": el sistema educativo obliga a que los profesores supongamos que los alumnos estarán leyendo "en algún lugar", o que ya han leído, o deberían haberlo hecho, y que así ahora podemos ocuparnos de la formalidad, de la abstracción, de la raspa de la sardina, vamos. Pero sabemos que, masivamente, no leen.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Tienes que beber más agua
miércoles, 24 de noviembre de 2010
El misterio del suelo del parque
lunes, 22 de noviembre de 2010
Con dos pasas
miércoles, 6 de octubre de 2010
La conspiración de los pedagogos
lunes, 19 de julio de 2010
Caballero sin espada II
miércoles, 19 de mayo de 2010
Semiótica para todos V
lunes, 17 de mayo de 2010
Semiótica para todos III
miércoles, 28 de abril de 2010
Lectura desde la sabiduría
miércoles, 21 de abril de 2010
No empuje, por favor: estoy leyendo
lunes, 12 de abril de 2010
Un deseo para el pacto educativo
Si en un pacto educativo se puede tomar alguna decisión sobre directrices generales, evitemos el "en vez de" la educación.
miércoles, 3 de marzo de 2010
La épica y nosotros
Releo un libro un libro francamente bueno, Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco. Baricco transforma de un modo sobresaliente la épica en una novela fragmentada en las voces de sus personajes. Señala, sensatamente, que el mundo de la narración épica está lejos de nosotros. Y para justificar esta adaptación se ampara en la frase del teórico marxista Lukács: “la novela es la epopeya de un mundo abandonado por los dioses”.
Me fascinan las adaptaciones, sean en la literatura, en el cine, en la música o en la gastronomía (piénsese en la variedad de arroces que hay en mi tierra valenciana, o en las herejías que se perpetran a diario –sea en restaurantes Guía Michelín cinco bujías o en chiringuitos imposibles- contra la ortodoxia de la paella: pero en este campo, no puedo dejar de estar con los herejes, si lo que proponen está bueno), y les presto una particular atención, a su cómo, su porqué y su para qué. Y la adaptación de Baricco me gusta, aporta una sensibilidad particular a la consideración de
II
Volviendo a mi acuerdo con Baricco, es verdad que la épica está lejos de nosotros. Pero ¿tan lejos como un género literario que es incomprensible, incluso indigesto para nosotros? Esto me recuerda a los propulsores de la discontinuidad radical, ejemplificados por Foucault, y en las ciencias empíricas por Kuhn. Según este modo de pensar, lo nuestro, lo de nosotros, hombres y mujeres contemporáneos de la postmodernidad, solo es pensable en la novela, es ese género que nos encierra, determina nuestro modo de sentir y razonar. Pero la realidad desmiente esta rígida y determinista postura. Piénsese en el ingente número de lectores de obras como El señor de los anillos, y sus imitadores. Repárese en cómo las adaptaciones nunca dejan de ser adaptaciones, mientras el clásico prosigue su augusto paseo a través de los siglos. Hay una necesidad de épica, y a los necesitados no podemos negarles la condición de seres humanos, ni invisibilizarlos en las estadísticas sobre la lectura, ni decir que no cuentan para hacer un diagnóstico cultural, ni excluirlos del “nosotros” porque a alguien se le haya ocurrido un aforismo resultón.
Lo cierto es que necesitamos la épica, como necesitamos la novela, la poesía o el teatro. La diversidad de géneros refleja diversidad de dimensiones de la persona, diversidad de experiencias, anhelos, relaciones, perspectivas… Por eso no puedo dejar de replicar cuando alguien impone un determinismo, por muy bien expresado que esté. Está muy bien que Baricco relea a los personajes homéricos, haciéndoles expresar un yo a través de la primera persona, haciendo despuntar a través de destellos poéticos una subjetividad, en contraste con la exterioridad de la épica. Pero también necesitamos seguir leyendo la épica, en su ser particular, en su distancia, atreviéndonos a sentir la tensión de esa maroma que nos conecta con algo de hace 30 siglos, y que paradójicamente, sigue estando aquí, seguimos necesitando. Ahí sentimos el pulso de lo constante en la persona, y el fundamento de nuestra comunicación con los vivos y con los muertos. En parte es el esfuerzo que exige la cultura. Sin él, nos desmoronamos.
III
Leo en
Entonces vi todo Ilión ardiendo en vivas llamas, y revuelta hasta sus cimientos la ciudad de Neptuno, semejante al añoso roble de las altas cumbres, cuando, serrado, ya por el pie, pugnan los labradores por derribarle a fuerza de hachazos; álzase todavía amenazante y trémula en la sacudida popa, se cimbrea en su pomposa cabellera; vencida poco a poco, al fin, con repetidos golpes, lanza un postrer gemido y se precipita, arrastrando sus ruinas por las laderas. Bajo entonces a la ciudad, y guiado por un numen, me abro paso por entre las llamas y los enemigos; delante de mí se apartan los dardos y retroceden las llamas.
Estamos en el género de las metáforas precisas y esplendentes, la sonoridad de las palabras, el vocabulario rico y visual, la adjetivación hiperbólica, enfática y superlativa, la sintaxis ritmada, los acusados contrastes, los apóstrofes y las invocaciones… En estos rasgos de la épica conectamos con lo grande, lo heroico, lo maravilloso en la vida del hombre y en el cosmos, siempre asociado a un fundamento divino; pero sería un error oponerlo a la novela, donde la libertad interior, el ansia de infinitud, la creatividad, la afirmación de lo que hace único a cada personaje, incluso el escenario de lo cotidiano e íntimo también puede ser un rasgo de la presencia de lo divino en la vida.
Nuestra riqueza como lectores, como personas, está en nuestra visión más completa –y paradójicamente siempre incompleta- de la complejidad de la vida humana, donde necesitamos todos los géneros para vivir a través de ellos inagotable profundidad y diversidad de todas nuestras dimensiones. Cualquier planteamiento determinista nos empobrece. ¡Viva la paella, viva la libertad!
domingo, 28 de febrero de 2010
“Disculpe, Sr. Mann…” Una imposible respuesta a Thomas Mann sobre Anna Karenina
Hoy a las diez de la mañana hay marea alta. Coronadas de burbujeante espuma y medusas, hijas primitivas del mar, que la gran madre-cuervo dejará abandonadas en seco y entregará a la muerte por evaporación, las aguas se adentran en la playa reducida, casi hasta mi sillón de mimbre, y… (Así comienza Thomas Mann su ensayo Anna Karenina (1939). Me he tomado la libertad literaria de acercarme al gran escritor, voy encorvado bajo el sillón de mimbre que llevo a cuestas penosamente desde el paseo marítimo de mi presente, con mis dos tomos de Anna Karenina abultando los bolsillos del abrigo, y mi cuaderno de notas entre los dientes).
-¡Uf!, Difculpe, feñor Mann. Permítame que me siente un rato con usted, a mí también me gusta el mar, y me ha gustado Anna Karenina. Aunque, he de decirle que por algunos motivos en parte diferentes a los suyos. Lo he estado pensando, y en el fondo, hacemos crítica desde supuestos diferentes. A partir de la obra usted escribe sobre Tolstoi como un genio conectado con las fuerzas primigenias de la vida, que incluso cuando despotrica contra el arte en nombre de la moral, cuando cuenta la peripecia de Anna y el progreso interior de Liovin, cuando –según usted- ahoga la sensualidad en nombre de una ascesis moral, esa ascesis no sería más que una expresión titánica del potencial hercúleo, bruto, irracional de Tolstoi el creador, y que es ese retorcimiento el que hay que admirar. Es decir, como en su opinión Tolstoi no es salvable en cuanto le da una fuerte finalidad moralizadora a la obra, usted reinterpreta, disuelve lo ético en lo estético-creativo, y así Tolstoi queda ganado para la causa. Pero a mí la causa del genio romántico, concretada en el superhombre nietzscheano, ejemplificada en Tolstoi y sacada a la luz por usted a través de un psicoanálisis de lo que Tolstoi realmente estaba haciendo al escribir Anna Karenina, no me convence. Es una opción ideológica. Pero yo no creo ni en Nietzsche, ni en Freud.
Y más allá de creencias o descreencias, lo principal es que el texto, su valor literario, se sostiene por sí mismo; y que con respecto a las ideas morales implícitas en Anna Karenina, creo que ir más allá de lo que con bastante claridad se percibe en el texto, es un viaje que se puede hacer, pero en el que no le puedo acompañar. El trabajo del narrador implícito, ese principio organizador desde dentro del texto, que ha dispuesto sus partes, su desarrollo, que ha diseñado los personajes, que administra los recursos estéticos, que presenta unos mensajes, también morales, desde instancias determinadas, ese trabajo es bastante claro para mí, como para muchísimos lectores –aunque pueda no gustar a alguien-. Creo que no deberíamos ceder a la tentación de ir a buscar al autor, psicoanalizarlo, y volver sobre la obra para leerla; ni tampoco caer en la duda filológica radical, que desestabiliza el sentido sensato y suficiente de la obra, y que en el fondo es ideología deconstruccionista.
(Una anémona ha sido escupida hasta casi nuestros pies. La mar, esa gran madre-cuervo, arroja a sus crías a la intemperie, desde sus irracionales y primigenias entrañas. Un escalofrío me sacude. Me llevo la mano al ejemplar de Anna Karenina en uno de los bolsillos, y recuerdo las últimas palabras de Anna, electrizadas de esperanza filial).