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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



martes, 11 de mayo de 2010

¿Cuánta gente hay en una lectura?

Enrique se preguntaba hace poco por cuántas vidas había en su vida. Me ha hecho pensar en la población que habita una lectura, y en sus diversos estatus: está presente el lector, está presente el autor, está el autor implícito (esa presencia que percibimos dentro del propio texto ordenando todos sus recursos para que éste haga los efectos deseados, como el director de orquesta) y el lector implícito (esa imagen-tipo de lo que el lector debería hacer, cómo reaccionar, al hacerle leer lo que el texto le propone), y para mí está la presencia de Dios como origen y sentido último de nuestro deseo de leer y escribir; pero también está el texto mismo, como máquina que funciona e interactúa con el lector, como si fuera una persona. Una cuasi-persona, pero las cuasi-personas apuntan en su razón de ser a ser como personas, algo a lo que, obviamente, no pueden llegar.

Nosotros, lectores, nos ponemos a dialogar con algo especial, con un cuasi-alguien, asumimos la ficción de la comunicación literaria, como si fuera una comunicación interpersonal. De modo que el buen lector, recibe un impulso hacia lo personal, surgido en esa comunicación literaria: de salir al encuentro del otro, de la persona, desde lo ensayado y aprendido aquí.

Pero aquí hay un posible gran vicio: la obstaculización de ese paso hacia el otro que la lectura ha favorecido. El vicio de permanecer por deseo propio en el reino de las cuasi-personas, en el reino de la soledad. De nada sirven las mil lecturas si desde la experiencia de la lectura no procedemos, transitamos, hacia el otro, hacia nuestra única vida, que necesita de la comunión interpersonal.

Así que en la lectura hay todavía otro más. Potencialmente, toda la humanidad.

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