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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 14 de mayo de 2010

Semiótica para todos

Cuando yo estudiaba filología –la sigo estudiando, pero de otro modo más jugoso- me enseñaban semiótica. En aquellos años yo podría haber escrito una definición: Dícese de algo difícil de entender, sobre todo cuando te lo explican. Pero, como cuando descubrimos el brillo de un objeto que incluso delante de nosotros desconocemos, y nos mantiene como en suspenso y con ganas de algún día penetrarnos de ese misterio, no cejé en mi empeño.

Una conjunción de astros y algún buen consejo de un amigo, me dirigieron a los estudios de Miguel Ángel Garrido Gallardo, el sabio semiótico más paradójicamente antisemiótico que existe. La semiótica dejó de sonarme a ocultismo, y la semiología –es lo mismo pero con pasaporte europeo- a un sinestésico emparejamiento o “coupling” con la sémola. Pasó a ser algo bien concreto y útil. Desde entonces soy un apóstol de sus virtudes. Y me gustaría ahorrarle a quien sea aquella via dolorosa, cuando se puede llegar al mismo sitio de un modo más acorde con la dignidad humana. Y no le enmiendo la plana a Gianfranco Bettetini cuando dice que las cosas son complejas y hay que estudiar. Desde luego. Sólo propongo abrir un ventanuco de sensatez pedagógica.

Allá vamos. Abres un libro, lees un texto y te paras a pensar “Jo, qué bien escrito está esto, qué bien dice lo que quiere decir, ¿cómo lo hace el muy…?”: estás teniendo un acceso de semiótica, porque todo conocimiento comienza por un deslumbramiento. En parte -en la parte que interesa a esa mirada tan semiótica que se te está poniendo- el libro es un texto, una máquina que produce algo que, antes de que vinieras a abrir el libro, no existía: el sentido. Leyendo has puesto en marcha el reloj de cucú literario que es el texto, y los engranajes se han echado a rodar. Poseso de un furor semiótico, ya no aguantas más, y le das la vuelta al cucú y abres la puertecita, y “Hum, hum… qué interesante…"

To be continued.

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