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¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



viernes, 23 de septiembre de 2011

Reglas de puntuación

Anteayer, en el taller de escritura, abordamos el tema. El consenso de partida fue absoluto: a nadie en este país se le ha enseñado a utilizar las reglas de puntuación -si por enseñar entendemos algo más que explicar una teoría en cuarentaycinco minutos de clase, y hacer unos pocos ejercicios-.

Y sin embargo, la puntuación cose nuestra habla, hasta hacer de ella un dechado... o, en su ausencia, un desechado. En la puntuación va nuestro ritmo de sentir, de pensar, de respirar, de mirar. La puntuación, hablando con mayor propiedad, corresponde a la escritura; y alguien que puntúe bien -que se valga de todos los alfileres, agujas finas o esparteras, hilos de seda o de algodón, bolillos y ganchillos para dibujar hilvanes y encajes-  es alguien que razona muy bien. Y muy bellamente.

Pero nuestro sistema educativo, siempre tan racionalista, valora que los alumnos aprendan paradigmas y lo demuestren sobre unos ejercicios prefabricados y ortopédicos. ¿Y para cuándo el aprendizaje de esa costura del pensar, del sentir; del hablar y el escribir?

Bueno, pues anteayer estábamos intentando poner algo de remedio. Vamos a ver si, a partir de ahora, disfrutamos tejiendo.

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