Calla, calla, que te entiendo, de Enrique García-Máiquez
Númenor, 2026
I.
Septiembre, mes de recoger cosas en un baúl, y desempolvar otro. Juegas en lo corto, en que las tildes pellizquen sus vocales, los obreros terminen ya, en que afines la vida al stacatto de las horas y las citas. Con Calla, calla, que te entiendo, se hace más fácil. Se trata de recogerse hacia lo que llega, hacia adentro.
Los caminantes
ya han pasado. A su espalda
vuelve la garza.
II.
Vuelven las garzas. Desde mi ventana, se remansa todo en su tempo interno. Las garzas siempre vuelven, como las lunas del libro, dichosas o tristes, cada una a su manera y a la de todos. Qué prodigio ¿sabré verlas?
Miro y se nubla;
no miro y resplandece;
ay, luna tímida.
III.
Una de las alegrías de este septiembre incipiente, esa fusión que aparece en el libro, de lo lejano y cercano, el haiku y la soleá. Juntos, no confundidos, no confusos, matrimoniados en el lecho común. Es siempre el hombre concreto e irrepetible el que desbroza caminos.
Yo soy un hombre de extremos:
el haiku de Extremo Oriente
y, de Occidente, el flamenco.
Hay qué ver cómo cambia la cosa, si el acento final va en la sílaba cuarta-sexta o en la séptima. Y añadamos la rima, asonante y campechana, cordial, cercana, que trae el mundo a pasear por el barrio.
Fusión sin confusión, que consigue quien curioso habita mundos diversos, y responde agradecido -y con gracia- a cada uno.
IV.
Y esa vena "meta", reflexiva, sobre la escritura, rasgo de autor y poética abreviada que va señera en el título: decir poco, casi callar, que a buen entendedor... Añádase el ingenio, de sprinter -otro rasgo del autor- que pone en cada verso, que te hace bajar el libro para sonreír o reír ocupando todo el espacio, o para mirar hondo lo que la prosa de los días trae sin descortezar.

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