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T. S. Eliot, Coros de La roca, I



domingo, 23 de septiembre de 2012

Un apunte sobre lo que el jazz puede aportar al modo de escribir

Hay cosas que uno no elige; en lo importante, se suele tener la sospecha de que, más bien, uno ha sido elegido. Yo no elegí el jazz. No decidí balancearme cuando escuchaba su ritmo asincopado, ni quedarme  boquiabierto ante una improvisación. Ocurrió, y ocurre. 

Tampoco decidí que el jazz tuviera que ver con mi modo de escribir. Y tiene. La fertilización es misteriosa, porque nunca he intentado juntar las dos cosas; de hecho ni puedo escribir escuchando jazz, ni cuando estoy improvisando con el saxo -o simplemente escuchando- busco alguna correspondencia literaria. Pero ahí están, como el perfil de la cornisa y el cielo. 

El músico de jazz pone el acento en la imprevisibilidad total de la actuación. Lo que hace frente al público no se diferencia nada de lo que hizo antes; y se diferencia todo al mismo tiempo. Es una exploración continua que mantengo en la escritura. Ciertamente, al final hay que entregar un texto, como el músico tiene que actuar un día a una hora. Pero la conciencia de continuidad en la creación expulsa el rigorismo de la "obra perfecta". 

No hay obra perfecta, cerrada, terminada -aunque haya que cerrarla en algún lugar, y lo mejor posible-. El jazz me ha hecho más consciente de la importancia del proceso, de la exploración, del borrador. Escribir no es dar a la primera con la redacción final. Es implicarse profundamente en la dinámica del escribir. Bracear arriba y abajo por la piscina.

Los plazos de entrega ayudan mucho a la escritura; pero los límites de la piscina no son la meta de la natación. El final no es el fin. Una vez establecidos los finales -de alguna manera-, se trata de surcar las aguas, de profundizar en el sentido del agua y de la natación. El jazz, también cuando sencillamente lo escuchas, te ayuda a descubrir y valorar esa dimensión de proceso que tiene todo lo humano. 

Quizás en una sociedad donde se trata de conseguir metas como sea, donde las máquina nunca llegan tarde, esta enseñanza no sea pequeña.




4 comentarios:

  1. que buen ejemplo, eso me recuerda que tengo una actuación importante esta noche con mi cepillos de dientes!!!!!

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  2. Pues nada, Nani, ¡a improvisar con esos pillos! Un abrazo

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  3. Cada día asumo con más convencimiento que lo importante es el viaje, que diría Cavafis. Entiendo que algo así es de lo que hablas. Por no referirme a otra idea a la que me lleva tu reflexión: los textos (o la música de jazz) en el fondo están vivos, porque sólo lo vivo puede evolucionar.
    Y aquí llego a una duda que se me presenta últimamente. JRJ siempre corregía, casi compulsivamente. Machado decía que lo fundamental en arte no se corregía, las correcciones eran de detalle.

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  4. Hola Amando, en esta entrada he puesto el acento en el proceso, en el viaje, pero creo que el fin es igualmente importante. Me quedo con las dos cosas, que en el fondo son dos aspectos de la misma cosa.
    Me parece muy interesante lo de JRJ y Machado. Creo que no parar de corregir es poner algo en constante estado de proceso, y cuando se trata intencionalmente de dar algo acabado, esto puede ser fatal. Me parece que los poemas aspiran a alcanzar las características -al menos aparentes- de un objeto perfecto. Un poema con multitud de versiones vendría a reflejar más bien la evolución de la sensibilidad del escritor, y nos apartaría del poema en su sentido clásico. Ciertos tipos de música, como el jazz, sí se prestan mejor al estado de revisión. Lo de Machado, lo veo algo platónico. Si un poema hay que corregirlo, ¿son los "detalles", simplemente detalles? Creo que no. Pero tendría que conocer mejor el contexto de lo que dijo Machado. Muchas gracias, Amando.

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Muchas gracias por tu comentario, lo leo dentro de un poco -es bueno darse y dar un poco de tiempo a los demás, así la vida se vuelve más humana- y te respondo