Y esta es la primera entrada de septiembre, feliz desembarco a todos. Se puede leer en páginasDigital.es.
AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR
¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I
viernes, 5 de septiembre de 2014
miércoles, 27 de agosto de 2014
lunes, 18 de agosto de 2014
Por qué releer El Quijote, dos notas.
Por qué releer El Quijote, dos notas, en páginasDigital.es, y que siga el verano.
domingo, 17 de agosto de 2014
Tristaina, una tarde. Andorra
Tristaina es un nombre de resonancias sorprendentes. ¿Hay entre las peñas, o suspendido sobre los lagos un humor intenso y turbador para este inquietante título?
Ascendemos hacia el circo glaciar. Con su monótono tintín, unas esquilas atronan por el valle. Van al cuello de unos caballos enormes, que rastrean la hierba con sus grandes hocicos. Estos percherones, de paso corto y bamboleante, son de una piel amarronada y polvorienta, de una crin blanca sin brillo. Nos aproximamos a la recua, y alguno estira mansamente el cuello, como esperando una caricia. Son caballos para carne.
Luego el terreno baja suave hasta dos lagos.
Desguarnecidos de árboles, quedan como grandes planchas azules encajadas en las
breñas. El azul, casi cobalto, de una pureza fría y lisa, levemente contradicha
en los destellos punteados por la brisa al rizar las aguas. Miles de reflejos se
agitan en una cadencia ininterrumpida, mientras las nubes planean su corpulencia
sobre el circo glaciar. Entonces, un inesperado centelleo rompe el irregular
ritmo: un pez cuartea el espejo desde dentro y atrapa una mosca de agua. Un pez
lento, convulso en un instante por el enigma de la sangre ciega; una mosca creada
solo para rozar esta agua, hoy, este instante. Los breves círculos concéntricos
se disuelven al poco en la lisura de la superficie. Nada recordará este
contrapunto bajo la luz tenue de la tarde.
Seguimos. Los pies buscan el camino justo entre el capricho
de las piedras, los retazos de hierba, las lajas de pizarra que permiten cruzar
el animado riachuelo. Enfrente y arriba se curva el circo en un collado,
principian las escorrentías y se desenvuelve la lengua blanca del nevero: es de una
blancura sucia, que en un chispazo de memoria trae el tono de las crines
descuidadas y apelmazadas de los percherones. Pero ya hace tiempo que callaron
sus esquilas. Ahora, sobre el silbido del viento, se alza a la izquierda uno de
los picos de Tristaina, como su cabeza: la ronda una neblina desfibrada, como
uno de esos pensamientos vagos que sabemos que no tardan en disiparse,
demasiado perezoso aquí para ascender o para bajar por el exiguo nevero de
agosto, y osar la invasión del valle.
Descendemos. Al hilo del riachuelo -ahora más cerca de
nuestros pies, ahora apartado por el capricho de la senda-, se destacan o se
ensordinan las habladurías del agua, lo único que la montaña dice a nuestros
oídos. Desde este extremo íntimo del circo se ven los lagos de tinte azul y
negro, amplias horizontales que alivia el estrépito de la insistente
verticalidad y de las grandes masas inquietas de las nubes. Pero todo es más
sereno al mirar la cercanía: al amor de una roca se arriman unos rododendros,
con sus acentos carmesí sobre la sección de la piedra: en su faz golpeada e
irregular, se destacan los líquenes de un verde casi fosforescente sobre
estratos purpúreos, ocres, achocolatados, de grisuras indefinibles… No lejos,
humildes se levantan ramilletes de saxifragas de pétalos blancos, que según la
convicción legendaria de Plinio y los antiguos, son capaces de romper hasta las
rocas con sus raíces, de ahí su nombre, que sabe el latín de saxum y frangere.
También las prímulas, de sonrojo incipiente y perpetuo, y el erigerón, con su
sinceridad sin coloretes, y otras florecillas de breves cabecitas púrpuras y
añiles, aligeran la atonía del verde sufrido que todo lo abraza.
Antes de abandonar el circo, algo atrae la vista: al
perfil de una loma que se desmaya hasta el lago dormido, en el escorzo de un giro
brusco, le ha salido un arbusto grande de raíces al aire y ramas enhiestas como
los dedos de una mano crispada. Queda una estampa con carácter dramático que
responde al azote del viento y la nieve. Pero ahora, aún bajo esa forma
exasperada, recuerda a una dormición apacible en la tibieza de las luces de la
media tarde.
Tristaina, al descender por las enjutas sendas que
nos devuelven al punto de partida, a los abetos y al agua amplia y
sonora que alegra los chopos y los abedules, ya no me hago más preguntas. Una espesa
neblina, pienso, pronto vendrá a enfriarlo todo.
jueves, 7 de agosto de 2014
Por qué releer Los Buddenbrook, de Thomas Mann: dos notas
Lo cuento, en esta serie de relecturas para el verano, en páginasDigital.es
domingo, 3 de agosto de 2014
Picasso frente a Velázquez: Las Meninas en blanco y negro y color, de Rafael Llano
Lo cuento en la página web de Aceprensa. Una buena lectura para los aficionados al arte que quieran profundizar en sus implicaciones más humanistas y culturales. Y dos grandes, Velázquez y Picasso, puestos a dialogar...
Con esta obra se inaugura la colección “El festín
de Babette” de Mishkin Ediciones, editorial dedicada al redescubrimiento de la
identidad plural y abierta de la cultura europea.
Ah, Mishkin, el príncipe Mishkin de El idiota de Dostoievski, porque ya se sabe lo que es capaz de hacer la belleza, la Belleza, si se le deja...
viernes, 25 de julio de 2014
Té verde
Es cierto que, de entrada, el sabor puede recordar al de un puñado de césped pasado por un cedazo. Perdón por el símil, pero siempre llegamos a lo desconocido desde lo conocido, con un poco de imaginación y otro de valentía. Recuerdo aquella primera vez: cuando llegas al reino de los tés, te embriaga una atmósfera exótica de mundo heterogéneo y colonizadores británicos, pantalones beig cortos y calcetines altos, mucho calor, recolectoras con sari, El corazón de las tinieblas de Conrad... no sigo con las asociaciones porque me parece que me estoy psicoanalizando, y por aquí uno nunca sabe hasta dónde puede llegar o hasta quién o incluso si hay un quién ahí en las oscuridades del pasillo interior o un manojo de pulsiones... bueno, atrezzo freudiano con en el que nunca me he vestido, y menos ahora con estos 37º a la sombra.
Sí, recuerdo la primera vez: aquella exuberancia de aguas calientes especiadas, sus cajitas de cartón ordenadas en las baldas del supermercado y aquellas leyendas casi de autoayuda al dorso: que si antioxidante, equilibrio, quemagrasas, bienestar... Lo que no es retórica no existe: lo crucial es que sea verdad. Pues eso, té verde: el té verde descuella entre la multitud de híbridos herbáceos 'para dormir', 'para relajarte', 'para adelgazar', 'para averías somáticas diversas', 'para sacar al perro', 'para cuando no se te ocurre otra cosa mejor', 'porque sí'... Pero ahí estaba el té verde, en su simplicidad comunicativa de color primario (o secundario, depende desde dónde se vea), y en sus potencias curativas cuasimágicas: entre todas, recuerdo su detención del alzheimer -ya se ve que funciona-.
Y su origen chino. Me transporta al Liang Shan Po, aquel río mítico de aquella serie mítica de mi niñez, cuando los héroes como Chin Lu se atiborraban a té y vino de arroz (la verdad es que no he probado este último asunto, pero siendo valenciano, me da cierto repelús). Supongo que no hay nada más capaz de acoger y sublimar cualquier excrecencia imaginativa que los olores y los sabores y las músicas. En ellos cabe todo, son una enciclopedia caprichosa e imprevisible, seguramente porque refieren a realidades "menos materiales" que las que captamos por la vista (aquí sigo a Santo Tomás de Aquino). Si alguien me dice que el té es una invitación a la espiritualidad, no le diría que no, al menos por el contraste con nuestra dependencia de las imágenes, tan hipnóticas, que nos arrebatan la atención, a veces tan impositivamente. El té, su invisibilidad aromática y gustativa, me recuerda a la lectura: un montoncito de tinta sobre un montoncito de fibras vegetales (de entrada, algo no muy atractivo), y el resto es nuestro aporte espiritual.
Paladeo una taza de té verde, y al entrecerrar los párpados sé que se me achina el rostro, aunque Chin-Lu no me esperará para remontar justicieros el Liang Shan Po; y aunque, lo reconozco, en el fondo sigo siendo incapaz de liberarme de esta ciega fe en el césped.
miércoles, 23 de julio de 2014
Por qué releer Persuasión, de Jane Austen: dos notas
Y claro, no podía faltar la tía Jane; lo cuento en páginasDigital.es Espero que estéis teniendo muy felices vacaciones. Este blog piensa seguir en activo todo el verano, así que pasaos cuando queráis.
martes, 15 de julio de 2014
miércoles, 9 de julio de 2014
Por qué releer Anna Karenina, de León Tolstoi: dos notas
Otra sugerencia de lectura veraniega que cuento en páginasDigital.es
martes, 8 de julio de 2014
jueves, 3 de julio de 2014
viernes, 27 de junio de 2014
lunes, 23 de junio de 2014
Áspera nada, de Juan Meseguer: cuatro notas de lectura
I.
Dos líneas apresuradas sobre nuestra posmodernidad la
describirían como el todo vale, la ironía total y algún otro rasgo trasgresor… Pero podrían olvidar que no es más que otra tradición, con sus mediadores, dogmas, ritos e
instituciones -qué terquedad esta la de la vida, que termina convirtiendo en una
nítida fila/filia hasta los filos más cortantes e impíos-. Siendo honestos con
la realidad, posmodernidad también es Áspera
nada, de Juan Meseguer. Trae a la contrastante polifonía de nuestros días una tradición sapiencial y una sensibilidad de miles de años. En nuestra libre
concurrencia de discursos, el reconocimiento de una voz no viene de la ausencia
de raíces o de una refinada ironía sobre todas las cosas, y después de mí, el diluvio; viene –entre otras
razones- de lo que le pusieran en el hatillo sus mayores, su provisión de ecos,
su potencia, pero solo en cuanto bien actualizada. Y mi opinión es que las mejores voces son las que aportan al todo-al todos heterogéneo en que vivimos, sin renunciar a su filiación; sea poética, política, ética, espiritual... Se trata de aportar con generosidad.
II.
Meseguer se ha esforzado por una puesta al día de las
tradiciones morales y textuales de los profetas bíblicos y de los salmos. Muchos
de sus versos me recuerdan al empeño análogo y a algún verso de La tierra baldía, más a los Cuatro cuartetos, pero sobre todo al Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot. Estilo
profético: los elementos naturales representados –la roca, el trigal, el
volcán…- no aparecen capaces de ilusionarnos con sus valores sensoriales, sino
siempre en su fuerza simbólica; imprecaciones, ironías lacónicas… esta voz dice que el tiempo apremia, que hay que atender la llaga esencial bajo la mortaja
perfumada. A mi gusto, una voz necesaria, una espuela en los ijares del mainstream.
III.
Concisión cortante en el verso, tensión represada. Y un
buen ritmo, para decir los versos en voz alta, para el epigrama admonitorio que
ha reflexionado a fondo y viene con sus imágenes particulares y líricamente eficaces:
La luz de las
aristas no es más dura
que la del corazón a
medio hacer.
IV.
Libro áspero, del desencanto radical con las
hipocresías de la condición humana; desencanto que no queda aparcado en
nostalgia, sino apuntando al dolor moral que desnuda y prepara para la llegada
de la gracia, de la liberación interior. Hay progresión espiritual, desde la denuncia individual y
comunitaria –de la que no se autoexime la voz de los poemas- hasta el cara a
cara con Dios, la súplica, la apuntada esperanza. Pero solo apuntada, porque la
unidad temática y anímica es sostenida para reflejar este duro momento vital. Que pide
otro. Se verá.
viernes, 20 de junio de 2014
miércoles, 18 de junio de 2014
La cocina del Máster Universitario en Escritura Creativa UCM: notas de fin de curso
Looking for his Master (after Turner)
JM Mora Fandos. Acuarela sobre papel
I.
Estamos de acuerdo: lo más interesante de un máster en escritura creativa es ponerse el delantal en octubre, y no quitárselo hasta junio. Alumnos y profesores. En el Máster Universitario en Escritura Creativa de la Universidad Complutense, estoy en el segundo grupo; pero, con las manos en la harina, he descubierto que grupo solo hay uno: como profesor, encuentras novedades, miradas diferentes, materiales, actitudes que te forman... Descubrir es aprender.
II.
Por no hablar de los fallos. No son pocas las veces que el fallo detectado en el alumno lo ves también en ti: patente, o al acecho. La lectura crítica de los textos aviva la conciencia crítica en la escritura propia. Genera una carga moral, una gravidez en la escritura sin la que no puede haber buen trabajo. El peso de las alas, no hay vuelo sin gravedad.
III.
El fallo como oportunidad de mejora es una excelente pedagogía, cuando se cuenta con un recorrido de meses por delante.
IV.
El compromiso del escritor es con el habla de la tribu, de la que viene, y a la que va; es decir, con el otro.
V.
En la cocina se habla mucho, pero con las manos en la masa.
VI.
¿Se puede enseñar a escribir? ¿Se puede enseñar a respirar? Y, sin embargo, qué mal respiramos.
VII.
Al terminar este curso, respiro mejor.
VIII.
¿Se puede enseñar a ser un gran escritor? Acabo de leer un artículo de Mary Wakfield, editora adjunta de The Spectator: "El método Suzuki no hizo de mí una gran violinista, pero me cambió la vida". Seguramente, como en la música, en la escritura no se trata de ser quien no se es, sino quien se es, pero no se sabe; y eso exige una insistencia, una apertura, un cambio, a mejor.
IX.
Nunca le he prometido a nadie que la escritura fuera a ser su vida. Pero no dejo de persuadir al alumno de que la escritura es vida.
X.
¿Publicar? Eso es otra cosa. De la que, por cierto, no hemos dejado de hablar.
XI.
"Sigue trabajando el texto". Cada plato tiene su cocción... la de la mente del escritor.
XII.
"Show, don't tell", "Slow write", "Process"... Aprendiendo de los chefs norteamericanos.
XIII.
"Nos has comentado lo que piensa Flannery O'Connor, pero ¿qué nos dices ahora tú?" El arte de la digestión en público.
XIV.
De la información al conocimiento, del conocimiento a la sabiduría. Verdadera transgresión.
XV.
Cuando T. S. Eliot pasa a ser tío Eliot.
XVI.
La audacia para con la belleza inarticulada se llama sintaxis.
XVII.
Contempla, explora, dispara, recoge, ordena, modela, poda, modela, revisa, poda, modela, revisa... duerme: disfruta siempre.
XVIII.
Estilos, poéticas, géneros, tics... empanadillas, lasañas, bacalaos, paellas... recetas y fogones.
XIX.
Solo soy un profesor del Máster: hay mucha más gente: editores, escritores, críticos literarios, periodistas culturales, traductores, guionistas, gestores de marca personal, profesores invitados...
XX.
Si te tienta ponerte el delantal el próximo curso, bienvenida o bienvenido a la cocina. Plazas limitadas, entra sin llamar.
martes, 17 de junio de 2014
El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez: cuatro notas de lectura
I.
Me gusta, sobre todo, la primera parte, "Aquellas infinitas escaleras". No siempre sabes por qué, pero el no saber no quita que te guste. O precisamente te gusta más porque no lo sabes. Debe de ser una ley de recepción lírica -esto ha quedado muy pedante-. Pero algunos porqués sí creo que los sé. En "Ocurre a veces que al llegar a tu casa/..." hay una humanización del espacio, como una extensión de la amada. Llegar allí no es llegar hasta ella, es llegar a ella. Y eso no es un modo de sentir que JSM haya inventado, porque nos ha ocurrido, nos ocurre a todos: este largo pasillo es Amparo, estos pinos Julio, esta ventana, expresada de lluvia, Chelo... Lo bello, lo verdadero es que JSM lo haya hecho poema, sin declararlo, solo con la imagen.
porque vivir es temblar al sentir
que voy llegando a tu casa,
II.
O esos finales de poema, rasgo de estilo del autor, donde se evita un cierre redondo, donde algo queda como sin resolver, en tensión.
El día de ayer ha sido irreparable,
amargo.
...
Y llego tarde a casa,
pero prefiero verte.
III.
Me gusta la imagen del título: El violín mojado. Un violín mojado se ensordece, se le enronquece la voz. La caja de resonancia cae en una pulmonía. Se puede tocar con él, pero toda nota recordará la enfermedad, aunque la melodía sea brillante, quiera cantar la belleza. Un violín mojado puede ser una bella imagen de la condición del hombre, de cualquier hombre o mujer.
IV.
Pero me gusta pensar, y lo creo, que los violines mojados pueden reavivar su alma, esa pieza íntima que reparte el sonido por la caja de resonancia, que recoge todas las tensiones y los matices; siendo lo más delicado, es lo más fuerte. Otra ley, también condición de escritura y de vida.
viernes, 13 de junio de 2014
jueves, 22 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han: cuatro notas de lectura
I.
Si alguien no anda algo cansado -pero profundamente-, no entenderá este librito. Para este filósofo coreano formado en Alemania ya no sirve el paradigma inmunológico para representarnos lo que nos pasa. No es que vayamos defendiéndonos del extranjero, de lo distinto, como de un virus -eso tuvo su momento-; es que todo lo digerimos ahora, todo nos vale, porque todo lo hemos desactivado en su carga negativa, y de lo que se trata es de dedicarse a producir, a abundar, a positivar dejando atrás cualquier escala. No lo dice Han, pero es algo conocido y congruente con su pensamiento: hemos pasado de la constatación de la diferencia del otro a la actitud de indiferencia hacia él: el otro, lo otro, ya no es amenaza, si uno tiene suficiente cobertura social, cultural, económica para poder ir irrestricta e infinitamente "a su bola". Resultado: toda suerte de enfermedades neuronales. Un cansancio insano.
II.
Una sociedad neuronalmente cansada -tú, yo-, depresiones, ansiedades, tdah... Una obesidad mental, y finalmente espiritual, un sobrepeso que impide volar. Las restricciones de equipaje impuestas por las aerolíneas low cost podrían ser aquí una metáfora ascéticamente redentora. A lo mejor la vida debiera tener mucho de eso, de ir haciendo maletas pequeñas. La negatividad del " ...no meto esto, ni esto, el microondas tampoco hace falta..." como salvación del alma.
III.
Deliciosa la sensibilidad hermenéutica del autor, su búsqueda de metáforas, símbolos, la conciencia de la representación para la comprensión. Y de ahí la felicidad de este librito de utilizar tan hermosa y sabiamente a Nietzsche: troquela Han el mejor Nietzsche, a ese que entre áspero y áspero cacareo pone uno de sus impagables huevos de sentido común. El coreano sabe donde los tiene el estridente alemán.
IV.
Otro de los atractivos del libro, su brevedad. Hace honor a lo que propone: adelgazar la positividad del hiperrendimiento y del vértigo productivo, negándose a un largo ensayo que viniera ribeteado de notas al pie, o trufado de intracitas, megacalórico como una tarta sacher. Menos es mucho más. Como este estilo del librito, que es un casi no estilo casi insultante, diet-friendly, de razonamiento "al grano". Qué diferencia con las double cheese burguer de un Sloterdijk o de cualquier posmoderno canónico. Qué descanso.
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