AVISO PARA QUIEN QUIERA COMENTAR

¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?
T. S. Eliot, Coros de La roca, I



lunes, 23 de abril de 2012

"Perspectivas" de José Saborit: cuatro notas de lectura


Perspectivas
de José Saborit

Hace ya mucho tiempo
que cruzaste el umbral y ahora braceas
en aquel porvenir que imaginaras,
en las aguas extrañas de un presente
que nunca te pudiste imaginar,
en esta edad adulta irreversible
en que todo se cumple de algún modo.

Caminas por la calle y mudo observas
tu propio caminar desde el pasado,
la ciega expectativa que trazaste
en los días remotos,
abiertos al transcurso de los años,
en esa breve edad
en que todo se intuye de algún modo.

De los muchos posibles
que tú pudiste ser,
ninguno tan ajeno, tan distante,
como el que ahora eres y, a la vez,
ninguno tan cercano
en el clan familiar de lo posible.

El que fuiste soñaba un yo seré,
y el que ahora ya eres evalúa
los sueños del que fueras:
en ellos reconoce
las cifras del fracaso y las ganancias.

Qué extraño es ir cambiando y ser el mismo,
seguir desconociendo uno tras otro
a todos los intrusos que circulan
bajo tu faz versátil;
dejar que el tiempo pase succionando
las arterias abiertas de la vida,
dejar que el tiempo pase y ser el tiempo.


I.

“Darse cuenta”. Al leer “Perspectivas”, de José Saborit, me puse a cavilar esta expresión. Porque “Perspectivas” habla de darse cuenta: percibir, tal como lo entendemos en su sentido directo, habitual; pero cuando, además, es percibirse, darse cuenta es darse a sí mismo una relación, un relato, un cuento. Darse un cuento para percibirse. Narrarse. Y a eso vienen estos versos narrativos.

II.
Que todos le vamos dando vueltas a la cuestión de la identidad, ya desde hace largo tiempo, es algo bien sabido: serán estos tiempos penumbrosos, de los que no puede salir un clásico, según asegura Eliot, que con los dedos de una mano contaba los clásicos que en el mundo han sido, y les ponía de causa-condición una armonía de homogeneidades lingüístico-literario-culturales-espirituales que nuestro hoy moderno desconoce.

Y sin embargo tiene algo de clásico “Perspectivas”, aunque no sea clásico de pole position eliotiana –ya digo que lo de la mano es tal cual-. Pero clásico horaciano, sí: tiene de esa dicción alta, de ese vocabulario en el fiel de lo escogido y esmerado que la metáfora o la imagen sin ambigüedades precisan –si bien en este poema, por su carácter, la discursividad y la idea toman la voz-. Y también moderno, por esos artificios con que el yo se “da cuenta”: el desdoblamiento en voz admonitoria y tú silente y desconcertado; la ilustración de la paradoja de los muchos y el uno en una continuidad problemática, pero continuidad.

III.

José Saborit lleva toda la vida mirando; es decir, atento. Ser pintor al tiempo que profesor de pintura significa transitar el espacio entre lo icónico y lo verbal. Espacio distinto del espacio acotado de los polos, otro espacio en su sustancia, porque es espacio intermedio. Riesgo, creatividad… las “miradas cruzadas” o que se cruzan ahí, tienen su alto paisaje y su cortante responsabilidad.

Mirar: pintar, decir. Estrategias, usos y finalmente hábitos -no todos- del “darse cuenta”.


IV.

Meditación sobre el tiempo, no solo como erosión física, sino como condición antropológica. La antropología, esa metafísica de lo humano. Y ahí, la extrañeza: su expresión en la última estrofa, donde el doblete yo y tú parece desestabilizarse levemente, porque la enseñanza moral conmueve a la propia voz admonitoria, que se reconoce inerme ante la misma temporalidad que ilustra. Esos “qué” admirativos aporticando la estrofa lo delatan.

Mirada y temple estoicos –y asombrados- para el tiempo; y sobre todo para ese hiato de uno consigo mismo, “Cómo tiembla y descorre / la trémula cortina del instante / precario del ahora”, canta en otro poema, dedicado a los seísmos, donde intuimos otros suelos que los de basalto, arena y arcilla maleables… aún más precarios. Mirada y temple para esos raros momentos –pero inexorables- en que la vida y el arte imponen un alto y un re-cuento. Un darse cuenta. 

En La eternidad y un día, Valencia, Pre-Textos, 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

"Apunte biográfico" de José Luis Piquero: cuatro notas de lectura

"Apunte biográfico"

de José Luis Piquero

                                             Like dogs to bark at my world
                                                     Stephen Spender

Pero también a mí­ me partieron la cara
en más de una ocasión. En aquel tiempo
temí­a -como Spender- a los chicos del barrio,
matones con jerseis de Benasque y playeras
que odiaban a las madres y a los niños con gafas.

El miedo, pienso ahora,
es una presa fácil. No se explica
de otro modo la astucia, aquella maña
que se daban para atraparme siempre,
aunque volviera por otro camino
de la escuela o bajase a comprar el pan
a donde era más caro pero estaba más cerca.

Eran hábiles con el cigarrillo,
conocí­an las zonas donde la quemadura
podí­a doler más. Algunas veces
les bastaba el insulto desde lejos.
En los dí­as de fiesta eran más peligrosos
porque tení­an tiempo de sobra por delante
y el escenario idóneo de una calle aburrida.

Y lo que más lamento ya no son los cuadernos
de dibujo manchados de tinta o los tebeos
que un dí­a me quitaron, sino el otro
expolio de mi infancia ignorante y feliz,
la fe ciega en un orden de las cosas,
la armoní­a del mundo que, prematuramente,
hicieron mil pedazos en medio de la calle.

Y sobre todo el odio, el rencor insensato
de tantos años hacia los adultos:
Pasaban en silencio, sin mirarnos.
Siempre llegaban tarde a impedir las peleas.


I
En este, como en otros poemas de Piquero, me sorprende esa difícil facilidad para conectar el habla cotidiana a la red de voltaje poético. Y ahora me refiero solo a la métrica. Ahí van esos endecasílabos, alejandrinos (esa conjura de acento en sexta con que el diapasón de la poesía de la experiencia templó nuestros oídos en los 80s) como si la adquisición del castellano por cualquier hijo de vecino, dotara del mágico instinto. Pero no, no viene de fábrica. Hay que currárselo. Y mira que cuando uno se arrima a la tradición es fácil volverse sentencioso y grave. Así que, sin duda, aquí se cumple esa renovación-dentro-de-la-tradición que el lector de poesía siempre espera, como si fuera lo más natural. Cuando es al revés.

II
"Pero también a mí..." casi que nos hemos encontrado, in medias res, al girarnos en nuestra butaca de enea como viniendo de otra conversación, con el monólogo del capitán Marlow, atento a los misterios de la vida. La cualidad oral del poema es patente. Es el monólogo dramático de Browning, la segunda de las tres voces de la poesía según Eliot, que se dirige a una pequeña audiencia a la que hemos sido invitados, y ese asentimiento poético nuestro nos aguza los oídos, porque nos sabemos hablados; monólogo que, al final, en el "mirarnos" nos abraza a todos en una experiencia compartida, universal que remonta la anécdota. (Y aquí me acuerdo de Jim y del "uno de los nuestros" de Conrad).

III
La experiencia bien enfocada y delimitada, la luz natural, la secuencia ágil de flashes, el laconismo de la cámara que resume... cine clásico europeo; el léxico en su punto de propiedad, ni crudo ni muy hecho... la mejor poesía de la experiencia siempre ha ejercido una pedagogía de la lectura poética, simultánea al propio poema.

IV
Es notable la inteligencia del autor para conceptualizar lo experimentado, sintetizar su esencia existencial-moral y lirificarlo al fin, o al paso de todo el proceso (aunque a veces uno -yo- no esté vitalmente de acuerdo con las experiencias y síntesis de otros poemas suyos). No he tenido una experiencia tan traumática, pero puedo identificarme con la voz del poema en este universal asunto del desvalimiento ante el mal; esos momentos en que se palpa el sinsentido, y que en la niñez tienen primera parada; y en esa responsabilidad del adulto... en que uno acaba convirtiéndose.

Es verdad que se canta lo que se pierde; pero no solo: ¿merecen también un canto nuestras absoluciones? 

Pero ya me estoy yendo por las ramas. En todo caso, buen, muy buen poema con el que abrir esta antología de mis poemas favoritos.

viernes, 6 de abril de 2012

El soplete de J. S. Bach y Karl Richter




Acabo de escuchar una primera parte de la Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Más que escuchar, he visto el vídeo de la versión de Karl Richter, con el coro y orquesta Bach de Munich: 1980.

Es (casi) teatro. La producción es intencionalmente dramática: el escenario consta de planos desnudos, tintas planas (blancas, verdosas, grises), perspectivas, aristas, iluminaciones contrastantes, volúmenes grandes que pesan, casi comprimen (como la enorme cruz sin crucifijo que flota acostada sobre el coro)... para mí, una puesta en escena existencialista, donde el barroco de Bach atraviesa una atmósfera despojada, angulosa, fría, cortante... hasta las narices de soprano y contraalto, la de Richter -y sus brazos exactos- son enfocadas a sangre sobre el fondo neutralizado... Bach sale bien, sobresaliente, de ese careo con la nada de etiqueta; no conozco nada, todavía, que se haya resistido al soplete de Bach.

En mi propia maraña cordial, esta producción se constelaba con El espía que surgió del frío de Le Carré, la guerra fría, los espías, el flamante muro incapaz de sospechar 1989... 

Y Bach sigue volando, coreografiado por un existencialismo visual, o cantado en scat por Bobby McFerrin, o en el trío aswingado de Jacques Loussier... elevando a un plano espiritual todo lo que toca. 

lunes, 2 de abril de 2012

Cae la noche


Ahora que vienen los días fuertes de la Semana Santa, me he puesto a recordar algún pasaje especialmente expresivo de los Evangelios; algo en el lienzo de esas narraciones que cuentan la Pasión de Cristo. No he querido indagar más cuando me ha venido casi instantánea esta frase: “Era de noche” (Erat autem nox).

Es breve, y en mi mente siglo XXI podría ser un título de película —seguro que llego tarde—. Una frase que suena bien ahora, y hace dos mil años. En el Evangelio de Juan (XIII, 30) queda escrita punto y seguido de la salida de Judas, dispuesto a traicionar por dinero al amigo.

He de decir que lo que en mi memoria se ha mantenido no es exactamente “Era de noche”, sino “Cae la noche”. Si Juan refiere a la noche, tan escueto, tras el inicio de la traición; si quiere poner esta pincelada expresionista, cargada de sentido por la contigüidad de lo que ha contada inmediatamente antes… entonces yo no puedo dejar de sentir ese “caer”, esa contundencia expresiva, esa retórica fuerte de puñada visual en “Era de noche”, y supongo que por eso, inmediatamente pienso en “Cae la noche”.

Las noches caen, como los días nacen (ortus) y mueren (occasus). Flexiones del lenguaje que, sin embargo, son casi naturales, casi dictadas por el propio sol, o las sombras.

Cae la luz, la inocencia, la visión, como apagón que hace caer, que disuelve de un manotazo; y en otro sentido de caer, caen las tinieblas como pesado telón con su peso opaco, que cambia el escenario, que deja sin el sentido que asistía a las acciones que se representaban sobre aquel fondo —Benedicto XVI escribe en Jesús de Nazaret II, que Judas “sale para entra en la noche”—: es otra escena, otra hora.

Esto comparece cuando contemplo ese “Cae la noche”. Y pienso (casi) por instinto de supervivencia en un alzamiento, en un sol que nace. Y recuerdo que hace falta una travesía de sábado —y recuerdo que George Steiner escribe que solo caminará hasta el sepulcro del gran hombre, que no podrá ir más allá—. Yo acompañaré a Steiner, pero tampoco podría ir más allá; si no fuera por un don inmerecido, impensable e insospechado, como las buenas metáforas. 

miércoles, 28 de marzo de 2012

Mirad a la serpiente


Mi amigo Vicente Huerta me dice que ha puesto un texto de Simone Weil en su blog; en seguida le hablo de cb, la persona que más sabe de Weil, y que no es la suya una sabiduría como acartonada, de isbn y notas al pie, sino cordial y creativa; y también le hablo de Möller, de esos tomos donde el belga pasa por su sabio cedazo y su piadosa sensibilidad a tanto escritor del siglo XX. 

Bueno, me voy a leer el texto de Weil. Comenta ella ese pasaje del libro de los Números, donde Moisés hace -diseña, modela... qué tiempos, donde el gran hombre valía para todo, con la gracia de Dios, claro- una serpiente de bronce, a la que miraban los israelitas recalcitrantes -aquellos que se acordaban de las ollas de Egipto, de los puerros y los nabos, que despotricaban de Yahvé, y eran mordidos por las serpientes del resentimiento y del desierto- para recobrar la salud. Decía Hölderlin: donde está el peligro, allí está también la salvación. Y no sé si está bien traído aquí, o no, pero yo siempre me acuerdo del alemán cuando pienso en las serpientes de Números. 

Weil pone la salvación en la mirada, en ese texto tan bello. Levantar el punto de mira, ansiar esa gracia. Mirar, pero como el campesino que pone sus músculos al servicio de la limpia de hierbajos; qué cosa tan humilde, que obligación al suelo. Paradoja. Y a lo mejor es lo de San Juan de la Cruz, baja si quieres subir; a lo mejor. Para mí que sí. Para mirar arriba, hay que mirar abajo. 

La salvación tiene ese sesgo estético, de mirada, de espectador -y lo digo cuando sé que esta palabra va cargada hoy de esteticismo, de pasatiempo voyeurista, a lo que denunciaba Kierkegaard-; pero yo me quedo con la mirada del peregrino que llega en el siglo XIII al monasterio de Leyre y se queda allí en la puerta bajo el pórtico, con la boca (medio)abierta, imantado a las figuras de piedra; incapaz de separar -eso solo lo hacemos los modernos- la belleza y la salvación.

Donde había maldición (serpiente) hay salvación ahora (¡serpiente!, no se ha ido), y además -o mejor, precisamente ahora- belleza. 

viernes, 23 de marzo de 2012

Velada poético musical en la Universidad de Navarra

En el mini-minitaller de escritura que tuvimos anteayer en el alto de la cafetería del Faustino -que tenía algo de cosa casi clandestina; qué bien-, en el edificio central de la Universidad de Navarra, salía el asunto del punto desde el que se escribe cuando uno escribe sobre algo que uno ha hecho. Contar siempre pide un punto. Y como quiero contar algo de lo que fue, he tenido que pensar ese punto. 

La verdad es que incluso para relatar un hecho de cinco minutos, tienes que elegir un punto. Narrar, como vivir, es una continua elección de puntos. Pero no me pongo existencialista, que la cosa no es como para angustiarse -aunque la tentación sartriana, que hay que resistir, está ahí-. Hay elecciones muy gratas. Sobre todo cuando veo que de los posibles puntos, uno sobresale con claridad, y que es el agradecimiento.

Y muy agradecido estoy a Marta Revuelta (Servicio de Actividades Culturales), Teresa Grandal e Inmaculada Setuáin (bibliotecarias y almas de Leyendo se entiende la gente), Marcela Duque, que puso empeño en que todo ocurriera, y así ocurrió, y a todos los que hicieron tan enriquecedora la visita.

Y empezando por el mini-minitaller. Siempre ocurre: con alumnos motivados, el profesor se suelta. Raquel, Fernando, Iñigo, y me dejo nombres, ay, porque no me acuerdo (lo siento), me dieron pie para volver con estas cosas de la escritura personal, cotidiana... que salen en este blog. Interesantísima comparación de Fernando: la de la concreción de los colores sobre la paleta del pintor, con la inconcreción relativa de las palabras en la mente del escritor, de cualquier hablante. Y esto venía a raíz de una ronda de decir colores, y la teoría de Eliot sobre la música de los sonidos y la de los significados...

Bueno, hubo más personas y más cosas a lo largo del día, muy enriquecedoras también, que me hacen caer en la cuenta de que al punto de narración del agradecimiento le estoy imponiendo ahora un contrapunto de brevedad, de ir a lo más público... así es en las narraciones: narrar, como vivir, supone también ordenar, clasificar, relacionar los puntos, guardar puntos para otras narraciones.

Pues ya estábamos a las 5 pm Juanfra y yo montando el tenderete y afinando -me olvidaba de Juanfra Pérez Mengual, guitarrista y 50% del dúo-. De entre el repertorio, tocamos "Pausas", una composición flamenca del propio Juanfra, donde tomé la trompeta, un poco a lo "Flamenco Sketches" de Miles Davis. Y ya en la actuación, pues entre poema y poema, canción; también algún fragmento de Leer o no leer y Tan bella, tan cerca. Bastante público, y muy buenas vibraciones. Eso, cuando estás en el escenario, lo notas enseguida. Y lo agradeces.

Y al finalizar, un coloquio breve, pero muy interesante, como ocurre siempre que conversas con personas inteligentes y sensibles. Así que mientras guardaba el saxo y la trompeta, notaba que muchas sugerencias se colaban en las fundas de los instrumentos. Tiene toda la pinta de que no me dejarán tranquilo hasta que aparezcan impresas. Sí. Agradecimiento al cuadrado. Superpunto.

jueves, 15 de marzo de 2012

Tengo que escribir


Son las 19:40, miro los reflejos bobos de la farola en el cristal de la ventana. Sé que tengo que escribir. Podría haber echado un vistazo a los objetos de la mesa —de hecho lo estoy haciendo—, y hubiera sido lo mismo: “Tengo que escribir.” Es un voluntarismo. ¿Sí? No será el único, a estas alturas del día. O bajuras ya. Y tampoco estoy seguro de llamar a esto voluntarismo. Cuánto porqué que va ahí, de chanchullo, hay en cualquier acto; como de tapadillo. Y no me escoro hacia el psicoanálisis. 

Siempre que pienso en esto, aparece una cuerda de tres hebras, desmochada. Aparece una imagen, quiero decir. Mi símbolo de las partes y el todo; de la cooperación; de lo entreverado que es, en el fondo, vivir.

Son las 19:49 y creo que ya he escrito. Dejaré que la voluntad descanse un rato. 

martes, 13 de marzo de 2012

Las Fallas, unas grandísimas fiestas


Hablar de tus propias fiestas te puede poner en un dilema: o darte a la exaltación desmedida; o sucumbir a una pose de crítica hiperinteligente que no deje nada bajo la hoz de la ironía. Creo que he superado el dilema. Me siguen pareciendo unas grandísimas fiestas, y a la vez entiendo que, como todo bajo el sol de esta galaxia, tiene sus imperfecciones. 

A mí no dejan de sorprenderme las Fallas. Me sorprende lo completas que son: música, bellas artes, gastronomía, pólvora, castillos de fuegos artificiales, tradiciones culturales y religiosas... pero ahora solo voy a indicar las dos cosas que más me admiran y gustan.

La primera es su carácter participativo. No es solo Valencia capital: es en cada pueblo de la provincia. ¿Y qué ocurre ahí? Pues que se da una red de asociaciones -els casals-, por barrios, que agrupa a familias y a particulares, sin distinción social; que cada asociación -que comprende un área de calles- vive con sentido comunitario estas fiestas. Asaltados como estamos, constantemente, por la pérdida de identidad en nuestras ciudades, mordidos gravemente por las enfermedades psicológicas derivadas de la soledad, empujados a una casi natural desconfianza hacia el entorno social más inmediato... pues, en medio de todo esto, percibir estas redes de humanidad personal, familiar, comunitaria me parece algo de una gran fuerza identitaria. Esta red tiene un profundo sentido democrático -con todos los problemas que puede tener una democracia, claro-. Las Fallas son modernas, y son de siempre.

Y la segunda es la valoración de la mujer. La elegancia de las falleras es llamativa. Trajes, peinados, pasacalles... algo se ilumina en estas calles; hay algo antropológicamente muy valioso en esta potenciación de lo femenino, que trae a la presencia de cada mujer concreta un aura de atractivo y de luz. Algo que viene a decir que las cosas pueden ser de otro modo, que el cuerpo femenino que aparece industrial y comercialmente despersonalizado a diario, que los rostros neutralizados y tachados en su personalidad, pueden ser devueltos a la luz irrepetible de cada mujer. 

Me encantan las Fallas.

jueves, 8 de marzo de 2012

Lo que no valdrá decir



Es verdad: antes fotocopiábamos mucho -antes, quiero decir, antes de internet-; si el conocimiento era poder, lo entendíamos como una pila de voltios: se trataba de almacenar cuantas más pilas mejor. Y si no tenías mucho dinero, pues fotocopiabas para aprender, para escribir, como la hormiga de La cigarra y la hormiga.

Se llevaba la memoria fotográfica. Se entendía así. La memoria-contenedor.

Ahora, que en tu pendrive cabe toda la filmografía de Hitchcock, las cosas ya no son así. Ahora puedes ser más cigarra. Debes ser más cigarra: más creativo. Pero siempre hay que almacenar algo, claro. 

Maria Popova en Brain pickings dice que lo que se debe "guardar" ahora es nuestras conexiones con las cosas y de las cosas entre sí; nuestros marcos para la interpretación de la realidad. Eso es lo interesante. Eso es lo chulo de verdad. 

Pues sí.

Al final, la realidad nos sigue pidiendo lecturas personales, para poder recomponerla, desarrollarla. 

Así que lo que nos van a preguntar no es si hemos traído el pendrive; sino "¿Tienes marco de interpretación?" 

Y no valdrá decir, "Me lo olvidé en casa".



domingo, 4 de marzo de 2012

¿Escribir en los libros? ¿sí?


"Al comprar un libro estableces un derecho de propiedad sobre él, del mismo modo que con la ropa o con los muebles al comprarlos o pagar por ellos. Pero el acto de compra realmente es solo el preludio a la posesión, en el caso de un libro. La posesión plena de un libro solo se da cuando lo has hecho parte de ti, y el mejor modo de hacerte parte de él —que viene a ser lo mismo— es escribiendo en él."

Bueno, esto está muy bien. Lo escribió Mortimer J. Adler, en el famoso libro que coescribió con Charles Van Doren, Cómo leer un libro. Una guía clásica para mejorar la lectura. Poniéndonos un tanto perogrullescos, habría que pensar que, realmente, Adler llevó a cabo lo que estaba diciendo: para leer Cómo leer un libro, tuvo que escribirlo primero; llenar de escritura lo que todavía no se podía llenar; un ejemplo de cómo crear un continente creando al mismo tiempo el contenido. Fantástico.

Pero a lo que yo quería ir es a que me parece verdaderamente interesante lo de escribir en el libro, para hacerlo tuyo, o hacerte de él. Yo no escribo mucho. Acaso unas tímidas palabras, unos fugaces acrónimos a lápiz, en el margen, para que ningún espíritu se levante de las páginas y me afee la conducta.

¿Será un temor mítico, reverencial, al mundo de la letra impresa? Bueno, creo que principalmente es que, cuando se trata de libros de la familia, de amigos, de bibliotecas -que son la inmensa mayoría de los que utilizo-, no me siento con ese derecho del que habla Adler. Acaso, ya digo, con el de imprimir unas fugaces notas a levísimo lápiz, y con la promesa tácita de volver con una goma de borrar; promesa que incumplo sistemática e inexorablemente.

En fin. El libro de Adler, muy bueno. A ver si me lo compro, y esta vez, sí, empujado por el consejo del autor, lo ilumino como un monje medieval a escape libre, en místico arrebato, por pura pasión de leer.

No me resisto a poner la preciosa portada de esta edición original del libro:

How to Read a Book (A Touchstone book)
Mortimer J. Adler
“When you buy a book, you establish a property right in it, just as you do in clothes or furniture when you buy and pay for them. But the act of purchase is actually only the prelude to possession in the case of a book. Full ownership of a book only comes when you have made it a part of yourself, and the best way to make yourself a part of it — which comes to the same thing — is by writing in it.
Why is marking a book indispensable to reading it? First, it keeps you awake — not merely conscious, but wide awake. Second, reading, if it is active, is thinking, and thinking tends to express itself in words, spoken or written. The person who says he knows what he thinks but cannot express it usually does not know what he thinks. Third, writing your reactions down helps you to remember the thoughts of the author.
Reading a book should be a conversation between you and the author. Presumably he knows more about the subject than you do; if not, you probably should not be bothering with his book. But understanding is a two-way operation; the learner has to question himself and question the teacher, once he understands what the teacher is saying. Marking a book is literally an expression of your differences or your agreements with the author. It is the highest respect you can pay him.”

jueves, 1 de marzo de 2012

Por qué la gente creativa no hablamos de dinero


Mark McGuinness, en su buen blog Lateral action, da siete razones por las que la gente creativa no hablamos de dinero. Yo me considero gente creativa, vaya esto por delante. Y estoy esencialmente de acuerdo con él y sus razones; que enumero:

1. porque pensamos que no es importante
2. porque no sabemos como conseguirlo
3. porque no sabemos hacernos valer
4. porque no queremos vendernos
5. porque no queremos parecer codiciosos en un trato
6. porque no sabemos sacarle rendimiento al dinero
7. porque no sabríamos cómo gastárnoslo

De todos modos, vamos aprendiendo -del mismo modo que la gente ejecutiva aprende a combinar una corbata con una camisa-; pero seguimos calladitos.

domingo, 26 de febrero de 2012

Después del siglo XX, de Fernando Ortiz: cuatro notas de lectura


I
Nunca escribí un soneto, y después de leer la breve colección que es Después del siglo XX, es improbable que lo haga. Será cuestión de temperamento, de en qué ha gastado uno sus horas lectoras,  sus tiempos de teclado, no sé… pero además, en este caso, es la lectura de unos ejemplares realmente sobresalientes. Y entonces uno tacha algo de la infinita lista de cosas por hacer. Y solo por esa mínima luz, ese mínimo descargo, uno ya está agradecido.

II
Fernando Ortiz es un poeta que no he leído tanto como quisiera. Mi primera noticia –siendo entonces yo tan joven- vino en una antología de García Posada para Crítica, de poesía española del siglo XX. Recuerdo de aquellos versos una sensación grata, un deslumbre artístico, un imperativo de ponerme a trastear con el endecasílabo, un deseo inconcreto de alguna inconcreta atmósfera sevillana (esos deliciosos ecos, de esa infancia sevillana que nunca tuve -¿o sí?-, me trae el “Memorias de un niño leído” de este librito).

III
Pero no solo hay sonetos. La breve introducción ad maiorem gloriam blogis, es un sólido espaldarazo a todos los que hemos hecho del blog un loft de virutas y tarugos al que no te importa subir a las visitas, a que se tomen una prosita o dos, unos versos apañaditos y todavía calientes. “El sueño de los hombres”, bueno, bueno de verdad, con ese trampolín tan Ortiz en el último verso, que te pone en otro plano de repente, más profundo, dejándote suspendido –como me gusta a mí que acaben los poemas-. “El viejo poeta”, recalando en otro aire de humor conciso y contundente. “Servidores de la sombra”, con su referencia sombría y sincretista a tres religiones, la verdad, no acabo de entenderlo del todo. En todo caso, a uno le gustaría un poquito más de luz.

 IV
Y verdaderamente, lo mejor del siglo XX es lo que se canta en el último poema. 

viernes, 24 de febrero de 2012

¿Cura heridas la escritura?


Anda por Barcelona Paul Auster. Leo en una noticia de ABC algunas opiniones del novelista: Uno puede estar herido, pero la escritura no sirve para curar esta herida. Estaría bien, ¿verdad?, que la escritura pudiera curarnos heridas -y uno ya entiende que estamos hablando de heridas que no requieren vendas-. 

Con todo, pienso que la escritura sí puede ayudar a sanar. Curiosamente, cuando menos le pedimos que lo haga. Apenas sé nada de la grafoterapia, pero siempre he pensado que puede ser algo útil, como unas compuertas que se abren y dejan salir al toro. Dejar salir, intentar enderezar en una secuencia lo que en nuestro interior es un amasijo de pensamientos, sensaciones, recuerdos, deseos... 

No le pido a mi escritura que me cure: lo que hago es darme una oportunidad, escribiendo. Oportunidad de llegar a una curación que, como dice Auster, no está en la escritura en sí. Sé, me consta, que está más allá. Pero los "masallaes" necesitan un paseo, y habitualmente es un paseo no exento de esfuerzo. Cuanto más delicada es la herida, más cuidadoso el paseo. 

La escritura debe llegar a alguien, si quiere ser enfermera. 

domingo, 19 de febrero de 2012

Mi tía Jane Austen


SI EXISTIERA UNA PEQUEÑA isla desierta a la que solo pudiera llevarme un libro, una isla con colinas lentas como siestas de gato, portillos entre campo y campo de cebada, ovejas de contrapunto lanudo al verde perpetuo... entonces no estaría, seguramente, tan desierta; pero da igual: si existiera esa isla -que seguramente se llamaría Inglaterra- y solo pudiera llevarme un libro, sería Persuasión, de Jane Austen.

La tía Jane. Uno no elige a sus tíos y tías, ni en la vida ni en la literatura. La tía Jane llegaba sin avisar y sin alharacas; como trayéndote siempre algunas golosinas, y echando una mano en lo que hiciera falta, como las tías de verdad -no digo, reales, sino de verdad, que de todo hay-; una señora bien educada en contar historias, y con ese misterio de lo femenino, tan bien llevado, que apuntala lo masculino de sus masculinos sobrinos. 

DECÍA UN ESCOCÉS, Alasdair MacIntyre, que la tía Jane sostuvo ella solita -en pleno romanticismo inglés- aquella antigua y amable tradición que venía de Aristóteles y la buena gente buena de antaño, aquella tradición de las virtudes que no se volvían de cartón piedra, ni de granito, las virtudes con corazón. Yo sé que es así, porque se lo leí.

BUENO, PUES acaba de salir una biografía, la primera que se escribió, por James Edward Austen-Leigh, sobrino de la tía -y supongo que entonces tataraprimo mío-. A ver si pronto la leo. Es de bien nacidos ser agradecidos. Pero mientras tanto, releeré algunas páginas de Persuasión -mi novela favorita-, intentaré encontrar aquella versión cinematográfica, hecha muy a lo cine europeo, que comienza con un lento movimiento de sonata de piano -¿Mozart?- mientras caminamos entre los muebles en guardapolvera de una mansión de una pequeña isla desierta, una isla con colinas lentas como siestas de gato...

viernes, 17 de febrero de 2012

Presentación de Las dos hermanas. Antología de la poesía española e hispanoamericana del siglo XX sobre pintura, edición de Enrique Andrés Ruiz




Pues tengo la satisfacción de anunciar este acto, este libro, este antologador: presentación en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, el miércoles 22 de febrero, a las 20 horas, de Las dos hermanas. Antología de la poesía española e hispanoamericana del siglo XX sobre pintura, preparada por Enrique Andrés Ruiz. Del gran trabajo de Enrique, ya haremos cuatro notas más adelante, como se merece.

Es un proyecto que se ideó en la Fundación Mainel, cuya realización fue propuesta a Enrique Andrés Ruiz, y que tan bien ha editado Fondo de Cultura Económica.

La presentación, con Enrique Andrés y Juan Manuel Bonet, asegura ser un acto cultural de gran altura.

(He de decir que tengo un poema en la antología. Todo contento. A ver)  

martes, 14 de febrero de 2012

6 aclaraciones a "Vive deprisa (sobre Whitney Houston, in memoriam)"


A raíz de las puntualizaciones de mis amigos Nani, Nacho y Pedro, de las aportaciones de Alfonso Méndiz y Vicente Huerta, y bajo el estupor de las 20.000 visitas que ha tenido mi anterior artículo, aclaro lo siguiente.

1. Tomé la tristísima muerte de Whitney Houston como ocasión para criticar la difusión de un estilo de “vida” que algunas modas culturales, mediáticas e industriales –pues no es poco negocio- se empeñan en aprovechar.

2. Fue apresurado y poco delicado por mi parte conectar de modo tan directo esa crítica con el triste suceso. Queriendo criticar una tendencia, me olvidé de la persona. Y eso no está bien.

3. Los hechos son los hechos: los que dieron al traste con la carrera profesional y la felicidad personal de Withney Houston. Pero también había más hechos, que en el momento de la escritura no consideré: que WH había iniciado un proceso de regeneración profesional y espiritual. Y esto se puede ver aquí y aquí.

4. No me espero a conocer los datos de la autopsia para escribir lo siguiente: tanto si se demuestra que se desmayó o asfixió en la bañera; como si hubo una funesta reacción por ingestión de calmantes; o si había estado consumiendo droga antes o en aquel momento; o incluso si se trató de una inducción voluntaria de la propia muerte… ¿qué? Un mal momento, una recaída, un borrón en la escritura vital podemos tenerlo cualquiera. Lo definitivo para mí, el hecho que pesa de verdad, es que había un proceso de regeneración en marcha; que había habido un punto y aparte; un esfuerzo por escribir de un modo nuevo y noble la historia personal, un nuevo comienzo, y desde ahí releer lo ya vivido/escrito. Y además, había alguien, su madre, apoyando esa (re)escritura espiritual con la oración, con ese poder vehemente que solo las madres tienen.

5. En la guerra, una buena campaña se puede perder en la última batalla; y una mala campaña —como lo que comentaba Churchill— se puede ganar en una sola batalla, que será la última. Pero en la vida de una persona, ¿dónde y cuándo, bajo qué condiciones de conciencia y voluntad, tenemos certeza de que se ha dado esa batalla, nosotros, simples testigos del otro? Imposible saberlo. ¿Y quién conoce la bitácora del alma al roce de los días? Nadie. Ni siquiera de uno mismo, uno lo sabe todo. Aunque sí me atrevo a señalar a alguien: el que mire con profunda atención, implicado y con piedad, ese podrá ver algo, y algo muy auténtico. Si hay un lugar literario donde se puede aprender esto, para mí fue Anna Karenina, de Leon Tolstoi.

6. Solo hay cadáveres bonitos para unos ojos desesperanzados, morbosos o antropófagos. Morir joven va contra las convicciones más elementales de lo que las mejores culturas nos han enseñado a lo largo de la historia. Vivir deprisa, sencillamente, es no vivir. 

domingo, 12 de febrero de 2012

Vive deprisa, muere joven y... no vale la pena (sobre Whitney Houston, in memoriam)


Acabo de leer la noticia de la muerte de Whitney Houston. Me ha conmovido, porque esta cantante tiene que ver con mi juventud, como con la de muchos. A mí, sencillamente, me encantaba. Porque su género era el soul y el rhythm & blues -mi favorito-, porque sus canciones estaban cargadas de energía, porque tenía un rostro simpático y amable... Sus hits eran rompepistas de baile -en aquella época en que las discotecas todavía no eran un lúgubre antro de zombies que escuchan (?) ruidos destimpanadores- y para mí, como para muchos otros, era una inyección inconcreta de entusiasmo, como la misma juventud.

Y ahora se ha muerto, por drogas, por excesos diversos, después de años de destrozo de su carrera artística, y de causar dolor a los que más cerca tenía. Porque cuando alguien se destroza, destroza sobre todo a los que escriben sus vidas contando con su escritura vital.

Qué ignorancia suicida y responsabilidad imputable, la del que va haciendo bandera del malditismo, monumentos al solipsismo "inteligente", ditirambos a los "genios" de la oscuridad y la soledad más desgarradoras. 

Cuánto se pierde cuando alguien se pierde. Cuánto (nos) perdemos cuando dejamos que se pierda.

Descanse en paz

miércoles, 8 de febrero de 2012

Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés: cuatro notas



I. 
EN EL ARTÍCULO "Ulises, orden y mito", Eliot defendía la decisión de Joyce de recurrir a un mito clásico, la Odisea, con el que ordenar, a modo de horma y esquema, el material delicuescente y borroso de la vida moderna, y así componer el Ulises. Un orden literario con el que "dar forma y un significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea", "hacer el mundo moderno apto para el arte". Defendiendo a Joyce, Eliot se defendía a sí mismo: dos meses antes de estas palabras, había publicado La tierra baldía, donde varios mitos ancestrales le ensartaban sentido al marasmo cultural e histórico aludido. Que por qué cuento esto. He leído Los montes antiguos, los collados eternos, de Enrique Andrés, y he notado aquella misma necesidad de contar la vida, de forjar una forma literaria, de recurrir a tradiciones, mitos, narraciones, voces para escapar a esa sensación de inmensa futilidad y anarquía que, no pocas veces, se suscita en la vida contemporánea.

II. 
PERO NO SOLO JOYCE, ELIOT... "Valonsadero", ese espacio "literario" que remite a un precioso espacio soriano de monte, peñas, dehesa, vegas, cañadas... es una geografía escrita, por lo tanto animografía, porque va cruzada de narraciones, contemplaciones, personajes, barruntos de lo invisible... Y entonces te acuerdas del condado de Yoknapatawha de Faulkner, de esa otra "estrategia" literaria para decir la belleza -clara, confusa, dura, posible, terrena y antigua y eterna- de la vida, de la biografía de alguien, de algunos, de los que estuvieron, de los que están, de los que estarán; al sacar la cuenta, de todos. Pero no solo de Faulkner: llevado de la mano por ese narrador que anda hilando pensamientos con riscos, y aves, y gentes, y faenas de cultivo, y relatos, y cosas que pasaron, y pensamientos... uno se acuerda de Sebald, de esos paseos en Los anillos de Saturno donde todo anda enredado, contiguo y transfigurado de metonimia. Y haber, hay bastante más, pero también hay que ir terminando esta segunda nota.

III. 
VALORAMOS, COMO AQUELLOS GRIEGOS ya menos clásicos del Areópago, los esquemas nuevos, las nuevas pieles, los curiosos andamiajes donde el Arte nos vuelve a entretener del incordio de ese algo innombrable que va con el tiempo de los días que vuelven y retornan -y eso no sería, no es, poco-; eso que los antiguos con la áspera y lacónica belleza de lo justo decían taedium vitae. Redención de ahora para luego, que cuando se sustantiva y reifica podemos señalar, sin duda alguna, como esteticismo. Y ya solo por el trabajo, el oficio de Enrique Andrés, que sorprende por su novedad -tan de siempre- de construir con buenos materiales y amplitud y variedad, la cosa quedaría en estimable, tanto como para juntarla con los Joyces, y Eliots, y Faulkners...  pero...

IV. 
ASÍ, LOS RELATOS DE Los montes antiguos, los collados eternos van enhebrando un hilo que entra y sale y atraviesa esos círculos concéntricos de estas Mil y una noches -y días y tardes y mañanas- sorianas, de esos rodeos y círculos aparentemente ociosos, de esos aparentes desahogos, aparentes licencias líricas y expansiones del cavilar... seguramente es una novela sobre las apariencias -las del mundo, las nuestras-, sobre sus glorias y sus dolores y su esperanza. La belleza del mundo, la hermosura que no se basta a sí misma; las mil narraciones que se cuentan y escuchan al amor de mil fuegos para, secretamente, meterle una puya al tedio... todo, rodado en esa rueda del tiempo que todo lo derriba y que pareció quedarse ahí fuera mientras alguien contó un cuento, un sucedido, con tosco pero sincero empeño y que, ay, notamos también aquí, dentro...; todo, todo eso que solicita una bella y piadosa historia que dé plenitud de sentido, anda familiarmente, como a la espera, en estas páginas.